PALABRA, CREDIBILIDAD Y CONFIANZA

Por Eduardo Zapata Saldaña

La ruptura de la credibilidad de la palabra pública no puede ser tratada sin considerar el escenario de la palabra privada. El tema de la confianza lleva a revisar si nuestras palabras en el plano individual están o no signadas por esa confianza que se espera en el espacio público.

“Sospecho que ni nosotros mismos estamos creyendo en nuestras palabras, creo que tampoco confiamos en ellas, me preocupa que las estemos reemplazando por el simple marketing efímero y soy un convencido que hemos empezado por envilecer los contratos individuales y –por extensión– los contratos sociales”, afirma el autor. Sin confianza, sin fe en la palabra, sea escrita, oral o electrónica, no hay contrato individual o social posible.

Cero: A modo de introducción

En los virtualmente cada vez más lejanísimos años treinta del siglo pasado, Ortega y Gasset tuvo ya duras palabras contra la especialización. Especialización –dicho sea de paso– que él denominaba como ejercicio de la “barbarie”.

Decía él en La rebelión de las masas y refiriéndose precisamente a este neo-bárbaro especialista: “Es un hombre que de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia solo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador”. Añadiendo: “Llega a proclamar como una virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto paisaje que especialmente cultiva”. Y, obviamente, se vanagloria de ello.

Pero Ortega iba aún más lejos: “El especialista ‘sabe’ muy bien su mínimo rincón del universo, pero ignora de raíz todo el resto”.  Continuando: “No es un sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad, pero tampoco es un ignorante, porque es ‘un hombre de ciencia’ y conoce muy bien su porciúncula de universo”.

Y concluía: “Habremos de decir –a propósito del especialista– que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor que se comportará en todas las cuestiones que ignora, no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio”.

¿Por qué traer a colación estas observaciones de tiempos idos? Porque, en primera instancia, el problema descrito sigue subsistiendo, con el agravante de que tal vez ese especialista hoy declare conocer más de lo que realmente sabe de su “porciúncula de universo” ; porque la “petulancia”, a la que alude Ortega sea tal vez mayor, y, finalmente –y esto es lo verdaderamente pertinente aquí– las miradas especializadas a las que nos habíamos sometido y a las que nos habíamos habituado, tengan poco que decir respecto a temas hipercomplejos como los que signan las sociedades que hoy empiezan a configurarse en torno a la tecnología de la información electrónica.

De modo que abdiquemos por un instante de nuestras “superiores” miradas especialistas, preocupémonos menos por adaptar las realidades a nuestros viejos anteojos (más bien hoy anteojeras) y recuperemos la sana “curiosidad intelectual” que nos permita más bien limpiar al menos los cristales de esos anteojos. O, quién sabe, cambiar ya el modelo o la medida de estos. Porque nos están impidiendo ver.

Uno: El asunto

Vemos, entonces, que los “virtualmente tiempos idos” no eran tales. Al menos en lo que se refiere a las miradas de los especialistas: estas siguen siendo casi las mismas que aquellas denunciadas por Ortega. Creo también que pretendemos seguir viendo cosas y fenómenos realmente nuevos con miradas, esas sí, del ayer, Y creo, así, que  específicamente el asunto de la confiabilidad en la palabra pública requiere que abramos los ojos a los profundos cambios culturales en los que hoy discurren los discursos. Si no lo hacemos –con rigor, pero también humildad– seguiremos atribuyendo a “los otros” la “culpa” de la volatilidad de nuestras palabras.

Confieso que al escribir estas líneas, no tengo mucha confianza en siquiera que sean leídas. Confieso también que –a estas alturas de este artículo– no sé si mis palabras vayan resultando confiables. Ignoro, finalmente, si el lector continuará la lectura e ignoro también si lo leído y lo por leer sintonizará con las “curiosidades” lectoras. Me limito a decir que sólo estoy escribiendo para expresarme. No sé la suerte de mis palabras.

Una buena manera de ir entrando en nuestro tema –el asunto de la credibilidad y confianza en la palabra– sería que el propio lector reflexione sobre por qué ha llegado a este punto en el artículo. Una buena manera de ir entrando al tema es pensar en por qué otros ni siquiera llegaron hasta aquí. O ni siquiera empezaron. Ciertamente, agradezco a los que hayan tenido la paciencia.

Sin embargo, es tiempo de decir que la confianza y la credibilidad en la palabra pública no debe ser el único motivo de nuestra preocupación. Ciertamente el tema está en la agenda pública de los especialistas a los que aludíamos antes. Pero, en el fondo y con una mirada más amplia, es imposible tratar el tema de la ruptura de la credibilidad en la palabra pública sin hacer referencia al fenómeno ocurrente también con la palabra privada. Palabra pública y palabra privada –digámoslo ya– sellan los contratos públicos o privados. Las alianzas con otros o, aun, con nosotros mismos. Y, si lo vemos en su hipercomplejidad, el tema de confianza y credibilidad no se reduce a reflexionar sobre los medios y el contrato social. Supone –necesariamente– revisar si nuestras propias palabras –aquellas tal vez destinadas a nosotros mismos o al individualísimo receptor con el que dialogamos– están o no signadas por esa confianza y credibilidad reclamadas para el dominio de lo público. Sospecho que ni nosotros mismos estamos creyendo en nuestras palabras, creo que tampoco confiamos en ellas, me preocupa que las estemos reemplazando por el simple marketing efímero y soy un convencido que hemos empezado por envilecer los contratos individuales y –por extensión– los contratos sociales. Digo, también y por último, que con la electronalidad nos hemos visto obligados a recoger nuestros pasos y andamos en busca del tiempo perdido de la fe en la palabra. Sea oral, escrita o electrónica. Porque sabemos que sin confianza, credibilidad y fe en la palabra no hay contratos individuales ni sociales posibles.

Dos: la inflación lingüística

No nos cansaremos de reiterar que estamos asistiendo –en los últimos tiempos– acaso a uno de los fenómenos subversivos más corrosivos del contrato social: la inflación lingüística.

¿Qué significa hablar de inflación lingüística? Emisión inorgánica de nombres. Emisión de palabras que carecen de referente. Falsificación, entonces, de la realidad. Y como se trata de signos envilecidos, ocurre lo mismo que con la moneda depreciada, circulan con velocidad. Pasan de mano en mano.

Lo grave es que, en el caso de la inflación lingüística, son precisamente los llamados a denunciarla quienes sustentan artificialmente su “valor”. Nos referimos a políticos, auto titulados líderes de opinión, dirigentes de organizaciones sociales (a veces también inexistentes) y aun intelectuales (si falsificadores, entonces pseudo – intelectuales).

Ayer aceptamos interpretación “auténtica”, como si las hubiese –en aquel momento– “inauténticas”; suscribimos colaboraciones “eficaces”, como si las hubiese “ineficaces”; juramos puntualidades incumplidas por la campaña “La hora peruana”; y, en fin, alentamos la ficción de unidad colectiva bajo la denominación Acuerdo Nacional en un ente que –lo estamos viendo y viviendo– tuvo poco de nacional y menos de acuerdos comprometedores de partes.

Y ahora surgen pueblos “originarios” y “nativos” en mundos y espacios construidos por migraciones. “Frentes de Defensa” que son simples instrumentos de fachada (tal vez, por eso, sólo “frentes”, visibilidades) de la defensa del interés de alguien o sólo algunos; marchas y solidaridades por la paz y la democracia que ni son pacíficas y, más bien, apuntan a la destrucción de esa democracia. Denuncias, en fin, de “injerencias” extranjeras, hechas por quienes viven de esas denunciadas “injerencias”.

Las actas y acuerdos para solucionar coyunturas violentistas se multiplican; la palabra “culpable” termina siempre diluyéndose en el “yo no fui”, pero finalmente en el “nadie fue”. Y los habitantes de la Amazonia y Puno se convierten en “hermanos” de todos. Pero, por supuesto, también de nadie. A propósito de esto último es repulsivamente racista hablar de esas “hermandades”. Para no serlo, deberíamos –entonces– hablar también de los “hermanos” de Casuarinas, Breña o Jesús María, Arequipa o Piura.

Lo anterior lo traigo a colación por una nueva emisión inorgánica: las llamadas “reivindicaciones étnicas” y los “neo-nacionalismos indígenas”. ¿Acaso no se trata de términos hasta excluyentes? ¿La nación es un concepto propio de los llamados “pueblos originarios” o, más bien, una creación de la Europa post medieval?

En este mismo sentido de emisiones inorgánicas, alguna universidad organizó un Foro para discutir el tema del auto-gobierno en los pueblos indígenas en Norte América. Por Dios. ¿Qué hicieron en esa América con los “nativos”? ¿Qué hicieron con los que quedaron? ¿No les suenan conocidos los términos “reservaciones indígenas”?

Y otra vez, entonces, racismo y maniqueísmo. ¿Habrá que hacer entonces paros costeños? ¿Acaso paros urbanos que se opongan a intereses rurales? ¿O algún paro de los “nativos originarios” de Ancón frente a los invasores de Comas y Puente Piedra?

Cuidado. La inflación –monetaria y lingüística– corroe el fundamento de la convivencia civilizada: la propiedad. No sólo la posesión, la propiedad en sí. Siendo obviamente la propiedad más valiosa la vida misma. Que no admite relación o tutoría alguna de terceros. Llámese Estado o Frente. Patria o Muerte. Paz o democracia.

Tres: especificidades

Decir las cosas por su nombre. Es lo éticamente honesto. Pero, sobre todo, es el instrumento más eficaz contra todo tipo de subversión. Externa o interna.

Necesitamos, pues, un sinceramiento político y cultural. Un shock. No vaya a ser que mañana tengamos que pedir al Gobierno un “enérgico pronunciamiento” porque algún país extranjero expulsó a peruanos por no ser nativos ni originarios de su suelo.

Inflación lingüística. Subversión. Emisión lingüística orgánica: propiedad. No hay instrumento más eficaz contra la subversión que ponerle nombre a las cosas. La propiedad. Sólo a los que alientan la subversión conviene vivir con la inflación. De todo tipo.

Inflación lingüística. Emisión de nombres sin que estos tengan un referente real. Siempre maquillaje, usurpación de la realidad o invento de ésta. Ergo, enajenación de la propiedad, base del contrato social, a partir de la admisión de circulante envilecido.

A quienes les preocupe la educación (de veras), les cansará que bajo el rótulo de “educación de calidad”, se planteen –en universidades– guiones para que todos los profesores repitan el mismo libreto; a quienes les preocupa la ética, debería sublevarles comprobar a veces que quienes se autodefinen como epítomes morales descalifican a cualquier rival intelectual o político ‘psicoanalizándolo por correspondencia’ impunemente, faltando precisamente a esa ética.

A quienes les importe la política, en fin (la Política con mayúscula), les sonrojará cómo algunos líderes o dirigentes se convierten en manipuladores intérpretes de la ‘opinión de las bases’, cuando las ciencias sociales han institucionalizado hace tiempo instrumentos precisos para cuantificar y cualificar esa opinión.

Seguro ha asistido Ud. a esos entusiastas ejercicios donde se trazan las “visiones institucionales”. Usualmente, en papelógrafos se llenan palabras bonitas, siempre de moda, hasta que todos quedan contentos. Aun cuando pocos sepan qué significaban en rigor esas palabras, a qué nos comprometen y cuáles son sus alcances.

Hitler se decía nacionalista. Velasco era un demócrata de participación plena. Chávez también demócrata, pero bolivariano. Sendero Luminoso un partido político, no un movimiento subversivo y menos terrorista. Muchos países intervienen con violencia en otros en nombre de la paz.

Hace poco, un publicitado crimen revelaba cómo un contrato de prestaciones sexuales fue reemplazado por palabras hirientes que activaron una atroz violencia. Pocos lo han subrayado. Pero, en este caso y los anteriores, los nombres que no coinciden con referentes terminaron por romper los contratos. Individuales y sociales. Y por generar violencia.

Cuatro: El quid de la inflación

Como podemos apreciar, el lenguaje es un instrumento de apropiación de la realidad. Si el lenguaje pierde, entonces, su capacidad nominatoria, su capacidad de relacionar nombres con referentes, no sirve para apropiarse de esa realidad.

Cuando se pronuncia la palabra amor, pero ésta carece de un referente específico y de la real relación subyacente a la palabra, se pierde propiedad –sensu stricto– sobre el objeto amado. Y lo mismo ocurre –más en profundidad– con los conceptos elementales de mío, tuyo, nuestro, si acaso estos –que son muy precisos– se ven ensombrecidos en sus dimensiones semánticas por la alusión etérea –pero corrosiva– a solidaridades, compromisos sociales, reciprocidades u otras palabras bonitas pero imprecisas.

En suma, la inflación lingüística supone pérdida de propiedad sobre tu lenguaje. El lenguaje deja de ser tuyo si uno no sabe ya lo que las palabras significan. Y cuando esto ocurre los contratos individuales y sociales se evanescen.

Puede que algunos –a sabiendas–  jueguen marketeramente con los nombres y hagan circular signos carentes de referentes. Puede que estas monedas significativas tengan hasta valor un tiempo en el mercado. Pero, sabemos –es una ley económica y de la lingüística– que el mercado se encarga de retirar el signo envilecido de la circulación.

¿Cómo reclamar confianza y credibilidad en la palabra pública si –por vivir en un mundo inflacionado lingüísticamente– sabemos que nuestras propias palabras privadas (a veces nuestro propio nombre o quehacer) están bajo el signo de la no referencia y, por ende, ni nosotros confiamos en lo que somos y decimos?

Cinco: El mundo feliz

Nos habíamos habituado al mundo de las verdades inmutables. A aquel mundo de los uni-versales indiscutibles. A gozar de confianza y credibilidad simplemente si adheríamos a ese mundo. Desde el 800 antes de Cristo, con la invención del alfabeto, los sonidos “ objetivamente “ eran representados por letras. Cómo dudarlo. Y el mundo de las ideas hizo hasta escarnio de las experiencias sensoriales. Y todo esto devino en los textos sagrados e inmutables per se, de los cuales culturalmente hemos sido tributarios. Si a esto le añadimos el yo renacentista y la conquista de la racionalidad, nadie podía no creernos o desconfiar de nosotros si –repito– adheríamos a esa tradición cultural. Que dividía culturalmente el mundo entre los privilegiados emisores de siempre de signos inmutables y pasivos y resignados destinatarios de los mismos.

Confianza y credibilidad en la palabra transitaron por un buen tramo de la historia de la humanidad sobre el sema Fe-Institucionalidad-Verdad. Transitaron sobre semas definidos no en una cultura del ‘hacer’, sino del ‘ser’. Así son las cosas, porque así es la voluntad de Dios. Religión, política e intelectualidad se volvieron consubstancialmente verdades absolutas. Y todos vivimos felices. Obviamente, no todos. Sólo los emisores.

Pero, de pronto, la desacralización de las sociedades debilita el sema. De pronto, la electronalidad –con sus textos alternativos, competitivos y evanescentes– pone a los pasivos receptores en condiciones de emitir. Y, de pronto, entonces, el sagrado papel sobre el cual sólo se escribían verdades, deja de prestarnos su prestigio histórico porque los discursos empiezan a circular –con hechura colectiva, esta vez– en soportes virtuales.

Y una cultura del hacer empieza a reemplazar a la cultura del ser. No sólo las ideologías se debilitan, sino la misma idea de la superioridad del mundo de las ideas frente al mundo de las cosas, empieza a cuestionarse. Era necesario resensorializarse para acceder al mundo de la electronalidad y no parecía ya tan cierto que la idea abstracta que despreciaba el papel de los sentidos fuese ya una aliada oportuna (o al menos exclusiva).

Entonces, todo se desinstitucionaliza. No sólo el Estado, también las relaciones con el trabajo y aun las relaciones personales. Aun –en muchos– las relaciones consigo mismos. Y todo esto en el contexto de una inflación lingüística galopante que pretendía mantener viejos nombres y referentes ya inexistentes. Con el agravante de tratar de pasar esos nombres por verdades absolutas, como en los buenos tiempos.

Bueno, se acabó. En un mundo que ha cambiado su sema cultural central y que se ha desinstitucionalizado, no cabe ampararse en ninguno de los componentes del sema. Ni en Dios, ni en las instituciones ni en la llamada verdad. Ahora cada quien tiene que volver a construir (o reconstruir) confianza y credibilidad. Estas empiezan por casa. No por la palabra pública. Esta volverá a ser confiable y creíble en la medida en que sus actores lo sean. Por sus haceres.

En el año 428 a.c. se estrenó Hipólito de Eurípides. En esta tragedia, más allá de las circunstancias que rodean la trama, Teseo encuentra el cadáver de Fedra, su esposa, que se ha suicidado. Sobre el pecho de Fedra hay una tablilla escrita por ella en la que incrimina a su hijastro, Hipólito, hijo de Teseo y de la amazona Hipólita.

Teseo lee en silencio lo que Fedra ha dejado escrito (sabe leer) y mientras lee exclama: “¡La tablilla grita, grita cosas terribles!… ¡Qué canto, qué canto he visto entonar por las líneas escritas…!”. A partir de allí se desencadena la tragedia de Hipólito y su muerte.

Para Teseo –que evidentemente sabe leer– y para el público receptor, la tablilla escrita es capaz de cantar, hablar. Lo escrito continúa (en ese momento) cantando o hablando.

El tradicionalista Ricardo Palma nos cuenta en Canta Claro cómo dos indios, que llevan un encargo de frutas, tienen hambre y se comen parte de las frutas. Junto con las frutas llevan una carta que envía el que manda la fruta al destinatario. Para que la carta no los delate, la ocultan. Así la carta no verá que ellos se comen la fruta y no los denunciará. Sabemos que al llegar a su destino, son castigados porque en la carta se indica la cantidad de fruta que debían entregar.

Para los portadores, la carta (lo escrito) es capaz de hablar, como para Teseo la tablilla es capaz de gritar o cantar.

Nadie adscrito a la cultura oficial en la sociedad peruana osará siquiera sonreír ante un Teseo que realmente nos está mostrando una percepción mágica y primitiva respecto a la palabra escrita. A fin de cuentas, Eurípides y la tragedia griega merecen per se respeto. Palabras escritas que han llegado a nosotros como verdades inmutables.

¿Seguiremos sonriendo ante estos relatos? ¿O llegó el momento de que –con rigor, pero humildad– reconstruyamos confianza y credibilidad a partir de nosotros mismos?

Seis: En el principio, fue el verbo

Si la primera persona del plural mayestático y la tercera persona fueron expresión y arma de la confiabilidad y credibilidad del mundo del ayer, hoy ese mundo de verdades  evidentes y demostrativas e inmodificables ha desaparecido.

La electronalidad nos ha vuelto a poner en el mundo del yo y del tú. Sin posibilidad de escondernos. Y con ello, la electronalidad nos ha puesto ante la evidencia lingüística de que no más el plural aludido o la tercera persona serán armas del convencimiento.

Etimológicamente, convencer (vencer e imponerse a una posición contraria) fue la palabra de orden para institucionalizar y pretender perpetuar un mundo de verdades inmutables y, por ende, irrefutables. La palabra escrita fue el medio silente y de consumo individual que posibilitó esta gran aventura cultural.

Sin embargo –lo subrayamos– caímos en la inflación lingüística al no podernos percatar de que el mundo nuevo resultaba innombrable (e inmanejable) con los viejos nombres. Estos no calzaban ni calzan con los nuevos referentes.

Caídos así en la inflación, era cuestión de tiempo que las expresiones y armas del mundo perfecto y feliz cayeran en el vacío semántico. Adiós plural mayestático y adiós  tercera persona; bienvenidas, nuevamente, la primera y segunda persona. Esta vez, en un mundo con referentes también virtuales.

Si las viejas estrategias para hacernos confiables y creíbles no van más, ¿Cuáles serán los caminos para asegurar contratos individuales y sociales?  Obviamente, el primero es el sinceramiento cultural, la restitución de nuestra capacidad de nombrar.

Pero, junto con ello, es evidente que al no haber más un mundo de uni-versales y al convivir ya una cultura del hacer, estamos obligados ya no a la imposible tarea de convencer unilateralmente. Se hace imprescindible sustituir la mesiánica y redentora tarea del convencimiento por la más humana de persuadir; sustituir la demostración por la argumentación; y, claro está, requerimos permanentemente ejemplificar.

Pero todo empieza por el contrato individual con nosotros mismos. Por la afirmación de trazas personales sostenibles. Por abandonar el marketing efímero y reemplazarlo por proteicas, pero transparentes y coherentes identidades.

El contrato social no está más en manos de Dios o el Pueblo. Está en manos de los ciudadanos y de la recuperación de categorías humanas de las que habíamos abdicado: generar confianza y credibilidad en y por nosotros y por nuestro hacer.

Podría sonar contradictorio, luego de lo dicho, pero ahora sí estamos en condiciones de afirmar que En el principio, era el verbo.

Eduardo Zapata es Doctor en Lingüística y Literatura de la Pontificia Universidad Católica, hizo un postgrado en Semiótica en la Universidad de Bologna.  Investigador y maestro universitario, ha publicado, entre otros libros, El Discurso de Sendero Luminoso: Contratexto Educativo, Lo que piensan los niños sobre la escuela, Representación oral en las calles de Lima y La palabra permanente. Verba manent, scripta volant.

Ha participado en el desarrollo de la Fundación Cultural del Banco de la Nación, que se trazó como objetivo central imprimir en el imaginario colectivo nacional los conceptos de una cultura del deber y de una identidad proactiva como insumos indispensables en nuestra sociedad.

Es profesor de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas de los cursos de Semiótica y Sociología de la Comunicación.

Una respuesta a “PALABRA, CREDIBILIDAD Y CONFIANZA

  1. Impresionante comentario, el término inflación lingüística me parece acertada, pero bueno, el tema que quería entender es, una palabra, la palabra es confianza, la emplea bastante en su comentario y me gustaría saber qué significa, aunque tengo ideas y me eh guiado con los diccionarios y la internet, aún no me queda claro ¿por qué será?
    Hay cosas que no cambian nunca, como los principios: La honestidad, fidelidad, credibilidad, etc. Las personas cambian, pero si te das cuentan utilizan mal conceptos existentes desde siempre perdiendo su significado original para acomodarlo más a lo que creen o piensan y definitivamente hay cosas que si cambian , como vemos hoy en día nuestra realidad, nuestro entorno, aquello con lo que crecimos se esta derrumbando (tendrá esto algo que ver con el muro de Berlín, puede ser), bueno saludos.

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