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Nueva edición de Pozo de Letras

Publicación de la Carrera de Comunicación y Periodismo

La Carrera de Comunicación y Periodismo presenta la edición número 9 de Pozo de Letras.  La revista se propone como un espacio de análisis, investigación y reflexión sobre temas relacionados a la comunicación y su contexto.  Abordamos este campo a partir de enfoques diversos, de perspectivas que abran el debate en torno a los medios, sus actores y espacios.  Damos preferencia a aquellos textos que revelan una mirada original o ponen sobre la mesa material que deriva de investigaciones propias.

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MITOS, METÁFORAS Y RELATOS SOBRE LA VERDAD

Por María Inés  Quevedo

¿Qué ha sucedido con la verdad? ¿Hoy en día entendemos la verdad tal y como lo hacíamos unos años atrás? Y, para los peruanos, ¿qué es la verdad? Estas son algunas preguntas que motivaron el artículo, y para responderlas, analizamos algunos relatos, mitos y metáforas que se tejen en torno a “la verdad” para crearla y que son expresados, principalmente, a través de un programa televisivo.

Me encontraba leyendo algunos titulares en un puesto de periódicos. Muchos de los titulares de la prensa amarilla hacían alusión al encarcelamiento de Magaly Medina. Estaba absorta analizando los colores, las fotos y las palabras que utilizaban, cuando en ese momento escuché a dos señoras comentar: “Magaly (Medina) es la única que dice la verdad”. En ese momento pensé que tal vez la noción de verdad que tenían aquellas mujeres no era la misma que la mía. Pero, ¿cómo algunos peruanos pueden haber llegado a la conclusión de que una conductora de un programa de espectáculos, de corte sensacionalista, es la única que dice la verdad? Me propuse averiguarlo.

Comencemos analizando la Verdad en términos generales. Antes la humanidad se hallaba en la tarea de buscar la Verdad (Absoluta). Para muchos, la Verdad estaba “allí afuera”, en la realidad misma, y lo que se debía hacer era sólo “encontrarla” y “descubrirla”. Se creía que, en primera instancia, no teníamos la capacidad de ver aquello que era evidente, pero que mediante la “razón” y la “lógica” se llegaría finalmente a esta Verdad. Se pensaba que en la Verdad no había lugar para la sensación, la emoción y los sentimientos, sólo para aquello que era racional. La Racionalidad y la Verdad, por lo tanto, se hallaban indestructiblemente ligadas. A partir de este principio se trataron de construir los grandes metarrelatos de la humanidad como el marxismo, el liberalismo, el idealismo, y el iluminismo (Lyotard, 1987).

Sin embargo, con la crisis de los grandes relatos, muchos llegaron a la conclusión de que la Verdad absoluta nunca se alcanzaría. No habrá un momento final, porque la interpretación depende de la representación, y la representación se construye intersubjetivamente. Dependerá, más bien, de cómo se han constituido, social y culturalmente, las presuposiciones, las certezas, las creencias y el imaginario. Además, lo que se cree que es verdad siempre estará antecedido por una(s) verdad(es) y será seguido por alguna(s) otra(s) verdad(es), en una cadena y construcción sin fin. Esta cadena de verdades estará planteada dentro de, y condicionada por, una historia y cultura específica.

El sentido que le damos al mundo, a los objetos, a los acontecimientos y al otro, por lo tanto la verdad sobre ellos, estará supeditado al contexto en el cual se dice y al universo de significados en el cual esté inscrito. El discurso en el que se habla sobre un suceso, persona(s), objeto(s) los posiciona en un lugar determinado, cobrando así, una existencia y esencia particular. Las cosas existen fuera del discurso, de eso no hay duda, pero sólo cobran sentido en y por el discurso.

Entenderemos “discurso” desde la perspectiva foucaultiana: como un sistema de representación. Foucault entiende el “discurso” como un conjunto de aserciones que permiten un modo de representar el conocimiento sobre un tópico en un momento histórico particular; el discurso crea un modo particular de dar sentido. Y dado que todas las prácticas sociales implican sentido, y el sentido conforma e influencia lo que hacemos, todas las prácticas tienen un aspecto discursivo. Entonces, según Foucault, el discurso define y produce nuestros objetos de conocimiento, gobierna el modo como se puede hablar y razonar acerca de un tópico, a la vez que influencia cómo las ideas son puestas en práctica y usadas para regular la conducta de los otros. (Hall, 1997)

En ciencia suele haber una relación dialéctica entre los descubrimientos y la constitución de su discurso teórico. Cada nuevo descubrimiento partió de una teoría, pero a la vez la irá modificando y complejizando, y, por lo general, mejorará la actuación sobre la naturaleza y el mundo. Lo mismo sucederá con la invención. Así se van construyendo las “verdades” en las ciencias. Verdades que continuamente son superadas por nuevas verdades a partir de nuevos descubrimientos, y así hasta el infinito. Pero, ¿qué sucede con el mundo cotidiano, la política y la “verdad” dicha a través de los medios masivos de comunicación?

Según Gérard Imbert, hoy podemos ver en los medios masivos de comunicación una “revancha de lo privado sobre lo público, del suceso sobre la Historia, de lo pragmático sobre lo programático, de lo vivencial sobre lo ideológico, esta evolución traduce un doble cuestionamiento: de la actualidad por una parte –del discurso de la actualidad como modo de informar- y del relato por otra, de los modos de narrar, de representar globalmente la realidad” (2003, p. 22-23).

En nuestro país, los discursos ideológicos han quedado desvirtuados. La mayoría ya no cree en discursos que prometen el cambio si se sigue una ideología determinada. En términos generales se puede afirmar que la población ha decidido convertirse más bien en consumidora de mensajes y discursos, principalmente televisivos y dejar de lado la lucha política. Además, a través de ciertos programas televisivos se  crea, muchas veces, la ilusión de participación, que siente que la propia política tradicional le ha quitado.

La ilusión de participación se logra haciendo hincapié en el suceso, lo vivencial, lo pragmático y haciendo mayor incidencia en lo privado y lo cercano. Lo inmediato toma relevancia, y por lo tanto, el presente. Todos estos aspectos ayudan a que el público se identifique, creándose la sensación de involucramiento con aquello que ve. Se genera en el espectador la ilusión de vivenciar aquello que el otro está viviendo en el aquí y ahora del tiempo televisivo (con la simulación de la transmisión en directo), poniendo en funcionamiento su imaginario. El tiempo del espectador y el tiempo televisivo vienen a coincidir, y en este coincidir se exacerba al máximo, la identificación.

Con este tratar constantemente de crear el “efecto-identificación”, la manera de relatar ha sufrido una transformación. Con el objetivo de lograr este fin, ahora se intentará narrar, en los medios masivos de comunicación, todos los aspectos que tienen que ver con lo in-mediato, lo vivencial, lo privado. Esta transformación tiene sus consecuencias. Con ella, también se ha modificado la ubicación y la forma de exponer la verdad. Metafóricamente, ya no se piensa la verdad como estando “allí afuera”, sino que se piensa la verdad como si estuviera en el “interior” de cada uno.

Tal vez éste sea el motivo de la necesidad constante que tienen muchos de espectacularizar su intimidad y la del otro: “La verdad está en mi interior y en tu interior. Entonces, tengo que descubrirme ante los otros mostrándome en mi blog, en facebook, etc., y tengo que descubrir la verdad del otro indagando en lo más profundo de su intimidad con la ayuda de los medios electrónicos, para así mostrarla a los demás y cumplir la función que me corresponde (al ser el portador de la verdad), la de “justiciero”. Este es el mandato que hoy guía a muchos, y es el mandato que está presente en el programa de Magaly TeVe.

En el programa Magaly TeVe vemos día a día la puesta en escena de sucesos que tienen la misma estructura. Se puede afirmar que se ha construido un ritual, que no es más que el retorno de lo idéntico y la repetición constante. ¿En qué consiste este ritual y cuál es el motivo de su aparición?

El ritual consiste en perseguir, sin que lo sepa y con cámaras, a un personaje X, que necesariamente debe ser “público”, y en descubrir qué es aquello que hace en la intimidad con el fin de sacar a la luz una falta (la mujer que engaña a su esposo, el deportista que toma alcohol un día antes del partido, etc.) y publicarlo. Luego de publicar la falta, Magaly entra en escena y toma la posición de “justiciera” con la autoridad que le otorga el haber descubierto “la verdad”.

Pero profundicemos un poco más. Mediante la publicación de la falta del personaje X, que Magaly llama “ampay”, se pone en escena aquello que caracteriza el “desorden” en el imaginario popular y con lo que los espectadores se identifican “vivamente” como formando parte de lo que los angustia. A través de la función de “justiciera” (que ella se ha auto-impuesto), en el imaginario popular se restablece el “orden” y el equilibrio emocional, al descubrir y otorgarle a “la verdad” el estatus que había perdido con la crisis de los grandes relatos, y al juzgar los hechos de acuerdo a lo que es “moralmente correcto”. Es un ritual que se repite una y otra vez.

Este discurso se ha instalado en nuestra sociedad. La verdad está en el interior y en las acciones ocultas de las personas, son secretas, sólo hay que descubrirlas, sacarlas a la luz y castigar la falta a través de la sanción moral y social. Y la evidencia debe ser audio-visual. El ver, el oír, ahora son el sustento de la verdad, la argumentación racional ha quedado en un segundo plano. Lo que ha tomado preeminencia junto con lo audio-visual, es la construcción de “historias”, en definitiva, el micro-relato.

Una de las características de estas historias o micro-relatos que hablan sobre la realidad es la de encontrarse en la frontera de la ficción y la realidad misma. La manera en que se narra la realidad ha heredado las estructuras propias de la ficción, generando una con-fusión. El efecto ha sido la creación de lo hiperreal. Según Imbert, la hiperrealidad es un código, que más allá del realismo, rehabilita, revivifica y simula la realidad, exacerbándola (ibíd., p. 29). Lo hiperreal se ha constituido en el código de nuestra época. Pero, ¿por qué esa necesidad de exacerbar la realidad?

La realidad construida en el micro-relato televisivo es una realidad que busca anclarse fuertemente en el sentir. El objetivo es seducir, fascinar para atraer la atención y atrapar. Intentar crear la sensación de proximidad: ésta puede ser la razón por la que se trata de exacerbar la realidad. Una de sus formas es la simulación. Muchos noticieros, por ejemplo, hoy se ven en la necesidad de recrear sus noticias a través de la dramatización. El ver, el oír hacen creíble la historia. Lo que importa es su verosimilitud. Lo que es verosímil se toma por verdad y crea confianza.

La necesidad de decir la realidad a través de historias tiene que ver con la necesidad de “comprender”. Hoy, las noticias se exponen a manera de relato. Marcela Farré nos dice al respecto lo siguiente:

“El relato es un lugar en el que siempre se está implicado, de modo que narrar la información sería una forma de alcanzar a comprender mejor la sociedad en la que vivimos, ya que la narrativa contribuye a construir ese contexto como espacio simbólico en el que nos comprometemos. Al embarcarse en relaciones, expone el carácter humano de la acción. Por esta causa, los lectores o espectadores de relatos podrían también trascender la dimensión de su experiencia para acceder al conocimiento de la realidad en un sentido más amplio, algo que la narración permite de tres maneras. En primer lugar, por identificación con los padecimientos de los personajes, toda vez que la acción –noticiable– se encarna en una historia particularizada. En segundo lugar, porque el mundo posible narrado traslada un modelo detrás de las estructuras actanciales de los personajes, revelando algo más que esa historia: se trata de una propuesta ideológica, que es otra forma de trascender la experiencia individual. Pero, principalmente, el relato ofrece al hombre la posibilidad de conocer sobre la humanidad. No ya sólo la de los personajes; tampoco la del autor modelo, plasmada en la ideología de un mundo posible. Al penetrar en las dimensiones de lo que podría ser, la narración deja un conocimiento sobre valores más universales, que tienen que ver con las búsquedas que alejan de la felicidad o nos acercan a ésta. Es decir, el relato nos aumenta vida, en un tercer nivel de identificación” (2004, p. 140).

La narración noticiosa, por tanto, dota de sentido a las acciones humanas. Es un modo de comprender el accidente, lo catastrófico, aquello que ha causado el desequilibrio social. Pero al espectador siempre le queda la sensación de que nada se puede hacer al respecto, que no puede modificar la causa del desequilibrio, porque para él las instituciones sociales están en crisis. Tal vez por esto muchos reclaman un(a) conductor(a) que trate de instalar el orden a través de su actuación de portador(a) de la verdad y, finalmente, de justiciero(a), rol que antes le correspondía a las instituciones del Estado, a los políticos y a la Iglesia.

Con la transmisión en directo, con la cámara en mano u oculta, el espectador se mimetiza con el punto de vista ofrecido y tiene la ilusión de estar en el mismo lugar de los acontecimientos, sin que los que están presentes en el suceso se percaten de su existencia. Es como si el espectador tomara el punto de vista de Dios, con su omnipresencia. Esta es la sensación de poder que otorga Magaly Medina al espectador, cuando con su cámara oculta hace un “ampay” y lo transmite en su programa.

Pero el espectador no se da cuenta de que es solo un punto de vista: es una historia construida en donde ha intervenido alguien que ha editado las imágenes dándole un sentido particular. Se ha tratado de crear una historia según ciertos estereotipos ficcionales. El espectador lo toma como verdad, porque la historia calza dentro de sus estereotipos ficcionales que funcionan a modo de “mito”.

El mito presente en los programas de Magaly TeVe tiene que ver con la forma de enunciación, que a su vez está directamente relacionado con el medio. Imbert hace alusión a cuatro tipos de mitos que caracterizan hoy, la neotelevisión: mito de transparencia (el pensar que ver equivale a entender), el mito de la cercanía (ver igual a poseer), el mito del directo (como abolición de la instancia enunciativa y narrativa), y el mito, en fin, de una televisión de la intimidad (Imbert Op.cit., p.62-63. El subrayado es mío).

En cuanto al contenido, los mitos que aparecen día a día en este programa son mitos propios del imaginario colectivo. Los mitos por lo general toman un singular impulso cuando la armonía y la homeostasis existencial han sido rotas. En su mayoría tienen que ver con las instituciones sociales como la familia o las bases primeras sobre las que se apoya la existencia humana. Aquí es donde entra la conductora para restablecer el orden y el equilibrio perdido. Podemos ver, todos los días, micro-relatos mitologizados de “personajes públicos” cuyo tema constante son, por ejemplo, las “historias de amor” o “engaños amorosos”, que ponen en riesgo las instituciones sociales como la familia, en las que siempre debe haber un punto final determinado.

La función más importante del mito es la justificación y legitimación social de determinadas acciones y formas de pensar. A través de la narración del mito, con un punto final instituido,  una y otra vez (aunque utilizando en cada narración un personaje diferente) se trata de legitimar el deber ser de la sociedad según un punto de vista que suele ser “la tradicional”. Pero el mito no funciona sin el rito. La puesta en escena, el rito, no es más que la materialización del mito.

Ya hemos descrito el ritual que se escenifica en el programa de Magaly TeVe. El mito y el ritual expresa el sentir de una sociedad, se alimenta del imaginario colectivo y lo devuelve de manera objetivada. Ayuda, por lo tanto, a interpretar aquello que es fuente de desorden y de angustia. Dirige la interpretación en una dirección particular. Crea el imaginario colectivo y/o legitima y consolida, al darle una forma específica.

Por consiguiente, la verdad que este programa construye corresponde a aquello que está presente en la vida de los peruanos de manera in-mediata, y que es su principal motivo de preocupación existencial. Para muchos de ellos, la verdad está allí, en la vida de cada uno; en la política, la ideología, nunca ha estado ni estará la verdad. Lo importante es lo vivencial, lo próximo, ese es para algunos el locus natural de la verdad, porque es lo visto y lo experimentado en el aquí y ahora.
Referencias Bibliográficas

  • FARRÉ, Marcela.  El noticiero como mundo posible: estrategias ficcionales en la información audiovisual. Bs. As. La Crujía, 2004. 398p.
  • HALL, Stuart. El trabajo de a representación. En: Stuart Hall (ed.), Representation: Cultural Representations and Signifying Practices. Sage Publications, 1997. Cap. 1; pp.13-74.  Traducido por Elías Sevilla Casas.
  • IMBERT, Gérard. El zoo visual: De la televisión espectacular a la televisión especular. Barcelona, Gedisa, 2003. 252p.
  • LYOTARD, Jean François. La condición posmoderna: informe sobre el saber. Madrid, Cátedra, 1987. 119 p.

María Inés Quevedo es bachiller y magíster en Antropología por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), y bachiller en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Lima, y tiene estudios doctorales en Antropología en la PUCP, ha tenido a su cargo cursos de las áreas de antropología y comunicación social en la PUCP. Actualmente tiene a su cargo los cursos de antropología social y globalización en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).

PALABRA, CREDIBILIDAD Y CONFIANZA

Por Eduardo Zapata Saldaña

La ruptura de la credibilidad de la palabra pública no puede ser tratada sin considerar el escenario de la palabra privada. El tema de la confianza lleva a revisar si nuestras palabras en el plano individual están o no signadas por esa confianza que se espera en el espacio público.

“Sospecho que ni nosotros mismos estamos creyendo en nuestras palabras, creo que tampoco confiamos en ellas, me preocupa que las estemos reemplazando por el simple marketing efímero y soy un convencido que hemos empezado por envilecer los contratos individuales y –por extensión– los contratos sociales”, afirma el autor. Sin confianza, sin fe en la palabra, sea escrita, oral o electrónica, no hay contrato individual o social posible.

Cero: A modo de introducción

En los virtualmente cada vez más lejanísimos años treinta del siglo pasado, Ortega y Gasset tuvo ya duras palabras contra la especialización. Especialización –dicho sea de paso– que él denominaba como ejercicio de la “barbarie”.

Decía él en La rebelión de las masas y refiriéndose precisamente a este neo-bárbaro especialista: “Es un hombre que de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia solo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador”. Añadiendo: “Llega a proclamar como una virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto paisaje que especialmente cultiva”. Y, obviamente, se vanagloria de ello.

Pero Ortega iba aún más lejos: “El especialista ‘sabe’ muy bien su mínimo rincón del universo, pero ignora de raíz todo el resto”.  Continuando: “No es un sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad, pero tampoco es un ignorante, porque es ‘un hombre de ciencia’ y conoce muy bien su porciúncula de universo”.

Y concluía: “Habremos de decir –a propósito del especialista– que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor que se comportará en todas las cuestiones que ignora, no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio”.

¿Por qué traer a colación estas observaciones de tiempos idos? Porque, en primera instancia, el problema descrito sigue subsistiendo, con el agravante de que tal vez ese especialista hoy declare conocer más de lo que realmente sabe de su “porciúncula de universo” ; porque la “petulancia”, a la que alude Ortega sea tal vez mayor, y, finalmente –y esto es lo verdaderamente pertinente aquí– las miradas especializadas a las que nos habíamos sometido y a las que nos habíamos habituado, tengan poco que decir respecto a temas hipercomplejos como los que signan las sociedades que hoy empiezan a configurarse en torno a la tecnología de la información electrónica.

De modo que abdiquemos por un instante de nuestras “superiores” miradas especialistas, preocupémonos menos por adaptar las realidades a nuestros viejos anteojos (más bien hoy anteojeras) y recuperemos la sana “curiosidad intelectual” que nos permita más bien limpiar al menos los cristales de esos anteojos. O, quién sabe, cambiar ya el modelo o la medida de estos. Porque nos están impidiendo ver.

Uno: El asunto

Vemos, entonces, que los “virtualmente tiempos idos” no eran tales. Al menos en lo que se refiere a las miradas de los especialistas: estas siguen siendo casi las mismas que aquellas denunciadas por Ortega. Creo también que pretendemos seguir viendo cosas y fenómenos realmente nuevos con miradas, esas sí, del ayer, Y creo, así, que  específicamente el asunto de la confiabilidad en la palabra pública requiere que abramos los ojos a los profundos cambios culturales en los que hoy discurren los discursos. Si no lo hacemos –con rigor, pero también humildad– seguiremos atribuyendo a “los otros” la “culpa” de la volatilidad de nuestras palabras.

Confieso que al escribir estas líneas, no tengo mucha confianza en siquiera que sean leídas. Confieso también que –a estas alturas de este artículo– no sé si mis palabras vayan resultando confiables. Ignoro, finalmente, si el lector continuará la lectura e ignoro también si lo leído y lo por leer sintonizará con las “curiosidades” lectoras. Me limito a decir que sólo estoy escribiendo para expresarme. No sé la suerte de mis palabras.

Una buena manera de ir entrando en nuestro tema –el asunto de la credibilidad y confianza en la palabra– sería que el propio lector reflexione sobre por qué ha llegado a este punto en el artículo. Una buena manera de ir entrando al tema es pensar en por qué otros ni siquiera llegaron hasta aquí. O ni siquiera empezaron. Ciertamente, agradezco a los que hayan tenido la paciencia.

Sin embargo, es tiempo de decir que la confianza y la credibilidad en la palabra pública no debe ser el único motivo de nuestra preocupación. Ciertamente el tema está en la agenda pública de los especialistas a los que aludíamos antes. Pero, en el fondo y con una mirada más amplia, es imposible tratar el tema de la ruptura de la credibilidad en la palabra pública sin hacer referencia al fenómeno ocurrente también con la palabra privada. Palabra pública y palabra privada –digámoslo ya– sellan los contratos públicos o privados. Las alianzas con otros o, aun, con nosotros mismos. Y, si lo vemos en su hipercomplejidad, el tema de confianza y credibilidad no se reduce a reflexionar sobre los medios y el contrato social. Supone –necesariamente– revisar si nuestras propias palabras –aquellas tal vez destinadas a nosotros mismos o al individualísimo receptor con el que dialogamos– están o no signadas por esa confianza y credibilidad reclamadas para el dominio de lo público. Sospecho que ni nosotros mismos estamos creyendo en nuestras palabras, creo que tampoco confiamos en ellas, me preocupa que las estemos reemplazando por el simple marketing efímero y soy un convencido que hemos empezado por envilecer los contratos individuales y –por extensión– los contratos sociales. Digo, también y por último, que con la electronalidad nos hemos visto obligados a recoger nuestros pasos y andamos en busca del tiempo perdido de la fe en la palabra. Sea oral, escrita o electrónica. Porque sabemos que sin confianza, credibilidad y fe en la palabra no hay contratos individuales ni sociales posibles.

Dos: la inflación lingüística

No nos cansaremos de reiterar que estamos asistiendo –en los últimos tiempos– acaso a uno de los fenómenos subversivos más corrosivos del contrato social: la inflación lingüística.

¿Qué significa hablar de inflación lingüística? Emisión inorgánica de nombres. Emisión de palabras que carecen de referente. Falsificación, entonces, de la realidad. Y como se trata de signos envilecidos, ocurre lo mismo que con la moneda depreciada, circulan con velocidad. Pasan de mano en mano.

Lo grave es que, en el caso de la inflación lingüística, son precisamente los llamados a denunciarla quienes sustentan artificialmente su “valor”. Nos referimos a políticos, auto titulados líderes de opinión, dirigentes de organizaciones sociales (a veces también inexistentes) y aun intelectuales (si falsificadores, entonces pseudo – intelectuales).

Ayer aceptamos interpretación “auténtica”, como si las hubiese –en aquel momento– “inauténticas”; suscribimos colaboraciones “eficaces”, como si las hubiese “ineficaces”; juramos puntualidades incumplidas por la campaña “La hora peruana”; y, en fin, alentamos la ficción de unidad colectiva bajo la denominación Acuerdo Nacional en un ente que –lo estamos viendo y viviendo– tuvo poco de nacional y menos de acuerdos comprometedores de partes.

Y ahora surgen pueblos “originarios” y “nativos” en mundos y espacios construidos por migraciones. “Frentes de Defensa” que son simples instrumentos de fachada (tal vez, por eso, sólo “frentes”, visibilidades) de la defensa del interés de alguien o sólo algunos; marchas y solidaridades por la paz y la democracia que ni son pacíficas y, más bien, apuntan a la destrucción de esa democracia. Denuncias, en fin, de “injerencias” extranjeras, hechas por quienes viven de esas denunciadas “injerencias”.

Las actas y acuerdos para solucionar coyunturas violentistas se multiplican; la palabra “culpable” termina siempre diluyéndose en el “yo no fui”, pero finalmente en el “nadie fue”. Y los habitantes de la Amazonia y Puno se convierten en “hermanos” de todos. Pero, por supuesto, también de nadie. A propósito de esto último es repulsivamente racista hablar de esas “hermandades”. Para no serlo, deberíamos –entonces– hablar también de los “hermanos” de Casuarinas, Breña o Jesús María, Arequipa o Piura.

Lo anterior lo traigo a colación por una nueva emisión inorgánica: las llamadas “reivindicaciones étnicas” y los “neo-nacionalismos indígenas”. ¿Acaso no se trata de términos hasta excluyentes? ¿La nación es un concepto propio de los llamados “pueblos originarios” o, más bien, una creación de la Europa post medieval?

En este mismo sentido de emisiones inorgánicas, alguna universidad organizó un Foro para discutir el tema del auto-gobierno en los pueblos indígenas en Norte América. Por Dios. ¿Qué hicieron en esa América con los “nativos”? ¿Qué hicieron con los que quedaron? ¿No les suenan conocidos los términos “reservaciones indígenas”?

Y otra vez, entonces, racismo y maniqueísmo. ¿Habrá que hacer entonces paros costeños? ¿Acaso paros urbanos que se opongan a intereses rurales? ¿O algún paro de los “nativos originarios” de Ancón frente a los invasores de Comas y Puente Piedra?

Cuidado. La inflación –monetaria y lingüística– corroe el fundamento de la convivencia civilizada: la propiedad. No sólo la posesión, la propiedad en sí. Siendo obviamente la propiedad más valiosa la vida misma. Que no admite relación o tutoría alguna de terceros. Llámese Estado o Frente. Patria o Muerte. Paz o democracia.

Tres: especificidades

Decir las cosas por su nombre. Es lo éticamente honesto. Pero, sobre todo, es el instrumento más eficaz contra todo tipo de subversión. Externa o interna.

Necesitamos, pues, un sinceramiento político y cultural. Un shock. No vaya a ser que mañana tengamos que pedir al Gobierno un “enérgico pronunciamiento” porque algún país extranjero expulsó a peruanos por no ser nativos ni originarios de su suelo.

Inflación lingüística. Subversión. Emisión lingüística orgánica: propiedad. No hay instrumento más eficaz contra la subversión que ponerle nombre a las cosas. La propiedad. Sólo a los que alientan la subversión conviene vivir con la inflación. De todo tipo.

Inflación lingüística. Emisión de nombres sin que estos tengan un referente real. Siempre maquillaje, usurpación de la realidad o invento de ésta. Ergo, enajenación de la propiedad, base del contrato social, a partir de la admisión de circulante envilecido.

A quienes les preocupe la educación (de veras), les cansará que bajo el rótulo de “educación de calidad”, se planteen –en universidades– guiones para que todos los profesores repitan el mismo libreto; a quienes les preocupa la ética, debería sublevarles comprobar a veces que quienes se autodefinen como epítomes morales descalifican a cualquier rival intelectual o político ‘psicoanalizándolo por correspondencia’ impunemente, faltando precisamente a esa ética.

A quienes les importe la política, en fin (la Política con mayúscula), les sonrojará cómo algunos líderes o dirigentes se convierten en manipuladores intérpretes de la ‘opinión de las bases’, cuando las ciencias sociales han institucionalizado hace tiempo instrumentos precisos para cuantificar y cualificar esa opinión.

Seguro ha asistido Ud. a esos entusiastas ejercicios donde se trazan las “visiones institucionales”. Usualmente, en papelógrafos se llenan palabras bonitas, siempre de moda, hasta que todos quedan contentos. Aun cuando pocos sepan qué significaban en rigor esas palabras, a qué nos comprometen y cuáles son sus alcances.

Hitler se decía nacionalista. Velasco era un demócrata de participación plena. Chávez también demócrata, pero bolivariano. Sendero Luminoso un partido político, no un movimiento subversivo y menos terrorista. Muchos países intervienen con violencia en otros en nombre de la paz.

Hace poco, un publicitado crimen revelaba cómo un contrato de prestaciones sexuales fue reemplazado por palabras hirientes que activaron una atroz violencia. Pocos lo han subrayado. Pero, en este caso y los anteriores, los nombres que no coinciden con referentes terminaron por romper los contratos. Individuales y sociales. Y por generar violencia.

Cuatro: El quid de la inflación

Como podemos apreciar, el lenguaje es un instrumento de apropiación de la realidad. Si el lenguaje pierde, entonces, su capacidad nominatoria, su capacidad de relacionar nombres con referentes, no sirve para apropiarse de esa realidad.

Cuando se pronuncia la palabra amor, pero ésta carece de un referente específico y de la real relación subyacente a la palabra, se pierde propiedad –sensu stricto– sobre el objeto amado. Y lo mismo ocurre –más en profundidad– con los conceptos elementales de mío, tuyo, nuestro, si acaso estos –que son muy precisos– se ven ensombrecidos en sus dimensiones semánticas por la alusión etérea –pero corrosiva– a solidaridades, compromisos sociales, reciprocidades u otras palabras bonitas pero imprecisas.

En suma, la inflación lingüística supone pérdida de propiedad sobre tu lenguaje. El lenguaje deja de ser tuyo si uno no sabe ya lo que las palabras significan. Y cuando esto ocurre los contratos individuales y sociales se evanescen.

Puede que algunos –a sabiendas–  jueguen marketeramente con los nombres y hagan circular signos carentes de referentes. Puede que estas monedas significativas tengan hasta valor un tiempo en el mercado. Pero, sabemos –es una ley económica y de la lingüística– que el mercado se encarga de retirar el signo envilecido de la circulación.

¿Cómo reclamar confianza y credibilidad en la palabra pública si –por vivir en un mundo inflacionado lingüísticamente– sabemos que nuestras propias palabras privadas (a veces nuestro propio nombre o quehacer) están bajo el signo de la no referencia y, por ende, ni nosotros confiamos en lo que somos y decimos?

Cinco: El mundo feliz

Nos habíamos habituado al mundo de las verdades inmutables. A aquel mundo de los uni-versales indiscutibles. A gozar de confianza y credibilidad simplemente si adheríamos a ese mundo. Desde el 800 antes de Cristo, con la invención del alfabeto, los sonidos “ objetivamente “ eran representados por letras. Cómo dudarlo. Y el mundo de las ideas hizo hasta escarnio de las experiencias sensoriales. Y todo esto devino en los textos sagrados e inmutables per se, de los cuales culturalmente hemos sido tributarios. Si a esto le añadimos el yo renacentista y la conquista de la racionalidad, nadie podía no creernos o desconfiar de nosotros si –repito– adheríamos a esa tradición cultural. Que dividía culturalmente el mundo entre los privilegiados emisores de siempre de signos inmutables y pasivos y resignados destinatarios de los mismos.

Confianza y credibilidad en la palabra transitaron por un buen tramo de la historia de la humanidad sobre el sema Fe-Institucionalidad-Verdad. Transitaron sobre semas definidos no en una cultura del ‘hacer’, sino del ‘ser’. Así son las cosas, porque así es la voluntad de Dios. Religión, política e intelectualidad se volvieron consubstancialmente verdades absolutas. Y todos vivimos felices. Obviamente, no todos. Sólo los emisores.

Pero, de pronto, la desacralización de las sociedades debilita el sema. De pronto, la electronalidad –con sus textos alternativos, competitivos y evanescentes– pone a los pasivos receptores en condiciones de emitir. Y, de pronto, entonces, el sagrado papel sobre el cual sólo se escribían verdades, deja de prestarnos su prestigio histórico porque los discursos empiezan a circular –con hechura colectiva, esta vez– en soportes virtuales.

Y una cultura del hacer empieza a reemplazar a la cultura del ser. No sólo las ideologías se debilitan, sino la misma idea de la superioridad del mundo de las ideas frente al mundo de las cosas, empieza a cuestionarse. Era necesario resensorializarse para acceder al mundo de la electronalidad y no parecía ya tan cierto que la idea abstracta que despreciaba el papel de los sentidos fuese ya una aliada oportuna (o al menos exclusiva).

Entonces, todo se desinstitucionaliza. No sólo el Estado, también las relaciones con el trabajo y aun las relaciones personales. Aun –en muchos– las relaciones consigo mismos. Y todo esto en el contexto de una inflación lingüística galopante que pretendía mantener viejos nombres y referentes ya inexistentes. Con el agravante de tratar de pasar esos nombres por verdades absolutas, como en los buenos tiempos.

Bueno, se acabó. En un mundo que ha cambiado su sema cultural central y que se ha desinstitucionalizado, no cabe ampararse en ninguno de los componentes del sema. Ni en Dios, ni en las instituciones ni en la llamada verdad. Ahora cada quien tiene que volver a construir (o reconstruir) confianza y credibilidad. Estas empiezan por casa. No por la palabra pública. Esta volverá a ser confiable y creíble en la medida en que sus actores lo sean. Por sus haceres.

En el año 428 a.c. se estrenó Hipólito de Eurípides. En esta tragedia, más allá de las circunstancias que rodean la trama, Teseo encuentra el cadáver de Fedra, su esposa, que se ha suicidado. Sobre el pecho de Fedra hay una tablilla escrita por ella en la que incrimina a su hijastro, Hipólito, hijo de Teseo y de la amazona Hipólita.

Teseo lee en silencio lo que Fedra ha dejado escrito (sabe leer) y mientras lee exclama: “¡La tablilla grita, grita cosas terribles!… ¡Qué canto, qué canto he visto entonar por las líneas escritas…!”. A partir de allí se desencadena la tragedia de Hipólito y su muerte.

Para Teseo –que evidentemente sabe leer– y para el público receptor, la tablilla escrita es capaz de cantar, hablar. Lo escrito continúa (en ese momento) cantando o hablando.

El tradicionalista Ricardo Palma nos cuenta en Canta Claro cómo dos indios, que llevan un encargo de frutas, tienen hambre y se comen parte de las frutas. Junto con las frutas llevan una carta que envía el que manda la fruta al destinatario. Para que la carta no los delate, la ocultan. Así la carta no verá que ellos se comen la fruta y no los denunciará. Sabemos que al llegar a su destino, son castigados porque en la carta se indica la cantidad de fruta que debían entregar.

Para los portadores, la carta (lo escrito) es capaz de hablar, como para Teseo la tablilla es capaz de gritar o cantar.

Nadie adscrito a la cultura oficial en la sociedad peruana osará siquiera sonreír ante un Teseo que realmente nos está mostrando una percepción mágica y primitiva respecto a la palabra escrita. A fin de cuentas, Eurípides y la tragedia griega merecen per se respeto. Palabras escritas que han llegado a nosotros como verdades inmutables.

¿Seguiremos sonriendo ante estos relatos? ¿O llegó el momento de que –con rigor, pero humildad– reconstruyamos confianza y credibilidad a partir de nosotros mismos?

Seis: En el principio, fue el verbo

Si la primera persona del plural mayestático y la tercera persona fueron expresión y arma de la confiabilidad y credibilidad del mundo del ayer, hoy ese mundo de verdades  evidentes y demostrativas e inmodificables ha desaparecido.

La electronalidad nos ha vuelto a poner en el mundo del yo y del tú. Sin posibilidad de escondernos. Y con ello, la electronalidad nos ha puesto ante la evidencia lingüística de que no más el plural aludido o la tercera persona serán armas del convencimiento.

Etimológicamente, convencer (vencer e imponerse a una posición contraria) fue la palabra de orden para institucionalizar y pretender perpetuar un mundo de verdades inmutables y, por ende, irrefutables. La palabra escrita fue el medio silente y de consumo individual que posibilitó esta gran aventura cultural.

Sin embargo –lo subrayamos– caímos en la inflación lingüística al no podernos percatar de que el mundo nuevo resultaba innombrable (e inmanejable) con los viejos nombres. Estos no calzaban ni calzan con los nuevos referentes.

Caídos así en la inflación, era cuestión de tiempo que las expresiones y armas del mundo perfecto y feliz cayeran en el vacío semántico. Adiós plural mayestático y adiós  tercera persona; bienvenidas, nuevamente, la primera y segunda persona. Esta vez, en un mundo con referentes también virtuales.

Si las viejas estrategias para hacernos confiables y creíbles no van más, ¿Cuáles serán los caminos para asegurar contratos individuales y sociales?  Obviamente, el primero es el sinceramiento cultural, la restitución de nuestra capacidad de nombrar.

Pero, junto con ello, es evidente que al no haber más un mundo de uni-versales y al convivir ya una cultura del hacer, estamos obligados ya no a la imposible tarea de convencer unilateralmente. Se hace imprescindible sustituir la mesiánica y redentora tarea del convencimiento por la más humana de persuadir; sustituir la demostración por la argumentación; y, claro está, requerimos permanentemente ejemplificar.

Pero todo empieza por el contrato individual con nosotros mismos. Por la afirmación de trazas personales sostenibles. Por abandonar el marketing efímero y reemplazarlo por proteicas, pero transparentes y coherentes identidades.

El contrato social no está más en manos de Dios o el Pueblo. Está en manos de los ciudadanos y de la recuperación de categorías humanas de las que habíamos abdicado: generar confianza y credibilidad en y por nosotros y por nuestro hacer.

Podría sonar contradictorio, luego de lo dicho, pero ahora sí estamos en condiciones de afirmar que En el principio, era el verbo.

Eduardo Zapata es Doctor en Lingüística y Literatura de la Pontificia Universidad Católica, hizo un postgrado en Semiótica en la Universidad de Bologna.  Investigador y maestro universitario, ha publicado, entre otros libros, El Discurso de Sendero Luminoso: Contratexto Educativo, Lo que piensan los niños sobre la escuela, Representación oral en las calles de Lima y La palabra permanente. Verba manent, scripta volant.

Ha participado en el desarrollo de la Fundación Cultural del Banco de la Nación, que se trazó como objetivo central imprimir en el imaginario colectivo nacional los conceptos de una cultura del deber y de una identidad proactiva como insumos indispensables en nuestra sociedad.

Es profesor de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas de los cursos de Semiótica y Sociología de la Comunicación.

EMPRESA PRIVADA Y CREDIBILIDAD

Por Dr. Gonzalo Galdos

La credibilidad y confianza fueron factores importantes en la crisis financiera.  Este artículo explora los matices que estos factores implican.  La empresa privada y la inversión requerirán, según el autor, de tiempo para reconstruir y restaurar la confianza como soporte vital.

A medida que se conocen mayores detalles acerca de ciertas conductas y decisiones de los altos ejecutivos en algunas de las empresas que se lanzaron al vacío en el origen de la reciente crisis financiera, recordamos una anécdota que relata una reunión de los tres principales directivos de una empresa —incluyendo un inexperto que acababa de ingresar a la misma.  El tema de la reunión era cómo crear mayor valor para el cliente.

Durante la primera parte de la reunión, cualquier dilema operativo era zanjado por el gerente general al preguntar con agresividad a su gerente de confianza “¿qué lugar de importancia ocupa el cliente en nuestra empresa?”  La respuesta llegaba casi como un ritual obligado: “el primer lugar jefe”.  Luego, la discusión continuaba, perdiéndose el tema en medio de intrincadas medidas administrativas y en el análisis de las implicancias de algunas decisiones en el programa de incentivos y bonos de los ejecutivos. En el proceso se desestimaba de inmediato toda medida que pudiera afectarlos.

En estupor y confundido por el curso de la reunión, el gerente novato sólo atinaba a escuchar cuidadosamente, hasta que el gerente general finalmente le dirigió a él, por primera vez, la pregunta de rigor: “¿qué lugar de importancia ocupa el cliente en nuestra empresa?” pretendiendo incorporarlo participativamente en la discusión.  Después de un breve silencio, su respuesta produjo un gélido silencio: “el cuarto lugar jefe”. “¿Qué has dicho?, terció el otro veterano. “El cuarto lugar”, reafirmó el transgresor; añadiendo a continuación, “sólo basta escucharlos un momento para saber que nosotros tres estamos primero”.  Tan ilustrativa anécdota pinta de cuerpo entero cómo, a veces,  los ejecutivos  abusamos voluntaria o involuntariamente del poder que nos han delegado los accionistas, de la confianza que en nosotros depositan los clientes al amparo de una marca prestigiosa que nos cobija.

En el caso de las hipotecas sub-prime y los fondos fantasmas o sobredimensionados, todas las evidencias apuntan a  una cadena de abusos de confianza que empezó con un grupo de ejecutivos especializados que elevaron la ingeniería financiera a nivel de pirotecnia, aplicando a productos impresentables coberturas estéticas complejas. Esto reducía las decisiones de sus jefes al peligroso dilema entre no hacer nada o tomar grandes riesgos con posibles grandes ganancias que a su vez perdían objetividad por estar asociadas a  jugosos incentivos.  Muchos de estos jefes no entendían a cabalidad tan novedosos productos, que convertían en cliente a un ninja (siglas en inglés de una persona sin ingreso, sin trabajo ni activos.), ni menos de los riesgos asumidos. Este momento de ignorancia es cada vez más frecuente cuanto mayor sea nuestra edad, si no existe conocimiento prevalece nuestro temperamento frente al riesgo o en el caso más delicado nuestros intereses personales, pudiendo llegar en algunos casos a la codicia.  Y así, la cadena de abuso se agravó por una ausencia de un principio claro de rendición de cuentas a los accionistas e incluso, directorios carentes de colaboradores independientes o de outsiders sin contaminación sesgados en favor de sus respectivas administraciones.

La reciente crisis financiera fue, ante todo, una crisis de confianza donde un pequeño pero relevante grupo de gerentes no estuvo a la altura del histórico momento que la humanidad le había brindado a la empresa y a la inversión privada.

Las empresas no quiebran, somos nosotros, sus ejecutivos, los que a veces nos quebramos profesional o moralmente y en nuestra desesperación las arrastramos con nuestras decisiones y acciones. Las empresas pueden tener una marca, un edificio, pero requieren clientes y también personas de carne y hueso que las hagan funcionar y las personifiquen representándolas dignamente.

Todo aquel que ha vivido las vicisitudes y beneficios de una vida corporativa, entiende que las tentaciones son muy grandes y los sesgos abundantes.  Se dice que el dinero es importante, pero muchos sociólogos coinciden en que la avidez por el mismo es sólo porque constituye un recurso para servir a un amo aún más importante: el poder.  Este último corrompe no solo políticos y autoridades, también llega a corromper a profesionales serios y bien intencionados, quienes empiezan por utilizarlo para imponer, cuando podrían utilizarlo para educar y desarrollar; también genera arrogancia, cuando podría servir para desplegar humildad; pero quizá los dos sesgos más marcados que provoca son el de infalibilidad en las decisiones y acciones y el de invulnerabilidad: esa sensación que, aún errando, ni las consecuencias o desgracia que acarrean nuestros errores podrán alcanzarnos.

Todo lo sucedido cuestiona algunas reglas en las que se desenvuelve el libre mercado pero no menoscaba la esencia de la libre empresa. Existen razones de sobra para pensar que se trata del fin de una era: la de los superhéroes enfundados en trajes Armani hechos a medida y corbatas Hermenegildo Zegna. Es el inicio de la era de los mortales, de los que cometemos errores, pero mantenemos nuestra voluntad de enmienda a la par que nuestras convicciones; de aquellos que saben dónde están sus límites y limitaciones; de aquellos que necesitan dialogar con el cliente y los accionistas para saber cuál es el rumbo a tomar; de aquellos que no tienen miedo de seguir aprendiendo y seguir confiando; de aquellos que saben que la credibilidad sólo se construye cuando existe consonancia entre lo que dices y lo que haces.

Como menciona Stephen Covey, se han tejido muchos mitos acerca de la confianza.  Afortunadamente, estos caen abatidos frente a realidades que demuestran que es cuantificable; que se puede enseñar y aprender; que puede crearse o destruirse y que puede administrarse.

La empresa privada no es perfecta, pero es quizás una de las menos imperfectas entre las instituciones humanas que tienen objetivos de promover desarrollo. La crisis ha generado una gran oportunidad para perfeccionarla, a través de la mejora en la toma de decisiones, del principio de rendición de cuentas y la desconcentración del poder en las cúpulas.

Restaurar la confianza tomará tiempo, pero será lo correcto e inevitable.  Para empezar, muchas empresas, empresarios y ejecutivos se han ganado respeto tremendo por su capacidad de substraerse de las tentaciones y mantenerse en el rumbo correcto.  Nuevas administraciones se abren paso con un mejor balance entre experiencia y empuje.  La razón, la prudencia y el cliente vuelven a reinar. Después de todo, cuando uno confía, toma riesgos, pero no confiar implicaría tomar riesgos mayores.

Gonzalo Galdós es Doctor en Ingeniería Industrial, graduado CUM LAUDE en la Universidad Politécnica de Madrid e Ingeniero Metalúrgico de la Universidad Nacional San Agustín. Ha realizado estudios en el OLC del Massachussets Institute of Technology (MIT), EE.UU. y en Kellogg Graduate School of Management, EE.UU. Ha sido Presidente Ejecutivo del Grupo Armco, Presidente de Sider Perú y Presidente del Consejo Nacional del Ambiente, CONAM. Actualmente es Presidente de Organizational Learning Center-OLC, Presidente del Directorio de Moly-Cop Adesur y Director de la Escuela de Postgrado de la UPC.

COMUNICACIÓN Y CAPITAL SOCIAL: LOS MEDIOS EN LA ECUACIÓN DEL DESARROLLO

Por Eugenio D’Medina Lora

El desarrollo requiere de reglas de juego estables para florecer. Pero para construirlas es preciso que una sociedad sea rica en capital social, definido como el entramado social basado en relaciones de confianza a muchos niveles. Esta es la base a partir de la cual se puede analizar qué rol cabe a los medios en la construcción de esta sociedad de confianza. La hipótesis presentada es que poco han hecho en esta tarea, porque si bien hay más transparencia relativa a otros tiempos, también hay duros obstáculos, derivados de conflictos de plataformas de valores como manejo tendencioso de los medios para resaltar generalmente los peores aspectos del sistema político, en respuesta selectiva a presiones derivadas de escenarios de captura, dando por resultado un detrimento de la confianza y del capital social.

Introducción

¿Los medios de comunicación social son espectadores del desarrollo de un país o son protagonistas del mismo proceso? Esta es la pregunta clave que pretende explorar este ensayo. ¿Su papel es simplemente informar acerca de lo que sucede en el país, mostrando todas sus pobrezas y miserias, particularmente en el campo de la política y la economía, sin asumir responsabilidad por los hechos que refieren en sus reportes y crónicas? ¿O ya puede decirse, por su creciente presencia en la agenda política, que los medios de comunicación han pasado a ser actores de esa realidad que cuestionan, denuncian y critican permanentemente, desde distintas trincheras de opinión, no alejadas, por cierto, de las influencias ideológicas?

Si los medios de comunicación son actores del desarrollo, les cabe una responsabilidad con la sociedad que persigue ese desarrollo. A ésta, se le puede denominar la responsabilidad social de la comunicación social(1). Identificar, definir y discutir los elementos a través de los cuales se materializa esa responsabilidad, es una tarea imprescindible para comprender los macro-alcances de la labor del comunicador, y muy en particular, del comunicador periodístico.

Colofón de lo anterior es examinar si en la incapacidad de construir capital social a base de relaciones de confianza radica el por qué los periodistas peruanos no se convierten en verdaderos referentes para la sociedad y el Estado en el Perú, tanto en el ámbito de cada espacio de acción, como en cuanto a las relaciones que sostienen entre si. Es decir, ¿por qué no hay periodistas que se puedan convertir en auténticos anclajes de confianza?

En este ensayo buscamos presentar estos elementos en clave política y en tesitura teórica, dejando la tarea de proseguir en la profundización del análisis para otras investigaciones empíricas que pudieran suscitarse.

¿Por qué unos países desarrollan más que otros?

Para comprender si el comunicador social juega un papel en la construcción del desarrollo de un país, y particularmente del Perú, el punto de partida será responder a una pregunta crucial: ¿por qué unos países desarrollan más que otros? Ensayaremos algunas respuestas.

Adam Smith entendió el problema fundamental. No era el crecimiento en sí lo importante, sino la riqueza: la riqueza de las naciones(2). ¿Y qué las hacía más ricas? Las posibilidades de intercambios comerciales por el uso eficiente de los recursos y aprovechamiento de ventajas diferenciales. No se trataba de producirlo todo, sino de especializarse en lo que mejor se podía hacer(3). Pero dichas posibilidades de maximizar el intercambio sólo es factible si al mismo tiempo se maximiza la libertad económica. Puede decirse que Smith fue el primer visionario de lo que hoy se entiende como globalización, al entender que los países podrían enriquecerse bajo esquemas cooperativos basados en el intercambio libre.

Una arista distinta, pero complementaria, es la que propone Max Weber, al establecer que es la ética en el desempeño de las actividades de negocios la que hace que algunos países desarrollen una cultura del trabajo, del ahorro y la prosperidad(4). Aunque Weber ha sido sujeto de interpretaciones no siempre certeras con respecto a este argumento, situación que, por cierto, también le cupo a Adam Smith, la esencia de su argumento es que la ética es parte componente de la función de producción, como un factor adicional al trabajo, al capital, a los recursos naturales y a la capacidad empresarial, así como, también, un elemento crucial de la estructura de las preferencias que dan sustento a la función de utilidad. De esta manera, la ética del productor, como la ética del consumidor, dejan de ser cuestiones meramente filosóficas, para convertirse en elementos concretos que soportan la producción y la competitividad. Y se traducen en algo tan tangible como los costos de transacción y los problemas de agencia, cuando se sospecha que los intercambios pueden estar sobre la base de información oculta y comportamientos engañosos que hacen requeridas coberturas especiales que se traducen en erogaciones monetarias.

Un factor que apoya al aspecto ético, aunque es totalmente distinto, es el que resalta Hernando De Soto: el sistema legal-institucional(5). En efecto, el sistema legal-institucional, además de ordenador, es generador de valor de los activos lo que permite insertar a sus poseedores en la dinámica capitalista. La institucionalidad también se convierte en factor de la función de producción. Y, por tanto, los países más desarrollados han de mostrar mejores marcos institucionales y sistemas de legalidad mucho más enraizados y afinados que permitan conocer de antemano las reglas de juego que brindan las seguridades a los que desarrollan actividades económicas. Incluso puede pensarse que es precondición del mercado mismo la existencia de esta claridad en el sistema legal-institucional(6).

Mientras los dos anteriores enfoques hacen hincapié en elementos cualitativos que impactan en la función de producción, Ludwig Von Mises asume una postura tradicional y sitúa el desarrollo de los países, simple y llanamente, en la formación y la acumulación de capital(7). No existe forma de que un país desarrolle sin capital, en la tajante perspectiva de Mises. Para él, sólo existe una diferencia entre países desarrollados y no desarrollados: la diferencia en la disponibilidad de los bienes de capital por persona que pueda trabajar. Por tanto, la tarea del desarrollo pasa por generar más capital, lo que implica promover la inversión – nacional o extranjera – y la innovación tecnológica.

La confianza y el capital social: ¿dónde encajan?

Todos los enfoques del desarrollo explicados anteriormente son válidos y complementarios entre sí. Sin embargo, todos ellos tienen un elemento común: la confianza. Los intercambios comerciales internacionales requieren confianza en cuanto a tiempos de suministros, calidades, cantidades y precios, así como también las interrelaciones cooperativas entre empresas(8). El comportamiento ético en los negocios supone la confianza en que las acciones humanas emprendidas se corresponderán con ciertos valores asumidos como éticos en determinada sociedad. El sistema legal-institucional se sostiene en la percepción de confianza que tienen de él los miembros de la sociedad, pues si no se confía en dicho sistema, sus prescripciones y señalamientos quedarían desvirtuados. Y la construcción de capital financiero y físico implica que la inversión que la genera se ampare en la confianza en las reglas de juego que permitan estimar razonablemente la cuantía de los retornos esperados, así como su ocurrencia y su riesgo. No pueden convivir ni persistir ni sostenerse los intercambios comerciales, ni la ética en los negocios, ni los sistemas legales-institucionales ni la formación de capital sin un entramado de confianza que los haga viables en el largo plazo.

En consecuencia, la confianza es el factor común y el elemento crucial para el desarrollo. Este elemento es el núcleo de la tesis de Alain Peyrefitte, quien postula que el desarrollo depende de la construcción de una sociedad de confianza: la confianza otorgada a la iniciativa personal, a la libertad exploratoria e inventiva que conoce sus contrapartidas, deberes y límites(9). La “divergencia” del desarrollo, es decir, la distinción entre los países que se desarrollan y los que no lo hacen –o se desarrollan poco– se explica primero por la existencia de sociedades en las que prevalezca una cultura de confianza y, solamente después, por los otros elementos que pueden actuar de gatillos del desarrollo.

Teniendo esto en cuenta, ¿es posible reformular la tesis de Mises con respecto al capital como instrumento fundamental del desarrollo y, por extensión, al capitalismo como sistema insuperable para producir ese desarrollo? ¿Podemos integrar el concepto de confianza dentro del marco de la clásica relación contemplada en la función de producción(10)? De hecho sí, en tanto reformulemos adecuadamente el concepto del capital. ¿Se puede seguir sosteniendo la ecuación desarrollo = capital? Sí. Pero, ¿qué capital? Siguiendo la definición antigua, y particularmente a Karl Marx, la ecuación es capital = dinero. Por otro lado, en una ampliación de la anterior, se tiene que en la definición neoclásica, la ecuación sería capital = dinero + activos + tecnología. Pero podemos extender más esta definición. Un concepto más moderno de capital se expresaría en la ecuación capital = capital financiero-comercial + capital conocimiento + capital natural + capital infraestructural + capital humano + capital social.  Bajo esta nueva visión, podemos hablar de un desarrollo capitalista, no en la concepción de la economía política clásica, sino conformado por la acumulación sistemática y sostenida de capital financiero-comercial (dinero, activos financieros, inmuebles, equipos, mercancías), capital natural (recursos naturales, medio ambiente), capital infraestructural (infraestructura económica y social), capital conocimiento (tecnología, know how, capacidades de gestión), capital humano (educación, salud(11)) y capital social (trama social de relacionamiento mutuo).

Es más nítida la comprensión de este enfoque de la relación capital-desarrollo si se atiende a la ausencia de alguno de estos elementos. Claramente no es posible impulsar ningún proceso de desarrollo sin capital financiero y comercial, por lo que la promoción de la inversión privada se hace indispensable para darle fuerza al proceso, algo que está en el centro de las nuevas estrategias desarrollistas de los países que crecen. En el caso del capital natural, a pesar de la percepción cotidiana, no parece ser tan importante para el desarrollo, aunque, de hecho, puede ayudar mucho si se aprovecha adecuadamente y se complementa con políticas públicas complementarias. Todo lo contrario ocurre con los otros tipos de capital, cuyas ausencias sí se sienten. Sin infraestructuras apropiadas es imposible impulsar ni sostener ningún proceso de desarrollo, pues lo primero que tiende a colapsar en cualquier país que crece es, precisamente, la infraestructura. Debe evitarse que se convierta en un cuello de botella. Tampoco es posible el desarrollo sin tecnología, know how y capacidades de gestión, aunque a diferencia de la infraestructura, que tiene que hacerse específicamente en el país, en el caso del capital conocimiento puede importarse, aunque no es lo deseable ni sostenible. De ahí la importancia de capitalizar al país con inversión en investigación y desarrollo, además del fortalecimiento de las capacidades de gestión.

El caso del capital humano no es distinto. Un país compuesto por personas que no tienen educación, que por lo menos les permita conocer y defender sus derechos, es débil, porque se compone de pobladores antes que de ciudadanos. Asimismo, un país de personas con mala nutrición y salud deficiente, es imposible que se incorporen a procesos de incorporación acelerada de innovación tecnológica y fortalecimiento de otras capacidades.

Si las ausencias anotadas son fundamentales, la falta del capital social es decisiva. El capital social es la fortaleza de la trama social que hace posible que ocurra el relacionamiento entre los miembros de la sociedad. Esta trama está basada en la confianza mutua y, por extensión, en el comportamiento ético, la justicia y el respeto individual, la capacidad de asociatividad y el reconocimiento de una institucionalidad legítima(12).

¿Adónde nos lleva todo esto? Partiendo de la nueva visión del capital, se tiene que para generar desarrollo hay que construir capital. Y construir capital implica construir todas las formas de capital sin descuidar ninguna. Luego podríamos construir también una respuesta a la interrogante acerca de por qué algunos países se desarrollan más: las sociedades que más se desarrollan son las que tienen la capacidad de construir más capital, en el sentido ampliado descrito. Y un componente fundamental de ese capital es el capital social, materializado en una trama social tejida a base de los hilos delicados de la confianza en la sociedad.

El papel del comunicador social y la tarea pública

Si hay algún papel del comunicador social en el desarrollo, éste se relaciona con su responsabilidad social, y, por consiguiente, con la construcción de la confianza y del capital, en el sentido ampliado que hemos descrito en el acápite anterior. Un elemento clave que relaciona estos propósitos con el rol comunicacional se enmarca en su capacidad de vincular la tarea del Estado, que se realiza a través de políticas públicas, con los objetivos sociales que deben siempre converger al desarrollo. Y esto debido a que el Estado es un actor de alta presencia, bajo cualquier modalidad, grado o sistema político, en el proceso de desarrollo de cualquier país.

En efecto, el desarrollo de un país, en distintos grados y bajo cualquier régimen político, implica un papel del Estado como actor de ese proceso. El desarrollo de una sociedad tiene como un pilar clave a la economía, pues, de hecho, el propósito último de la ciencia económica es generar las mejores condiciones de desarrollo factibles en un espacio y tiempo dados. Por otro lado, en una sociedad política, el Estado es la entidad encargada de ejercer el máximo poder que le confiere la misma. Consecuentemente, la política y la economía están íntimamente relacionadas. La política es el proceso y actividad orientada, ideológicamente, a la toma de decisiones de un grupo social para la consecución de objetivos. Para cualquier sociedad, uno de esos objetivos primordiales es generar la disponibilidad de los recursos y su acceso a las personas. Esa tarea, de una u otra manera, tiene como actor de primer orden al Estado; y, por tanto, a las políticas públicas que implementa dicho Estado.

Hay que tener en cuenta que importa el cómo se materializa esta presencia del Estado en la consecución del desarrollo(13). Cuando decimos que el Estado es un actor de primer orden en la tarea de asegurar la mejor disponibilidad de recursos factible, implícitamente definimos una idea sobre su papel en la economía. Ese papel puede fluctuar entre hacer todo y no hacer nada. Y la definición de esa idea lleva invariablemente a una definición de política que impacta en la economía. No debe sorprender entonces que el Estado sea el actor más polémico en cuanto a esta definición de qué papel le cabe en el desarrollo.

Es un hecho que los medios de comunicación tienen crecientemente una presencia mayor en el dictado de la agenda política. En el Perú, se acaba de ver con el manejo de la confrontación entre el Estado y parte de las comunidades nativas amazónicas y con el juicio al ex Presidente Alberto Fujimori por delitos de lesa humanidad. La prensa asigna espacios, en titulares y páginas del interior, a noticias sobre hechos u opiniones, en función de sus propias cercanías ideológicas. Los entrevistadores, particularmente radiales o televisivos, segmentan su tratamiento de los entrevistados en función de sus propias preferencias personales, siendo amables y, muchas veces, condescendientes con quien está cercano a sus afectos o a su posición ideológica, y draconianos, cuando no abiertamente prepotentes, con los que no se alinean con sus propios pensamientos políticos. Esto coloca al comunicador social en una posición predominante en el escenario de la política, queriendo o no hacerlo. Y también lo pone en una situación de creciente responsabilidad.

Los componentes de la responsabilidad social de los comunicadores

¿Hay entonces una responsabilidad social del comunicador? El papel del comunicador social, más que sólo informar, incluye responsabilidad con la sociedad. ¿Cómo definirla? En un intento por señalar sus componentes en clave “algebraica”, se puede intentar con la siguiente expresión:

RS = PIT +  DIT + FEP + SS

Esta expresión indica que la responsabilidad social del comunicador (RS) es una sumatoria de cuatro componentes: La “perfección” de la información transmitida (PIT), la defensa de intereses territoriales (DIT), el filtro de eficiencia y eficacia de las políticas públicas a implementarse (FEP) y, por último, la sensibilidad social ante la realidad inmediata que rodea al comunicador (SS). Ha de notarse que, tradicionalmente, se asume de manera implícita la identidad entre la RS y la SS. Bajo el enfoque que proponemos, la RS excede con mucho a la SS y, en principio, le otorga un peso relativo menor, en aras del fortalecimiento de otros componentes. Analicemos cada uno de ellos.

En primerísimo lugar, la “perfección” de la información es un componente crucial y determinante en la responsabilidad social del comunicador. Claramente, la alusión a la perfección debe entenderse como un propósito tendencial, en vista que es prácticamente imposible conseguirla en cualquier área del conocimiento profesional. Pero cuando se alude a la “perfección” se debe entender ésta en el sentido que le dan los economistas, a saber, que una información es perfecta cuando es veraz, completa y oportuna. Por tanto, la primera responsabilidad del comunicador, respecto a la sociedad, es la de transmitir veracidad de contenidos, de manera que incorporen información completa para el receptor de dicha información y teniendo en cuenta que llegue a tiempo al público destinatario. Si se falsea la realidad, se transmiten medias verdades o se hace llegar tarde, aunque un comunicador posea altísimas dosis de sensibilidad y bondad, estará actuando fuera de su responsabilidad con la sociedad en la que de desempeña como tal.

Otro componente es la defensa de intereses territoriales. Como “territoriales” queremos expresar intereses relativos a una comunidad en un espacio geográfico determinado. Por ejemplo, pueden ser intereses de un distrito, de una provincia, de una región y, eventualmente, de todo un país. Dado que la tarea del comunicador es influenciada directamente por el entorno de la comunidad en la que ésta es desarrollada, parte de su responsabilidad es con esa misma comunidad, la cual, está necesariamente ubicada en un determinado espacio geográfico o territorio. Este componente se hace más fuerte conforme el alcance del medio de comunicación es más enfocado en espacios territoriales pequeños. Un periódico de alcance distrital tiene un compromiso con el distrito. Un canal de cable de alcance multi-distrital, como por ejemplo uno de los conos de Lima, tiene un compromiso con la problemática de los pobladores de esos espacios, más allá que con un distrito específico.

Una tarea fundamental de los comunicadores es servir de faja de transmisión de las políticas públicas. En esto consiste el componente de filtro de eficiencia y eficacia. Para que sean efectivas, las políticas públicas deben ser comprendidas por los actores políticos, desde instituciones y entidades de gobierno, hasta organizaciones privadas y personas naturales. Entendidas, para que los actores puedan, precisamente, realizar acciones esperadas como resultado de esas políticas. Pero esta función de faja de transmisión involucra tanto la promoción de las políticas que sirven a propósitos de desarrollo, como también la contención de aquéllas que pudieran no estar alineadas a tales objetivos, a pesar de las intensiones de los hacedores de política (policy makers). En tal sentido, parte de la responsabilidad de los comunicadores es impulsar a las buenas políticas y frenar a las malas, señalizando en el primer caso a los miembros de la sociedad y del Estado para proseguir en su implementación, y, en el segundo, al gobierno para cambiar y/o afinar sus políticas.

Finalmente, está el componente de la sensibilidad social, término que se utiliza extendidamente, pero que no suele definirse. Vamos a definirla como la proclividad del comunicador social a comprometerse con causas de los más necesitados económicamente orientadas a mitigar, aliviar o abatir los efectos de tal precariedad sobre su bienestar. Aunque todos los componentes presentan aristas subjetivas, es en el caso de la sensibilidad social donde lo subjetivo es casi todo. Normalmente es la sensibilidad social lo que se entiende cuando se hace referencia a la responsabilidad social, y, por tal motivo, tiende a confundirse ambos conceptos, cuando, por ejemplo, se alude a la que deben tener las empresas privadas. Pero, como vimos, la responsabilidad social es mucho más amplia para los comunicadores y tiene que ver, fundamentalmente, con el manejo objetivo de los instrumentos que tiene a su cargo y que se vinculan fuertemente a los primeros tres componentes.

Estos componentes de la responsabilidad social de los comunicadores sociales no siempre son convergentes. Es más, normalmente son divergentes y presentan problemas de orden ético que se “resuelven” en el plano de las estructuras de preferencias individuales de cada comunicador. Por ejemplo, puede ser que una información sobre “espionaje” a un país vecino sea una noticia que cumple con el criterio de veracidad, pero que su difusión pueda ocasionar un perjuicio al país al generar un escenario de confrontación internacional(14).

Contradicciones de la plataforma de valores y captura bidireccional

¿Por qué suele encontrar obstáculos el comunicador para ejercer su responsabilidad social? Una parte de la respuesta se acaba de mencionar: la pretensión de abarcar todos los componentes de la responsabilidad social confronta normalmente al comunicador a fuertes dilemas éticos. De modo que un primer obstáculo es intrínseco al comunicador: su estructura de preferencias individuales que surgen de contradicciones en la plataforma de valores personales(15).

En función de esta plataforma de valores, el comunicador puede actuar buscando deliberadamente adecuar su comportamiento a la responsabilidad social, o puede hacerlo sin adecuarse a ella. En el primer caso, puede hacerlo consistentemente con todos y cada uno de los componentes, o enfrentarse al hecho de que en muchas ocasiones tendrá que ceder en uno para enfatizar otro, pero, en todo momento, buscando genuinamente la mejor solución posible que sea concordante con sus parámetros éticos. Incluso cuando genuinamente quiera dar prioridad a uno de los componentes, por ejemplo para defender una causa que percibe como subjetivamente justa, como consecuencia de su propia sensibilidad social, puede sin proponérselo entorpecer la aplicación de una conveniente política pública que habría requerido, más bien, el apoyo mediático para su óptima implementación, en vez de detonantes sociales que les pusieran freno(16).

En el segundo caso, el comunicador asume una postura anárquica y pragmática, tomando cada hecho como viene, sin sujetar su interpretación y tratamiento a ningún tipo de canon ético, sino únicamente atendiendo a sus propias preferencias individuales. En este último caso, la labor del comunicador social se desvirtúa y se desnaturaliza, porque solamente atiende a sus cercanías o lejanías emocionales para el tratamiento de los hechos a comunicar. Si los conflictos entre los distintos componentes de la responsabilidad social pueden ocasionar que el comunicador no pueda tratar la noticia casi nunca con objetividad, por definición, su tratamiento casi siempre es subjetivo y marcado por su propia manera de ver el mundo(17).

Otra parte de la respuesta tiene que ver con el entorno en que desarrolla su actividad comunicacional. Toda referencia a una responsabilidad social de los medios de comunicación implica que existe una relación entre medios y sociedad. Para efectos metodológicos, conviene hacer esta distinción, aunque los medios de comunicación son parte(18) de la sociedad. Un aspecto de este relacionamiento, que resulta fundamental para el análisis de la responsabilidad social de los medios, lo constituyen los escenarios de captura recíproca de la sociedad hacia los medios, en simultáneo con una captura desde los medios hacia segmentos de la sociedad, configurando un sistema de captura de ida y vuelta o bidireccional.

Se generan escenarios de captura cuando determinados actores que no tienen poder formal sobre otros tienen la capacidad de alinear sus objetivos con ellos, de manera que los actores capturados terminan realizando acciones convergentes con los propósitos de los que impulsan la captura. El cabildeo es un instrumento legal para lograr esa captura, entre otros. La corrupción es otro instrumento, no legal, para el mismo propósito. No toda captura implica prácticas corruptas.

La captura de medios es la que se produce desde la sociedad hacia los medios de comunicación, por segmentos sociales que ejercen presión para defender ciertas posiciones ideológicas, intereses grupales o políticas públicas concordantes con dichas posiciones e intereses. Normalmente se alude a grupos económicos de alto poder como segmentos influyentes en los medios de comunicación, algunas veces llegando a realizar acciones de corrupción(19). Pero no solamente pueden ser esta clase de grupos de interés, sino cualquier otro con poder suficiente para ejercer presión.

La captura mediática va en sentido opuesto. Es la captura que se da desde los medios hacia la sociedad, colocando la agenda y enfatizando los focos de interés que serán parte del “debate político”. La captura mediática es la materialización de la sensación de esa especie de “cuarto poder” que representan los medios de comunicación social. Se trata, en alguna medida, de una “captura derivada” en razón de que la agenda concreta que establecen los medios de comunicación en la sociedad se desprende, cuanto menos en parte, de los objetivos fijados por los segmentos captores que influyen en esos medios. Asimismo, es una captura masiva, sobre el total de la sociedad, a diferencia de la captura de medios, que es focalizada uno a uno.

La contradicción de la plataforma de valores y la captura bidireccional no constituye compartimentos estancos, sino que implica vasos comunicantes diversos. Por ejemplo, habrá más propensión a una captura de medios en la medida en que menos estructurada sea la plataforma de valores del comunicador. El caso clásico fue la compra de las líneas editoriales de varias estaciones televisivas por funcionarios instalados en la Administración Fujimori, caso en el cual la captura adquirió ribetes de corrupción generalizada. También ocurrirá que una más relajada estructura de la plataforma de valores dará lugar a comportamientos más orientados a la captura mediática para influir en segmentos de la opinión pública, o en entidades del propio aparato estatal. Aquí un caso típico puede ser el lobby organizado desde los medios periodísticos para la captura, enjuiciamiento y condena a Fujimori por delitos de lesa humanidad, parte del cual habría estado patrocinado por organizaciones vinculadas a ideologías políticas que fueron objeto de duros embates de su gobierno durante la década de los noventa.

Impacto de los medios en la construcción de confianza política

¿Cómo influye la contradicción de la plataforma de valores del comunicador y la captura bidireccional a la construcción de la confianza en el plano político? Pues en que produce el resultado de que la información tiende a manejarse, normalmente, fuera de los lineamientos de la responsabilidad social del comunicador. Aún si el componente de la sensibilidad social estuviera presente en el comunicador, con particular intensidad, su voluntaria u obligada adhesión a la política de los medios, que responde a las fuerzas de la captura bidireccional, podría hacer imposible en términos prácticos que tuviera alguna repercusión sobre el tratamiento de las noticias. En otros casos, la actitud parcializada, sesgada y prejuiciosa de ciertos comunicadores, puede y suele violar simultáneamente más de uno –o, eventualmente, todos– los componentes de la responsabilidad social.

La consecuencia de ese resultado es un sistema de comunicación social que se vuelve disfuncional a la construcción de relaciones de confianza. El papel del comunicador se pone en duda y va perdiendo sintonía con la población, de manera que su rol se va percibiendo ya no sólo como inútil, sino como abiertamente perjudicial. Su credibilidad específica se va mellando, y, por extensión, la del medio para el que trabaja y, en el extremo, la de todo el sistema comunicacional.

Pero lo peor sucede en la destrucción de la confianza al interior de la sociedad misma, y en las relaciones entre el Estado y la sociedad, a todos sus niveles(20). El clima de desconfianza arropa a la sociedad peruana y hace tambalear a la legitimidad de la autoridad. El papel de la prensa debe orientarse a la crítica y la fiscalización, porque ese es uno de sus principales papeles, en especial, en el terreno político donde hay tantas razones para desconfiar del comportamiento de los actores correspondientes. Pero no abunda la imparcialidad y la ecuanimidad en el tratamiento de la noticia o siquiera en el énfasis que se da a ciertas informaciones en vez de otras, que se materializa en tiempos disímiles asignados en los noticieros televisivos o en espacios asimétricos en los diarios. Muchas veces, los entrevistadores conversan con sus amigos, pero atacan a sus enemigos; o los redactores leen entre líneas lo que les dictan sus patrones de conciencia, pero no transmiten lo que la realidad manifiesta. Y esto sucede incluso en los más representativos y considerados referentes de opinión.

¿Cómo influyen las contradicciones de la plataforma de valores y la captura bidireccional a la política, y en particular, a las políticas públicas? Respuesta: tornándolas ineficaces e ineficientes. La implementación de políticas públicas es deficiente porque no son entendidas por la población, la cual se vuelve incapaz de seguirlas, si son convergentes al desarrollo, o de cuestionarlas, en caso que sean divergentes con el desarrollo. Ejemplo de estas implementaciones que han sido deficientes, o cuando menos, que no alcanzaron la plenitud de los efectos esperados, están la privatización, la descentralización –y la regionalización como expresión más lograda– y el desarrollo rural, incluyendo el de las zonas con presencia de nativos amazónicos y otros grupos de habitantes.

Otro conjunto de políticas públicas que tienen que ver con programas de apoyo social, tratados de libre comercio, alianzas público-privadas, entre otras, también requieren ser comunicadas apropiadamente a la población para sacarles el máximo provecho. La razón es por el cambio de paradigma relacional Estado-individuo, que ha pasado de ser vertical, en el cual el Estado marcaba el ritmo de la vida social autoritariamente, bajo modelos de sociedades cerradas y ámbitos territoriales compartimentados, hacia otro tipo de paradigma de relación más horizontal, en el cual los individuos exigen explicaciones a las entidades estatales, y que pueden operar solamente en sociedades abiertas, con una gran integración informativa y una transparencia importante en el manejo del conocimiento.

¿El análisis anterior permite deducir que la falla en la aplicación de las políticas públicas –sea porque pasan las malas o se frenan las buenas– que los medios son los máximos responsables de esa ineficiencia e ineficacia? No. Definitivamente, no todo es responsabilidad atribuible al comunicador social. El buen funcionamiento de las políticas públicas requiere también, por sobre todas las cosas, además de ser buenas políticas(21), lo que es una tarea de diseño en manos de los que hacen las políticas, de adecuadas estrategias comunicacionales desde la propia esfera gubernamental. El aspecto del diseño adecuado no requiere mayor precisión, ya que hay políticas que demostradamente no funcionan. Pero a pesar de ser buena una política pública determinada, su éxito de implementación adquiere mayores probabilidades cuando se parte de una adecuada estrategia de comunicación. ¿Por qué es tan clave la estrategia comunicacional para las políticas públicas? Porque i) el Estado siempre es sujeto de desconfianza (corruptelas); ii) se tiende a percibir que no se ven los resultados tangibles de los impuestos; iii) el Estado tiene poderosos incentivos a la ineficiencia; y iv) existen severas asimetrías de información entre el Estado y la ciudadanía. De ahí que, casi por default, es imprescindible saber comunicar las políticas públicas a la población para que tengan éxito.

Conclusiones

La creciente presencia de los medios de comunicación social en la agenda política peruana les obliga a asumir una responsabilidad cada vez mayor. Esta responsabilidad, en concreto, tiene que ver con el desarrollo de la sociedad. No pueden ya seguir siendo solamente espectadores. También tienen que asumir que son parte de las soluciones. El desarrollo requiere de reglas de juego estables para florecer. Para construirlas es preciso que una sociedad sea rica en capital social, definido como la capacidad establecer relaciones de confianza a muchos niveles. Esta es la base para a partir de ella entrar a analizar que rol de cabe a los medios, y que papel le cupo antes, en la construcción de esta sociedad de confianza.

Si la confianza es necesaria para construir las bases del desarrollo, ¿son los medios de comunicación constructores de confianza en el Perú? Por un lado sí, pero por otro, no. El uso ilimitado de la libertad de expresión de los medios ha permitido que la gente sienta que tiene un amparo ante el cual tramitar cualquier denuncia ante la violación de sus derechos, que no llegaría quizá ni a ser escuchada en los canales formales del Estado, o que perciba que las autoridades públicas están mejor controladas o que actos privados ilícitos sean puestos en manifiesto ante la opinión pública con prontitud, oportunidad y claridad, gracias a elementos de equipos audiovisuales. En este sentido “micro”, específico a cada situación, hay una confianza que se añade a la población. Incluso podría pensarse que la generación de un mercado real –“blanco” o “negro”– competitivo de información cotidiana, donde casi cualquier persona premunida con aparatos audiovisuales puede actuar de “reportero” y denunciar todo tipo de acto,  crea un ambiente en que al estar todos vigilados, todo se sabe y nada puede ocultarse. Lo que plantea, a la vez, la paradoja de confianza de que esa percepción implica la sensación de que lo privado ya no existe en términos de comportamiento social, lo que obliga a cada uno, a actuar desconfiadamente frente a otros.

Pero en un sentido “macro”, poco han hecho los medios de comunicación en la construcción de una superestructura cultural de confianza, porque si bien hay más transparencia relativa a otros tiempos, también existe mucho manejo tendencioso de los medios para resaltar generalmente los peores aspectos del sistema político peruano. Esto se traduce muchas veces en una crítica que no aporta soluciones y desinforma. Se puede afirmar que “en nuestra prensa se escribe mucho en contra de los políticos tradicionales y hay quienes plantean que se vayan todos” pero “en muchos casos, estos mismos críticos quisieran que se vayan los otros para poder reemplazarlos” y “soñarían con ser elegidos, pero se saben rechazados por la gente común”(22). Pero lo peor sucede al contrastar que esa crítica no siempre es tan prolija como se piensa, sino, en muchísimos casos, tendenciosa, producto por un lado del sesgo ideológico del comunicador unido a una escasa ética informativa,  y por otro, del desconocimiento de elementos fundamentales del funcionamiento de la política y la economía.

Asimismo, carece de lógica esperar que los jóvenes puedan creer en el sistema político y en valores de una sociedad política como las que se colocan como aspiraciones de Occidente, cuando permanentemente se les “bombardea” desde los medios de comunicación con afirmaciones negativas acerca de los que representan precisamente ese sistema político. En particular, en un país donde a los máximos representantes de ese sistema, que son los propios Presidentes de la República, se les tilda de ladrones, corruptos, alcohólicos, disipados, asesinos y hasta orates, es ilógico que después a esos mismos jóvenes se les exija adhesión a los “valores” del propio sistema político.

El resultado de estos procesos de impacto comunicacional es la construcción de una “ciudadanía de forma”, menguada por el desencanto y ejercida por personas que van creyendo menos en la institucionalidad, en la autoridad y en la ley, lo que nos lleva al punto inicial: menos capital social y menos posibilidades de desarrollo. El carácter de intangibilidad del producto comunicacional genera un espacio delicado, porque promueve la ligereza en el tratamiento de temas que requieren más reflexión y conocimiento, pero que, efectivamente, afectan la percepción de las personas acerca del proceso político y económico de su sociedad. Por la misma razón, la forma de ejecutar ese tratamiento se convierte en el centro de todo análisis del papel de los medios en el desarrollo y de la responsabilidad social de los mismos.

Es importante enfatizar que construir confianza no significa destruir credibilidad al ocultar la realidad. Los medios no son responsables por pintar un mundo que no existe y por ocultar la verdad(23). ¿Es posible emprender la construcción de confianza en la sociedad, a la par de presentar descarnadamente la realidad? Quizás la respuesta a esta interrogante final pueda ilustrarse mejor con la alusión a un referente periodístico como fue Walter Cronkite, recientemente fallecido(24), y que fue, a juicio de muchos, no solamente el ícono por excelencia del periodista televisivo sino el estadounidense más creíble(25). Pero, ¿cómo construyó esa credibilidad? Parece que su secreto era que “hablaba para su nación, pero como era la más importante del mundo, pudo establecer muchas cosas para las demás: la fuerza dramática de los noticieros estelares, la informalidad de los mañaneros, las entrevistas de actualidad con factor humano. Fue, por su fama y credibilidad, la conciencia de Estados Unidos, y por eso reportó por igual a demócratas y republicanos”(26). Fama construida a base de su credibilidad individual que le permitió desplegar sus dotes de eximio comunicador en temas tan cruciales para la historia reciente de la humanidad, como disímiles en su tratamiento informativo y en la problemática que expresaban, tales como los eventos de la Segunda Guerra Mundial, los juicios de Nuremberg, la guerra de Vietnam, el asesinato de John F. Kennedy, la llegada del Apolo 11 a la Luna, la casi tragedia del retorno a la Tierra del Apolo 13 y el escándalo Watergate, entre otros muchos. Y todo esto con la capacidad de incorporar un perfecto equilibrio entre objetividad, emotividad,  prudencia, serenidad y aplomo, simultáneamente y nada menos que en la televisión en vivo y alcanzando cúspides insuperables de rating para los estándares de su época.

Todas estas cualidades, presentadas simultáneamente, permiten discurrir en el quehacer periodístico a través del estrecho cerco entre la transmisión de la información de manera objetiva, pero comunicada para provocar conmoción en el receptor, sin afectar la objetividad. Parece que Cronkite no solamente poseía estas cualidades, sino que encajaría en el ideal de responsabilidad social que hemos consignado en un acápite anterior. Se acercaría al ideal de los máximos puntajes en los cuatro componentes consignados anteriormente. La pregunta relevante pasa a ser entonces si tenemos un equivalente peruano de Cronkite. Algunos pueden sindicar a Humberto Martínez Morosini o a Alfonso Tealdo. De periodistas más recientes, podría sumarse a este trío, a César Hildebrandt. Para otros, definitivamente, no es posible encontrar la referencia peruana27 Es una polémica abierta.

Quedan más preguntas que respuestas. Y, acaso, una sola certeza: que para mejorar el papel de la comunicación social como actor del desarrollo es paso previo indispensable desmitificarla, a la vez que asignarle responsabilidad. Y, finalmente, la respuesta estará, una vez más, en el ámbito de la acción individual de cada comunicador.

Notas

  1. Aunque el término ha sido tan masivamente empleado, que como sucede con otros, ha terminado por desvirtuarse.
  2. Smith, Adam. Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 2004, 2da edición, 13ra reimpresión.
  3. En su versión original, la teoría de Adam Smith postulaba que un país debía especializarse si podía hacer algo mejor que otro, pero no daba respuesta al caso en que no pudiera hacer nada mejor que el otro. Esto era consecuencia de la idea de Smith de que el intercambio solamente podría originarse en la existencia de ventajas absolutas en la especialización de la producción. La respuesta a esta cuestión tendría que esperar a David Ricardo con el afinamiento de la teoría de Smith, que llegó con convertirse en la doctrina de las ventajas comparativas. No podemos extender aquí esta explicación.
  4. Weber, Max. La ética protestante y el espíritu del capitalismo.  Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
  5. De Soto, Hernando. El misterio del capital. Empresa Editora El Comercio, Lima, 2000.
  6. Según Karl Popper, este prerrequisito es insoslayable. La aplicación práctica está en su predicción de lo que sucedería en la ex Unión Soviética una vez caído el Muro de Berlín. Véase  Bosetti, Giancarlo. La lección de este siglo: Karl Popper. Editorial Océano, México, 1992.
  7. Mises, Ludwig von. Política económica. Unión Editorial, Madrid, 2007, capítulo 5.
  8. Para un análisis detallado de cómo las redes de confianza permiten a las empresas afrontar nuevos desafíos de crecimiento y compromisos de inversión, véase Cegarra, Juan, Antonio Briones y María del Mar Ros. La confianza como elemento esencial para la mejora de la cooperación entre empresas: un estudio empírico en pymes. En: Cuadernos de Administración, volumen 18, número 30, julio-diciembre 2005, pp. 79-98, Bogotá, Colombia.
  9. Peyrefitte, Alain. La sociedad de la confianza.  Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1996.
  10. La función de producción clásica relaciona el producto con los factores productivos trabajo y capital. Marx coloca el énfasis en el factor trabajo, y amparado en la doctrina del valor-trabajo (sólo el trabajo genera valor) desarrolla su teoría de la plusvalía, la explotación, el conflicto social, la revolución proletaria y la autodestrucción del capitalismo. De esta manera, implícitamente Marx despliega una visión del desarrollo que se vincula a la existencia del factor trabajo, pues mientras abunde más este factor, se acelerarán las condiciones para la revolución al profundizarse las contradicciones intrínsecas del sistema capitalista. Mises coloca el énfasis en el otro factor y puede llegar, también implícitamente, a una visión del desarrollo vinculado a la existencia de más capital.
  11. Incluyendo la nutrición.
  12. No solamente legal.
  13. Lo que lleva a la discusión de si es mejor un sistema político con mayores atribuciones del Estado y más decisiones discrecionales desde el poder político o un sistema con menor  intervencionismo estatal y más libertades individuales. Tal discusión no la abordamos en el presente ensayo.
  14. La difusión de la revista Caretas acerca de actividades de espionaje encargadas a una empresa privada en proceso judicial, ilustra este punto. Véase Caretas, 30 de julio de 2009, Lima, Perú.
  15. Hablamos de “plataforma” y no de “escala” de valores. El término “escala” alude siempre a dos elementos que pueden ser discutibles: primero, que alude a una idea de medición cardinal; segundo, que aunque no fueran mensurables en el sentido cardinal, sino únicamente, clasificables en el sentido ordinal, los valores siempre y en toda circunstancia mantendrán dicho ordenamiento de unos sobre otros; y tercero, que alude a un concepto de ordenamiento único, siendo que no todos los individuos, incluyendo a los comunicadores, tiene que tener el mismo orden de prelación de unos valores por encima de otros.
  16. Un caso reciente es el del conflicto entre el gobierno peruano y los nativos amazónicos. Un caso más lejano es el de la fallida adjudicación en concesión de las empresas públicas de electricidad del sur peruano o la fallida regionalización a base de integraciones departamentales durante la Administración Toledo.
  17. Sobre este particular, no nos extenderemos demasiado porque implica entrar al terreno de lo moral y salirnos del campo estrictamente descriptivo del fenómeno estudiado.
  18. Cuanto menos, los medios privados. Los medios de comunicación en manos del Estado pueden considerarse como parte del aparato estatal.
  19. El caso más flagrante de esta clase de captura corrupta ocurrió en el gobierno de Fujimori, particularmente en el segundo, aunque no fue el único caso.
  20. Un modelo de relaciones Estado-sociedad se pueden encontrar en D´Medina Lora, Eugenio. Conflicto, Estado y democracia: una perspectiva desde las relaciones Estado-sociedad. En Revista Economía y Derecho. UPC. Número 23 Invierno 2009.
  21. Por comodidad, hablamos de “buenas” en el sentido de políticas que funcionen y que además sean convergentes a propósitos de mejoras en el desarrollo.
  22. Durán Barba, Jaime y Santiago Nieto. Mujer, sexualidad, internet y política: los nuevos electores latinoamericanos. Fondo de Cultura Económica, México,  2006, pp. 22-23.
  23. Esto iría en colisión con el componente de “perfección” de la información.
  24. Deceso producido el 17 de julio de 2009, en New York, EEUU.
  25. En un comentario editorial sobre la Guerra de Vietnam, expresado en el noticiero de la CBS, Cronkite en los siguientes términos: “La única salida racional será negociar no como vencedores, sino como gente honorable y consecuente con su defensa de la democracia y que hizo lo mejor que pudo” (Cronkite, Walter.  A Reporter’s Life. Alfred A. Knoff Publisher, Nueva York, 1996). Este comentario provocó que el propio Presidente Lyndon Johnson, dijo que si perdía a Cronkite, perdía a la clase media. Tal era la dimensión de su credibilidad e influencia.
  26. Rivas, Fernando. El testigo del siglo. En Diario El Comercio, 27 de julio de 2009. Lima, Perú
  27. Ibid. Según Rivas, porque “la historia no nos ha dado ni estabilidad ni poderío para determinar un justo medio opinante, para tener una conciencia moderada que no sucumbiera a miedos, radicalismos o viles tentaciones”.

Eugenio D´Medina Lora es profesor de la Facultad de Comunicaciones de la UPC, director ejecutivo del Centro de Estudios Públicos del Perú (CEPPER) y miembro de Departamento de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es economista graduado en ciencias sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú y MBA de la Universidad de Quebec en Montreal. Es también profesor de las maestrías en ciencia política y administración de negocios en la Universidad Ricardo Palma, investigador asociado de la Sociedad Economía y Derecho de la UPC y columnista de opinión sobre temas de política y economía en diversos medios periodísticos nacionales y extranjeros.

CUESTIÓN DE CONFIANZA

Por Luis Alfonso Morey

¿Por qué confiar? ¿En quién confiar? ¿Cómo hacerlo inteligentemente? ¿Cuán confiables somos? ¿Acaso confiamos demasiado? ¿Es posible recuperar la confianza perdida? Son algunas de las preguntas a las que buscamos dar respuestas.

La confianza está presente en casi todo lo importante que hacemos en nuestras vidas y generalmente no somos conscientes de ello. Nuestros procesos de toma de decisiones la tienen como uno de los elementos más importantes. Este análisis aborda perspectivas tan complementarias como el modelo del Proyecto de Negociación de la Universidad de Harvard, el análisis económico del comportamiento humano, las ciencias sociales y la neuroeconomía.

“Existen dos causas que generan todas las confusiones:
No decir lo que pensamos y no hacer lo que decimos.
Cuando decimos lo que pensamos y hacemos lo que decimos,
nos volvemos dignos de confianza.”
Angeles Arrien, Las cuatro sendas del Chaman


Preámbulo

Hace poco, en Nueva York, a los 92 años, murió Walter Cronkite, el hombre más confiable de Estados Unidos por la credibilidad que obtuvo durante su trayectoria como periodista. Augusto Alvarez Rodrich(1) escribió al respecto: “La credibilidad es la mayor fortaleza que puede lograr una persona. Cronkite la construyó desde el noticiero de televisión que condujo a la seis de la tarde, entre 1961 y 1982, donde ofrecía ‘su’ verdad de las noticias que narraba. La gente podía eventualmente discrepar de su opinión, pero jamás puso en duda que ésta nunca era influenciada por motivos subalternos. Tras visitar Vietnam, Cronkite comentó en su programa que EEUU no podía ganar esa guerra; poco después, el presidente Lyndon B. Johnson anunció que no iba a la reelección, y dijo: “Si perdí a Cronkite, perdí al americano promedio”. La construcción de la credibilidad de un periodista exige que su opinión sea independiente de cualquier tipo de poder: político, económico y especialmente de los gobiernos”.

Así de importante es la confianza y la credibilidad en el mundo del periodismo y la política. Pero lo increíble es que así de importante es también en muchos otros aspectos de nuestras vidas: desde la familia hasta los negocios, desde la banca hasta la diplomacia. Aquí intentaremos abordar el tema de la confianza desde distintas perspectivas.

La confianza se manifiesta de manera singular en cada una de las relaciones interpersonales de la vida diaria. Aparece en las grandes decisiones que uno toma. ¿Habrá una cultura de la confianza, la que se aprende en las universidades? ¿O la vida nos la da gratuitamente, como una fruta que tenemos que hacer madurar cayendo y sufriendo pérdidas y desilusiones?

La experiencia nos demuestra que podemos prever casos de desconfianza y reconocer una tan sólida como la que existe en la amistad más cercana. A lo largo de nuestra vida llegamos a establecer diferentes grados de confianza con la gente, separando a quienes hacemos merecedores de la misma y a quienes no. Confiamos en determinadas personas para ciertos temas y en otras para asuntos diferentes. Confiamos en el diario que compramos para leer las noticias y opiniones del día y en los noticieros que vemos. Confiamos en el político por el que votamos, en la aerolínea que utilizamos y en la marca del auto que conducimos. Confiamos en la nana que cuida a nuestros hijos, pero de una manera muy diferente a la forma en la que confiamos en el banco en el que depositamos nuestros ahorros. Son relaciones de distinta naturaleza, pero en todas ellas la confianza es primordial.

Con el tiempo y las experiencias personales, uno va escogiendo y descartando a los que fallan y quiebran la confianza. Todos podemos hacer una lista de personas de fiar y también podemos hacer una con las personas con las que no haríamos un trato nunca porque sabemos de antemano que nos fallarían.

El objetivo que perseguimos aquí es presentar una reflexión en torno a qué tan presente está la confianza en nuestras vidas y analizar aspectos como qué tan confiables somos, por qué lo somos o en qué situaciones y en quiénes podemos confiar.

¿Dónde está la confianza?

La confianza engloba y aborda, de una manera general, todos los campos de nuestras vidas. Es la piedra angular de un matrimonio; de la sana relación con los hijos; de una positiva relación con los socios en una empresa. Las relaciones diplomáticas entre países se basan en este concepto. Los políticos exhortan confianza a sus electores; los gestores de empresas hacen lo mismo con sus inversionistas, los banqueros buscan generar confianza en sus ahorristas, las empresas en sus clientes y los líderes en sus seguidores. La vida misma está basada en relaciones de confianza. Tiene que existir confianza entre el médico con su paciente, entre el abogado con sus clientes, el sacerdote con sus feligreses y el periodista con sus lectores. En el campo de la economía global, todas las bolsas de valores y las instituciones financieras del mundo están basadas en la confianza. La economía moderna requiere para su adecuado funcionamiento que las personas confíen en las instituciones que las rodean.

La confianza atraviesa todas las relaciones humanas y hasta hoy el tema es abordado en forma tangencial por buena parte de los sistemas educativos. Las más prestigiosas escuelas de negocios del mundo hoy están revisando sus planes de estudios para abordar mejor este valioso generador de éxitos en la vida empresarial.

A raíz de casos de abuso de confianza como el de Enron y el más reciente de Bernard Madoff –quien reconoció haber hecho una estafa piramidal de 65,000 millones de dólares– nunca antes ha existido tanta preocupación por la crisis de confianza a nivel mundial.

¿Por qué confiar? ¿En quién confiar? ¿Cómo hacerlo inteligentemente? ¿Es posible recuperar la confianza perdida? ¿Cuán confiables somos? Son preguntas a las que buscaremos dar respuestas en las siguientes líneas.

¿Confiamos demasiado?

Hay personas que generan confianza espontáneamente. A otras les cuesta trabajo y esfuerzo. Por lo general, ganar la confianza de alguien toma tiempo y perderla puede demandar escasos segundos. Un malentendido, una frase sacada de contexto, la filtración de un chisme no aclarado o una palabra dicha en el momento equivocado se puede traer abajo una relación construida en años.

La confianza es la pieza clave en los negocios, pero no solamente en ese ámbito. Puede decirse que la confianza es uno de los elementos que nos permite disfrutar con la gente de los buenos momentos de la vida. La confianza es también un regocijo, es la tranquilidad y satisfacción de sentirnos protegidos y saber que se cumplirá aquello que nosotros esperamos de otra persona. Si no existiera confianza en los demás ni hacia uno mismo, resultaría imposible el crecimiento y las posibilidades de desarrollo.

En el mundo de los negocios, si no existe suficiente confianza, es sabido que se requieren abogados, contratos, garantías y una serie de complejos mecanismos que aseguren que la otra persona con quien se negocia algo cumplirá su palabra. Si hay confianza entre dos personas, en cambio, todo es más llevadero, fácil y económico. Si además de la confianza existe una relación de amistad, incluso todo es mucho más sencillo. Toda relación humana cercana –familiar, amical, empresarial o profesional– está basada en la confianza.

En el plano afectivo, la confianza es espontánea: el hijo confía en sus padres, los alumnos en sus maestros, las esposas en sus esposos. En otros casos, como el mundo de los negocios, la confianza se gana, fundamentalmente, con un comportamiento ético, con una trayectoria de vida llamada reputación.

Para una empresa, el buen manejo de sus marcas, su capacidad para satisfacer adecuada y oportunamente a sus consumidores, la hacen merecedora de la confianza de la gente, la diferencian del resto. La confianza es pues un símbolo de distinción.

¿Qué es la confianza?

La Real Academia de la Lengua define a la confianza, en su primera acepción, como “la esperanza firme que se tiene de alguien o algo”. En Wikipedia se señala que la confianza “se considera por lo general la base de todas las instituciones y funciona como correlato y contraste del poder, consistente en la capacidad de influir en la acción ajena para forzarla a ajustarse a las propias expectativas”.

La confianza –como el amor y la libertad– es uno de los valores humanos esenciales que todos hemos internalizado. Intuitivamente sabemos que la confianza es importante, sobre todo cuando ésta falla y aceptamos que la confianza es algo trascendente para nuestra vida en sociedad.
Construir confianza comienza con un honesto entendimiento de ella, pero entender la confianza en su real dimensión requiere de práctica y de un comportamiento recto. Eso es lo que desarrollaremos en estas páginas.
Stephen M. R. Covey, en su libro “El Factor Confianza”, señala que la confianza consta de dos elementos: por un lado lo que él llama el carácter, que es la combinación de tener una buena reputación y hacer gala de integridad. Explica que una empresa transmitirá confianza en la medida en la que se reconozca su buena reputación y sus actuaciones íntegras. Tendrá lo que se conoce como “buena fama”. Por otro lado, de nada servirá la reputación y la integridad si ésta no viene acompañada de resultados, de buenos productos y buenos servicios.

Dicho en otras palabras, para ser digna de confianza una persona o una empresa debe no solamente gozar de buena reputación, sino que debe estar en capacidad de poder brindar el resultado esperado. La confianza también es un resultado del respeto hacia las capacidades y habilidades del otro.

Confiar es bueno y está demostrado que trae como consecuencia una serie de efectos positivos. Sin embargo, hay quienes sostienen que en el mundo actual confiamos con demasiada facilidad. Y es que existen otros elementos de carácter biológico que debemos considerar. Nuestra química corporal nos recompensa por confiar. El profesor de Stanford Roderick M Kramer, en su artículo Repensar la confianza en Harvard Business Review, explica que decidimos rápidamente confiar en otros sobre la base de simples señales superficiales, tales como el aspecto físico. Kramer nos indica –con demostraciones científicas– que si el aspecto físico de una persona es parecido al nuestro se establece fácilmente un vínculo de confianza. Kramer, además, nos presenta estudios en el campo de la neuroeconomía, donde se ha demostrado que la oxitocina(2) –una poderosa sustancia encontrada en nuestros cuerpos– puede estimular tanto la confianza como la fiabilidad entre las personas. Existen estudios científicos que demuestran cuán íntimamente está relacionada la oxitocina con los estados emocionales positivos y con la creación de conexiones sociales. El contacto físico tiene también una fuerte conexión con la experiencia de la confianza. De ahí que rituales como un apretón de manos firme y mirando a los ojos sea tan significativo al momento de establecer un contacto personal.

Somos seres sociales y es por eso que estamos diseñados para conectarnos entre nosotros, para establecer vínculos con otras personas. El conectarnos con los demás y que los demás se conecten con nosotros constituye la base de la confianza.

Incluso las personas pueden pensar y decir que son desconfiadas, pero en su conducta diaria revelan algo muy distinto: que muchas veces confían incluso sin querer hacerlo. Se puede decir que nuestros cuerpos están programados para confiar. El asunto ahora es hacerlo inteligentemente.

Un aspecto que debe mencionarse es que para que realmente funcione la confianza, ésta debe ser mutua, recíproca. Normalmente existe reciprocidad cuando se establece una relación entre dos personas que gozan de una posición más o menos parecida. Sin embargo, no pasa lo mismo cuando existe una enorme asimetría de poder entre las partes. Un cliente confía en el supermercado donde hace sus compras, pero no necesariamente ocurre al revés. Lo cierto es que en tanto exista cierta simetría en el poder de negociación de las partes, cada una confiará en la medida de que la otra también lo haga. En casos de asimetría de poder la confianza se generará no en función a la reciprocidad, sino con base en otros criterios, como la credibilidad de las partes.

Laurence Cornu en La confianza en las relaciones pedagógicas señala que la confianza no es otra cosa que una hipótesis sobre la conducta futura del otro con quien nos vinculamos. Es una actitud que concierne al futuro, en la medida en que ese futuro depende de la acción de otro. Es sus palabras, la confianza es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse del no-control del otro y del tiempo.

A confiar con inteligencia

Muchas veces uno se pregunta qué debe hacer una persona para confiar y ser confiable. Para llegar a ser una persona digna de confianza, con credibilidad, uno debe siempre cumplir con su palabra. Tan simple como eso. Ser confiable es fácil en la medida de que estemos acostumbrados a decir la verdad y cumplir la palabra empeñada, aún en situaciones extremas. Del mismo modo, uno confía en otro en la medida en que sabe que la persona con quien se relaciona no le fallará.

Hacen falta otros factores, pero lo más importante es, como se dice, comportarse adecuadamente, a la altura que exigen las circunstancias. La consistencia, el ser predecible y el que la gente sepa que uno no va a incumplir su promesa es fundamental para una sana circulación de este elemento.

La confianza es más que una virtud social. Hemos dicho, además, que es un motor que mueve la economía. La confianza es una habilidad que se aprende, que incrementa la rentabilidad en las organizaciones, que reduce los costos transaccionales y que hace las relaciones interpersonales más dinámicas. Cuando existe confianza las operaciones económicas son más eficientes, los intercambios más rápidos y las relaciones entre quienes interactúan son mejores.

La confianza transforma a las personas y las hace evolucionar para tener una relación de colaboración y mutuo beneficio. La falta de confianza, en contraposición, limita la capacidad de interrelacionarse y los miedos y temores que ésta genera dificulta poder crecer.

Dicen que la confianza es como el dinero: difícil de ganar y fácil de perder. Para ganar la confianza de la gente y poder influir en las personas hemos indicado que lo más importante es decir la verdad y ser capaz de cumplir lo que se promete. Con ese comportamiento –a lo largo de la vida– uno va ganando credibilidad y se convierte en una persona confiable.

Existen muchos mecanismos, ejercicios y técnicas para generar confianza. El más conocido y práctico es la generación de la amistad sincera. La amistad no se impone ni se programa. La amistad se basa justamente en el establecimiento natural de mutua confianza. Se genera en distintos momentos de la vida y por diversas situaciones: en el colegio, la universidad, en el vecindario, en los negocios; las razones por las que surge son las más variadas: intereses y tópicos comunes, preferencia por ciertos deportes, aficiones similares, necesidades complementarias o recíprocas, etc.

La amistad se muestra en los momentos felices de una persona: el nacimiento de un hijo, la celebración de un ascenso en el trabajo, la inauguración de una nueva casa, la firma de un contrato importante, así como en  los momentos duros, como la pérdida de un ser querido, una hospitalización o momentos parecidos. La amistad también se materializa cuando se comparte un momento para pedir un consejo o contar sobre un proyecto o en situaciones donde simplemente se intercambian ideas.

Como seres sociales, necesitamos de personas a las que podamos recurrir solamente para hablar, para que nos escuchen y recurrimos a ellas porque tenemos la confianza de que nos prestarán atención y se interesarán por nosotros.

Debe tenerse presente que dentro del marco del Análisis Económico(3) del comportamiento humano se sostiene que las personas hacen aquello que les conviene y no aquello que no les reporta beneficios. No se trata por cierto de un frío análisis monetario, sino de un análisis integral –muchas veces rápido e inconsciente– de las relaciones interpersonales y los beneficios y perjuicios que éstas traen consigo.

Por eso es importante considerarlo no solamente en el campo del establecimiento de relaciones sociales, sino al momento de evaluar si es que es posible confiar en una persona o no.

Una persona, generalmente, se comportará racionalmente, es decir, realizará aquello que considera que le reportará beneficios y no lo que piensa que le traerá perjuicios. Dicho en términos del Modelo de Negociación de Harvard(4), obrará de modo tal que logre satisfacer sus intereses. Es por ello indispensable conocer cuáles son esos intereses en juego al momento de negociar.

Podré confiar en que un acuerdo se cumplirá sin problemas siempre que éste logre satisfacer los intereses de las personas que han participado en una negociación. Si una no logra satisfacer sus intereses con el acuerdo al que ha arribado, no tendrá incentivos reales para cumplir con éste.

Hasta donde confiar: ¿Dónde están los límites?

¿Se puede confiar a ciegas? ¿Es posible hacerlo? La experiencia demuestra que si uno no desea sorpresas desagradables, lo mejor es no confiar a ciegas. Si uno no conoce bien a su interlocutor, por más confiable que parezca, lo razonable es confiar con prudencia, recabar información básica y sobre esa base tomar una decisión.

Uno debe contar con información suficiente que le permita determinar si la persona con la que se va a vincular y en quien pretende confiar es capaz de cumplir con su palabra y si tiene la real intención de cumplir. Además, debe conocer sus antecedentes, su historial, la forma como se ha comportado antes en situaciones similares. De ahí que las referencias personales y las cartas de recomendación en muchas ocasiones sean tan importantes.

En muchos casos, sin embargo, la confianza es también un acto de fe. Incluso la persona que parece más confiable y que tiene mejor historial puede incumplir. Siempre existe la posibilidad de que eso ocurra y es por eso que los abogados recomendamos en los contratos siempre establecer una cláusula de salida. Y es que uno debe estar preparado para todo y saber de antemano qué consecuencias puede traer un incumplimiento voluntario o involuntario de la otra parte.

Muchas personas se guían por su intuición, pero eso no es suficiente ni recomendable. Es mejor cerciorarse. No se trata de confiar por confiar. Dependiendo del marco cultural y del contexto, la confianza puede o debe presumirse. Debe tenerse muy en consideración el contexto y el lugar en el que se establece una relación o dónde se pretende realizar un negocio o cerrar un trato. La legislación peruana, como la de la mayor parte del mundo occidental está basada en la buena fe de las personas. Presumimos que la gente actúa, generalmente, con buenos propósitos. Sin embargo, lo más recomendable para evitar decepciones y malos ratos es actuar con la debida diligencia. Realizar el due dilligence para confirmar que aquello que se  dice o promete en el marco de una negociación puede realmente ser cumplido.

La pérdida de la confianza

Todos conocemos casos de pérdida de la confianza. Desde asuntos familiares hasta temas empresariales, políticos o diplomáticos. Una actuación inapropiada, un incumplimiento y automáticamente todo lo que uno ha construido con esfuerzo durante un largo periodo se destruye. Un acto de infidelidad marital en el aspecto familiar o la violación de una cláusula de confidencialidad en un asunto de negocios difícilmente permiten que la relación entre las dos personas continúe.

Las mentiras -grandes y pequeñas- confunden, destruyen la confianza y pueden provocar la ruptura de las relaciones interpersonales. Así como un engaño amoroso destruye una relación de pareja, un padre que miente a su hijo destruye la confianza que éste puede tener en él. Es fácil perder la confianza en alguien cuando esa persona con quien tratamos no actúa con justicia y transparencia. Sea un comerciante, un profesional o un amigo, si esa persona se aprovecha de nosotros, abusa de nuestra falta de conocimiento en un tema o de nuestra buena fe, destruye la confianza y la relación se acaba. Y es que la mentira busca siempre ocultar, en todo o en parte, la realidad. Mentir implica engañar intencional y conscientemente. Mentir está en contra de los cánones morales de muchas personas y está catalogado como pecado por muchas religiones. Los filósofos están divididos sobre si se puede permitir a veces una mentira(5). Un mentiroso es una persona que tiene cierta tendencia a decir mentiras. Debe tenerse presente que la tolerancia de la gente con los mentirosos por lo general es muy pequeña, y a menudo sólo se necesita que se sorprenda a alguien en una mentira para que se le etiquete como mentiroso y se le pierda para siempre la confianza.

Que las mentiras desaparezcan del ámbito de la política, de la justicia, de la diplomacia, del periodismo y de otros muchos ámbitos de la vida social es algo virtualmente imposible, pero lo que sí es posible es controlar nuestro propio comportamiento actuando con veracidad y exigiéndola.
Llevando el tema de la confianza al terreno de los negocios, debemos destacar que en el plano empresarial peruano existe el concepto de la “criollada”. Esta consiste en aprovecharse de alguien en una negociación, engañarlo, sacarle el máximo provecho y creer que con eso se ha hecho un gran negocio. Esa mezcla de viveza, astucia y abuso de poder que a veces hace sentir ganadoras a esas personas mina la confianza y las convierte automáticamente en personas peligrosas de las que hay que alejarse. Esas personas muchas veces no son conscientes del enorme daño que le hacen a su prestigio y reputación comportándose de esa manera, y a la larga sufren las consecuencias. La improvisación y el engaño suele servir para quien no mira el largo plazo o para los que no tienen escrúpulos, pero no para quien quiere ocupar una posición importante y respetable en el mundo de los negocios.

Dentro de este esquema, donde la confianza pasa al último lugar, otro efecto que muchos buscan en una negociación es “ganarle” a la otra parte a toda costa en el proceso. Frente ese enfoque existe una manera más inteligente y productiva de enfocar las negociaciones y es la que fue desarrollada por los profesores Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton del Proyecto de Negociación de la Universidad de Harvard(6). Ellos desarrollaron el método que se conoce en el mundo como el modelo de los 7 elementos y en él plantean enfocar las negociaciones de una manera colaborativa e integradora. En este modelo el tema de la confianza es medular. El método consiste en enfocarse en satisfacer los intereses en juego en una negociación -los propios como los de la otra parte-, hacerlo de forma creativa, justa y en un proceso colaborativo basado en la confianza mutua. La idea central detrás de este enfoque es aprovechar al máximo las negociaciones, crear y distribuir valor y no dejarlo sobre la mesa en la que se negocia. El objetivo que se alcanza con este enfoque es satisfacer los intereses en juego, mantener una buena relación con quien se negocia y ser eficientes y justos. Y es que en este enfoque se tiene presente el largo plazo y todos los beneficios que trae consigo confiar y laborar. Es un método que permite ser íntegros y confiables y, al mismo tiempo, alcanzar los resultados que buscamos.

A todo esto debe sumarse el hecho de que hoy en día es inevitable ser transparente. En el mundo de los negocios, la capacidad de ocultar secretos está desapareciendo. No basta con decir la verdad y ser honesto, hay también que parecerlo, es la regla. En términos de la confianza, las percepciones son tan fuertes como las realidades. Cada detalle es importante para que la real confianza se pueda proyectar.

Algunos sostienen que es imposible recuperar la confianza. La mejor imagen para graficar esto es el de una porcelana muy fina que es rota y luego pegada: No queda igual. Tampoco existe crisis de confianza: o se confía o no. No hay términos medios. Pese a que es un asunto complejo, diversos ejemplos en el mundo demuestran que la confianza perdida sí se puede recuperar. Lo vemos en políticos, entidades bancarias y relaciones familiares.

De ahí que la forma en la que nos relacionamos con nuestro entorno, el estilo con el que negociamos y la forma en la que nos comportamos con las personas sea tan importante. Cualquiera que sea la profesión que uno tenga, lo que mayor valor adquiere con el tiempo es su reputación. Ésta puede ser positiva como negativa. Cuanto más sonado es un aspecto favorable de la trayectoria de una persona, en el tiempo inmediato, más pulcra será la imagen; más atractiva y respetada será la confianza hacia ella. Y ocurre lo mismo en el caso inverso. El desprestigio y la mala imagen pueden limitar el radio de acción de un individuo. De la información sobre el cumplimiento de obligaciones se valen, por ejemplo, las casas de créditos con sus clientes: rastrean en las bases de datos especializadas para otorgar su confianza. Si una persona es cumplida tendrá un buen historial crediticio y se le abrirán las puertas de todos los establecimientos. En cambio, en caso que éstos hayan pasado una fecha estimada de pago, los indicadores de riesgo subirán y la mala reputación crecerá. El mal comportamiento en el mercado restringe la libertad de las personas. La confianza también es pues un productor de libertades. Habría que preguntarse cuán libre es uno cuando produce desconfianza.

A manera de conclusión

A la luz de las distintas aproximaciones al tema, podemos concluir que no se puede obligar a la gente a confiar en uno, pero sí podemos ser personas confiables. Comparto a continuación un resumen de algunas ideas sacadas de diferentes enfoques sobre la confianza, las que pueden resultar útiles.

  • Uno debe ser predecible y tener credibilidad. Para ser confiable, el comportamiento de una persona no debe ser como el azar. Tiene que existir cierto grado de predictibilidad. El mapa conductual en los negocios se tiene que ver en todos nuestros pequeños y grandes actos. La credibilidad está basada en ser una persona digna de fe y confianza.
  • El cumplimiento de la palabra empeñada es fundamental. Decir lo que pensamos y hacer lo que decimos nos convierte en personas coherentes y, por ende, confiables.
  • No asumir compromisos más allá de los límites permite tener el control de la situación y no verse negativamente afectado por el incumplimiento de terceros. Si algo está fuera de control, uno no tiene por qué asumir compromiso al respecto.
  • Ponerse en los zapatos de la otra persona. No hay nada mejor que explorar cuáles son las motivaciones, los intereses, los miedos y temores que existen en la persona con quien uno se va a relacionar. Eso permite entender su comportamiento y construir fórmulas de solución o de acuerdo a lo que se negocia y generar un clima de confianza.
  • La reputación se construye permanentemente. No permita que digan cosas falsas sobre usted. Si es así, lo mejor es aclarar los incidentes y que la verdad prevalezca. Un incidente mal aclarado puede traer consecuencias inesperadas y una “mala fama” inmerecida.
  • Ser puntual no es un detalle. Es primordial estar a tiempo. No tener en consideración el tiempo de las otras personas denota desinterés por el otro, genera malestar y mina la confianza. La puntualidad es la primera tarjeta de presentación.
  • Emplear criterios de legitimidad en las negociaciones permite ser justos y percibidos como tales. Su utilización ayuda a que no parezcan abusivas ni caprichosas las ideas y propuestas y ayuda a que las partes que negocian estén satisfechas con el acuerdo al que se arriba.
  • Relacionarse y comprometerse con cuidado. La debida diligencia es imprescindible si uno no quiere tener sorpresas desagradables. Es preciso saber con quiénes se relaciona y conocer los fines que persiguen. Si eso es claro, la relación con la contraparte será directa y sincera.

Buenos indicadores de confianza son la cantidad y la calidad de amigos que tenemos, el número de personas que acuden a nuestro negocio o institución, la cantidad de gente que está dispuesta a delegarnos cosas importantes o las responsabilidades que a uno se le asignan en el trabajo.

Tener presente cuán importante es la confianza en nuestras vidas nos puede evitar problemas, nos puede generar una serie de oportunidades en el ámbito familiar, social o empresarial y puede servir a que nuestros procesos de toma de decisiones en todas esas áreas sean más eficientes.

Referencias Bibliográficas

  • ARRIEN, Angeles. http://www.angelesarrien.com/
  • BECKER, Gary S. Nobel Lecture: The Economic Way of Looking at Behavior, The Journal of Political Economy, Vol. 101, No. 3. (Jun., 1993).
  • CORNU, Laurence. La confianza en las relaciones pedagógicas En: Construyendo un saber sobre el interior de la escuela. Buenos Aires, Ediciones Novedades Educativas, 1999. p. 19-26
  • COVEY, Stephen R. El Factor Confianza, Ed. Paidos, 2007, 496 pp.
  • ERTHEL, Danny (Editor) Negociación 2000. Mc Graw Hill, Santa Fe de Bogotá, 1996. 376 pp.
  • FISHER, Roger, URY, William L. and PATTON, Bruce. Getting to Yes: Negotiating Agreement without giving in. Penguin Books, New York, 1991. 200 pp.
  • O´TOODLE, James y WARREN Bennis. Lo que se necesita para el futuro: una cultura de la sinceridad. En: Harvard Business Review, Junio 2009.
  • PODOLNY, Joel M. La responsabilidad empieza y termina en las escuelas de negocios. En: Harvard Business Review, Junio 2009.
  • KRAMER, Roderick M, Repensar la confianza – Rethinking trust, Harvard Business Review, Junio 2009.
  • RAIFFA, Howard. The Art and Science of Negotiation. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1982. 373 pp.

Notas

  1. En su columna de opinión en el Diario La República. http://www.larepublica.pe/claro-y-directo/19/07/2009/cuestion-de-confianza.
  2. La oxitocina es una hormona relacionada con los patrones sexuales y con la conducta maternal y paternal que actúa también como neurotransmisor en el cerebro. Se sostiene que su función está asociada con la afectividad, la ternura, el contacto y el orgasmo en ambos sexos. Algunos la llaman la “molécula de la monogamia” o “molécula de la confianza”. En el cerebro está involucrada en el reconocimiento y establecimiento de relaciones sociales y en la formación de relaciones de confianza y generosidad entre las personas.
  3. Gary Becker es un economista estadounidense, Premio Nobel de Economía en 1992, quien ha desarrollado una serie de ideas en torno al análisis microeconómico en una serie de comportamientos humanos fuera del mercado. Partiendo de su enfoque económico, Becker afirmó que los individuos actúan de manera racional. Investigó este supuesto en cuatro áreas de análisis: el capital humano, la criminalidad, la discriminación por sexo o raza y el comportamiento de las familias.
  4. El Modelo de Negociación de la Universidad de Harvard es uno de los más efectivos marcos metodológicos para desarrollar negociaciones. La distinción clave entre intereses y posiciones es una de las contribuciones principales de esta metodología. De acuerdo a ella las personas actúan en las negociaciones con la finalidad de satisfacer ciertos intereses, que son las motivaciones, aspiraciones y preocupaciones que deben ser atendidas.
  5. Platón decía que sí se justificaba mentir, mientras que San Agustín y Kant sostenían lo contrario.
  6. Un buen resumen del modelo de negociación se encuentra en el libro Getting to Yes: Negotiating Agreement without living in (Sí, de acuerdo. Cómo negociar sin ceder), escrito por Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton.

Luis Alfonso Morey es abogado por la Universidad de Lima y Master in Media Management por la Universidad de Navarra. De ha desempeñado como abogado y consultor para diversas empresas e instituciones, ha sido director de Cable Canal de Noticias, gerente general de RBC Televisión y asesor de la Alta Dirección de Panamericana Televisión, responsabilizándose de conducir “Más allá de la noticia” en Canal 11 y “24 Horas, Edición Central” en Canal 5. Es profesor de la UPC en los Cursos “Sociedad y Estado en el Perú” en la Facultad de Comunicación y “Gobernabilidad” en la Facultad de Derecho.

EL RIESGO DE CONFIAR

Por Liliana Galván

Tanto el que “otorga la confianza”, como el que “la recibe” son autores de la dinámica de sus interacciones. Es fundamental que esta relación, que se construye sobre la base del riesgo, sea reconocida y analizada. El que confía debe reconocer el grado de propensión que tiene para confiar y  a partir de cuánta información o tipo de sentimientos construye su “confianza en el otro” y sobre qué señales se funda. Y el que recibe la confianza debe conocer las expectativas que sobre él descansan. Ambos son responsables de la construcción o de la destrucción de la confianza.

¿Por qué a mí? es la frase que surge cuando sientes que has sido traicionado por algo inesperado, algo que jamás imaginaste que podía suceder. Te sientes decepcionado, desubicado, desautorizado y, a la vez, responsable por las fatales consecuencias de la pérdida de confianza. ¿Con quién estuve conviviendo, por qué no me di cuenta, de qué modo me he engañado, hasta qué punto he sido también responsable y me he coludido con mi agresor? ¿En qué basé mi confianza? ¿Habré sido demasiado ingenuo? ¿Será en adelante necesario asumir una actitud vigilante? ¿Volveré a confiar?

Pensamientos semejantes nos pueden invadir ante situaciones en las que la confianza ha sido burlada. Le sucede a parejas, a instituciones, al Estado o a uno mismo, cuando el autoengaño aparece cada vez que uno deja de ser consistente con sus propios valores. ¿Por qué a mí? puede parecer una respuesta narcisista ante esa voz que te dice: «Yo soy omnipotente» y, aunque eso suceda históricamente desde que Caín mató a Abel, «yo no he hecho nada para merecerlo».

Pero una relación de confianza, según Mayer (1995), es una relación diádica, en la que ambos tienen un rol y un compromiso. Tanto el que «otorga la confianza» (trustor) como el que «la recibe» (trustee) son autores de la dinámica de sus interacciones. Esta relación, que se construye sobre la base del riesgo, se sostiene fundamentalmente en el reconocimiento y análisis. El que confía debe reconocer el grado de propensión que tiene para confiar y a partir de cuánta información o tipo de sentimientos construye su «confianza en el otro» y sobre qué señales se funda. Y el que recibe la confianza debe conocer las expectativas que sobre él descansan.

A partir de esta diferenciación de roles que hace Mayer, se podría plantear —por oposición— la existencia de «antirroles» cuando la confianza se rompe y se inicia una nueva relación entre el «defraudado» y la persona que ha «traicionado». El costo de esta nueva relación puede ser muy alto, por lo que puede transformarse en un vínculo de amor–odio, en un nuevo acuerdo legal con mayores restricciones, o en una relación que penaliza o controla persecutoriamente cada paso del que traicionó la confianza. En el caso de una relación laboral, este puede ser el principio de una relación de hostigamiento, en el que los roles iniciales se invierten. En el caso de las relaciones matrimoniales, ese «juntos hasta que la muerte nos separe» se puede tornar en una cadena perpetua.

La confianza puede ser concebida como una sólida roca, pero también puede visualizarse como un delicado cristal. Al respecto, Rodrigo Yáñez(1) (2008) realiza un estudio para explorar cuál es el significado metafórico de la confianza y encuentra, entre las metáforas más citadas, que la confianza es como «los cimientos, la piedra angular o el pilar de una construcción», es decir, parte esencial y base de la relación interpersonal.

Por ello, ambos individuos son responsables de la construcción o de la destrucción de la misma, pero ¿qué es lo que se rompe cuando se destruye la confianza con alguna acción? ¿Es una acción repentina o es un acto sostenido en el tiempo y que uno no percibe hasta que la solidez de la roca, tal y como en el caso del picapedrero, se quiebra en muchos pedazos, luego de darle y darle golpes? Para algunos, la confianza se gana poco a poco, pero se pierde de golpe, por la conciencia súbita del deterioro del objeto de confianza.

Cabe preguntarse, cuando una persona traiciona la confianza del otro, si se trata de un asunto ligado a la naturaleza no confiable de la persona o de la relación interpersonal en sí.  En este contexto, Mayer se cuestiona si existe una propensión a confiar o si esta es producto de la experiencia. En este caso, es posible visualizar la propensión a confiar como en un continuum, desde aquel que confía plenamente en la humanidad, o sea, «el ingenuo», pasando por aquel que otorga la confianza poco a poco, hasta aquel que desconfía incluso hasta de su sombra.

Propensión: la confianza nace o se hace

La propensión se puede definir como la voluntad generalizada de confiar en otros (Mayer, Davis y Shoorman, 2005). Dicha tendencia se forma de acuerdo con las experiencias favorables o desfavorables, los sistemas de crianza, la historia personal, los rasgos de personalidad, el contexto social, etc. Existe una predisposición en algunas personas a confiar ciegamente por el supuesto de que el ser humano es bueno y digno de confianza por naturaleza. Es como confiar por default. Según Kramer (1999), esta tendencia se genera por experiencias favorables desde la primera infancia, así como por factores culturales.

Erikson(2) define que desde el nacimiento hasta la edad de un año y medio, aproximadamente, el niño se enfrenta al primer conflicto de su desarrollo: confiar versus desconfiar. El niño, desde los primeros días, aprende a predecir si el lugar en el que ha nacido es confiable o no. El bebe que recibe con frecuencia atención a sus necesidades físicas y afectivas fortalece su capacidad de predecir si sus cuidadores son consistentes. Si el niño logra el equilibrio, debido a una atención sostenida, desarrolla —según Erikson— la virtud de la esperanza, por la seguridad de que al final siempre aparecerá alguien para cuidarlo.

El vínculo entre la madre y el niño es la base de las futuras relaciones. Mientras más estable y presente esté la madre, mayor seguridad y confianza sentirá el niño. El primer logro social del niño es permitir que su madre se aleje de su lado, porque ella se ha convertido en una certeza interior y en algo exterior previsible, esto es la base de la confianza en sí mismo y posiblemente el inicio de la percepción de la confiabilidad. Uno no puede proyectar en los demás confianza si no confía en sí mismo. Por contraste, la incertidumbre en la que viven los niños en estado de abandono genera en ellos una «desconfianza básica» que los acompañará en los siguientes estadíos de su desarrollo.

Confianza ciega: pongo mis manos al fuego

Hay un proverbio de origen ruso que dice: «Confía, pero verifica». Es decir, puedes sentir confianza, pero no te confíes demasiado, revisa y haz un seguimiento. En español, «confiar» proviene del latín fiducia, confidere, que viene de fides, «fe o creencia». En cambio, la palabra en inglés trust proviene de faithful, que es «esperanza». Creencia, fe o esperanza son términos subjetivos y relacionados con el futuro, con algo predecible, pero a la vez incierto. Por su parte, «verificar» proviene de verus, «verdad». Confía, pero verifica, vale decir, asegúrate y demuestra que es verdad. En este contexto, puede parecer inocente poseer una confianza ciega cuando cargas con una serie de responsabilidades y además tienes que dar la cara por ellas.

A pesar de todo, entregas a tu hijo en manos del médico, entregas tu dinero a la bolsa de valores, entregas la vida a una persona que dice amarte, entregas tu tiempo a una organización y esperas lo mejor; te sientes vulnerable, pero sabes que te han prometido no fallar y supones que tienen toda la voluntad y el talento para cumplir. El riesgo es grande y las consecuencias de un error pueden ser fatales. No confías plenamente, pero no queda otra salida.

Somos dueños de nuestro propio destino, pero no podemos negar que nuestra vida está en manos de muchas personas. Desde aquella que nos proporciona alimentos sanos hasta la que nos orienta en el mantenimiento de nuestra salud, o la persona que cuida de nuestros hijos mientras trabajamos. Como seres sociales, necesitamos del «otro» para realizar nuestros sueños, para transformarnos y para crear cultura. Como seres interdependientes, compartimos la vida a partir de un acuerdo social o «contrato psicológico» (Schein, 1982) con el que nos comprometemos. El contrato psicológico es aquel acuerdo tácito que se establece entre dos personas en relación con sus expectativas y compromisos.

¿Pero hasta qué punto este acuerdo es claro y explícito para ambas partes? Acostumbrados a la acción, la reflexión sobre los roles y tareas a veces queda de lado, en el campo de los supuestos y creencias.   Porque una cosa es la que se dice y a veces otra la que se comprende. Por lo tanto, nada nos garantiza que nuestras expectativas serán completamente cubiertas. La experiencia puede ayudar a diferenciar situaciones, pero no se puede negar que el comportamiento humano es muy complejo y que aún no podemos predecir el futuro con certeza.

Según Laurence Cornu (1999), «la confianza es una hipótesis sobre la conducta futura del otro», pero ¿en qué se basa esa hipótesis? ¿Es acaso en alguna evidencia previa, en un sexto sentido, en un ojo clínico, en experiencias favorables o desfavorables? Cornu menciona que es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse por no poseer el control sobre el otro, lo cual nos hace vulnerables a ese «otro», de quien puede depender nuestra seguridad, economía o estabilidad emocional.

La confianza está asociada a la entrega voluntaria al «otro» de algo que para uno es indispensable o vital (Yáñez, 2008). Desde el momento en que uno hace esa entrega, solo se espera que el «otro» tenga conductas positivas hacia el objeto de la confianza, llámese hijo, salud, dinero, conocimiento, etc. Mientras tanto, uno se puede sentir tranquilo y seguro en la medida en que, en otra oportunidad, las expectativas, en una situación semejante, fueron cubiertas. En caso contrario, el sentimiento de vulnerabilidad puede generar mecanismos de defensa y control, en un contexto en el que no existen posibilidades para monitorear o controlar a la persona en quien se confía. Para Mayer, la confianza es la voluntad de tomar riesgos. Claro, si está en juego la salud de un hijo, los bienes personales o la seguridad laboral, pues el riesgo es muy alto.

Ojo clínico: percepción de confiabilidad

Una percepción afinada para reconocer los atributos que aseguran la confiabilidad es parte de la sabiduría de las relaciones interpersonales. Cuando alguien se «gana la confianza» es porque, en múltiples ocasiones, el que confía ha recogido evidencias que aumentan la probabilidad de que el «otro» responda de manera confiable. El grado de «predicción» es lo que asegura la confianza. ¿Cuán responsables somos al tratar de predecir un comportamiento? ¿Qué señales son las que tomamos en cuenta?

Baker (2008) asegura que para ser merecedores de confianza es necesario poseer dos factores: la voluntad y la habilidad. Es decir, no basta con la voluntad de apoyar, sino que se requiere ser competente y poseer experiencia. Esto se relaciona con otros atributos que menciona Yáñez (2007), quien señala que esta persona sea —además de competente, íntegra y benevolente— abierta a la comunicación y con una identidad social común.

Ante esto, Mayer (1995) propone un modelo de confianza en el que señala tres factores que definen la confiabilidad: habilidad, benevolencia e integridad.

Señala que la habilidad es mucho más sencilla de reconocer en el campo laboral, si es que la persona demuestra que es competente en un área técnica relacionada con el objeto de la confianza, como es la de realizar un balance, diseñar un programa, evaluar a un subordinado. En cambio, la benevolencia es el atributo que señala que la persona posee la voluntad de hacerle un bien a quien le ha depositado la confianza, pero esto dependerá de la relación que se construya entre ambas personas, para que ese afán de hacerle un bien sea auténtico y no inducido por la presión del rol o del cargo. Robbins (1999), denomina “confianza por disuasión” cuando ésta se basa en el miedo a las represalias, por la obligación de servir a otra persona. Un empleado que es leal y fiel por miedo a perder el empleo otorga una confianza por disuasión que puede confundirse con una actitud benevolente y auténtica.

Por último, el tercer factor, la integridad, lo define como la escala de valores y principios que el que confía comparte como aceptables del otro. Esto es mucho más delicado porque exige que compartan una identidad social común. Sin embargo, nada es seguro en una relación de confianza, la dinámica puede sostenerse en el tiempo o cambiar y transformarse por diversas circunstancias de la vida de ambos actores o instituciones.

Por otro lado, hay personas que pueden fingir señales externas de honradez que nos pueden confundir, sobre todo cuando «vemos lo que queremos ver» (Kramer, 2009). En este caso, influyen nuestro sesgo y los estereotipos sociales que llevamos en nuestra mente. Esto nos predispone a interpretar con «señales» que son familiares a personas desconocidas como conocidas.

Nikolas N. Oosterhof y Alexander Todorov(3), demostraron a través de una investigación de qué modo la personalidad puede ser reconocida por la expresión del rostro. A través de ella descubrieron que la percepción de la confiabilidad se forma a partir de la lectura de las expresiones del rostro de felicidad o de cólera. En los rostros percibidos como confiables la felicidad es percibida como más intensa; por contraste, en los rostros percibidos como menos confiables la agresividad es percibida como más intensa. La gente necesita inferir acerca de las intenciones del «otro», para lo cual recurre a la lectura de las expresiones faciales. Estos estudios también demuestran que la amígdala, región subcortical del cerebro, que interviene en el condicionamiento del miedo y en la consolidación de la memoria emotiva, juega un papel clave en la percepción de la confiabilidad.

En los casos en los que hay ausencia de señales emocionales para identificar las intenciones del «otro», la persona evalúa la expresión del rostro. Los rostros femeninos o de bebes son percibidos como más confiables que los rostros que reflejan madurez o son masculinos. También se observó que, según el valor que le dé a esta expresión, la persona sentirá atracción o rechazo.

En este sentido, en medios de comunicación en los que no hay un contacto físico, como en Internet, éstas señales no son las mismas.  La comunicación a través de Internet cuenta con otro tipo de referentes, como fotografías, videos, textos que el emisor selecciona y proyecta su auto-imagen tal como desea que se le vea a través de la pantalla.

Internet podría convertirse en una fuente constructiva de capital social, si se pudiese contar con una confianza on line. Si se pudiese asegurar la confiabilidad de la comunicación a distancia, más gente se comprometería a utilizarla. La «falta de identidad» y el «anonimato» no permiten construir un vínculo basado en la confianza. En la relación on line no se cuenta con las mismas señales o características del «otro» que en la relación presencial, lo cual dificulta el proceso de diferenciación que uno necesita para depositar el grado de confianza.

Cultura de la sinceridad en las organizaciones

El reto consiste en crear una cultura de transparencia y honestidad, en la que los líderes generen confianza en sus instituciones a través de sus propios actos. La estrategia consiste en fortalecer una relación simbiótica de confianza en la que los líderes, al admitir sus errores, buscan contra argumentos, compartir información, actuar como modelos, provocar que los demás confíen en ellos. A esto O’Toole y Bennis (2009) le llaman arquitectura organizacional que fomenta la sinceridad.

Entre las tácticas que inspiran a los empleados a confiar están la influencia racional, la provisión de autonomía y el desarrollo de relaciones interpersonales de alta calidad entre el líder y el miembro del equipo, siendo esta última la más efectiva (Douglas y Zivnuska(4), 2008). La influencia racional consiste en practicar el razonamiento lógico y el conocimiento fáctico para influir en el otro. Esta es una práctica poco común cuando el líder considera que la «lógica de la operación» es algo obvio que no es necesario hacer explícito. Así, si el conocimiento tácito, encarnado en el líder, no es retroalimentado al empleado, las expectativas sobre el conocimiento del empleado pueden ser infundadas. Es necesario verificar las habilidades y saber si el empleado ha entendido la tarea.

La provisión de autonomía es un indicador en el que el jefe comparte el «control». La confianza se aprecia como un proceso recíproco. Las parejas más autónomas regulan su confianza y no se defraudan. El que da confianza recibe confianza. Una relación de alta calidad se caracteriza por el apoyo mutuo, las metas comunes y la formulación de tareas desafiantes que aumenten la motivación y refuercen la comunicación efectiva.

La desconfianza genera dependencia e ineficacia. Cuando un jefe dice «Mejor lo hago yo mismo y no dejo que otros lo hagan porque luego tengo que intervenir» se genera un comportamiento dependiente en el que «el que más sabe» se convierte en el subordinado del «que menos sabe».

A continuación, se listan una serie de comportamientos que podrían ser considerados como «señales» o indicadores de desconfianza(5) en una relación interpersonal:

  • No cumple con las promesas.
  • Dice una cosa y hace otra.
  • Pospone plazos.
  • Saca ventaja.
  • Desplaza a otros.
  • Sabotea procesos.
  • No hace un seguimiento.
  • Se preocupa por los resultados sin importar el medio.
  • Utiliza a otros para conseguir sus propios intereses.

No es necesario contar con todos los indicadores aquí mencionados para evaluar el grado de confianza en el “otro”.  Bastaría que algunos de estos comportamientos se presenten de manera recurrente, para reconocer que la persona no es merecedora de una confianza plena.

¿Se reconstruye la confianza?

¿Comprender, perdonar, olvidar y arriesgarse de nuevo? Depende de qué atributo es del que carece la relación de confianza. Si se trata de un tema de competencia, estamos ante un mal menor porque esta podría desarrollarse. Si se trata de un asunto de benevolencia, estamos en el ámbito afectivo en el que puede haber un resentimiento por la falta de consideración. La decisión de confiar tiene un componente cognitivo y otro afectivo. El cognitivo permite calcular el grado de confiabilidad del otro, pero el afectivo te compromete por el vínculo que se establece entre ambas personas (Yáñez, 2008) y este se puede reforzar con el tiempo, gradualmente. Pero si lo que falló fueron los valores, entonces la posibilidad de cambio es lejana. Es muy difícil reconstruir la confianza si la persona no posee valores sólidos, si no es consistente y hace lo que predica.

Por último, vale preguntarse: ¿hasta que punto trabajamos por construir una cultura de confianza y de sinceridad? ¿De qué modo esperamos cómodamente que la sociedad responda ante nuestras expectativas si no constatamos nuestras señales, si no verificamos, si no cuestionamos nuestros supuestos? ¿De qué modo creamos un entorno seguro basado en valores explícitos hechos conscientes en espacios reflexivos creados especialmente para reconocer nuestra integridad, benevolencia y habilidad?

El reto no solo consiste en construir un lazo de confianza, sino en mantenerlo y alimentarlo con hechos y evidencias que la respalden. Se trata de fortalecer los acuerdos y cumplir con lealtad y benevolencia las expectativas, a pesar del riesgo latente. Se trata de promover valores y anticiparse a la corrupción. Es atreverse a desatar nudos para crear vínculos sostenibles en el tiempo.

Bibliografía

  • Baker, B. (2008). A Matter of Trust. PM Network 22, nro 12, 26 d.
  • Cornu, L. (1999). La confianza como cuestión democrática. En: Filosofías de la ciudadanía: sujeto político y democracia. Rosario: Homo Sapiens Ediciones.
  • Douglas, C. (2008). Developing Trust in Leaders: An Anteccedent of Firm Perfomance. En: Advanced Management Journal  73 nro. 1, 20-8.
  • Erikson, E. (2000). El ciclo vital completado. Barcelona: Ediciones Paidós.
  • Kramer M., Roderick (2004). Trust and Distrust in Organizations: Dilemmas and Approaches. A volumen in the Russel Sage Foundations Series on Trust.
  • Kramer M., Roderick (2009). Repensar la confianza. En: Harvard Business Review, junio.
  • Lombardo, M. y Eichinger, R. (1996). For Your Improvement. Minneapolis: The Leadership Architecture.
  • Mayer, R.; David, J. y Schoorman, D. (1995). An Integrative Model of Organizational Trust. En: Academy of Management Review, vol. 20, nro. 3, pp. 709-734.
  • O’Toole, J. y Bennis, W. (2009). Lo que se necesita para el futuro: una cultura de la sinceridad. En: Harvard Business Review, junio.
  • Oosterhof, N. y Todorov A. (2009). Shared Perceptual Basis of Emotional Expressions and Trustworthiness: Impressions From Faces. En: American Psychological Association, vol. 9, nro. 1, pp. 128-133.
  • Robbins, S. (1999). Comportamiento organizacional. México D. F.: Prentice-Hall Hispanoamericana.
  • Schein, Edgar (1982). Psicología organizacional. México D. F.: Prentice-Hall Hispanoamericana.
  • Yáñez, Rodrigo (2008). Conceptualización metafórica de la confianza interpersonal. En: Univ. Psychol. Bogotá, vol 7, nro. 1, pp. 43-55.
  • Autor

Notas

  1. Yáñez realiza una investigación con estudiantes de Psicología y Enfermería para formular una conceptualización metafórica sobre la confianza interpersonal.
  2. Erik Erikson, psicólogo y psicoanalista, plantea en su famosa teoría del desarrollo ocho estadíos a lo largo del ciclo de la vida, en la que cada etapa está marcada por un conflicto. Solo en la medida en la que este conflicto es enfrentado, comprendido y aceptado es posible que la persona desarrolle una virtud.
  3. Nikolas N. Oosterhof y Alexander Todorov realizaron una investigación en la que participaron 55 estudiantes del pregrado en el primer estudio y 327 en la segunda parte, para identificar los ratios en las expresiones, a partir de 66 rostros estandarizados. La investigación fue auspiciada por la National Science Foundation Grant y la Huygens Scholarship de Netherlands Organization for International Cooperation in Higher Education.
  4. Douglas y Zivnuska realizan una investigación para explorar las variables que influyen socialmente en la confianza y cómo estas impactan en el desempeño de las empresas de comida rápida.
  5. Adaptado de For Your Improvement, que es una guía en la que se definen competencias y niveles de desarrollo: subdesarrolladas, desarrolladas y sobre desarrolladas, así como estrategias de mejora.
Liliana Galván es Licenciada en Psicología Educacional. Decana de la Facultad de Ciencias Humanas, Carrera de Psicología de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas,(UPC). Es fundadora y miembro de la División Empresarial de esta Universidad. Secretaria de la Asociación de Facultades y Escuelas de Psicología del Perú. Doctoranda en Dirección y Administración de Negocios de la Universidad Politécnica de Cataluña. Fue Directora del Departamento de Calidad Educativa de UPC. Es Directora del Diplomado en Docencia Universitaria de la UPC.  Consultora y expositora internacional en Liderazgo, Creatividad e Innovación.

EN EL PRINCIPIO ERA EL DISCURSO

Por Marco Méndez

El estudio del discurso y su abordaje, implica, para el autor de este ensayo, la mirada multidisciplinaria. Siguiendo esta ruta, se propone que las humanidades y las ciencias sociales se han transformado en gran parte en disciplinas discursivas.  El mundo, la denominada realidad, se da en tanto es definida por el discurso. El sentido se construye y se actualiza en el proceso mismo del discurso. Desde esta perspectiva, el discurso periodístico se propone como el simulacro de los hechos. “Los discursos periodísticos son, entonces, constructores públicos de una realidad social de naturaleza simbólica. A través de ellos se recategorizan sociocognitivamente los fenómenos del acontecer”.

Sin ser semiólogo, lingüista, sociolingüista o algo similar, y más allá de que sus intenciones eran kerigmáticas (proclamación, anuncio de la buena nueva de Jesucristo), San Juan, al inicio de su evangelio, soltó una frase que bien podrían los lingüistas y semiólogos pensar en adoptarla como lema o por lo menos como inspiración: Εν αρχή ην ο λόγος (en arjé en o logos: en el principio era la palabra o en el principio era el discurso o en el principio era el verbo, según se adopte alguna de las acepciones griegas de la palabra λόγος).

Hans G. Gadamer, Ernst Cassirer, Martin Heidegger, Ludwig Wittgenstein, Mijail Bajtin, George Steiner, cada uno desde una perspectiva y matiz peculiar, estarían de acuerdo con la idea del lema, pues fueron ellos, junto a otros, quienes a través de sus escritos reivindicaron la naturaleza creadora e institucionalizadota del lenguaje, dejando en claro que la palabra y el lenguaje en sí no son meras herramientas que sirven para dar cuenta de ideas previamente formadas en el intelecto, sino que, como lo hace recordar Albert Chillón, las ideas se forman solo en la medida que son verbalizadas.

“Conocemos el mundo, siempre de modo tentativo, a medida que lo designamos con palabras y lo construimos sintácticamente en enunciados…Más allá de la percepción sensorial inmediata del entorno o del juego interior con las sensaciones registradas en la memoria, el mundo solo adquiere sentido en la medida en que  lo traducimos lingüísticamente”[1].

Añadiríamos o más bien precisaríamos,  siguiendo la línea que traza Charaudeau, que el sentido del mundo se forja en el discurso, es decir que no solo empalabramos el mundo sino que lo discursivizamos. No habría entonces otra manera de encontrarle sentido al mundo, de darle sentido al mundo que en el discurso.

¿En el principio era el discurso? No suena tan mal a la vista del interés mostrado en los últimos años por  los estudiosos sobre este concepto.

Porque resulta innegable  que algo tiene el discurso ya que como disciplina, nos recuerda Harvey, se ha convertido en un componente importante, no solo del trabajo de los investigadores, sino que se ha constituido también en un aspecto importante de los estudios de licenciatura, diplomado y postgrado en diferentes especialidades pertenecientes a las ciencias Humanas y Sociales en América Latina. Ese interés es el que ha terminado enriqueciendo el mismo estudio del discurso, un estudio que tiene como una de sus características el ser reflexionado y analizado desde diversas perspectivas lo cual le configura uno de sus rasgos fundamentales: la multidisciplinariedad.

Al mismo tiempo, los estudios del discurso y su aplicación a través del análisis del discurso están mostrando su validez y eficacia en ámbitos cada vez más diversos[2]. No extraña por ello que Gonzalo Abril[3] recalque el valor del discurso como espacio de encuentro entre problemáticas de diversa índole: semióticas y linguísticas (textos, procesos de enunciación); sociológicas (la acción social las instituciones, el ejercicio del poder) y culturológicas (los modos locales de interpretar, la organización del espacio simbólico, la expresión).

Teun Van Dijk lleva el entusiasmo por el discurso un poco más allá al plantear que no resultaría exagerado afirmar que las humanidades y las ciencias sociales se han transformado en gran parte en disciplinas discursivas, y fundamenta ello explicando que los estudios del discurso forman en estos momentos un amplio campo de investigación “con tantas especializaciones que resulta imposible para una persona poder incluso evaluar el alcance de los estudios contemporáneos del discurso”. [4]

Charaudeau y Maingueneau coinciden en subrayar la perspectiva multidisciplinar, entendiéndola como un punto de cruce[5]. Para ellos el discurso se ha impuesto gradualmente, hasta hacerse necesario no solo para los investigadores que deben verse con el lenguaje en sus diferentes aspectos, sino también para los profesionales interesados en el manejo del lenguaje con fines de información, persuasión o seducción, y, por supuesto, se ha vuelto indispensable para los profesores de este campo.

Este auge del discurso no debe ser confundido con una moda efímera, sin raíces. Es más bien un punto de eclosión de un proceso que por lo menos tiene 40 años de recorrido. No en vano Charaudeau y Maingueneau[6] recuerdan que estos estudios no nacen de un acto fundador, sino que fueron producto de una gradual convergencia de movimientos basados en presupuestos extremadamente diversos surgidos en Europa y Estados Unidos durante la década de los sesenta.

En este sentido, Van Dijk precisa, en un sucinto repaso histórico, que a partir de intentos aislados de unos pocos estudiosos en unas cuantas disciplinas, los estudios del discurso se han transformado en un amplio campo de investigación, aunque ya desde la década del sesenta se habían planteado de manera más o menos simultánea en varias disciplinas, argumentos de peso acerca de la importancia del análisis del discurso en el estudio de una diversidad de fenómenos.

En  la Antropología –recuerda Van Dijk– Dell Hymes postuló el estudio de los eventos comunicativos y de la competencia comunicativa,  iniciando de esta forma una orientación clave de la investigación que se conoce como la etnografía del habla, también conocida como la etnografía de la comunicación. Asimismo, en la lingüística Peter Hartmann postuló por primera vez la ampliación de la gramática hacia una gramática del texto, y en Estados Unidos los investigadores de la escuela de la tagmémica  enfatizaron en la importancia de la gramática del discurso. En Francia surgiría la sémiologie al publicarse el primer número de la revista Communications, dedicada a esta nueva disciplina. En ella, continúa Van Dijk, aparecieron contribuciones de la talla de Todorov y Barthes, que no solo abordaban el tema del análisis semiótico de las imágenes, sino, además, el estudio de textos, al cual se abocarían después lingüistas estructurales como Greimas. Francia ha sido permanentemente uno de los centros más importantes en el desarrollo del análisis del discurso. Nombres como el de Greimas, Courtes, Zilberberg, Charaudeau, Maingueneau, Fontanille, Landowski han dotado a los estudios sobre el discurso en Francia de una sólida imagen.

En el Reino Unido surgió un creciente interés en estudios sobre el estilo y el análisis textual, especialmente en el ámbito del nuevo paradigma de la lingüística sistémico-funcional fundado por Michael Halliday. En la década de los cincuenta, Irving Goffman había realizado importantes contribuciones al estudio de la interacción y las estrategias de la autopresentación, las cuales inspirarían posteriormente a muchos investigadores abocados al estudio del discurso y la conversación.

“Durante los sesenta y setenta la lingüística, bajo el impulso del estructuralismo y del generativismo, produjo la renovación de los estudios filológicos y gramaticales con sus hipótesis inéditas sobre el funcionamiento del lenguaje y con nuevos métodos para el análisis de los sistemas lingüísticos, múltiples aportes cuestionaron los marcos de la disciplina, entre otros los provenientes de la psicolinguística, la sociolinguística, la pragmática, la etnografía de la comunicación, la psicosociología del lenguaje”.[7]

Van Dijk concluye diciendo que, entre 1964 y 1974,  los avances en las humanidades y en las ciencias sociales influyeron profundamente en sus respectivas disciplinas fundacionales. De este modo, a inicios de los setenta se publicaron las primeras monografías y obras editadas que consolidaron el estudio del texto y del habla en la lingüística, la semiótica, la literatura, la etnografía, la psicología y la sociología.

No obstante la importancia que ha adquirido el discurso, no es fácil hablar de él o, para ser más precisos, no es fácil definir esta palabra. Como bien apunta Milton José Pinto[8], la cantidad y diversidad de enfoques hace difícil establecer una relación y una síntesis de las corrientes que hoy en día se interesan en hacer algún tipo de estudio y análisis del discurso.

El problema es que la palabra discurso en sí es de difícil definición, puesto que sus acepciones van desde aquellas que apelan al sentido común y entienden al discurso como un conjunto de frases pronunciadas por alguien en una ocasión especial (o no tan especial), hasta aquellas que la consideran como una categoría de análisis. Lo cierto es que no hay uniformidad de criterio al momento de definirla.

Bastaría echarle una mirada al Diccionario de la Real Academia Española para tener una idea de lo que refiero: doce acepciones que definen al discurso como: facultad racional con la que se infieren unas cosas de otras, sacándolas por consecuencia de sus principios o conociéndolas por indicios y señales; acto de la facultad discursiva; uso de razón, reflexión, raciocinio sobre algunos antecedentes o principios; serie de las palabras y frases empleadas para manifestar lo que se piensa o siente ( Perder, recobrar el hilo del discurso); razonamiento o exposición sobre algún tema que se lee o pronuncia en público; doctrina, ideología, tesis o punto de vista; escrito o tratado de no mucha extensión, en que se discurre sobre una materia para enseñar o persuadir; transcurso de tiempo; palabra o conjunto de palabras con sentido completo; cadena hablada o escrita; y carrera, curso, camino que se hace por varias partes.

Bastaría también echarle una mirada a las diversas concepciones de discurso que llegan desde autores, corrientes y disciplinas distintas.

La gramática formal del texto, la teoría de la argumentación, la teoría narrativa, la estilística, la retórica, la semiótica, la pragmática, a sociolinguística interaccional, la etnografía del habla, el análisis de la comunicación, la psicología del procesamiento textual, la psicología discursiva, la lingüística aplicada, son algunas de las áreas desde las cuales o en las cuales  se realizan estudios del discurso según la lista elaborada por Van Dijk[9].

Es claro entonces y lo reafirman Charaudeau y Maingueneau, que en materia e investigaciones sobre el discurso no es posible razonar como si se tratara de uniformar pesos y medidas.

“El problema no es solo terminológico sino que alcanza también los presupuestos de los diversos estudios”.[10]

En este sentido, Charaudeau precisa que, por ejemplo, en Europa continental, y sobre  todo en Francia, los trabajos en materia del discurso no crecen sobre el mismo suelo que en otras partes del mundo y que más bien se apoyan en un larga tradición de estudios de textos en los que la retórica, la hermenéutica literaria o religiosa y la filosofía han dejado huellas profundas, y también sobre una historia mucho más corta, la de las ciencias humanas y sociales, el psicoanálisis o la filosofía.

Estamos, sin duda, frente a un concepto cuya diversidad de definiciones no significa dispersión ni atomización epistémica, sino una confluencia de perspectivas cuya diversidad radica en la misma repercusión que tiene el discurso en diversos campos o, como señala De Bustos:

“el discurso afecta una diversidad de disciplinas, tales como la sociología, la psicología, la historia, la pragmática, la lingüística del texto, etc. Lo que implica asimismo la existencia de muy diferentes enfoques metodológicos: sociológico, etnolinguístico, cognitivo, pragmático, crítico, etc que no se excluyen mutuamente, sino que, en ocasiones, son complementarios”.[11]

Pero no hay que asustarse de la pluralidad de enfoques y perspectivas, pues la riqueza de los estudios del discurso, nos dirá con mucha sabiduría Ana María Harvey[12], se basa en su diversidad, y será precisamente esta variedad la que permita una visión más integral del discurso. Es más, el desarrollo de las investigaciones en el dominio del discurso saca el provecho máximo de la confrontación de perspectivas que dependen de universos teóricos diversos, Mainguenau dixit.

No tengo la pretensión de hacer de estas líneas una introducción al estudio del discurso o sobre el análisis del discurso. La intención es más discreta: dialogar con algunos de los autores que han hecho del discurso su objeto de estudio permanente desde diferentes perspectivas, colocar el énfasis en algunos de los aspectos que me llaman más la atención y luego detenernos en los discursos periodísticos. Estas líneas son, de algún modo, un collage conceptual que por momentos se asemeja mucho a un estado de la cuestión.

UN PROCESO DINÁMICO

Uno de los aspectos fundamentales del discurso es su carácter dinámico, pues hay que entenderlo como un proceso descartando cualquier carácter estático que pretendamos darle. En realidad no hay manera de eludir su carácter dinámico porque el discurso en tanto construcción y en tanto implica un carácter intersubjetivo, de práctica social, no puede no ser acción. Por ello hablamos de que el discurso es un acto, es más, podemos decir que es uno de los actos humanos por excelencia, porque es el discurso el que nos permitirá revelar el sentido del mundo y, a la vez, revelarnos al mundo y, sobre todo, en el mundo.

Creo que una mirada al mismo concepto de sentido nos puede ayudar a reforzar el carácter activo del discurso. El sentido es una dirección[13] tender hacia una cosa, quiere decir “tensión hacia”. Las acciones tienen metas, nos recordará Van Dijk[14], y esto es lo que hace que  sean significativas.

El discurso como acto es precisamente la propuesta de Landowski[15] para quien el sentido ya no es un simple producto directamente conforme con la realidad, sino que es un proceso, una constante negociación entre sujetos,  es una práctica intersubjetiva en la que nos vemos diariamente comprometidos.

“Si nos interesa el discurso es porque no solamente cumple una función de signo en una perspectiva comunicacional, sino porque tiene al mismo tiempo valor de acto: acto de generación de sentido”.[16]

El segundo aspecto que me interesa enfatizar es el carácter situacional del discurso. Si hablamos de que el discurso es acción no hay hecho humano que escape de sus coordenadas espacio temporales. En este sentido, el discurso es un acto y no podemos reducirlo a un aspecto únicamente textual. No podemos centrarlo solo en aspectos semánticos  o simplemente sintácticos sin una referencia a una práctica. En otras palabras, el discurso escapa a lo estrictamente lingüístico. Los actores y grupos sociales y sus prácticas concretas y completas son no los pretextos para la interpretación,  sino los productores y receptores del sentido.

En otras palabras, los discursos no son sólo palabras, son formas de práctica social. Eludir su carácter situacional puede hacer del discurso un mero conjunto de significantes cuando los discursos tienen forzosamente que localizar su producción y reproducción en las acciones de sujetos históricos que se sitúan dentro de marcos materiales y sociales con una entidad y una potencia que no pueden ser en ningún caso derivadas de su textualización[17]. Por otro lado, y aludo a Hartley,[18] si bien el sentido puede generarse solamente partiendo de la lengua o el sistema abstracto del lenguaje, y si bien podemos aprehender el mundo solo a través de los sistemas de lenguaje, no es menos cierto que los recursos del lenguaje en general están, y siempre estuvieron, sujetos a los desarrollos y conflictos históricos de las relaciones sociales en general. Es decir,  aunque la langue sea abstracta, el sentido nunca lo es.

“Los discursos son productos de formaciones sociales, históricas e institucionales, y los sentidos son productos de esos discursos institucionalizados. Se sigue de ello que los sentidos potencialmente infinitos que cualquier sistema de lenguaje es capaz de producir estás siempre limitados y fijados por la estructura de relaciones sociales que prevalece en un momento y en un lugar determinados, estructura que se representa mediante diversos discursos”.[19]

En este sentido, inspirados en Abril, podemos decir que el discurso no es simplemente un uso del lenguaje y de los demás sistemas semióticos, sino que se trata de una práctica que forma parte de las relaciones sociales propias de la sociedad moderna y que se inscribe en la dinámica institucional en esa sociedad.

Autores como González Requena dejan en claro que el discurso es el lugar donde los códigos se atraviesan con los contextos y donde, en condiciones siempre específicas y concretas, emergen los signos, no como hechos semióticos autónomos y preexistentes, sino como funciones signos generadas por la propia dinámica discursiva.

“El discurso aparece como un plano o un nivel específico, constituido por una serie de procedimientos irreductibles a la virtualidad de una lengua o un sistema de signos como el léxico: el discurso “se hace” concreto de una situación comunicativa o en la particularidad de una determinada producción simbólica”.[20]

Es por ello que Abril nos  habla del discurso como una práctica social, que no puede escapar de su dimensión histórica, vale decir, que está socio históricamente marcado. Hablar de los discursos como prácticas sociales implica decir –según Pinto– que el lenguaje con que se construye el discurso es parte integrante del contexto socio histórico y no un componente de carácter meramente instrumental.

De otro lado, podemos señalar que el discurso no solo forma parte de nuestras vidas –y forma nuestras vidas–, sino que de alguna manera es “la garantía de nuestra humana posibilidad de entender nuestro presente”[21].

Un tercer aspecto sobre el que me gustaría llamar la atención muy brevemente es el referido al sujeto. González Requena diría que estamos pues frente a una afirmación del sujeto.

“La exploración de los códigos, del aspecto sistemático de los lenguajes, cuanto más avanzaba tanto más patentizaba un cierto vacío, un silencio recurrente que paralizaba el desarrollo global de la investigación semiótica”.[22]

En otras palabras, no bastaba reflexionar sobre los códigos, sobre su formalización, sus posibilidades de funcionamiento. El discurso en cuanto objeto teórico de primer orden nos da cuenta de la posición del sujeto en el mundo.

DISCURSO PERIODÍSTICO

Como todo discurso, el periodístico también construye sentidos, instaura sujetos sociales, nos ayuda a comprender el mundo y a comprendernos a nosotros mismos. Eliseo Verón va más allá y considera que este tipo de discurso construye realidades.

Óscar Quezada coincide con Verón:

“El discurso es el simulacro de situaciones sociales y es, por lo tanto, el lugar privilegiado en donde el semiótico puede estudiarlas. Así, por ejemplo, la noticia es, siempre, un simulacro de los hechos. Estos últimos, como tales, son inaprehensibles, igual que todo lo real. Un sujeto –llámese reportero, cronista, camarógrafo, etc. – es quien, a través de uno o varios lenguajes, convierte ese hecho en discurso, en noticia, vale decir, en punto de vista, en focalización, ergo, en realidad.”[23]

Borrat, por su parte, subraya, además, la importancia que tienen los discursos periodísticos en tanto nos ayudan a conocer el mundo en que vivimos y a la vez reconocernos a nosotros mismos en ese mundo.

Por otro lado, la importancia que la información ha adquirido en las últimas décadas ha dotado a los discursos mediáticos, y entre ellos el periodístico, de un papel relevante al momento de tratar de entender la sociedad en tanto representación cultural.

“El mundo de la información produce un sistema propio de conocimientos, ciertamente no científicos pero no por ello menos capaces de proporcionar explicaciones sobre la realidad y, sobre todo, convicciones credenciales acerca de ella”.[24]

En este sentido –explica  Cervini–, las representaciones sociales no sólo son procesos cognitivos sino también construcciones simbólicas de la realidad social.

“Si agregamos a ello, la capacidad que poseen los medios de comunicación para configurar las experiencias de los sujetos-destinatarios, nos daremos cuenta de que existe un quiebre en la frontera de las percepciones que el individuo tiene a partir de sus contactos cotidianos e inmediatos, para dar paso a una nueva realidad mediatizada por un elemento técnico (radiotransmisor, diarios, televisor, computador y celular), donde las formas simbólicas que se acuñan en los mass media, crean lo que J.B Thompson (1998: 56) denomina “experiencia mediática”. Esto le permite al sujeto experimentar acontecimientos y conocer diversas culturas que en la esfera concerniente a su interacción social jamás podrá acceder, por lo tanto el individuo aprende de los discursos que los medios de comunicación construyen y, a su vez, configura su conocimiento social desde la lógica instaurada por los productos mediáticos”.[25]

Pero los discursos periodísticos también actúan como contexto de sentido para los nuevos acontecimientos y pueden otorgarles una mayor o menor relevancia. Montero precisa que el hecho de su repetición permite una generalización donde se engloba todo lo que se considera públicamente relevante y crean estructuras de significación que tipifican los actores sociales colectivos según su mayor o menor integración en la vida social, vale decir, persisten en el tiempo y pueden pasar a formar parte de las estructuras de significación comunes a la sociedad para la comprensión del presente, del pasado y también del posible futuro inmediato.

“Se puede pensar, en este sentido, en un tipo de influencia que cristaliza en la construcción de significados aceptados por grupos amplios de la sociedad, y relevantes para sus actitudes”.[26]

Pero las estructuras de significación que se desprenden de los discursos periodísticos solo se constituyen definitivamente en estructuras públicas de significaciones en la medida en que son aceptadas socialmente. Y son aceptadas socialmente porque este tipo de discurso está legitimado, también socialmente o, como bien refiere Stella Martini, la sociedad, por consenso, otorga a los discursos periodísticos un rol de soporte comunicacional que construye y difunde sentido.

“Socialmente legitimado e institucionalizado para construir la realidad social como realidad política y socialmente relevante”.[27]

En esta perspectiva, nos dice Montero, los discursos periodísticos colaboran en la organización de la adquisición y sedimentación de nuevos conocimientos y ayudan a estructurar la forma en que interpretamos el mundo social.

Por otro lado, no olvidemos que el discurso periodístico se construye a partir de otros discursos[28] esto es, es una institución social y un discurso cultural que existe y tiene significado en relación con otras instituciones y discursos que actúan a la vez. O, como apunta Pérez Tornero, el saber-hacer propio del discurso periodístico se realiza en relación con otros discursos, es de alguna manera una forma discursiva particular de los diferentes momentos históricos de la sociedad que se establece a partir de una memoria intertextual.

“Si bien puede concebirse la noticia como un punto de origen en relación a un suceso, nunca lo es totalmente. Todo texto noticioso es construido e interpretado a partir de un cuerpo de discursos y datos preexistentes (proyectos, ideas, representaciones de la realidad, que implícita o explícitamente recoge, continúa, cita, modifica, etc.). Las noticias no son nunca puntos de origen porque forman parte de un espacio discursivo y se relacionan, por consiguiente, con los códigos que son las formalizaciones potenciales de ese espacio. La gestación de una noticia es una toma de posición dentro de ese espacio discursivo”.[29]

Los discursos periodísticos se pueden comportar como mediadores de otros discursos sociales (cumplen un papel de agentes de socialización) y modeladores del conocimiento en la sociedad. Vicente Salvador denominaría a este último rol como “gestión social de los conocimientos”[30]. En otras palabras, no constituyen solamente estereotipos de los actores sociales y sus posibles acciones sino que definen una estructura de comprensión del universo, pero cuidado, no se trata de pretender que las imágenes que nos hacemos en la cabeza solo provengan de los discursos periodísticos. Eso ya nos lo advirtió McCombs. Obviamente nuestra intención no es plantear que los discursos periodísticos son cognitivamente determinantes o que su poder de influencia es único en un esquema donde los contenidos elaborados por un emisor se imponen sobre un receptor. Las teorías de la recepción y los estudios sobre el discurso han descartado ese modelo reduccionista hace bastante tiempo.

Además, tampoco se puede obviar que, como cualquier discurso, el periodístico construye sentidos y esos sentidos son fruto de una negociación entre destinadores y destinatarios. No estamos de manera alguna ante una mera transmisión de sentidos desde un emisor hacia un receptor. La misma naturaleza del sentido descarta ello, pues a través de los discursos periodísticos –junto con otros– no solo se construyen significados del mundo sino que, sobre todo, se configuran sentidos, y ello debido a que los significados se integran a la experiencia de los sujetos, se relacionan con su mundo.

Esta experiencia y los modos de relacionarla con los significados para convertirlos en sentidos es lo que se toma en cuenta al momento de construir el pacto o contrato de lectura que se establece entre destinadores y destinatarios, ya que los discursos periodísticos introducen representaciones de ambos en sus respectivos textos, pues cada uno elabora sus discursos a partir de la imagen que posee de sí mismo y del otro. Esto se traduce en instrucciones de uso o principios reguladores que crean un sistema de expectativas y un contrato tácito acerca de lo que es esperable acerca de las funciones que se sostendrán. El contrato se especifica a través de los temas que se eligen, el lenguaje que se utiliza, etc.

Sin embargo, pese a reconocer que no hay un carácter significativamente absolutista de los discursos periodísticos, al mismo tiempo, no podemos desconocer el papel que cumplen estos en la configuración de las representaciones sociales y culturales en una sociedad. Desde la perspectiva de la agenda setting[31] los discursos periodísticos pueden decir no solo sobre qué pensar (primer nivel de la agenda setting), sino enfatizar algunos atributos de las personas o situaciones de tal modo que la relevancia otorgada a estos atributos se inerrelaciona con la imágenes cognitivas que el público tiene de esas personas o situaciones (segundo nivel de la agenda setting)[32]. De alguna manera podemos hablar de los discursos periodísticos como creadores de pautas de lectura de la realidad social. Es que la lectura habitual de unos u otros periódicos, de unas u otra informaciones no solo proporcionan datos, también generan hábitos de lectura que se proyectan sobre los textos, sobre la realidad que se vive cotidianamente: pautas de lectura que generan hábitos de respuesta ante el entorno”.[33]

Los discursos periodísticos son, entonces, constructores públicos de una realidad social de naturaleza simbólica. A través de ellos se recategorizan sociocognitivamente los fenómenos del acontecer.

“La realidad social de los medios está en el reobjetivar, n el redefinir, en el reconstruir una determinada realidad que se presenta ya objetiva, definida y construida de modo individual, privado o colectivo”[34]

En otras palabras los discursos periodísticos realizan la transformación del continuum de los sucesos en un cosmos narrativo y la narración entendida como un modo de ordenar el mundo, de otorgar sentido a los sucesos que de otra manera podrían parecer retazos de realidades dispersos. [35]

Este cosmos narrativo es lo que Eco y Rodrigo denominan “mundos posibles”. Los periodistas confeccionan esos mundos posibles que ponen ante nuestros ojos u oídos en forma de tele o radio noticieros y periódicos.

Vemos pues que, periodísticamente hablando, los hechos no constituyen significados en sí mismos. Cervini lo aclara muy bien al explicar que es la inclusión o exclusión de un hecho en un texto, en la realidad construida que cada noticia propone lo que les asigna un sentido.

“La tarea de producción de noticias es un acto de construcción semiótica de realidad mediante el cual se transforma la factualidad objetiva en factualidad discursiva. La noticia no es lo que pasa, sino un artefacto semiótico que representa simbólicamente lo que pasa”.[36]


APÉNDICE

De lo dicho hasta ahora se desprende que la reflexión en torno del discurso no puede reducirse a una mera reflexión alrededor de las técnicas del lenguaje. Ni siquiera al mundo simbólico, de creencias, de significaciones y sentidos que suponen los discursos, de manera específica, los discursos periodísticos. Reflexionar sobre el discurso es reflexionar sobre el hombre, sobre su capacidad de estar en el mundo y de comprenderlo, y en esa comprensión realizarse históricamente. El centro del discurso no es la parole en acto, no es el sentido sino la persona, el ser humano. Incluso podemos decir que la persona es el discurso. “Discursivizo, luego existo”. Por ello decimos que el discurso es un hecho fundamentalmente antropológico, que hace el hombre para el hombre, que en términos de Lerner nos ayuda a comprender y al mismo tiempo revela al hombre mismo, su carácter personal e histórico y una de sus dimensiones fundamentales: la dimensión comunicativa, dialógica, pues se constituye en la expresión de la naturaleza intrínsicamente comunicativa del ser humano.

La materia de la comunicación “no es únicamente el hecho verbal. La dimensión íntima de la persona entra en relación y propicia una puesta en forma de la realidad generando aquello que solemos llamar mundo”. [37]

El hombre entonces no es solo un ser único, irrepetible, sino también es el homo discursivus. Reflexionar sobre el discurso es, pues, darnos cuenta de la capacidad del hombre de in-formar y trans-formar el mundo. Relatos muy antiguos, como los bíblicos, a su modo expresan esta capacidad del ser humano de darle sentido a lo que le rodea nombrándolo.

Génesis 2:19-20: “Y el Señor Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo”.

No es un mero ejercicio denominativo. Parafraseando a Chillón podemos decir que conocemos el mundo a medida que lo designamos con palabras. Más allá de la percepción sensorial inmediata del entorno o del juego interior con las sensaciones registradas en la memoria, el mundo solo adquiere sentido en la medida en que  lo traducimos en un discurso.

En el principio era el discurso y parece que al final también será el discurso.

NOTAS


[1] CHILLÓN, ALBERT. “El giro lingüístico y su incidencia en el estudio de la comunicación periodística”. Revista Análisi No 22. Barcelona 1998. Pp63-98.

[2] WODAK RUTH Y MEYER MICHAEL, Métodos de análisis crítico del discurso. Barcelona. Gedisa editorial. 2003.

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[6] CHARAUDEAU; PATRICK Y MAINGUENEAU DOMINIQUE. Op.cit

[7] CHARAUDEAU, PATRICK Y MAINGUENEAU, DOMINIQUE. Op.cit

[8] PINTO, MILTON JOSE, Comunicação e discurso. Introdução a análise de discursos, Sao Paulo, Hacker editores, 1999.

[9] VAN DIJK, op.cit.

[10] CHARAUDEAU, PATRICK Y MAINGUENEAU, DOMINIQUE. Op.cit

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[28] MONTERO SÁNCHEZ MARÁ DOLORES. Op.cit

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[36] CERVINI MARÍA CECILIA op.cit.

[37] LERNER SALOMÓN, LA persona esencia de la comunicación. Diàlogos Octubre 1999, No56

EL ESFUERZO DE APRENDER A LEER PRODUCIENDO SIGNIFCADO

Por Eduardo Zapata Saldaña

¿Qué rasgos definen, vinculan, y marginan el mundo escribal, el oral y el electronal? El autor de este ensayo recorre e identifica los rasgos y paradigms que marcaron la configuración de lo escribal en nuestro medio y su desvinculación o desconexión de la cultura oral. El mundo oficial se generó al margen de un sistema marcado por el contacto con el otro, la gestualidad, la metonima, la empatía y faticidad permanentes.  En esta línea, lo electronal se propone como un escenario que establece vínculos con la oralidad; el pensamiento sensorial múltiple evidencia un nuevo universo semántico. “La electronalidad nos devuelve a los discursos sin fin”.  Zapata  establece una propuesta vital: “La escribalidad no penetró en el Perú. Precisamente por la existencia de una cultura oral que hoy encuentra un aliado estratégico en la cultura de la electronalidad. La cultura de la oralidad y la metonimia han neutralizado la cultura de la escribalidad y la metáfora. La electronalidad debe servir, a partir de una oralidad argumentada y razonada, para no detenernos en el Siglo XIX”. Se presenta entonces la necesidad de replantear nuestros modos de producir sentidos y de interpretarlos, un nuevo modo de aprender a leer.

La previsibilidad de la escribalidad es más que evidente. Los sonidos en el occidente se hicieron inevitablemente visibles a través de las grafías (por lo menos eso supusimos, porque no es cierta tal exacta correspondencia). Y las semejanzas objetivadas por el modo de producción metafórico admitieron duplicaciones exactas, certificables por la visión. Así, las propias sociedades escribales se volvieron metáfora de sí mismas y resultan altamente previsibles. En sus enormes fortalezas y aun en sus claras debilidades.

Un mundo, aquel escribal, enormemente autocoherente. Que había deificado el ELLO objetivado y privilegiado el modo de producción metafórico. Allí donde veíamos nos veíamos siempre a nosotros mismos y hasta los llamamos prójimos, no por proximidad sino por semejanza. Y las certidumbres de la racionalidad se hicieron cada vez más ciertas. Por la vía de la racionalidad y de la objetividad –todo ello basado en un ELLO objetivado que alimentaba la semejanza­- las sociedades escribales se vieron en sí y en las otras como un universo. Y de allí una uni-versalidad. Un solo verso, aun para los otros.

Todo este mundo de semejantes, cabe señalarlo, difícilmente puede decirse que se inició antes del Siglo XII en Occidente. Como lo señala Stock (Stock, 1983) ese siglo es el siglo de la transformación de la cultura oral en escrita. Pero si nos atenemos a tecnósferas, sociósferas e infósferas hallamos la escribalidad íntimamente vinculada a los procesos de industrialización en Occidente. La palabra escrita organiza allí un modo de producción y un determinado tipo de relaciones y configura la representación de un universo semántico.

Evidentemente es un abuso, por decir lo menos, pretender que algún o algunos siglos subsuman la larga duración de la Humanidad. Más, cuando esta escribalidad se revela, ahora sí, siguiendo a Greimas, entre la vida y la muerte. Como lo hemos señalado, marginal y minoritaria respecto a los universos semánticos de la oralidad y de la electronalidad.

Como lo sostiene el profesor Albert d´Haenens: “La durèe sociogènetique n`est plus monopolisèe par la rèference a l´origine et su passè, tellu qu`elle est suposèe par l´analyse historique classique...”. Entonces, la historia, ciencia escribal, tiene poco que decir sobre las sociedades orales y electronales. Porque su objeto de estudio y su metalenguaje surgieron de la escribalidad.

Dumas, Dickens, Balzac en el Siglo XIX. El mismo Proust ya en el Siglo XX. Todos nos habían construido la felicidad espiritual que Newton, Freud  y Darwin habían cimentado con su impronta de la racionalidad escribal. Tanta fue la felicidad que perdimos el sentido de la duración.

Elucidar, en el sentido etimológico de iluminar, era y es indispensable en el recorrido de la Humanidad. Nuestra racionalidad escribal reemplazó la luz por la oscuridad mecánica de las leyes.

No podremos encontrar corredores de sentido entre los universos semánticos de la oralidad, la escribalidad y la electronalidad con un concepto de elucidación al que le hayamos arrancado, desde la escribalidad, su sentido etimológico de iluminación.

El sistema interior y anterior, la inmersión de un sistema lingüístico en el sistema cultural de la oralidad, la escribalidad o la electronalidad y el subsecuente privilegiamiento de la metáfora o la metonimia como mecanismos fundamentales de producción de significado no deben ser ignorados por el investigador. Ni en la conceptualización de la lengua objeto ni en su propio metalenguaje. A riesgo de perder la elucidación a la que hemos hecho referencia.

Como lo recordó Antonio Cornejo Polar –en un paralelo que nos honra y sobre el cual conversamos largamente en un Congreso, poco antes de su partida- la imagen de los sucesos de Cajamarca quedó grabada en el imaginario popular no como un encuentro de códigos, sino como la superioridad de uno sobre el otro. La lectura hecha desde la historiografía oficial de esta imagen, tan bien ilustrada por el cronista Guaman Poma de Ayala, pronto fue una lectura hecha desde una escribalidad “superior”. Allí estaban el Dios verdadero, la raza verdadera y, con el libro, la cultura verdadera. Allí estuvo la “ignorante” reacción de un hombre proveniente de una cultura inferior. Que no sólo creía en varios dioses, que no era blanco, sino que exigía que el libro presentado como instrumento superior de cultura- pronunciase las palabras que avalasen la Conquista.

Y eso era el Siglo XVI. Y aquel puñado de portadores de la escribalidad apenas si sabía leer y escribir. Pero eso no importaba. La larga duración de los hombres, para retornar al concepto sociogenètico de Albert d´Haenens, empezaba brutalmente allí. En el imaginario que la escuela grababa en nuestra mente. La cultura de la oralidad, esa que venía desde muy atrás y que había de pervivir durante la ­Conquista y la R­­­­­­­­­­­­­­epública, enmudeció para el mundo oficial. Se hizo, en el mejor de los casos, y lo­ hemos dicho, tradición oral.

2.

La imagen y semejanza propiciadas por el mundo escribal nos hizo medir nuestros intentos por ingresar al mundo de lo superior, por la matrícula escolar. Todos sabemos qué de poco significa la escuela en el Perú en cuanto propuesta de contenidos, pero ese indicador significaba y significa cuánto nos acercamos a la metáfora idealizada. El camino a la escribalidad.

Los Ministerios de Educación construyeron así -en clara manifestación de subordinación en orden a una metáfora culturalmente impertinente- acelerada y desacompasadamente, programas de alfabetización. Con resultados, en la relación costo/beneficio, muy pobres. Y se construyeron escuelas con primarias y secundarias donde una institución de los Siglos XVII y XVIII pervivía. Ya no eran los Austrias o los Borbones, eran los peruanos emancipados los que convirtieron la escuela en un tribunal de la Santa Inquisición de la escribalidad. Tal vez sin garrote ni hogueras. Pero con prisiones donde los redimidos eran superiores. Y los que por uno u otro motivo no alcanzaban la metáfora ideal resultaban marginados, expulsados por el sistema. Nuevamente inferiores.

No está demás decir que las propias universidades –ante el fracaso de la propuesta inquisidora de la escribalización- no tuvieron reparo en importar fórmulas de ingreso que podían medir todo, menos la capacidad de comprensión, lectura y sistematización. Es decir, la escribalidad. Siendo la institución universitaria, en Occidente, el epítome de la escribalidad, entre nosotros se convirtió en el simple punto de encuentro entre la oferta y la demanda. En el mercado.

Pero mientras eso ocurría en el mundo llamado oficial, el hecho social, económico y cultural en el Perú seguía marcado por individuos adscritos al sistema cultural de la oralidad. En el campo, pero también en la ciudad. Inferiores y discriminados, como desde Cajamarca, pero -a fin de cuentas y lo recordamos- construyendo una identidad deíctica de aquí y ahora, que encogía los hombros ante la discriminación. Por lo demás, esta cada día parecía provenir de fuentes más débiles porque los nuevos discriminadores no actuaban en nombre de Dios, ni siquiera simbólicamente; eran ya muchos “blanqueados” y tampoco sabían leer y escribir.

La discriminación desde el mundo oficial hacia la oralidad se hizo casi agónica. No se vaciló, entonces, en entrar a la modernidad y en transitar el sema dinero frente a no dinero, presencia de status o ausencia de este.

Frente a la tradición importada de la escribalidad, falsificada en Azángaro (Calle que se encuentra al costado del Palacio de Justicia en Lima y donde se falsifica todo tipo de documentos), iluminada por sofisticados reflectores, y actuada por pseudo-escribales, es decir frente al puro espectáculo, la cultura de la oralidad avanzaba y cercaba todos y cada uno de los espacios que se habían convertido en reducto de la inexistente escribalidad. Los actores andinos estaban allí, con su auténtica oralidad, pero muchos prefirieron seguir hablando de tradición oral, ignorando a los actores vivos y su cultura.

Pragmáticamente, y ya específicamente en la ciudad, muchos de esos actores sociales aprendieron a leer y escribir. Los Ministerios de Educación aplaudieron. Pero ya hemos señalado que lectura y escritura no son sinónimos de escribalidad. Y señalamos ahora que la funcionalidad del aprendizaje de la lecto-escritura poco tenía que ver con el universo semántico de la escribalidad. Incluso muchos símbolos de esta fueron penetrados por individuos orales y semialfabetizados. Algunos, ciertamente, traicionaron sus orígenes y fingieron una escribalidad que les había sido siempre esquiva. Otros, rescataron para su cultura el espacio conquistado.

El eclipse de la metáfora en el Perú, si todavía alguien cree que alguna vez  existió esta figura como predominante, era y es notorio. Como son notorios los esfuerzos desesperados de algunos por negarlo. ¿Cómo no seguir considerando como superior a un sistema cultural que, aun incapaz de producir un país viable, imitaba a imagen y semejanza un estadio superior marcado por Occidente?

De pronto, la superioridad asumida como sinónimo de competitividad,  pero como ya vimos sobre todo de status, entró en crisis. Porque Dickens, Dumas, Balzac, y mucho más Proust, dejaron de ser referentes de los hijos de quienes sonrieron ante la ignorancia supuestamente reflejada en los sucesos de Cajamarca. Y es que en el proceso los mismos padres habían reemplazado la lectura de libros por colores de estos en los estantes. Habían reemplazado también, y confundido gravemente, información con conocimiento. Los mismos diarios que podrían haber sido expresión de escribalidad adquirieron caracteres gráficos light y una redacción tremendamente cercana a las oraciones yuxtapuestas coordinadas. Velo de la escribalidad. Advenimiento de un nuevo universo semántico.

Los juegos electrónicos, primero utilizando la televisión, constituyeron los primeros indicadores. Paralelamente la propuesta de la escuela veía mermada sus horas en aras de estos juegos. Luego, las computadoras. La Web y los chats. Los juegos electrónicos interactivos. La multiplicidad de cabinas públicas. La Internet cada vez más al alcance de todos. Multiplicidad de celulares o de teléfonos móviles que, so pretexto de la comunicación permanente, desplazaban el tiempo/espacio especializado, designado por la escribalidad para la comunicación con la familia. Todo ello reemplazado por una comunicación fática del lenguaje. Puramente de contacto. Sin importar ya qué, cuándo, cómo.

La escuela no advirtió el fenómeno. Algunos colegios y universidades invirtieron ingentes sumas de dinero en la robotización de su infraestructura. Creyendo que el asunto era que estábamos frente a una moda o epidérmico lenguaje y que era posible traducir la escribalidad en signos de ese lenguaje. Sin darse cuenta de que ya ellos mismos habían perdido esas categorías escribales, y sin darse cuenta de que se estaba configurando un nuevo universo semántico. Aquel de la electronalidad.

La metáfora oficial no funcionaba para los orales “inferiores”. El problema ahora –para muchos- era tener que admitir que esa  “inferioridad” no significaba otra cosa que marginación y discriminación. Porque esa misma metáfora tampoco era entendida por niños y jóvenes que –en modo alguno- podían ser calificados desde el discurso oficial como inferiores. Más aún si estos niños y jóvenes utilizaban una tecnología de punta.

Ante lo evidente, pero siempre con la pretensión de negarlo, se inventaron academias pre-universitarias, cursos de nivelación, lecturas extensionales, separatas reemplazando a libros, propedéuticas. Amaestramientos cada vez más tempranos en los llamados razonamientos verbales y matemáticos. Hasta cursos para enseñar a leer, en las universidades.

Pero la metáfora siguió siendo esquiva a la cognición de las mayorías. Ya no sólo las inferiores, sino ahora las superiores.

Entonces, basta de ejemplos y de refrescar el sentido común de las experiencias cotidianas de lector. Así como antes habíamos señalado que el modo de producción de significado propio de la oralidad era la metonimia, aquella figura de sustitución por contigüidad, nuevamente este modo de producción de significado aparecía ahora en niños y jóvenes adscritos al sistema cultural de la electronalidad. Hay, pues, un corredor de sentido entre la cultura de la oralidad y la cultura de la electronalidad. Y esto es sumamente valioso para la interpretación de la continuidad cultural proactiva en el Perú.

Recordemos a modo de ilustración, un artículo aparecido en The Wall Street Journal. Diario de negocios y mercados. Que suele mirar –al menos en teoría- sensibilidades de futuro.

Y allí se describía cómo en algunas iglesias pentecostales de California en los Estados Unidos, los sacerdotes –graduados en universidades como Princeton, por ejemplo- realizaban los oficios religiosos vestidos con trajes africanos, con música tibetana y los fieles se movían de acuerdo a movimientos de actos religiosos orientales. Y no se trataba de una religión recién creada, ni de iglesias de recientes migrantes a los Estados Unidos. Eran iglesias de una religión tradicional, de fieles pertenecientes a clases medias o altas “cultas” de ese país.

Navegar en Internet, chatear, atender simultáneamente a varios paradigmas, predominancia de la sintagmaticidad, del aquí y el ahora. Nuevamente posibilidad de prójimos.

3.

Karl Bühler ya nos decía: “El hombre que ha aprendido a leer e interpretar el universo mediante los sonidos sabe muy bien que el instrumento intermedio constitutido por la lengua y sus leyes propias lo aparta de la profusión inmediata que el ojo es capaz de absorber, el oído de oír y la mano de asir” (Bühler, 1967, p.53).

A partir de esta aparentemente simple reflexión de Karl Bühler podemos preguntarnos ¿qué otros elementos concurren a la configuración de sentido entre el sistema cultural de la oralidad y aquel de la electronalidad?

Marshall McLuhan, y en menor medida autores como Claude Levi Strauss y Albert d´Haenens, hacen observaciones sobre cercanías y distancias entre oralidad, escribalidad y electronalidad. Reiteramos que ninguno de ellos habla de modos de producción de significado, cosa que sí consideramos importante como pertinencias de la oralidad y la electronalidad. Pero conviene recordar y aplicar nuestra propia lógica de observación.

La palabra hablada, ciertamente, implica gestualidad y movimiento; en cierta manera teatralidad espontánea. Para seguir una palabra hablada en su hacerse es indispensable emplear todos los sentidos. La vista, el oído, la empatía del olfato y el tacto. En palabras de Bühler, absorber con la visión, oír con el oído, asir con la mano.

Obviamente, la cultura de la oralidad no sabe de monólogos artificialmente dirigidos a otros. La oralidad supone co-presencia, lo que algunos llaman comunicación cara a cara. Y, entonces, participación no sólo con todos los sentidos, sino con “el otro”, de veras.

Y, claro, la comunicación con la palabra hablada exige pre-disposición de los hablantes. Empatía y faticidad permanentes. Soporte de la con-versación, del acto de compartir la versión. De modo que excluida la uni-versalidad unidireccional. Porque todo es atención a varios paradigmas simultáneamente.

Todo esto en un aquí y un ahora. En un contexto real. Punto de referencia permanente de alimentación y verificación de la verdad que se construye.

La escribalidad, lo reiteramos,  nos amputó -a la mayoría- la mano izquierda. Escribir era un acto diestro por excelencia. Los sentidos redujeron su cognición y la vista resultó el sentido privilegiado. Leer es un acto visual. Y táctil y hasta olfativo para un auténtico escribal con reminiscencias orales. Para la mayoría significó también una autoamputación sensorial.

Es interesante anotar, como lo señala Angel Rosenblat (Rosenblat, 1962) que las dos únicas formas que se han salvado del doble proceso analógico (del género a la forma y de la forma al género) son las palabras mano y día.  Siguiendo la acomodación de la forma al género, y ya vistas las cosas en diacronía, la terminación en o de la palabra mano debió haber convertido la palabra en un masculino. Como día, por su terminación, debió ser femenino.

Pero como nos interesa el tema de amputación de la mano convendría compartir una preocupación desde el inconsciente colectivo de nuestra cultura escribal. Porque ciertamente la imprenta fue un invento de hombres, e implicaba amputación de género común. Pero es muy significativo que el hombre haya amputado un femenino matriz –la mano- que había resistido al cambio de género gramatical. ¿Nos atrevimos –con la escribalidad- a amputar la mano porque precisamente era femenina?

Acto solitario por excelencia. Individualista. Yo leo y yo escribo. El nosotros queda reducido a un sentido figurativo, como lo dijimos, marca de autoridad.

La simultaneidad de paradigmas provenientes de la oralidad fue reemplazada por la linealidad. Y la clasificación  a partir de funciones fue reemplazada en muchos casos inconscientemente por pre-juicios clasificatorios. El mundo debía entrar dentro de la escribalidad y no al revés.

Por lo demás, la linealidad subrayaba inicios y términos. Marcaba etapas y períodos. De prólogo a epílogo. Una letra sucedía a otra, una palabra igual, una línea sucedía a otra y una página sucedía a otra. Donde el contexto –aun existente- era subsumido con anterioridad por un tema. Dividido en capítulos. Expuesto con una racionalidad inductiva o deductiva.

La electronalidad nos devuelve a los discursos sin fin. A los enjambements con los que caracterizaba Parry el discurso oral. Pues un símbolo y su pulsión conducen a otro y este a su vez a otro, y entonces –ya inmersos en la electronalidad- trabajamos con varios paradigmas a la vez.

Todos nuestros sentidos se activan con la electrónica. La contigüidad de elementos en la pantalla, tanto los presentes como los implícitos (porque no podemos hablar de ausentes) nos llevan a una búsqueda sin fin. De un tema a otro, por mera contigüidad y poniendo en juego la producción metonímica de significado.

Una suerte de co-presencia a distancia, distancia cada vez menor por la rapidez e integralidad de la tecnología, nos repone la sensación de tener un interlocutor presente. Ya no es el libro individualmente escrito sin destinatario. Uno o varios, creemos encontrar “al otro lado” alguien que nos escucha o nos habla.

De modo que palabra hablada, palabra escrita y palabra electrónica constituyen sistemas culturales, universos semánticos, y, consecuentemente, imaginarios individuales y colectivos. Así es que yerra una vez más la escuela pensando en que la electrónica simplemente es un soporte de traducción para perpetuar la propuesta escribal.

Pero yerran también los investigadores sociales que ven en la electrónica y el mercado un enemigo de la continuidad cultural de la mujer andina. La identificación de semiosis de actividades productivas así lo habrá de decir.

Mientras los supuestos supérstites, hoy solamente vestidos de escribalidad, únicamente alcanzan a leer abstracts y resúmenes ejecutivos, muchas veces vaciados de significado, oralidad y electronalidad reconcilian palabra y vida. Es imposible pensar que nuestras instituciones formales moldeen a un individuo escribal llenándolo de separatas y negándole implícitamente el acceso directo a los libros. O escuchando profesores recomendar bibliografía que jamás leyeron. Viviendo en un mundo de puras demostraciones que anulan incluso inducciones y deducciones. Recibiendo de esas instituciones sólo fragmentos de escribalidad incapaces de ser articulados con un todo en un sistema mental. Nada de esto desdice la importancia del sistema cultural de la escribalidad, obviamente cuando este es verdadero y no fatuo, cuando este es gnosis y no mercancía. Cuando hablamos entonces de producción de signos y no de simple consumo.

El correo electrónico, tan frecuente en nuestros jóvenes y para el cual la cultura oral constituye una pre-disposición, es la parole saussureana. Acto de habla soportado en un nuevo elemento. Así sabe de contextos, de los “incorrectos” oseas, sabe también de errores ortográficos, de idas y venidas, de contradicciones internas, de espontaneidad. El correo electrónico rechaza el formato del inicio y del final, de la causa y del efecto, de la linealidad, del paradigma rígido, de inducciones o deducciones basadas en la semejanza metafórica.  Sabe también, por tanto y en gran medida, del pròjimo.

4.

Recordemos que la imprenta fue el primer medio de reproducción industrial en serie, ya desde el Siglo XV. Y como lo señala Marshall McLuhan, este medio dio origen a la mecanización que engendró a su vez la primera revolución industrial. Pero recordemos también que la escribalización plena –más allá de sus cultores privilegiados- escondía un sistema oculto en la escuela: aprender a repetir, obedecer y ser puntuales.

Esas iban a ser las exigencias de la gran revolución industrial. Obreros obedientes, capaces de producir en serie y por largos períodos. Llegando puntuales a las fábricas.

Pero este sistema era oculto. Y, por lo demás, el sistema cultural de la escribalidad tenía –cómo negarlo- sus propios intereses y aspiraciones trascendentes por encima de la cotidianeidad. De allí que la propuesta oficial de la escuela tuviese una finalidad explícita: el cultivo del llamado pensamiento intelectual. Aun cuando este, y la propia escribalidad, fueron reducidos por largos períodos a citas de citas, a autores que se avalaban mutuamente, de hecho la columna vertebral para el cultivo del llamado pensamiento intelectual fue y sigue siendo el cultivo de las matemáticas y el lenguaje. El razonamiento escribal así lo exigía.

Resulta casi hasta perverso pensar que la asociación lenguaje/lógica de Port Royal en el Siglo XVII fuese desbaratada por el organicismo alemán del Siglo XIX. Y que sin embargo se perpetuase la vieja idea de Port Royal de que lenguaje y lógica eran elementos que se evocaban recíprocamente. Cuando ya la lingüística y los lingüistas sabían perfectamente que la pretensión de logicismo en la enseñanza del lenguaje no sólo era una falacia, sino una brutal manera de eliminar el sentimiento lingüístico de los hablantes, la propia gnosis de la palabra escrita y, en definitiva, la libertad del individuo. Gramática y morfología se siguieron exigiendo, por encima del sentimiento lingüístico de los hablantes, como elementos de cultivo de la logicidad. Y los pobres alumnos tenían que aprender a reconocer un objeto directo al cual el mismísimo profesor no encontraba sustento. A no ser que acudiese al sentimiento lingüístico que a él también le habían anulado.

En este esfuerzo por el cultivo del pensamiento intelectual, lo hemos dicho, hasta el ajedrez se volvió juego-ciencia. Como si para jugar ajedrez las palabras y los números fuesen importantes. Y sabemos que no lo son. Pero como se trataba de un juego casi reservado a élites intelectuales, había que utilizar el adjetivo coherente con el universo semántico de la escribalidad. Ciencia y razonamiento.

A no ser que mediase una determinada situación cultural, los hijos no podían optar por el arte. Pero el arte estaba allí, y había estado desde siempre. Y era prestigiado. Y entonces había que tener cuadros en la casa, esculturas, bibliotecas adornadas con libros de colores. Y hasta invitar a cenar a algún pintor o escritor. Pero muchos se negaron a que sus hijos optasen por ese arte.

Sin embargo, resultaba obvio que esos artistas, ornamentales desde un primitivo punto de vista escribal, no sólo hablaban, y para sorpresa de muchos bien, sino que hasta anticipaban con su arte fenómenos que tardíamente iban a ser racionalizados a través de palabras y números. Breton, Miró y otros surrealistas “escribieron” en su arte el fin de la metáfora y el advenimiento de la metonimia. Mucho tiempo después, y aún tímidamente, hoy hablamos del fin de las ideologías.

Años, muchos años atrás, en el Instituto Tecnológico de Massachusets (MIT), Rudolph Arnheim –con trabajo de observación, experimentación y empiria social- había hablado ya de la existencia de otro tipo de pensamiento distinto de aquel llamado pensamiento intelectual. En un ya clásico y casi obligatorio referente académico denominado El Pensamiento Visual.

Partiendo de que pensar es toda operación abstracta conducente a la solución de una situación-problema y ante la comprobación de que no todos los problemas se resuelven por vías lingüísticas y matemáticas, Arnheim y sus seguidores introdujeron el concepto de pensamiento visual. Sensorial, diríamos nosotros. Un artista no soluciona los problemas derivados del enfrentamiento con el lienzo vacío y su inspiración, con pensamiento intelectual, por ejemplo. Un joven tampoco debe resolver un problema de geometría acudiendo a la repetición mecánica de formas. Un músico no soluciona los problemas que ocasiona la composición de una sinfonía si no es ejercitando un pensamiento muy distinto a aquel llamado intelectual.

Ciertamente, la sola idea de otro tipo de pensamiento, ajeno al de la racionalidad intelectual propia de la escribalidad, ocasionó que la escribalidad oficial ignorase estos descubrimientos del Instituto Tecnológico de Massachusets. Y la escuela, fiel instrumento de la escribalidad hasta nuestros días, creó bonitas frases como educación por el arte. Ocultando la profundidad de la propuesta de Arnheim y del mismísimo Gyorgy Kepes. Nuevamente la palabra arte, finalmente y como antaño, en oposición al pensamiento.

Eisntein, en una carta a su amigo Jacques Hadamard, lo había reconocido. Decía él que los aspectos más creadores de su teoría intelectual, los encontraba más en impresiones visuales e incluso táctiles, que sólo luego verbalizaba o numeralizaba. El brillante físico Hawkins, aun cuando no lo haya expresado explícitamente, es una muestra más de un pensamiento distinto a aquel que cultivamos en la escuela unilateralmente. Pero los atavismos pueden más, a veces, que sus principales cultores. Y estas expresiones sígnicas son ignoradas por la escuela. Que persiste en sus números y palabras.

Aproximémonos de nuevo a la electronalidad y su multisensorialidad. A la vista, al oído y a esa extensión del tacto llamada mouse. Pensemos en niños y jóvenes frente a la computadora. Cierto que leen instrucciones, pero la esencia de su pensamiento es visual –o sensorial mejor- y el mecanismo de producción de significado que otorga sentido a  su relación con la máquina es la metonimia.

La contigüidad de la operación con varios paradigmas simultáneos. Los encandila, finalmente, la posibilidad de producir, no sólo consumir, y aun de producir un prójimo. Ese es el mundo de hoy y de mañana. Y esos mismos recursos humanos son los que nos atrevimos, con una soberbia incalificable, a denominar como inferiores a propósito de la cultura de la oralidad.

¿Sabe por qué los niños y los jóvenes de hoy no se concentran con la misma facilidad de ayer en un tema determinado? La respuesta está en que la producción de significado de niños orales y electrónicos transita por la “marginalidad metonímica”. Una metonimia desatendida por la escuela. Una escuela no atenta a que las propias identidades de niños y jóvenes no son temas, sino construcciones permanentes. Significa que esas construcciones son un discurso sin fin, alimentado de temas infinitos.

Recordemos que, hasta hace no mucho, maestros y psicólogos “adiestraban” a los niños que escribían con la mano izquierda en el uso de la mano derecha. Escribir con la mano izquierda era una anomalía, una marginalidad, casi una patología. Hoy está ocurriendo casi lo mismo con el asunto de la “desconcentración” de los niños y de los jóvenes. Con métodos finalmente conductistas e inquisitoriales, represivos, los queremos volver a nuestra imagen y semejanza. Particularmente diestros. Hoy es sabido que eso no corresponde a patología alguna. Y la desconcentración está más ligada al carácter monocordemente metafórico de la propuesta escribal realizada ante estudiantes metonímicos que a falencias descalificadoras a priori, susceptibles de ser calificadas de patologías.

Es interesante anotar cómo estos niños y jóvenes oficialmente desconcentrados y aun inmotivados, se concentran y motivan –hasta por tres horas y aun en búsqueda de la metáfora- si el discurso del maestro se esfuerza en reconocer y admitir la metonimia. En ejercerla, aun cuando esto sea trabajoso. Obvio que nada se logra usando el término constructivismo que, bajo el pretexto de atender intereses diversos y construir juntos el mal entendido conocimiento, se rige por cosificados objetivos pedagógicos y didácticos. ¿Dónde está la libertad del estudiante?, ¿dónde queda su sentimiento lingüístico?, ¿dónde sus intereses? Y ¿dónde el conocimiento?

En el Perú de hoy, la cultura de la oralidad y la cultura de la electronalidad –aun en el campo, y lógico en las ciudades- signan a la mayoría de los peruanos. Lo que implica pensamiento visual y metonimia. Lo que implica oportunidad de continuidad cultural y reencuentro de imaginarios.

La escribalidad no penetró en el Perú. Precisamente por la existencia de una cultura oral que hoy encuentra un aliado estratégico en la cultura de la electronalidad. La cultura de la oralidad y la metonimia han neutralizado la cultura de la escribalidad y la metáfora. La electronalidad debe servir, a partir de una oralidad argumentada y razonada, para no detenernos en el Siglo XIX.

Tal vez ha llegado el momento, como lo reconoce el propio Luis Jaime Cisneros, de que “… haya llegado la hora de plantear las cosas de otro modo y convenga reemplazar las consabidas preguntas por una desusada manera de preguntar… ¿y si no fuesen correctas nuestras apreciaciones?… ¿quién nos afirma que la única manera de acceder al conocimiento era realmente la lengua escrita? …quizás haya llegado la hora de reconocer errores en nuestra apreciación del fenómeno y debamos culparnos de ceguera filosófica”.

Tal vez haya llegado el momento de que hagamos el esfuerzo de aprender nuevamente a leer.

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