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Nueva edición de Pozo de Letras

Publicación de la Carrera de Comunicación y Periodismo

La Carrera de Comunicación y Periodismo presenta la edición número 9 de Pozo de Letras.  La revista se propone como un espacio de análisis, investigación y reflexión sobre temas relacionados a la comunicación y su contexto.  Abordamos este campo a partir de enfoques diversos, de perspectivas que abran el debate en torno a los medios, sus actores y espacios.  Damos preferencia a aquellos textos que revelan una mirada original o ponen sobre la mesa material que deriva de investigaciones propias.

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MITOS, METÁFORAS Y RELATOS SOBRE LA VERDAD

Por María Inés  Quevedo

¿Qué ha sucedido con la verdad? ¿Hoy en día entendemos la verdad tal y como lo hacíamos unos años atrás? Y, para los peruanos, ¿qué es la verdad? Estas son algunas preguntas que motivaron el artículo, y para responderlas, analizamos algunos relatos, mitos y metáforas que se tejen en torno a “la verdad” para crearla y que son expresados, principalmente, a través de un programa televisivo.

Me encontraba leyendo algunos titulares en un puesto de periódicos. Muchos de los titulares de la prensa amarilla hacían alusión al encarcelamiento de Magaly Medina. Estaba absorta analizando los colores, las fotos y las palabras que utilizaban, cuando en ese momento escuché a dos señoras comentar: “Magaly (Medina) es la única que dice la verdad”. En ese momento pensé que tal vez la noción de verdad que tenían aquellas mujeres no era la misma que la mía. Pero, ¿cómo algunos peruanos pueden haber llegado a la conclusión de que una conductora de un programa de espectáculos, de corte sensacionalista, es la única que dice la verdad? Me propuse averiguarlo.

Comencemos analizando la Verdad en términos generales. Antes la humanidad se hallaba en la tarea de buscar la Verdad (Absoluta). Para muchos, la Verdad estaba “allí afuera”, en la realidad misma, y lo que se debía hacer era sólo “encontrarla” y “descubrirla”. Se creía que, en primera instancia, no teníamos la capacidad de ver aquello que era evidente, pero que mediante la “razón” y la “lógica” se llegaría finalmente a esta Verdad. Se pensaba que en la Verdad no había lugar para la sensación, la emoción y los sentimientos, sólo para aquello que era racional. La Racionalidad y la Verdad, por lo tanto, se hallaban indestructiblemente ligadas. A partir de este principio se trataron de construir los grandes metarrelatos de la humanidad como el marxismo, el liberalismo, el idealismo, y el iluminismo (Lyotard, 1987).

Sin embargo, con la crisis de los grandes relatos, muchos llegaron a la conclusión de que la Verdad absoluta nunca se alcanzaría. No habrá un momento final, porque la interpretación depende de la representación, y la representación se construye intersubjetivamente. Dependerá, más bien, de cómo se han constituido, social y culturalmente, las presuposiciones, las certezas, las creencias y el imaginario. Además, lo que se cree que es verdad siempre estará antecedido por una(s) verdad(es) y será seguido por alguna(s) otra(s) verdad(es), en una cadena y construcción sin fin. Esta cadena de verdades estará planteada dentro de, y condicionada por, una historia y cultura específica.

El sentido que le damos al mundo, a los objetos, a los acontecimientos y al otro, por lo tanto la verdad sobre ellos, estará supeditado al contexto en el cual se dice y al universo de significados en el cual esté inscrito. El discurso en el que se habla sobre un suceso, persona(s), objeto(s) los posiciona en un lugar determinado, cobrando así, una existencia y esencia particular. Las cosas existen fuera del discurso, de eso no hay duda, pero sólo cobran sentido en y por el discurso.

Entenderemos “discurso” desde la perspectiva foucaultiana: como un sistema de representación. Foucault entiende el “discurso” como un conjunto de aserciones que permiten un modo de representar el conocimiento sobre un tópico en un momento histórico particular; el discurso crea un modo particular de dar sentido. Y dado que todas las prácticas sociales implican sentido, y el sentido conforma e influencia lo que hacemos, todas las prácticas tienen un aspecto discursivo. Entonces, según Foucault, el discurso define y produce nuestros objetos de conocimiento, gobierna el modo como se puede hablar y razonar acerca de un tópico, a la vez que influencia cómo las ideas son puestas en práctica y usadas para regular la conducta de los otros. (Hall, 1997)

En ciencia suele haber una relación dialéctica entre los descubrimientos y la constitución de su discurso teórico. Cada nuevo descubrimiento partió de una teoría, pero a la vez la irá modificando y complejizando, y, por lo general, mejorará la actuación sobre la naturaleza y el mundo. Lo mismo sucederá con la invención. Así se van construyendo las “verdades” en las ciencias. Verdades que continuamente son superadas por nuevas verdades a partir de nuevos descubrimientos, y así hasta el infinito. Pero, ¿qué sucede con el mundo cotidiano, la política y la “verdad” dicha a través de los medios masivos de comunicación?

Según Gérard Imbert, hoy podemos ver en los medios masivos de comunicación una “revancha de lo privado sobre lo público, del suceso sobre la Historia, de lo pragmático sobre lo programático, de lo vivencial sobre lo ideológico, esta evolución traduce un doble cuestionamiento: de la actualidad por una parte –del discurso de la actualidad como modo de informar- y del relato por otra, de los modos de narrar, de representar globalmente la realidad” (2003, p. 22-23).

En nuestro país, los discursos ideológicos han quedado desvirtuados. La mayoría ya no cree en discursos que prometen el cambio si se sigue una ideología determinada. En términos generales se puede afirmar que la población ha decidido convertirse más bien en consumidora de mensajes y discursos, principalmente televisivos y dejar de lado la lucha política. Además, a través de ciertos programas televisivos se  crea, muchas veces, la ilusión de participación, que siente que la propia política tradicional le ha quitado.

La ilusión de participación se logra haciendo hincapié en el suceso, lo vivencial, lo pragmático y haciendo mayor incidencia en lo privado y lo cercano. Lo inmediato toma relevancia, y por lo tanto, el presente. Todos estos aspectos ayudan a que el público se identifique, creándose la sensación de involucramiento con aquello que ve. Se genera en el espectador la ilusión de vivenciar aquello que el otro está viviendo en el aquí y ahora del tiempo televisivo (con la simulación de la transmisión en directo), poniendo en funcionamiento su imaginario. El tiempo del espectador y el tiempo televisivo vienen a coincidir, y en este coincidir se exacerba al máximo, la identificación.

Con este tratar constantemente de crear el “efecto-identificación”, la manera de relatar ha sufrido una transformación. Con el objetivo de lograr este fin, ahora se intentará narrar, en los medios masivos de comunicación, todos los aspectos que tienen que ver con lo in-mediato, lo vivencial, lo privado. Esta transformación tiene sus consecuencias. Con ella, también se ha modificado la ubicación y la forma de exponer la verdad. Metafóricamente, ya no se piensa la verdad como estando “allí afuera”, sino que se piensa la verdad como si estuviera en el “interior” de cada uno.

Tal vez éste sea el motivo de la necesidad constante que tienen muchos de espectacularizar su intimidad y la del otro: “La verdad está en mi interior y en tu interior. Entonces, tengo que descubrirme ante los otros mostrándome en mi blog, en facebook, etc., y tengo que descubrir la verdad del otro indagando en lo más profundo de su intimidad con la ayuda de los medios electrónicos, para así mostrarla a los demás y cumplir la función que me corresponde (al ser el portador de la verdad), la de “justiciero”. Este es el mandato que hoy guía a muchos, y es el mandato que está presente en el programa de Magaly TeVe.

En el programa Magaly TeVe vemos día a día la puesta en escena de sucesos que tienen la misma estructura. Se puede afirmar que se ha construido un ritual, que no es más que el retorno de lo idéntico y la repetición constante. ¿En qué consiste este ritual y cuál es el motivo de su aparición?

El ritual consiste en perseguir, sin que lo sepa y con cámaras, a un personaje X, que necesariamente debe ser “público”, y en descubrir qué es aquello que hace en la intimidad con el fin de sacar a la luz una falta (la mujer que engaña a su esposo, el deportista que toma alcohol un día antes del partido, etc.) y publicarlo. Luego de publicar la falta, Magaly entra en escena y toma la posición de “justiciera” con la autoridad que le otorga el haber descubierto “la verdad”.

Pero profundicemos un poco más. Mediante la publicación de la falta del personaje X, que Magaly llama “ampay”, se pone en escena aquello que caracteriza el “desorden” en el imaginario popular y con lo que los espectadores se identifican “vivamente” como formando parte de lo que los angustia. A través de la función de “justiciera” (que ella se ha auto-impuesto), en el imaginario popular se restablece el “orden” y el equilibrio emocional, al descubrir y otorgarle a “la verdad” el estatus que había perdido con la crisis de los grandes relatos, y al juzgar los hechos de acuerdo a lo que es “moralmente correcto”. Es un ritual que se repite una y otra vez.

Este discurso se ha instalado en nuestra sociedad. La verdad está en el interior y en las acciones ocultas de las personas, son secretas, sólo hay que descubrirlas, sacarlas a la luz y castigar la falta a través de la sanción moral y social. Y la evidencia debe ser audio-visual. El ver, el oír, ahora son el sustento de la verdad, la argumentación racional ha quedado en un segundo plano. Lo que ha tomado preeminencia junto con lo audio-visual, es la construcción de “historias”, en definitiva, el micro-relato.

Una de las características de estas historias o micro-relatos que hablan sobre la realidad es la de encontrarse en la frontera de la ficción y la realidad misma. La manera en que se narra la realidad ha heredado las estructuras propias de la ficción, generando una con-fusión. El efecto ha sido la creación de lo hiperreal. Según Imbert, la hiperrealidad es un código, que más allá del realismo, rehabilita, revivifica y simula la realidad, exacerbándola (ibíd., p. 29). Lo hiperreal se ha constituido en el código de nuestra época. Pero, ¿por qué esa necesidad de exacerbar la realidad?

La realidad construida en el micro-relato televisivo es una realidad que busca anclarse fuertemente en el sentir. El objetivo es seducir, fascinar para atraer la atención y atrapar. Intentar crear la sensación de proximidad: ésta puede ser la razón por la que se trata de exacerbar la realidad. Una de sus formas es la simulación. Muchos noticieros, por ejemplo, hoy se ven en la necesidad de recrear sus noticias a través de la dramatización. El ver, el oír hacen creíble la historia. Lo que importa es su verosimilitud. Lo que es verosímil se toma por verdad y crea confianza.

La necesidad de decir la realidad a través de historias tiene que ver con la necesidad de “comprender”. Hoy, las noticias se exponen a manera de relato. Marcela Farré nos dice al respecto lo siguiente:

“El relato es un lugar en el que siempre se está implicado, de modo que narrar la información sería una forma de alcanzar a comprender mejor la sociedad en la que vivimos, ya que la narrativa contribuye a construir ese contexto como espacio simbólico en el que nos comprometemos. Al embarcarse en relaciones, expone el carácter humano de la acción. Por esta causa, los lectores o espectadores de relatos podrían también trascender la dimensión de su experiencia para acceder al conocimiento de la realidad en un sentido más amplio, algo que la narración permite de tres maneras. En primer lugar, por identificación con los padecimientos de los personajes, toda vez que la acción –noticiable– se encarna en una historia particularizada. En segundo lugar, porque el mundo posible narrado traslada un modelo detrás de las estructuras actanciales de los personajes, revelando algo más que esa historia: se trata de una propuesta ideológica, que es otra forma de trascender la experiencia individual. Pero, principalmente, el relato ofrece al hombre la posibilidad de conocer sobre la humanidad. No ya sólo la de los personajes; tampoco la del autor modelo, plasmada en la ideología de un mundo posible. Al penetrar en las dimensiones de lo que podría ser, la narración deja un conocimiento sobre valores más universales, que tienen que ver con las búsquedas que alejan de la felicidad o nos acercan a ésta. Es decir, el relato nos aumenta vida, en un tercer nivel de identificación” (2004, p. 140).

La narración noticiosa, por tanto, dota de sentido a las acciones humanas. Es un modo de comprender el accidente, lo catastrófico, aquello que ha causado el desequilibrio social. Pero al espectador siempre le queda la sensación de que nada se puede hacer al respecto, que no puede modificar la causa del desequilibrio, porque para él las instituciones sociales están en crisis. Tal vez por esto muchos reclaman un(a) conductor(a) que trate de instalar el orden a través de su actuación de portador(a) de la verdad y, finalmente, de justiciero(a), rol que antes le correspondía a las instituciones del Estado, a los políticos y a la Iglesia.

Con la transmisión en directo, con la cámara en mano u oculta, el espectador se mimetiza con el punto de vista ofrecido y tiene la ilusión de estar en el mismo lugar de los acontecimientos, sin que los que están presentes en el suceso se percaten de su existencia. Es como si el espectador tomara el punto de vista de Dios, con su omnipresencia. Esta es la sensación de poder que otorga Magaly Medina al espectador, cuando con su cámara oculta hace un “ampay” y lo transmite en su programa.

Pero el espectador no se da cuenta de que es solo un punto de vista: es una historia construida en donde ha intervenido alguien que ha editado las imágenes dándole un sentido particular. Se ha tratado de crear una historia según ciertos estereotipos ficcionales. El espectador lo toma como verdad, porque la historia calza dentro de sus estereotipos ficcionales que funcionan a modo de “mito”.

El mito presente en los programas de Magaly TeVe tiene que ver con la forma de enunciación, que a su vez está directamente relacionado con el medio. Imbert hace alusión a cuatro tipos de mitos que caracterizan hoy, la neotelevisión: mito de transparencia (el pensar que ver equivale a entender), el mito de la cercanía (ver igual a poseer), el mito del directo (como abolición de la instancia enunciativa y narrativa), y el mito, en fin, de una televisión de la intimidad (Imbert Op.cit., p.62-63. El subrayado es mío).

En cuanto al contenido, los mitos que aparecen día a día en este programa son mitos propios del imaginario colectivo. Los mitos por lo general toman un singular impulso cuando la armonía y la homeostasis existencial han sido rotas. En su mayoría tienen que ver con las instituciones sociales como la familia o las bases primeras sobre las que se apoya la existencia humana. Aquí es donde entra la conductora para restablecer el orden y el equilibrio perdido. Podemos ver, todos los días, micro-relatos mitologizados de “personajes públicos” cuyo tema constante son, por ejemplo, las “historias de amor” o “engaños amorosos”, que ponen en riesgo las instituciones sociales como la familia, en las que siempre debe haber un punto final determinado.

La función más importante del mito es la justificación y legitimación social de determinadas acciones y formas de pensar. A través de la narración del mito, con un punto final instituido,  una y otra vez (aunque utilizando en cada narración un personaje diferente) se trata de legitimar el deber ser de la sociedad según un punto de vista que suele ser “la tradicional”. Pero el mito no funciona sin el rito. La puesta en escena, el rito, no es más que la materialización del mito.

Ya hemos descrito el ritual que se escenifica en el programa de Magaly TeVe. El mito y el ritual expresa el sentir de una sociedad, se alimenta del imaginario colectivo y lo devuelve de manera objetivada. Ayuda, por lo tanto, a interpretar aquello que es fuente de desorden y de angustia. Dirige la interpretación en una dirección particular. Crea el imaginario colectivo y/o legitima y consolida, al darle una forma específica.

Por consiguiente, la verdad que este programa construye corresponde a aquello que está presente en la vida de los peruanos de manera in-mediata, y que es su principal motivo de preocupación existencial. Para muchos de ellos, la verdad está allí, en la vida de cada uno; en la política, la ideología, nunca ha estado ni estará la verdad. Lo importante es lo vivencial, lo próximo, ese es para algunos el locus natural de la verdad, porque es lo visto y lo experimentado en el aquí y ahora.
Referencias Bibliográficas

  • FARRÉ, Marcela.  El noticiero como mundo posible: estrategias ficcionales en la información audiovisual. Bs. As. La Crujía, 2004. 398p.
  • HALL, Stuart. El trabajo de a representación. En: Stuart Hall (ed.), Representation: Cultural Representations and Signifying Practices. Sage Publications, 1997. Cap. 1; pp.13-74.  Traducido por Elías Sevilla Casas.
  • IMBERT, Gérard. El zoo visual: De la televisión espectacular a la televisión especular. Barcelona, Gedisa, 2003. 252p.
  • LYOTARD, Jean François. La condición posmoderna: informe sobre el saber. Madrid, Cátedra, 1987. 119 p.

María Inés Quevedo es bachiller y magíster en Antropología por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), y bachiller en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Lima, y tiene estudios doctorales en Antropología en la PUCP, ha tenido a su cargo cursos de las áreas de antropología y comunicación social en la PUCP. Actualmente tiene a su cargo los cursos de antropología social y globalización en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).

PALABRA, CREDIBILIDAD Y CONFIANZA

Por Eduardo Zapata Saldaña

La ruptura de la credibilidad de la palabra pública no puede ser tratada sin considerar el escenario de la palabra privada. El tema de la confianza lleva a revisar si nuestras palabras en el plano individual están o no signadas por esa confianza que se espera en el espacio público.

“Sospecho que ni nosotros mismos estamos creyendo en nuestras palabras, creo que tampoco confiamos en ellas, me preocupa que las estemos reemplazando por el simple marketing efímero y soy un convencido que hemos empezado por envilecer los contratos individuales y –por extensión– los contratos sociales”, afirma el autor. Sin confianza, sin fe en la palabra, sea escrita, oral o electrónica, no hay contrato individual o social posible.

Cero: A modo de introducción

En los virtualmente cada vez más lejanísimos años treinta del siglo pasado, Ortega y Gasset tuvo ya duras palabras contra la especialización. Especialización –dicho sea de paso– que él denominaba como ejercicio de la “barbarie”.

Decía él en La rebelión de las masas y refiriéndose precisamente a este neo-bárbaro especialista: “Es un hombre que de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia solo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador”. Añadiendo: “Llega a proclamar como una virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto paisaje que especialmente cultiva”. Y, obviamente, se vanagloria de ello.

Pero Ortega iba aún más lejos: “El especialista ‘sabe’ muy bien su mínimo rincón del universo, pero ignora de raíz todo el resto”.  Continuando: “No es un sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad, pero tampoco es un ignorante, porque es ‘un hombre de ciencia’ y conoce muy bien su porciúncula de universo”.

Y concluía: “Habremos de decir –a propósito del especialista– que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor que se comportará en todas las cuestiones que ignora, no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio”.

¿Por qué traer a colación estas observaciones de tiempos idos? Porque, en primera instancia, el problema descrito sigue subsistiendo, con el agravante de que tal vez ese especialista hoy declare conocer más de lo que realmente sabe de su “porciúncula de universo” ; porque la “petulancia”, a la que alude Ortega sea tal vez mayor, y, finalmente –y esto es lo verdaderamente pertinente aquí– las miradas especializadas a las que nos habíamos sometido y a las que nos habíamos habituado, tengan poco que decir respecto a temas hipercomplejos como los que signan las sociedades que hoy empiezan a configurarse en torno a la tecnología de la información electrónica.

De modo que abdiquemos por un instante de nuestras “superiores” miradas especialistas, preocupémonos menos por adaptar las realidades a nuestros viejos anteojos (más bien hoy anteojeras) y recuperemos la sana “curiosidad intelectual” que nos permita más bien limpiar al menos los cristales de esos anteojos. O, quién sabe, cambiar ya el modelo o la medida de estos. Porque nos están impidiendo ver.

Uno: El asunto

Vemos, entonces, que los “virtualmente tiempos idos” no eran tales. Al menos en lo que se refiere a las miradas de los especialistas: estas siguen siendo casi las mismas que aquellas denunciadas por Ortega. Creo también que pretendemos seguir viendo cosas y fenómenos realmente nuevos con miradas, esas sí, del ayer, Y creo, así, que  específicamente el asunto de la confiabilidad en la palabra pública requiere que abramos los ojos a los profundos cambios culturales en los que hoy discurren los discursos. Si no lo hacemos –con rigor, pero también humildad– seguiremos atribuyendo a “los otros” la “culpa” de la volatilidad de nuestras palabras.

Confieso que al escribir estas líneas, no tengo mucha confianza en siquiera que sean leídas. Confieso también que –a estas alturas de este artículo– no sé si mis palabras vayan resultando confiables. Ignoro, finalmente, si el lector continuará la lectura e ignoro también si lo leído y lo por leer sintonizará con las “curiosidades” lectoras. Me limito a decir que sólo estoy escribiendo para expresarme. No sé la suerte de mis palabras.

Una buena manera de ir entrando en nuestro tema –el asunto de la credibilidad y confianza en la palabra– sería que el propio lector reflexione sobre por qué ha llegado a este punto en el artículo. Una buena manera de ir entrando al tema es pensar en por qué otros ni siquiera llegaron hasta aquí. O ni siquiera empezaron. Ciertamente, agradezco a los que hayan tenido la paciencia.

Sin embargo, es tiempo de decir que la confianza y la credibilidad en la palabra pública no debe ser el único motivo de nuestra preocupación. Ciertamente el tema está en la agenda pública de los especialistas a los que aludíamos antes. Pero, en el fondo y con una mirada más amplia, es imposible tratar el tema de la ruptura de la credibilidad en la palabra pública sin hacer referencia al fenómeno ocurrente también con la palabra privada. Palabra pública y palabra privada –digámoslo ya– sellan los contratos públicos o privados. Las alianzas con otros o, aun, con nosotros mismos. Y, si lo vemos en su hipercomplejidad, el tema de confianza y credibilidad no se reduce a reflexionar sobre los medios y el contrato social. Supone –necesariamente– revisar si nuestras propias palabras –aquellas tal vez destinadas a nosotros mismos o al individualísimo receptor con el que dialogamos– están o no signadas por esa confianza y credibilidad reclamadas para el dominio de lo público. Sospecho que ni nosotros mismos estamos creyendo en nuestras palabras, creo que tampoco confiamos en ellas, me preocupa que las estemos reemplazando por el simple marketing efímero y soy un convencido que hemos empezado por envilecer los contratos individuales y –por extensión– los contratos sociales. Digo, también y por último, que con la electronalidad nos hemos visto obligados a recoger nuestros pasos y andamos en busca del tiempo perdido de la fe en la palabra. Sea oral, escrita o electrónica. Porque sabemos que sin confianza, credibilidad y fe en la palabra no hay contratos individuales ni sociales posibles.

Dos: la inflación lingüística

No nos cansaremos de reiterar que estamos asistiendo –en los últimos tiempos– acaso a uno de los fenómenos subversivos más corrosivos del contrato social: la inflación lingüística.

¿Qué significa hablar de inflación lingüística? Emisión inorgánica de nombres. Emisión de palabras que carecen de referente. Falsificación, entonces, de la realidad. Y como se trata de signos envilecidos, ocurre lo mismo que con la moneda depreciada, circulan con velocidad. Pasan de mano en mano.

Lo grave es que, en el caso de la inflación lingüística, son precisamente los llamados a denunciarla quienes sustentan artificialmente su “valor”. Nos referimos a políticos, auto titulados líderes de opinión, dirigentes de organizaciones sociales (a veces también inexistentes) y aun intelectuales (si falsificadores, entonces pseudo – intelectuales).

Ayer aceptamos interpretación “auténtica”, como si las hubiese –en aquel momento– “inauténticas”; suscribimos colaboraciones “eficaces”, como si las hubiese “ineficaces”; juramos puntualidades incumplidas por la campaña “La hora peruana”; y, en fin, alentamos la ficción de unidad colectiva bajo la denominación Acuerdo Nacional en un ente que –lo estamos viendo y viviendo– tuvo poco de nacional y menos de acuerdos comprometedores de partes.

Y ahora surgen pueblos “originarios” y “nativos” en mundos y espacios construidos por migraciones. “Frentes de Defensa” que son simples instrumentos de fachada (tal vez, por eso, sólo “frentes”, visibilidades) de la defensa del interés de alguien o sólo algunos; marchas y solidaridades por la paz y la democracia que ni son pacíficas y, más bien, apuntan a la destrucción de esa democracia. Denuncias, en fin, de “injerencias” extranjeras, hechas por quienes viven de esas denunciadas “injerencias”.

Las actas y acuerdos para solucionar coyunturas violentistas se multiplican; la palabra “culpable” termina siempre diluyéndose en el “yo no fui”, pero finalmente en el “nadie fue”. Y los habitantes de la Amazonia y Puno se convierten en “hermanos” de todos. Pero, por supuesto, también de nadie. A propósito de esto último es repulsivamente racista hablar de esas “hermandades”. Para no serlo, deberíamos –entonces– hablar también de los “hermanos” de Casuarinas, Breña o Jesús María, Arequipa o Piura.

Lo anterior lo traigo a colación por una nueva emisión inorgánica: las llamadas “reivindicaciones étnicas” y los “neo-nacionalismos indígenas”. ¿Acaso no se trata de términos hasta excluyentes? ¿La nación es un concepto propio de los llamados “pueblos originarios” o, más bien, una creación de la Europa post medieval?

En este mismo sentido de emisiones inorgánicas, alguna universidad organizó un Foro para discutir el tema del auto-gobierno en los pueblos indígenas en Norte América. Por Dios. ¿Qué hicieron en esa América con los “nativos”? ¿Qué hicieron con los que quedaron? ¿No les suenan conocidos los términos “reservaciones indígenas”?

Y otra vez, entonces, racismo y maniqueísmo. ¿Habrá que hacer entonces paros costeños? ¿Acaso paros urbanos que se opongan a intereses rurales? ¿O algún paro de los “nativos originarios” de Ancón frente a los invasores de Comas y Puente Piedra?

Cuidado. La inflación –monetaria y lingüística– corroe el fundamento de la convivencia civilizada: la propiedad. No sólo la posesión, la propiedad en sí. Siendo obviamente la propiedad más valiosa la vida misma. Que no admite relación o tutoría alguna de terceros. Llámese Estado o Frente. Patria o Muerte. Paz o democracia.

Tres: especificidades

Decir las cosas por su nombre. Es lo éticamente honesto. Pero, sobre todo, es el instrumento más eficaz contra todo tipo de subversión. Externa o interna.

Necesitamos, pues, un sinceramiento político y cultural. Un shock. No vaya a ser que mañana tengamos que pedir al Gobierno un “enérgico pronunciamiento” porque algún país extranjero expulsó a peruanos por no ser nativos ni originarios de su suelo.

Inflación lingüística. Subversión. Emisión lingüística orgánica: propiedad. No hay instrumento más eficaz contra la subversión que ponerle nombre a las cosas. La propiedad. Sólo a los que alientan la subversión conviene vivir con la inflación. De todo tipo.

Inflación lingüística. Emisión de nombres sin que estos tengan un referente real. Siempre maquillaje, usurpación de la realidad o invento de ésta. Ergo, enajenación de la propiedad, base del contrato social, a partir de la admisión de circulante envilecido.

A quienes les preocupe la educación (de veras), les cansará que bajo el rótulo de “educación de calidad”, se planteen –en universidades– guiones para que todos los profesores repitan el mismo libreto; a quienes les preocupa la ética, debería sublevarles comprobar a veces que quienes se autodefinen como epítomes morales descalifican a cualquier rival intelectual o político ‘psicoanalizándolo por correspondencia’ impunemente, faltando precisamente a esa ética.

A quienes les importe la política, en fin (la Política con mayúscula), les sonrojará cómo algunos líderes o dirigentes se convierten en manipuladores intérpretes de la ‘opinión de las bases’, cuando las ciencias sociales han institucionalizado hace tiempo instrumentos precisos para cuantificar y cualificar esa opinión.

Seguro ha asistido Ud. a esos entusiastas ejercicios donde se trazan las “visiones institucionales”. Usualmente, en papelógrafos se llenan palabras bonitas, siempre de moda, hasta que todos quedan contentos. Aun cuando pocos sepan qué significaban en rigor esas palabras, a qué nos comprometen y cuáles son sus alcances.

Hitler se decía nacionalista. Velasco era un demócrata de participación plena. Chávez también demócrata, pero bolivariano. Sendero Luminoso un partido político, no un movimiento subversivo y menos terrorista. Muchos países intervienen con violencia en otros en nombre de la paz.

Hace poco, un publicitado crimen revelaba cómo un contrato de prestaciones sexuales fue reemplazado por palabras hirientes que activaron una atroz violencia. Pocos lo han subrayado. Pero, en este caso y los anteriores, los nombres que no coinciden con referentes terminaron por romper los contratos. Individuales y sociales. Y por generar violencia.

Cuatro: El quid de la inflación

Como podemos apreciar, el lenguaje es un instrumento de apropiación de la realidad. Si el lenguaje pierde, entonces, su capacidad nominatoria, su capacidad de relacionar nombres con referentes, no sirve para apropiarse de esa realidad.

Cuando se pronuncia la palabra amor, pero ésta carece de un referente específico y de la real relación subyacente a la palabra, se pierde propiedad –sensu stricto– sobre el objeto amado. Y lo mismo ocurre –más en profundidad– con los conceptos elementales de mío, tuyo, nuestro, si acaso estos –que son muy precisos– se ven ensombrecidos en sus dimensiones semánticas por la alusión etérea –pero corrosiva– a solidaridades, compromisos sociales, reciprocidades u otras palabras bonitas pero imprecisas.

En suma, la inflación lingüística supone pérdida de propiedad sobre tu lenguaje. El lenguaje deja de ser tuyo si uno no sabe ya lo que las palabras significan. Y cuando esto ocurre los contratos individuales y sociales se evanescen.

Puede que algunos –a sabiendas–  jueguen marketeramente con los nombres y hagan circular signos carentes de referentes. Puede que estas monedas significativas tengan hasta valor un tiempo en el mercado. Pero, sabemos –es una ley económica y de la lingüística– que el mercado se encarga de retirar el signo envilecido de la circulación.

¿Cómo reclamar confianza y credibilidad en la palabra pública si –por vivir en un mundo inflacionado lingüísticamente– sabemos que nuestras propias palabras privadas (a veces nuestro propio nombre o quehacer) están bajo el signo de la no referencia y, por ende, ni nosotros confiamos en lo que somos y decimos?

Cinco: El mundo feliz

Nos habíamos habituado al mundo de las verdades inmutables. A aquel mundo de los uni-versales indiscutibles. A gozar de confianza y credibilidad simplemente si adheríamos a ese mundo. Desde el 800 antes de Cristo, con la invención del alfabeto, los sonidos “ objetivamente “ eran representados por letras. Cómo dudarlo. Y el mundo de las ideas hizo hasta escarnio de las experiencias sensoriales. Y todo esto devino en los textos sagrados e inmutables per se, de los cuales culturalmente hemos sido tributarios. Si a esto le añadimos el yo renacentista y la conquista de la racionalidad, nadie podía no creernos o desconfiar de nosotros si –repito– adheríamos a esa tradición cultural. Que dividía culturalmente el mundo entre los privilegiados emisores de siempre de signos inmutables y pasivos y resignados destinatarios de los mismos.

Confianza y credibilidad en la palabra transitaron por un buen tramo de la historia de la humanidad sobre el sema Fe-Institucionalidad-Verdad. Transitaron sobre semas definidos no en una cultura del ‘hacer’, sino del ‘ser’. Así son las cosas, porque así es la voluntad de Dios. Religión, política e intelectualidad se volvieron consubstancialmente verdades absolutas. Y todos vivimos felices. Obviamente, no todos. Sólo los emisores.

Pero, de pronto, la desacralización de las sociedades debilita el sema. De pronto, la electronalidad –con sus textos alternativos, competitivos y evanescentes– pone a los pasivos receptores en condiciones de emitir. Y, de pronto, entonces, el sagrado papel sobre el cual sólo se escribían verdades, deja de prestarnos su prestigio histórico porque los discursos empiezan a circular –con hechura colectiva, esta vez– en soportes virtuales.

Y una cultura del hacer empieza a reemplazar a la cultura del ser. No sólo las ideologías se debilitan, sino la misma idea de la superioridad del mundo de las ideas frente al mundo de las cosas, empieza a cuestionarse. Era necesario resensorializarse para acceder al mundo de la electronalidad y no parecía ya tan cierto que la idea abstracta que despreciaba el papel de los sentidos fuese ya una aliada oportuna (o al menos exclusiva).

Entonces, todo se desinstitucionaliza. No sólo el Estado, también las relaciones con el trabajo y aun las relaciones personales. Aun –en muchos– las relaciones consigo mismos. Y todo esto en el contexto de una inflación lingüística galopante que pretendía mantener viejos nombres y referentes ya inexistentes. Con el agravante de tratar de pasar esos nombres por verdades absolutas, como en los buenos tiempos.

Bueno, se acabó. En un mundo que ha cambiado su sema cultural central y que se ha desinstitucionalizado, no cabe ampararse en ninguno de los componentes del sema. Ni en Dios, ni en las instituciones ni en la llamada verdad. Ahora cada quien tiene que volver a construir (o reconstruir) confianza y credibilidad. Estas empiezan por casa. No por la palabra pública. Esta volverá a ser confiable y creíble en la medida en que sus actores lo sean. Por sus haceres.

En el año 428 a.c. se estrenó Hipólito de Eurípides. En esta tragedia, más allá de las circunstancias que rodean la trama, Teseo encuentra el cadáver de Fedra, su esposa, que se ha suicidado. Sobre el pecho de Fedra hay una tablilla escrita por ella en la que incrimina a su hijastro, Hipólito, hijo de Teseo y de la amazona Hipólita.

Teseo lee en silencio lo que Fedra ha dejado escrito (sabe leer) y mientras lee exclama: “¡La tablilla grita, grita cosas terribles!… ¡Qué canto, qué canto he visto entonar por las líneas escritas…!”. A partir de allí se desencadena la tragedia de Hipólito y su muerte.

Para Teseo –que evidentemente sabe leer– y para el público receptor, la tablilla escrita es capaz de cantar, hablar. Lo escrito continúa (en ese momento) cantando o hablando.

El tradicionalista Ricardo Palma nos cuenta en Canta Claro cómo dos indios, que llevan un encargo de frutas, tienen hambre y se comen parte de las frutas. Junto con las frutas llevan una carta que envía el que manda la fruta al destinatario. Para que la carta no los delate, la ocultan. Así la carta no verá que ellos se comen la fruta y no los denunciará. Sabemos que al llegar a su destino, son castigados porque en la carta se indica la cantidad de fruta que debían entregar.

Para los portadores, la carta (lo escrito) es capaz de hablar, como para Teseo la tablilla es capaz de gritar o cantar.

Nadie adscrito a la cultura oficial en la sociedad peruana osará siquiera sonreír ante un Teseo que realmente nos está mostrando una percepción mágica y primitiva respecto a la palabra escrita. A fin de cuentas, Eurípides y la tragedia griega merecen per se respeto. Palabras escritas que han llegado a nosotros como verdades inmutables.

¿Seguiremos sonriendo ante estos relatos? ¿O llegó el momento de que –con rigor, pero humildad– reconstruyamos confianza y credibilidad a partir de nosotros mismos?

Seis: En el principio, fue el verbo

Si la primera persona del plural mayestático y la tercera persona fueron expresión y arma de la confiabilidad y credibilidad del mundo del ayer, hoy ese mundo de verdades  evidentes y demostrativas e inmodificables ha desaparecido.

La electronalidad nos ha vuelto a poner en el mundo del yo y del tú. Sin posibilidad de escondernos. Y con ello, la electronalidad nos ha puesto ante la evidencia lingüística de que no más el plural aludido o la tercera persona serán armas del convencimiento.

Etimológicamente, convencer (vencer e imponerse a una posición contraria) fue la palabra de orden para institucionalizar y pretender perpetuar un mundo de verdades inmutables y, por ende, irrefutables. La palabra escrita fue el medio silente y de consumo individual que posibilitó esta gran aventura cultural.

Sin embargo –lo subrayamos– caímos en la inflación lingüística al no podernos percatar de que el mundo nuevo resultaba innombrable (e inmanejable) con los viejos nombres. Estos no calzaban ni calzan con los nuevos referentes.

Caídos así en la inflación, era cuestión de tiempo que las expresiones y armas del mundo perfecto y feliz cayeran en el vacío semántico. Adiós plural mayestático y adiós  tercera persona; bienvenidas, nuevamente, la primera y segunda persona. Esta vez, en un mundo con referentes también virtuales.

Si las viejas estrategias para hacernos confiables y creíbles no van más, ¿Cuáles serán los caminos para asegurar contratos individuales y sociales?  Obviamente, el primero es el sinceramiento cultural, la restitución de nuestra capacidad de nombrar.

Pero, junto con ello, es evidente que al no haber más un mundo de uni-versales y al convivir ya una cultura del hacer, estamos obligados ya no a la imposible tarea de convencer unilateralmente. Se hace imprescindible sustituir la mesiánica y redentora tarea del convencimiento por la más humana de persuadir; sustituir la demostración por la argumentación; y, claro está, requerimos permanentemente ejemplificar.

Pero todo empieza por el contrato individual con nosotros mismos. Por la afirmación de trazas personales sostenibles. Por abandonar el marketing efímero y reemplazarlo por proteicas, pero transparentes y coherentes identidades.

El contrato social no está más en manos de Dios o el Pueblo. Está en manos de los ciudadanos y de la recuperación de categorías humanas de las que habíamos abdicado: generar confianza y credibilidad en y por nosotros y por nuestro hacer.

Podría sonar contradictorio, luego de lo dicho, pero ahora sí estamos en condiciones de afirmar que En el principio, era el verbo.

Eduardo Zapata es Doctor en Lingüística y Literatura de la Pontificia Universidad Católica, hizo un postgrado en Semiótica en la Universidad de Bologna.  Investigador y maestro universitario, ha publicado, entre otros libros, El Discurso de Sendero Luminoso: Contratexto Educativo, Lo que piensan los niños sobre la escuela, Representación oral en las calles de Lima y La palabra permanente. Verba manent, scripta volant.

Ha participado en el desarrollo de la Fundación Cultural del Banco de la Nación, que se trazó como objetivo central imprimir en el imaginario colectivo nacional los conceptos de una cultura del deber y de una identidad proactiva como insumos indispensables en nuestra sociedad.

Es profesor de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas de los cursos de Semiótica y Sociología de la Comunicación.

EMPRESA PRIVADA Y CREDIBILIDAD

Por Dr. Gonzalo Galdos

La credibilidad y confianza fueron factores importantes en la crisis financiera.  Este artículo explora los matices que estos factores implican.  La empresa privada y la inversión requerirán, según el autor, de tiempo para reconstruir y restaurar la confianza como soporte vital.

A medida que se conocen mayores detalles acerca de ciertas conductas y decisiones de los altos ejecutivos en algunas de las empresas que se lanzaron al vacío en el origen de la reciente crisis financiera, recordamos una anécdota que relata una reunión de los tres principales directivos de una empresa —incluyendo un inexperto que acababa de ingresar a la misma.  El tema de la reunión era cómo crear mayor valor para el cliente.

Durante la primera parte de la reunión, cualquier dilema operativo era zanjado por el gerente general al preguntar con agresividad a su gerente de confianza “¿qué lugar de importancia ocupa el cliente en nuestra empresa?”  La respuesta llegaba casi como un ritual obligado: “el primer lugar jefe”.  Luego, la discusión continuaba, perdiéndose el tema en medio de intrincadas medidas administrativas y en el análisis de las implicancias de algunas decisiones en el programa de incentivos y bonos de los ejecutivos. En el proceso se desestimaba de inmediato toda medida que pudiera afectarlos.

En estupor y confundido por el curso de la reunión, el gerente novato sólo atinaba a escuchar cuidadosamente, hasta que el gerente general finalmente le dirigió a él, por primera vez, la pregunta de rigor: “¿qué lugar de importancia ocupa el cliente en nuestra empresa?” pretendiendo incorporarlo participativamente en la discusión.  Después de un breve silencio, su respuesta produjo un gélido silencio: “el cuarto lugar jefe”. “¿Qué has dicho?, terció el otro veterano. “El cuarto lugar”, reafirmó el transgresor; añadiendo a continuación, “sólo basta escucharlos un momento para saber que nosotros tres estamos primero”.  Tan ilustrativa anécdota pinta de cuerpo entero cómo, a veces,  los ejecutivos  abusamos voluntaria o involuntariamente del poder que nos han delegado los accionistas, de la confianza que en nosotros depositan los clientes al amparo de una marca prestigiosa que nos cobija.

En el caso de las hipotecas sub-prime y los fondos fantasmas o sobredimensionados, todas las evidencias apuntan a  una cadena de abusos de confianza que empezó con un grupo de ejecutivos especializados que elevaron la ingeniería financiera a nivel de pirotecnia, aplicando a productos impresentables coberturas estéticas complejas. Esto reducía las decisiones de sus jefes al peligroso dilema entre no hacer nada o tomar grandes riesgos con posibles grandes ganancias que a su vez perdían objetividad por estar asociadas a  jugosos incentivos.  Muchos de estos jefes no entendían a cabalidad tan novedosos productos, que convertían en cliente a un ninja (siglas en inglés de una persona sin ingreso, sin trabajo ni activos.), ni menos de los riesgos asumidos. Este momento de ignorancia es cada vez más frecuente cuanto mayor sea nuestra edad, si no existe conocimiento prevalece nuestro temperamento frente al riesgo o en el caso más delicado nuestros intereses personales, pudiendo llegar en algunos casos a la codicia.  Y así, la cadena de abuso se agravó por una ausencia de un principio claro de rendición de cuentas a los accionistas e incluso, directorios carentes de colaboradores independientes o de outsiders sin contaminación sesgados en favor de sus respectivas administraciones.

La reciente crisis financiera fue, ante todo, una crisis de confianza donde un pequeño pero relevante grupo de gerentes no estuvo a la altura del histórico momento que la humanidad le había brindado a la empresa y a la inversión privada.

Las empresas no quiebran, somos nosotros, sus ejecutivos, los que a veces nos quebramos profesional o moralmente y en nuestra desesperación las arrastramos con nuestras decisiones y acciones. Las empresas pueden tener una marca, un edificio, pero requieren clientes y también personas de carne y hueso que las hagan funcionar y las personifiquen representándolas dignamente.

Todo aquel que ha vivido las vicisitudes y beneficios de una vida corporativa, entiende que las tentaciones son muy grandes y los sesgos abundantes.  Se dice que el dinero es importante, pero muchos sociólogos coinciden en que la avidez por el mismo es sólo porque constituye un recurso para servir a un amo aún más importante: el poder.  Este último corrompe no solo políticos y autoridades, también llega a corromper a profesionales serios y bien intencionados, quienes empiezan por utilizarlo para imponer, cuando podrían utilizarlo para educar y desarrollar; también genera arrogancia, cuando podría servir para desplegar humildad; pero quizá los dos sesgos más marcados que provoca son el de infalibilidad en las decisiones y acciones y el de invulnerabilidad: esa sensación que, aún errando, ni las consecuencias o desgracia que acarrean nuestros errores podrán alcanzarnos.

Todo lo sucedido cuestiona algunas reglas en las que se desenvuelve el libre mercado pero no menoscaba la esencia de la libre empresa. Existen razones de sobra para pensar que se trata del fin de una era: la de los superhéroes enfundados en trajes Armani hechos a medida y corbatas Hermenegildo Zegna. Es el inicio de la era de los mortales, de los que cometemos errores, pero mantenemos nuestra voluntad de enmienda a la par que nuestras convicciones; de aquellos que saben dónde están sus límites y limitaciones; de aquellos que necesitan dialogar con el cliente y los accionistas para saber cuál es el rumbo a tomar; de aquellos que no tienen miedo de seguir aprendiendo y seguir confiando; de aquellos que saben que la credibilidad sólo se construye cuando existe consonancia entre lo que dices y lo que haces.

Como menciona Stephen Covey, se han tejido muchos mitos acerca de la confianza.  Afortunadamente, estos caen abatidos frente a realidades que demuestran que es cuantificable; que se puede enseñar y aprender; que puede crearse o destruirse y que puede administrarse.

La empresa privada no es perfecta, pero es quizás una de las menos imperfectas entre las instituciones humanas que tienen objetivos de promover desarrollo. La crisis ha generado una gran oportunidad para perfeccionarla, a través de la mejora en la toma de decisiones, del principio de rendición de cuentas y la desconcentración del poder en las cúpulas.

Restaurar la confianza tomará tiempo, pero será lo correcto e inevitable.  Para empezar, muchas empresas, empresarios y ejecutivos se han ganado respeto tremendo por su capacidad de substraerse de las tentaciones y mantenerse en el rumbo correcto.  Nuevas administraciones se abren paso con un mejor balance entre experiencia y empuje.  La razón, la prudencia y el cliente vuelven a reinar. Después de todo, cuando uno confía, toma riesgos, pero no confiar implicaría tomar riesgos mayores.

Gonzalo Galdós es Doctor en Ingeniería Industrial, graduado CUM LAUDE en la Universidad Politécnica de Madrid e Ingeniero Metalúrgico de la Universidad Nacional San Agustín. Ha realizado estudios en el OLC del Massachussets Institute of Technology (MIT), EE.UU. y en Kellogg Graduate School of Management, EE.UU. Ha sido Presidente Ejecutivo del Grupo Armco, Presidente de Sider Perú y Presidente del Consejo Nacional del Ambiente, CONAM. Actualmente es Presidente de Organizational Learning Center-OLC, Presidente del Directorio de Moly-Cop Adesur y Director de la Escuela de Postgrado de la UPC.

COMUNICACIÓN Y CAPITAL SOCIAL: LOS MEDIOS EN LA ECUACIÓN DEL DESARROLLO

Por Eugenio D’Medina Lora

El desarrollo requiere de reglas de juego estables para florecer. Pero para construirlas es preciso que una sociedad sea rica en capital social, definido como el entramado social basado en relaciones de confianza a muchos niveles. Esta es la base a partir de la cual se puede analizar qué rol cabe a los medios en la construcción de esta sociedad de confianza. La hipótesis presentada es que poco han hecho en esta tarea, porque si bien hay más transparencia relativa a otros tiempos, también hay duros obstáculos, derivados de conflictos de plataformas de valores como manejo tendencioso de los medios para resaltar generalmente los peores aspectos del sistema político, en respuesta selectiva a presiones derivadas de escenarios de captura, dando por resultado un detrimento de la confianza y del capital social.

Introducción

¿Los medios de comunicación social son espectadores del desarrollo de un país o son protagonistas del mismo proceso? Esta es la pregunta clave que pretende explorar este ensayo. ¿Su papel es simplemente informar acerca de lo que sucede en el país, mostrando todas sus pobrezas y miserias, particularmente en el campo de la política y la economía, sin asumir responsabilidad por los hechos que refieren en sus reportes y crónicas? ¿O ya puede decirse, por su creciente presencia en la agenda política, que los medios de comunicación han pasado a ser actores de esa realidad que cuestionan, denuncian y critican permanentemente, desde distintas trincheras de opinión, no alejadas, por cierto, de las influencias ideológicas?

Si los medios de comunicación son actores del desarrollo, les cabe una responsabilidad con la sociedad que persigue ese desarrollo. A ésta, se le puede denominar la responsabilidad social de la comunicación social(1). Identificar, definir y discutir los elementos a través de los cuales se materializa esa responsabilidad, es una tarea imprescindible para comprender los macro-alcances de la labor del comunicador, y muy en particular, del comunicador periodístico.

Colofón de lo anterior es examinar si en la incapacidad de construir capital social a base de relaciones de confianza radica el por qué los periodistas peruanos no se convierten en verdaderos referentes para la sociedad y el Estado en el Perú, tanto en el ámbito de cada espacio de acción, como en cuanto a las relaciones que sostienen entre si. Es decir, ¿por qué no hay periodistas que se puedan convertir en auténticos anclajes de confianza?

En este ensayo buscamos presentar estos elementos en clave política y en tesitura teórica, dejando la tarea de proseguir en la profundización del análisis para otras investigaciones empíricas que pudieran suscitarse.

¿Por qué unos países desarrollan más que otros?

Para comprender si el comunicador social juega un papel en la construcción del desarrollo de un país, y particularmente del Perú, el punto de partida será responder a una pregunta crucial: ¿por qué unos países desarrollan más que otros? Ensayaremos algunas respuestas.

Adam Smith entendió el problema fundamental. No era el crecimiento en sí lo importante, sino la riqueza: la riqueza de las naciones(2). ¿Y qué las hacía más ricas? Las posibilidades de intercambios comerciales por el uso eficiente de los recursos y aprovechamiento de ventajas diferenciales. No se trataba de producirlo todo, sino de especializarse en lo que mejor se podía hacer(3). Pero dichas posibilidades de maximizar el intercambio sólo es factible si al mismo tiempo se maximiza la libertad económica. Puede decirse que Smith fue el primer visionario de lo que hoy se entiende como globalización, al entender que los países podrían enriquecerse bajo esquemas cooperativos basados en el intercambio libre.

Una arista distinta, pero complementaria, es la que propone Max Weber, al establecer que es la ética en el desempeño de las actividades de negocios la que hace que algunos países desarrollen una cultura del trabajo, del ahorro y la prosperidad(4). Aunque Weber ha sido sujeto de interpretaciones no siempre certeras con respecto a este argumento, situación que, por cierto, también le cupo a Adam Smith, la esencia de su argumento es que la ética es parte componente de la función de producción, como un factor adicional al trabajo, al capital, a los recursos naturales y a la capacidad empresarial, así como, también, un elemento crucial de la estructura de las preferencias que dan sustento a la función de utilidad. De esta manera, la ética del productor, como la ética del consumidor, dejan de ser cuestiones meramente filosóficas, para convertirse en elementos concretos que soportan la producción y la competitividad. Y se traducen en algo tan tangible como los costos de transacción y los problemas de agencia, cuando se sospecha que los intercambios pueden estar sobre la base de información oculta y comportamientos engañosos que hacen requeridas coberturas especiales que se traducen en erogaciones monetarias.

Un factor que apoya al aspecto ético, aunque es totalmente distinto, es el que resalta Hernando De Soto: el sistema legal-institucional(5). En efecto, el sistema legal-institucional, además de ordenador, es generador de valor de los activos lo que permite insertar a sus poseedores en la dinámica capitalista. La institucionalidad también se convierte en factor de la función de producción. Y, por tanto, los países más desarrollados han de mostrar mejores marcos institucionales y sistemas de legalidad mucho más enraizados y afinados que permitan conocer de antemano las reglas de juego que brindan las seguridades a los que desarrollan actividades económicas. Incluso puede pensarse que es precondición del mercado mismo la existencia de esta claridad en el sistema legal-institucional(6).

Mientras los dos anteriores enfoques hacen hincapié en elementos cualitativos que impactan en la función de producción, Ludwig Von Mises asume una postura tradicional y sitúa el desarrollo de los países, simple y llanamente, en la formación y la acumulación de capital(7). No existe forma de que un país desarrolle sin capital, en la tajante perspectiva de Mises. Para él, sólo existe una diferencia entre países desarrollados y no desarrollados: la diferencia en la disponibilidad de los bienes de capital por persona que pueda trabajar. Por tanto, la tarea del desarrollo pasa por generar más capital, lo que implica promover la inversión – nacional o extranjera – y la innovación tecnológica.

La confianza y el capital social: ¿dónde encajan?

Todos los enfoques del desarrollo explicados anteriormente son válidos y complementarios entre sí. Sin embargo, todos ellos tienen un elemento común: la confianza. Los intercambios comerciales internacionales requieren confianza en cuanto a tiempos de suministros, calidades, cantidades y precios, así como también las interrelaciones cooperativas entre empresas(8). El comportamiento ético en los negocios supone la confianza en que las acciones humanas emprendidas se corresponderán con ciertos valores asumidos como éticos en determinada sociedad. El sistema legal-institucional se sostiene en la percepción de confianza que tienen de él los miembros de la sociedad, pues si no se confía en dicho sistema, sus prescripciones y señalamientos quedarían desvirtuados. Y la construcción de capital financiero y físico implica que la inversión que la genera se ampare en la confianza en las reglas de juego que permitan estimar razonablemente la cuantía de los retornos esperados, así como su ocurrencia y su riesgo. No pueden convivir ni persistir ni sostenerse los intercambios comerciales, ni la ética en los negocios, ni los sistemas legales-institucionales ni la formación de capital sin un entramado de confianza que los haga viables en el largo plazo.

En consecuencia, la confianza es el factor común y el elemento crucial para el desarrollo. Este elemento es el núcleo de la tesis de Alain Peyrefitte, quien postula que el desarrollo depende de la construcción de una sociedad de confianza: la confianza otorgada a la iniciativa personal, a la libertad exploratoria e inventiva que conoce sus contrapartidas, deberes y límites(9). La “divergencia” del desarrollo, es decir, la distinción entre los países que se desarrollan y los que no lo hacen –o se desarrollan poco– se explica primero por la existencia de sociedades en las que prevalezca una cultura de confianza y, solamente después, por los otros elementos que pueden actuar de gatillos del desarrollo.

Teniendo esto en cuenta, ¿es posible reformular la tesis de Mises con respecto al capital como instrumento fundamental del desarrollo y, por extensión, al capitalismo como sistema insuperable para producir ese desarrollo? ¿Podemos integrar el concepto de confianza dentro del marco de la clásica relación contemplada en la función de producción(10)? De hecho sí, en tanto reformulemos adecuadamente el concepto del capital. ¿Se puede seguir sosteniendo la ecuación desarrollo = capital? Sí. Pero, ¿qué capital? Siguiendo la definición antigua, y particularmente a Karl Marx, la ecuación es capital = dinero. Por otro lado, en una ampliación de la anterior, se tiene que en la definición neoclásica, la ecuación sería capital = dinero + activos + tecnología. Pero podemos extender más esta definición. Un concepto más moderno de capital se expresaría en la ecuación capital = capital financiero-comercial + capital conocimiento + capital natural + capital infraestructural + capital humano + capital social.  Bajo esta nueva visión, podemos hablar de un desarrollo capitalista, no en la concepción de la economía política clásica, sino conformado por la acumulación sistemática y sostenida de capital financiero-comercial (dinero, activos financieros, inmuebles, equipos, mercancías), capital natural (recursos naturales, medio ambiente), capital infraestructural (infraestructura económica y social), capital conocimiento (tecnología, know how, capacidades de gestión), capital humano (educación, salud(11)) y capital social (trama social de relacionamiento mutuo).

Es más nítida la comprensión de este enfoque de la relación capital-desarrollo si se atiende a la ausencia de alguno de estos elementos. Claramente no es posible impulsar ningún proceso de desarrollo sin capital financiero y comercial, por lo que la promoción de la inversión privada se hace indispensable para darle fuerza al proceso, algo que está en el centro de las nuevas estrategias desarrollistas de los países que crecen. En el caso del capital natural, a pesar de la percepción cotidiana, no parece ser tan importante para el desarrollo, aunque, de hecho, puede ayudar mucho si se aprovecha adecuadamente y se complementa con políticas públicas complementarias. Todo lo contrario ocurre con los otros tipos de capital, cuyas ausencias sí se sienten. Sin infraestructuras apropiadas es imposible impulsar ni sostener ningún proceso de desarrollo, pues lo primero que tiende a colapsar en cualquier país que crece es, precisamente, la infraestructura. Debe evitarse que se convierta en un cuello de botella. Tampoco es posible el desarrollo sin tecnología, know how y capacidades de gestión, aunque a diferencia de la infraestructura, que tiene que hacerse específicamente en el país, en el caso del capital conocimiento puede importarse, aunque no es lo deseable ni sostenible. De ahí la importancia de capitalizar al país con inversión en investigación y desarrollo, además del fortalecimiento de las capacidades de gestión.

El caso del capital humano no es distinto. Un país compuesto por personas que no tienen educación, que por lo menos les permita conocer y defender sus derechos, es débil, porque se compone de pobladores antes que de ciudadanos. Asimismo, un país de personas con mala nutrición y salud deficiente, es imposible que se incorporen a procesos de incorporación acelerada de innovación tecnológica y fortalecimiento de otras capacidades.

Si las ausencias anotadas son fundamentales, la falta del capital social es decisiva. El capital social es la fortaleza de la trama social que hace posible que ocurra el relacionamiento entre los miembros de la sociedad. Esta trama está basada en la confianza mutua y, por extensión, en el comportamiento ético, la justicia y el respeto individual, la capacidad de asociatividad y el reconocimiento de una institucionalidad legítima(12).

¿Adónde nos lleva todo esto? Partiendo de la nueva visión del capital, se tiene que para generar desarrollo hay que construir capital. Y construir capital implica construir todas las formas de capital sin descuidar ninguna. Luego podríamos construir también una respuesta a la interrogante acerca de por qué algunos países se desarrollan más: las sociedades que más se desarrollan son las que tienen la capacidad de construir más capital, en el sentido ampliado descrito. Y un componente fundamental de ese capital es el capital social, materializado en una trama social tejida a base de los hilos delicados de la confianza en la sociedad.

El papel del comunicador social y la tarea pública

Si hay algún papel del comunicador social en el desarrollo, éste se relaciona con su responsabilidad social, y, por consiguiente, con la construcción de la confianza y del capital, en el sentido ampliado que hemos descrito en el acápite anterior. Un elemento clave que relaciona estos propósitos con el rol comunicacional se enmarca en su capacidad de vincular la tarea del Estado, que se realiza a través de políticas públicas, con los objetivos sociales que deben siempre converger al desarrollo. Y esto debido a que el Estado es un actor de alta presencia, bajo cualquier modalidad, grado o sistema político, en el proceso de desarrollo de cualquier país.

En efecto, el desarrollo de un país, en distintos grados y bajo cualquier régimen político, implica un papel del Estado como actor de ese proceso. El desarrollo de una sociedad tiene como un pilar clave a la economía, pues, de hecho, el propósito último de la ciencia económica es generar las mejores condiciones de desarrollo factibles en un espacio y tiempo dados. Por otro lado, en una sociedad política, el Estado es la entidad encargada de ejercer el máximo poder que le confiere la misma. Consecuentemente, la política y la economía están íntimamente relacionadas. La política es el proceso y actividad orientada, ideológicamente, a la toma de decisiones de un grupo social para la consecución de objetivos. Para cualquier sociedad, uno de esos objetivos primordiales es generar la disponibilidad de los recursos y su acceso a las personas. Esa tarea, de una u otra manera, tiene como actor de primer orden al Estado; y, por tanto, a las políticas públicas que implementa dicho Estado.

Hay que tener en cuenta que importa el cómo se materializa esta presencia del Estado en la consecución del desarrollo(13). Cuando decimos que el Estado es un actor de primer orden en la tarea de asegurar la mejor disponibilidad de recursos factible, implícitamente definimos una idea sobre su papel en la economía. Ese papel puede fluctuar entre hacer todo y no hacer nada. Y la definición de esa idea lleva invariablemente a una definición de política que impacta en la economía. No debe sorprender entonces que el Estado sea el actor más polémico en cuanto a esta definición de qué papel le cabe en el desarrollo.

Es un hecho que los medios de comunicación tienen crecientemente una presencia mayor en el dictado de la agenda política. En el Perú, se acaba de ver con el manejo de la confrontación entre el Estado y parte de las comunidades nativas amazónicas y con el juicio al ex Presidente Alberto Fujimori por delitos de lesa humanidad. La prensa asigna espacios, en titulares y páginas del interior, a noticias sobre hechos u opiniones, en función de sus propias cercanías ideológicas. Los entrevistadores, particularmente radiales o televisivos, segmentan su tratamiento de los entrevistados en función de sus propias preferencias personales, siendo amables y, muchas veces, condescendientes con quien está cercano a sus afectos o a su posición ideológica, y draconianos, cuando no abiertamente prepotentes, con los que no se alinean con sus propios pensamientos políticos. Esto coloca al comunicador social en una posición predominante en el escenario de la política, queriendo o no hacerlo. Y también lo pone en una situación de creciente responsabilidad.

Los componentes de la responsabilidad social de los comunicadores

¿Hay entonces una responsabilidad social del comunicador? El papel del comunicador social, más que sólo informar, incluye responsabilidad con la sociedad. ¿Cómo definirla? En un intento por señalar sus componentes en clave “algebraica”, se puede intentar con la siguiente expresión:

RS = PIT +  DIT + FEP + SS

Esta expresión indica que la responsabilidad social del comunicador (RS) es una sumatoria de cuatro componentes: La “perfección” de la información transmitida (PIT), la defensa de intereses territoriales (DIT), el filtro de eficiencia y eficacia de las políticas públicas a implementarse (FEP) y, por último, la sensibilidad social ante la realidad inmediata que rodea al comunicador (SS). Ha de notarse que, tradicionalmente, se asume de manera implícita la identidad entre la RS y la SS. Bajo el enfoque que proponemos, la RS excede con mucho a la SS y, en principio, le otorga un peso relativo menor, en aras del fortalecimiento de otros componentes. Analicemos cada uno de ellos.

En primerísimo lugar, la “perfección” de la información es un componente crucial y determinante en la responsabilidad social del comunicador. Claramente, la alusión a la perfección debe entenderse como un propósito tendencial, en vista que es prácticamente imposible conseguirla en cualquier área del conocimiento profesional. Pero cuando se alude a la “perfección” se debe entender ésta en el sentido que le dan los economistas, a saber, que una información es perfecta cuando es veraz, completa y oportuna. Por tanto, la primera responsabilidad del comunicador, respecto a la sociedad, es la de transmitir veracidad de contenidos, de manera que incorporen información completa para el receptor de dicha información y teniendo en cuenta que llegue a tiempo al público destinatario. Si se falsea la realidad, se transmiten medias verdades o se hace llegar tarde, aunque un comunicador posea altísimas dosis de sensibilidad y bondad, estará actuando fuera de su responsabilidad con la sociedad en la que de desempeña como tal.

Otro componente es la defensa de intereses territoriales. Como “territoriales” queremos expresar intereses relativos a una comunidad en un espacio geográfico determinado. Por ejemplo, pueden ser intereses de un distrito, de una provincia, de una región y, eventualmente, de todo un país. Dado que la tarea del comunicador es influenciada directamente por el entorno de la comunidad en la que ésta es desarrollada, parte de su responsabilidad es con esa misma comunidad, la cual, está necesariamente ubicada en un determinado espacio geográfico o territorio. Este componente se hace más fuerte conforme el alcance del medio de comunicación es más enfocado en espacios territoriales pequeños. Un periódico de alcance distrital tiene un compromiso con el distrito. Un canal de cable de alcance multi-distrital, como por ejemplo uno de los conos de Lima, tiene un compromiso con la problemática de los pobladores de esos espacios, más allá que con un distrito específico.

Una tarea fundamental de los comunicadores es servir de faja de transmisión de las políticas públicas. En esto consiste el componente de filtro de eficiencia y eficacia. Para que sean efectivas, las políticas públicas deben ser comprendidas por los actores políticos, desde instituciones y entidades de gobierno, hasta organizaciones privadas y personas naturales. Entendidas, para que los actores puedan, precisamente, realizar acciones esperadas como resultado de esas políticas. Pero esta función de faja de transmisión involucra tanto la promoción de las políticas que sirven a propósitos de desarrollo, como también la contención de aquéllas que pudieran no estar alineadas a tales objetivos, a pesar de las intensiones de los hacedores de política (policy makers). En tal sentido, parte de la responsabilidad de los comunicadores es impulsar a las buenas políticas y frenar a las malas, señalizando en el primer caso a los miembros de la sociedad y del Estado para proseguir en su implementación, y, en el segundo, al gobierno para cambiar y/o afinar sus políticas.

Finalmente, está el componente de la sensibilidad social, término que se utiliza extendidamente, pero que no suele definirse. Vamos a definirla como la proclividad del comunicador social a comprometerse con causas de los más necesitados económicamente orientadas a mitigar, aliviar o abatir los efectos de tal precariedad sobre su bienestar. Aunque todos los componentes presentan aristas subjetivas, es en el caso de la sensibilidad social donde lo subjetivo es casi todo. Normalmente es la sensibilidad social lo que se entiende cuando se hace referencia a la responsabilidad social, y, por tal motivo, tiende a confundirse ambos conceptos, cuando, por ejemplo, se alude a la que deben tener las empresas privadas. Pero, como vimos, la responsabilidad social es mucho más amplia para los comunicadores y tiene que ver, fundamentalmente, con el manejo objetivo de los instrumentos que tiene a su cargo y que se vinculan fuertemente a los primeros tres componentes.

Estos componentes de la responsabilidad social de los comunicadores sociales no siempre son convergentes. Es más, normalmente son divergentes y presentan problemas de orden ético que se “resuelven” en el plano de las estructuras de preferencias individuales de cada comunicador. Por ejemplo, puede ser que una información sobre “espionaje” a un país vecino sea una noticia que cumple con el criterio de veracidad, pero que su difusión pueda ocasionar un perjuicio al país al generar un escenario de confrontación internacional(14).

Contradicciones de la plataforma de valores y captura bidireccional

¿Por qué suele encontrar obstáculos el comunicador para ejercer su responsabilidad social? Una parte de la respuesta se acaba de mencionar: la pretensión de abarcar todos los componentes de la responsabilidad social confronta normalmente al comunicador a fuertes dilemas éticos. De modo que un primer obstáculo es intrínseco al comunicador: su estructura de preferencias individuales que surgen de contradicciones en la plataforma de valores personales(15).

En función de esta plataforma de valores, el comunicador puede actuar buscando deliberadamente adecuar su comportamiento a la responsabilidad social, o puede hacerlo sin adecuarse a ella. En el primer caso, puede hacerlo consistentemente con todos y cada uno de los componentes, o enfrentarse al hecho de que en muchas ocasiones tendrá que ceder en uno para enfatizar otro, pero, en todo momento, buscando genuinamente la mejor solución posible que sea concordante con sus parámetros éticos. Incluso cuando genuinamente quiera dar prioridad a uno de los componentes, por ejemplo para defender una causa que percibe como subjetivamente justa, como consecuencia de su propia sensibilidad social, puede sin proponérselo entorpecer la aplicación de una conveniente política pública que habría requerido, más bien, el apoyo mediático para su óptima implementación, en vez de detonantes sociales que les pusieran freno(16).

En el segundo caso, el comunicador asume una postura anárquica y pragmática, tomando cada hecho como viene, sin sujetar su interpretación y tratamiento a ningún tipo de canon ético, sino únicamente atendiendo a sus propias preferencias individuales. En este último caso, la labor del comunicador social se desvirtúa y se desnaturaliza, porque solamente atiende a sus cercanías o lejanías emocionales para el tratamiento de los hechos a comunicar. Si los conflictos entre los distintos componentes de la responsabilidad social pueden ocasionar que el comunicador no pueda tratar la noticia casi nunca con objetividad, por definición, su tratamiento casi siempre es subjetivo y marcado por su propia manera de ver el mundo(17).

Otra parte de la respuesta tiene que ver con el entorno en que desarrolla su actividad comunicacional. Toda referencia a una responsabilidad social de los medios de comunicación implica que existe una relación entre medios y sociedad. Para efectos metodológicos, conviene hacer esta distinción, aunque los medios de comunicación son parte(18) de la sociedad. Un aspecto de este relacionamiento, que resulta fundamental para el análisis de la responsabilidad social de los medios, lo constituyen los escenarios de captura recíproca de la sociedad hacia los medios, en simultáneo con una captura desde los medios hacia segmentos de la sociedad, configurando un sistema de captura de ida y vuelta o bidireccional.

Se generan escenarios de captura cuando determinados actores que no tienen poder formal sobre otros tienen la capacidad de alinear sus objetivos con ellos, de manera que los actores capturados terminan realizando acciones convergentes con los propósitos de los que impulsan la captura. El cabildeo es un instrumento legal para lograr esa captura, entre otros. La corrupción es otro instrumento, no legal, para el mismo propósito. No toda captura implica prácticas corruptas.

La captura de medios es la que se produce desde la sociedad hacia los medios de comunicación, por segmentos sociales que ejercen presión para defender ciertas posiciones ideológicas, intereses grupales o políticas públicas concordantes con dichas posiciones e intereses. Normalmente se alude a grupos económicos de alto poder como segmentos influyentes en los medios de comunicación, algunas veces llegando a realizar acciones de corrupción(19). Pero no solamente pueden ser esta clase de grupos de interés, sino cualquier otro con poder suficiente para ejercer presión.

La captura mediática va en sentido opuesto. Es la captura que se da desde los medios hacia la sociedad, colocando la agenda y enfatizando los focos de interés que serán parte del “debate político”. La captura mediática es la materialización de la sensación de esa especie de “cuarto poder” que representan los medios de comunicación social. Se trata, en alguna medida, de una “captura derivada” en razón de que la agenda concreta que establecen los medios de comunicación en la sociedad se desprende, cuanto menos en parte, de los objetivos fijados por los segmentos captores que influyen en esos medios. Asimismo, es una captura masiva, sobre el total de la sociedad, a diferencia de la captura de medios, que es focalizada uno a uno.

La contradicción de la plataforma de valores y la captura bidireccional no constituye compartimentos estancos, sino que implica vasos comunicantes diversos. Por ejemplo, habrá más propensión a una captura de medios en la medida en que menos estructurada sea la plataforma de valores del comunicador. El caso clásico fue la compra de las líneas editoriales de varias estaciones televisivas por funcionarios instalados en la Administración Fujimori, caso en el cual la captura adquirió ribetes de corrupción generalizada. También ocurrirá que una más relajada estructura de la plataforma de valores dará lugar a comportamientos más orientados a la captura mediática para influir en segmentos de la opinión pública, o en entidades del propio aparato estatal. Aquí un caso típico puede ser el lobby organizado desde los medios periodísticos para la captura, enjuiciamiento y condena a Fujimori por delitos de lesa humanidad, parte del cual habría estado patrocinado por organizaciones vinculadas a ideologías políticas que fueron objeto de duros embates de su gobierno durante la década de los noventa.

Impacto de los medios en la construcción de confianza política

¿Cómo influye la contradicción de la plataforma de valores del comunicador y la captura bidireccional a la construcción de la confianza en el plano político? Pues en que produce el resultado de que la información tiende a manejarse, normalmente, fuera de los lineamientos de la responsabilidad social del comunicador. Aún si el componente de la sensibilidad social estuviera presente en el comunicador, con particular intensidad, su voluntaria u obligada adhesión a la política de los medios, que responde a las fuerzas de la captura bidireccional, podría hacer imposible en términos prácticos que tuviera alguna repercusión sobre el tratamiento de las noticias. En otros casos, la actitud parcializada, sesgada y prejuiciosa de ciertos comunicadores, puede y suele violar simultáneamente más de uno –o, eventualmente, todos– los componentes de la responsabilidad social.

La consecuencia de ese resultado es un sistema de comunicación social que se vuelve disfuncional a la construcción de relaciones de confianza. El papel del comunicador se pone en duda y va perdiendo sintonía con la población, de manera que su rol se va percibiendo ya no sólo como inútil, sino como abiertamente perjudicial. Su credibilidad específica se va mellando, y, por extensión, la del medio para el que trabaja y, en el extremo, la de todo el sistema comunicacional.

Pero lo peor sucede en la destrucción de la confianza al interior de la sociedad misma, y en las relaciones entre el Estado y la sociedad, a todos sus niveles(20). El clima de desconfianza arropa a la sociedad peruana y hace tambalear a la legitimidad de la autoridad. El papel de la prensa debe orientarse a la crítica y la fiscalización, porque ese es uno de sus principales papeles, en especial, en el terreno político donde hay tantas razones para desconfiar del comportamiento de los actores correspondientes. Pero no abunda la imparcialidad y la ecuanimidad en el tratamiento de la noticia o siquiera en el énfasis que se da a ciertas informaciones en vez de otras, que se materializa en tiempos disímiles asignados en los noticieros televisivos o en espacios asimétricos en los diarios. Muchas veces, los entrevistadores conversan con sus amigos, pero atacan a sus enemigos; o los redactores leen entre líneas lo que les dictan sus patrones de conciencia, pero no transmiten lo que la realidad manifiesta. Y esto sucede incluso en los más representativos y considerados referentes de opinión.

¿Cómo influyen las contradicciones de la plataforma de valores y la captura bidireccional a la política, y en particular, a las políticas públicas? Respuesta: tornándolas ineficaces e ineficientes. La implementación de políticas públicas es deficiente porque no son entendidas por la población, la cual se vuelve incapaz de seguirlas, si son convergentes al desarrollo, o de cuestionarlas, en caso que sean divergentes con el desarrollo. Ejemplo de estas implementaciones que han sido deficientes, o cuando menos, que no alcanzaron la plenitud de los efectos esperados, están la privatización, la descentralización –y la regionalización como expresión más lograda– y el desarrollo rural, incluyendo el de las zonas con presencia de nativos amazónicos y otros grupos de habitantes.

Otro conjunto de políticas públicas que tienen que ver con programas de apoyo social, tratados de libre comercio, alianzas público-privadas, entre otras, también requieren ser comunicadas apropiadamente a la población para sacarles el máximo provecho. La razón es por el cambio de paradigma relacional Estado-individuo, que ha pasado de ser vertical, en el cual el Estado marcaba el ritmo de la vida social autoritariamente, bajo modelos de sociedades cerradas y ámbitos territoriales compartimentados, hacia otro tipo de paradigma de relación más horizontal, en el cual los individuos exigen explicaciones a las entidades estatales, y que pueden operar solamente en sociedades abiertas, con una gran integración informativa y una transparencia importante en el manejo del conocimiento.

¿El análisis anterior permite deducir que la falla en la aplicación de las políticas públicas –sea porque pasan las malas o se frenan las buenas– que los medios son los máximos responsables de esa ineficiencia e ineficacia? No. Definitivamente, no todo es responsabilidad atribuible al comunicador social. El buen funcionamiento de las políticas públicas requiere también, por sobre todas las cosas, además de ser buenas políticas(21), lo que es una tarea de diseño en manos de los que hacen las políticas, de adecuadas estrategias comunicacionales desde la propia esfera gubernamental. El aspecto del diseño adecuado no requiere mayor precisión, ya que hay políticas que demostradamente no funcionan. Pero a pesar de ser buena una política pública determinada, su éxito de implementación adquiere mayores probabilidades cuando se parte de una adecuada estrategia de comunicación. ¿Por qué es tan clave la estrategia comunicacional para las políticas públicas? Porque i) el Estado siempre es sujeto de desconfianza (corruptelas); ii) se tiende a percibir que no se ven los resultados tangibles de los impuestos; iii) el Estado tiene poderosos incentivos a la ineficiencia; y iv) existen severas asimetrías de información entre el Estado y la ciudadanía. De ahí que, casi por default, es imprescindible saber comunicar las políticas públicas a la población para que tengan éxito.

Conclusiones

La creciente presencia de los medios de comunicación social en la agenda política peruana les obliga a asumir una responsabilidad cada vez mayor. Esta responsabilidad, en concreto, tiene que ver con el desarrollo de la sociedad. No pueden ya seguir siendo solamente espectadores. También tienen que asumir que son parte de las soluciones. El desarrollo requiere de reglas de juego estables para florecer. Para construirlas es preciso que una sociedad sea rica en capital social, definido como la capacidad establecer relaciones de confianza a muchos niveles. Esta es la base para a partir de ella entrar a analizar que rol de cabe a los medios, y que papel le cupo antes, en la construcción de esta sociedad de confianza.

Si la confianza es necesaria para construir las bases del desarrollo, ¿son los medios de comunicación constructores de confianza en el Perú? Por un lado sí, pero por otro, no. El uso ilimitado de la libertad de expresión de los medios ha permitido que la gente sienta que tiene un amparo ante el cual tramitar cualquier denuncia ante la violación de sus derechos, que no llegaría quizá ni a ser escuchada en los canales formales del Estado, o que perciba que las autoridades públicas están mejor controladas o que actos privados ilícitos sean puestos en manifiesto ante la opinión pública con prontitud, oportunidad y claridad, gracias a elementos de equipos audiovisuales. En este sentido “micro”, específico a cada situación, hay una confianza que se añade a la población. Incluso podría pensarse que la generación de un mercado real –“blanco” o “negro”– competitivo de información cotidiana, donde casi cualquier persona premunida con aparatos audiovisuales puede actuar de “reportero” y denunciar todo tipo de acto,  crea un ambiente en que al estar todos vigilados, todo se sabe y nada puede ocultarse. Lo que plantea, a la vez, la paradoja de confianza de que esa percepción implica la sensación de que lo privado ya no existe en términos de comportamiento social, lo que obliga a cada uno, a actuar desconfiadamente frente a otros.

Pero en un sentido “macro”, poco han hecho los medios de comunicación en la construcción de una superestructura cultural de confianza, porque si bien hay más transparencia relativa a otros tiempos, también existe mucho manejo tendencioso de los medios para resaltar generalmente los peores aspectos del sistema político peruano. Esto se traduce muchas veces en una crítica que no aporta soluciones y desinforma. Se puede afirmar que “en nuestra prensa se escribe mucho en contra de los políticos tradicionales y hay quienes plantean que se vayan todos” pero “en muchos casos, estos mismos críticos quisieran que se vayan los otros para poder reemplazarlos” y “soñarían con ser elegidos, pero se saben rechazados por la gente común”(22). Pero lo peor sucede al contrastar que esa crítica no siempre es tan prolija como se piensa, sino, en muchísimos casos, tendenciosa, producto por un lado del sesgo ideológico del comunicador unido a una escasa ética informativa,  y por otro, del desconocimiento de elementos fundamentales del funcionamiento de la política y la economía.

Asimismo, carece de lógica esperar que los jóvenes puedan creer en el sistema político y en valores de una sociedad política como las que se colocan como aspiraciones de Occidente, cuando permanentemente se les “bombardea” desde los medios de comunicación con afirmaciones negativas acerca de los que representan precisamente ese sistema político. En particular, en un país donde a los máximos representantes de ese sistema, que son los propios Presidentes de la República, se les tilda de ladrones, corruptos, alcohólicos, disipados, asesinos y hasta orates, es ilógico que después a esos mismos jóvenes se les exija adhesión a los “valores” del propio sistema político.

El resultado de estos procesos de impacto comunicacional es la construcción de una “ciudadanía de forma”, menguada por el desencanto y ejercida por personas que van creyendo menos en la institucionalidad, en la autoridad y en la ley, lo que nos lleva al punto inicial: menos capital social y menos posibilidades de desarrollo. El carácter de intangibilidad del producto comunicacional genera un espacio delicado, porque promueve la ligereza en el tratamiento de temas que requieren más reflexión y conocimiento, pero que, efectivamente, afectan la percepción de las personas acerca del proceso político y económico de su sociedad. Por la misma razón, la forma de ejecutar ese tratamiento se convierte en el centro de todo análisis del papel de los medios en el desarrollo y de la responsabilidad social de los mismos.

Es importante enfatizar que construir confianza no significa destruir credibilidad al ocultar la realidad. Los medios no son responsables por pintar un mundo que no existe y por ocultar la verdad(23). ¿Es posible emprender la construcción de confianza en la sociedad, a la par de presentar descarnadamente la realidad? Quizás la respuesta a esta interrogante final pueda ilustrarse mejor con la alusión a un referente periodístico como fue Walter Cronkite, recientemente fallecido(24), y que fue, a juicio de muchos, no solamente el ícono por excelencia del periodista televisivo sino el estadounidense más creíble(25). Pero, ¿cómo construyó esa credibilidad? Parece que su secreto era que “hablaba para su nación, pero como era la más importante del mundo, pudo establecer muchas cosas para las demás: la fuerza dramática de los noticieros estelares, la informalidad de los mañaneros, las entrevistas de actualidad con factor humano. Fue, por su fama y credibilidad, la conciencia de Estados Unidos, y por eso reportó por igual a demócratas y republicanos”(26). Fama construida a base de su credibilidad individual que le permitió desplegar sus dotes de eximio comunicador en temas tan cruciales para la historia reciente de la humanidad, como disímiles en su tratamiento informativo y en la problemática que expresaban, tales como los eventos de la Segunda Guerra Mundial, los juicios de Nuremberg, la guerra de Vietnam, el asesinato de John F. Kennedy, la llegada del Apolo 11 a la Luna, la casi tragedia del retorno a la Tierra del Apolo 13 y el escándalo Watergate, entre otros muchos. Y todo esto con la capacidad de incorporar un perfecto equilibrio entre objetividad, emotividad,  prudencia, serenidad y aplomo, simultáneamente y nada menos que en la televisión en vivo y alcanzando cúspides insuperables de rating para los estándares de su época.

Todas estas cualidades, presentadas simultáneamente, permiten discurrir en el quehacer periodístico a través del estrecho cerco entre la transmisión de la información de manera objetiva, pero comunicada para provocar conmoción en el receptor, sin afectar la objetividad. Parece que Cronkite no solamente poseía estas cualidades, sino que encajaría en el ideal de responsabilidad social que hemos consignado en un acápite anterior. Se acercaría al ideal de los máximos puntajes en los cuatro componentes consignados anteriormente. La pregunta relevante pasa a ser entonces si tenemos un equivalente peruano de Cronkite. Algunos pueden sindicar a Humberto Martínez Morosini o a Alfonso Tealdo. De periodistas más recientes, podría sumarse a este trío, a César Hildebrandt. Para otros, definitivamente, no es posible encontrar la referencia peruana27 Es una polémica abierta.

Quedan más preguntas que respuestas. Y, acaso, una sola certeza: que para mejorar el papel de la comunicación social como actor del desarrollo es paso previo indispensable desmitificarla, a la vez que asignarle responsabilidad. Y, finalmente, la respuesta estará, una vez más, en el ámbito de la acción individual de cada comunicador.

Notas

  1. Aunque el término ha sido tan masivamente empleado, que como sucede con otros, ha terminado por desvirtuarse.
  2. Smith, Adam. Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 2004, 2da edición, 13ra reimpresión.
  3. En su versión original, la teoría de Adam Smith postulaba que un país debía especializarse si podía hacer algo mejor que otro, pero no daba respuesta al caso en que no pudiera hacer nada mejor que el otro. Esto era consecuencia de la idea de Smith de que el intercambio solamente podría originarse en la existencia de ventajas absolutas en la especialización de la producción. La respuesta a esta cuestión tendría que esperar a David Ricardo con el afinamiento de la teoría de Smith, que llegó con convertirse en la doctrina de las ventajas comparativas. No podemos extender aquí esta explicación.
  4. Weber, Max. La ética protestante y el espíritu del capitalismo.  Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
  5. De Soto, Hernando. El misterio del capital. Empresa Editora El Comercio, Lima, 2000.
  6. Según Karl Popper, este prerrequisito es insoslayable. La aplicación práctica está en su predicción de lo que sucedería en la ex Unión Soviética una vez caído el Muro de Berlín. Véase  Bosetti, Giancarlo. La lección de este siglo: Karl Popper. Editorial Océano, México, 1992.
  7. Mises, Ludwig von. Política económica. Unión Editorial, Madrid, 2007, capítulo 5.
  8. Para un análisis detallado de cómo las redes de confianza permiten a las empresas afrontar nuevos desafíos de crecimiento y compromisos de inversión, véase Cegarra, Juan, Antonio Briones y María del Mar Ros. La confianza como elemento esencial para la mejora de la cooperación entre empresas: un estudio empírico en pymes. En: Cuadernos de Administración, volumen 18, número 30, julio-diciembre 2005, pp. 79-98, Bogotá, Colombia.
  9. Peyrefitte, Alain. La sociedad de la confianza.  Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1996.
  10. La función de producción clásica relaciona el producto con los factores productivos trabajo y capital. Marx coloca el énfasis en el factor trabajo, y amparado en la doctrina del valor-trabajo (sólo el trabajo genera valor) desarrolla su teoría de la plusvalía, la explotación, el conflicto social, la revolución proletaria y la autodestrucción del capitalismo. De esta manera, implícitamente Marx despliega una visión del desarrollo que se vincula a la existencia del factor trabajo, pues mientras abunde más este factor, se acelerarán las condiciones para la revolución al profundizarse las contradicciones intrínsecas del sistema capitalista. Mises coloca el énfasis en el otro factor y puede llegar, también implícitamente, a una visión del desarrollo vinculado a la existencia de más capital.
  11. Incluyendo la nutrición.
  12. No solamente legal.
  13. Lo que lleva a la discusión de si es mejor un sistema político con mayores atribuciones del Estado y más decisiones discrecionales desde el poder político o un sistema con menor  intervencionismo estatal y más libertades individuales. Tal discusión no la abordamos en el presente ensayo.
  14. La difusión de la revista Caretas acerca de actividades de espionaje encargadas a una empresa privada en proceso judicial, ilustra este punto. Véase Caretas, 30 de julio de 2009, Lima, Perú.
  15. Hablamos de “plataforma” y no de “escala” de valores. El término “escala” alude siempre a dos elementos que pueden ser discutibles: primero, que alude a una idea de medición cardinal; segundo, que aunque no fueran mensurables en el sentido cardinal, sino únicamente, clasificables en el sentido ordinal, los valores siempre y en toda circunstancia mantendrán dicho ordenamiento de unos sobre otros; y tercero, que alude a un concepto de ordenamiento único, siendo que no todos los individuos, incluyendo a los comunicadores, tiene que tener el mismo orden de prelación de unos valores por encima de otros.
  16. Un caso reciente es el del conflicto entre el gobierno peruano y los nativos amazónicos. Un caso más lejano es el de la fallida adjudicación en concesión de las empresas públicas de electricidad del sur peruano o la fallida regionalización a base de integraciones departamentales durante la Administración Toledo.
  17. Sobre este particular, no nos extenderemos demasiado porque implica entrar al terreno de lo moral y salirnos del campo estrictamente descriptivo del fenómeno estudiado.
  18. Cuanto menos, los medios privados. Los medios de comunicación en manos del Estado pueden considerarse como parte del aparato estatal.
  19. El caso más flagrante de esta clase de captura corrupta ocurrió en el gobierno de Fujimori, particularmente en el segundo, aunque no fue el único caso.
  20. Un modelo de relaciones Estado-sociedad se pueden encontrar en D´Medina Lora, Eugenio. Conflicto, Estado y democracia: una perspectiva desde las relaciones Estado-sociedad. En Revista Economía y Derecho. UPC. Número 23 Invierno 2009.
  21. Por comodidad, hablamos de “buenas” en el sentido de políticas que funcionen y que además sean convergentes a propósitos de mejoras en el desarrollo.
  22. Durán Barba, Jaime y Santiago Nieto. Mujer, sexualidad, internet y política: los nuevos electores latinoamericanos. Fondo de Cultura Económica, México,  2006, pp. 22-23.
  23. Esto iría en colisión con el componente de “perfección” de la información.
  24. Deceso producido el 17 de julio de 2009, en New York, EEUU.
  25. En un comentario editorial sobre la Guerra de Vietnam, expresado en el noticiero de la CBS, Cronkite en los siguientes términos: “La única salida racional será negociar no como vencedores, sino como gente honorable y consecuente con su defensa de la democracia y que hizo lo mejor que pudo” (Cronkite, Walter.  A Reporter’s Life. Alfred A. Knoff Publisher, Nueva York, 1996). Este comentario provocó que el propio Presidente Lyndon Johnson, dijo que si perdía a Cronkite, perdía a la clase media. Tal era la dimensión de su credibilidad e influencia.
  26. Rivas, Fernando. El testigo del siglo. En Diario El Comercio, 27 de julio de 2009. Lima, Perú
  27. Ibid. Según Rivas, porque “la historia no nos ha dado ni estabilidad ni poderío para determinar un justo medio opinante, para tener una conciencia moderada que no sucumbiera a miedos, radicalismos o viles tentaciones”.

Eugenio D´Medina Lora es profesor de la Facultad de Comunicaciones de la UPC, director ejecutivo del Centro de Estudios Públicos del Perú (CEPPER) y miembro de Departamento de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es economista graduado en ciencias sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú y MBA de la Universidad de Quebec en Montreal. Es también profesor de las maestrías en ciencia política y administración de negocios en la Universidad Ricardo Palma, investigador asociado de la Sociedad Economía y Derecho de la UPC y columnista de opinión sobre temas de política y economía en diversos medios periodísticos nacionales y extranjeros.

CUESTIÓN DE CONFIANZA

Por Luis Alfonso Morey

¿Por qué confiar? ¿En quién confiar? ¿Cómo hacerlo inteligentemente? ¿Cuán confiables somos? ¿Acaso confiamos demasiado? ¿Es posible recuperar la confianza perdida? Son algunas de las preguntas a las que buscamos dar respuestas.

La confianza está presente en casi todo lo importante que hacemos en nuestras vidas y generalmente no somos conscientes de ello. Nuestros procesos de toma de decisiones la tienen como uno de los elementos más importantes. Este análisis aborda perspectivas tan complementarias como el modelo del Proyecto de Negociación de la Universidad de Harvard, el análisis económico del comportamiento humano, las ciencias sociales y la neuroeconomía.

“Existen dos causas que generan todas las confusiones:
No decir lo que pensamos y no hacer lo que decimos.
Cuando decimos lo que pensamos y hacemos lo que decimos,
nos volvemos dignos de confianza.”
Angeles Arrien, Las cuatro sendas del Chaman


Preámbulo

Hace poco, en Nueva York, a los 92 años, murió Walter Cronkite, el hombre más confiable de Estados Unidos por la credibilidad que obtuvo durante su trayectoria como periodista. Augusto Alvarez Rodrich(1) escribió al respecto: “La credibilidad es la mayor fortaleza que puede lograr una persona. Cronkite la construyó desde el noticiero de televisión que condujo a la seis de la tarde, entre 1961 y 1982, donde ofrecía ‘su’ verdad de las noticias que narraba. La gente podía eventualmente discrepar de su opinión, pero jamás puso en duda que ésta nunca era influenciada por motivos subalternos. Tras visitar Vietnam, Cronkite comentó en su programa que EEUU no podía ganar esa guerra; poco después, el presidente Lyndon B. Johnson anunció que no iba a la reelección, y dijo: “Si perdí a Cronkite, perdí al americano promedio”. La construcción de la credibilidad de un periodista exige que su opinión sea independiente de cualquier tipo de poder: político, económico y especialmente de los gobiernos”.

Así de importante es la confianza y la credibilidad en el mundo del periodismo y la política. Pero lo increíble es que así de importante es también en muchos otros aspectos de nuestras vidas: desde la familia hasta los negocios, desde la banca hasta la diplomacia. Aquí intentaremos abordar el tema de la confianza desde distintas perspectivas.

La confianza se manifiesta de manera singular en cada una de las relaciones interpersonales de la vida diaria. Aparece en las grandes decisiones que uno toma. ¿Habrá una cultura de la confianza, la que se aprende en las universidades? ¿O la vida nos la da gratuitamente, como una fruta que tenemos que hacer madurar cayendo y sufriendo pérdidas y desilusiones?

La experiencia nos demuestra que podemos prever casos de desconfianza y reconocer una tan sólida como la que existe en la amistad más cercana. A lo largo de nuestra vida llegamos a establecer diferentes grados de confianza con la gente, separando a quienes hacemos merecedores de la misma y a quienes no. Confiamos en determinadas personas para ciertos temas y en otras para asuntos diferentes. Confiamos en el diario que compramos para leer las noticias y opiniones del día y en los noticieros que vemos. Confiamos en el político por el que votamos, en la aerolínea que utilizamos y en la marca del auto que conducimos. Confiamos en la nana que cuida a nuestros hijos, pero de una manera muy diferente a la forma en la que confiamos en el banco en el que depositamos nuestros ahorros. Son relaciones de distinta naturaleza, pero en todas ellas la confianza es primordial.

Con el tiempo y las experiencias personales, uno va escogiendo y descartando a los que fallan y quiebran la confianza. Todos podemos hacer una lista de personas de fiar y también podemos hacer una con las personas con las que no haríamos un trato nunca porque sabemos de antemano que nos fallarían.

El objetivo que perseguimos aquí es presentar una reflexión en torno a qué tan presente está la confianza en nuestras vidas y analizar aspectos como qué tan confiables somos, por qué lo somos o en qué situaciones y en quiénes podemos confiar.

¿Dónde está la confianza?

La confianza engloba y aborda, de una manera general, todos los campos de nuestras vidas. Es la piedra angular de un matrimonio; de la sana relación con los hijos; de una positiva relación con los socios en una empresa. Las relaciones diplomáticas entre países se basan en este concepto. Los políticos exhortan confianza a sus electores; los gestores de empresas hacen lo mismo con sus inversionistas, los banqueros buscan generar confianza en sus ahorristas, las empresas en sus clientes y los líderes en sus seguidores. La vida misma está basada en relaciones de confianza. Tiene que existir confianza entre el médico con su paciente, entre el abogado con sus clientes, el sacerdote con sus feligreses y el periodista con sus lectores. En el campo de la economía global, todas las bolsas de valores y las instituciones financieras del mundo están basadas en la confianza. La economía moderna requiere para su adecuado funcionamiento que las personas confíen en las instituciones que las rodean.

La confianza atraviesa todas las relaciones humanas y hasta hoy el tema es abordado en forma tangencial por buena parte de los sistemas educativos. Las más prestigiosas escuelas de negocios del mundo hoy están revisando sus planes de estudios para abordar mejor este valioso generador de éxitos en la vida empresarial.

A raíz de casos de abuso de confianza como el de Enron y el más reciente de Bernard Madoff –quien reconoció haber hecho una estafa piramidal de 65,000 millones de dólares– nunca antes ha existido tanta preocupación por la crisis de confianza a nivel mundial.

¿Por qué confiar? ¿En quién confiar? ¿Cómo hacerlo inteligentemente? ¿Es posible recuperar la confianza perdida? ¿Cuán confiables somos? Son preguntas a las que buscaremos dar respuestas en las siguientes líneas.

¿Confiamos demasiado?

Hay personas que generan confianza espontáneamente. A otras les cuesta trabajo y esfuerzo. Por lo general, ganar la confianza de alguien toma tiempo y perderla puede demandar escasos segundos. Un malentendido, una frase sacada de contexto, la filtración de un chisme no aclarado o una palabra dicha en el momento equivocado se puede traer abajo una relación construida en años.

La confianza es la pieza clave en los negocios, pero no solamente en ese ámbito. Puede decirse que la confianza es uno de los elementos que nos permite disfrutar con la gente de los buenos momentos de la vida. La confianza es también un regocijo, es la tranquilidad y satisfacción de sentirnos protegidos y saber que se cumplirá aquello que nosotros esperamos de otra persona. Si no existiera confianza en los demás ni hacia uno mismo, resultaría imposible el crecimiento y las posibilidades de desarrollo.

En el mundo de los negocios, si no existe suficiente confianza, es sabido que se requieren abogados, contratos, garantías y una serie de complejos mecanismos que aseguren que la otra persona con quien se negocia algo cumplirá su palabra. Si hay confianza entre dos personas, en cambio, todo es más llevadero, fácil y económico. Si además de la confianza existe una relación de amistad, incluso todo es mucho más sencillo. Toda relación humana cercana –familiar, amical, empresarial o profesional– está basada en la confianza.

En el plano afectivo, la confianza es espontánea: el hijo confía en sus padres, los alumnos en sus maestros, las esposas en sus esposos. En otros casos, como el mundo de los negocios, la confianza se gana, fundamentalmente, con un comportamiento ético, con una trayectoria de vida llamada reputación.

Para una empresa, el buen manejo de sus marcas, su capacidad para satisfacer adecuada y oportunamente a sus consumidores, la hacen merecedora de la confianza de la gente, la diferencian del resto. La confianza es pues un símbolo de distinción.

¿Qué es la confianza?

La Real Academia de la Lengua define a la confianza, en su primera acepción, como “la esperanza firme que se tiene de alguien o algo”. En Wikipedia se señala que la confianza “se considera por lo general la base de todas las instituciones y funciona como correlato y contraste del poder, consistente en la capacidad de influir en la acción ajena para forzarla a ajustarse a las propias expectativas”.

La confianza –como el amor y la libertad– es uno de los valores humanos esenciales que todos hemos internalizado. Intuitivamente sabemos que la confianza es importante, sobre todo cuando ésta falla y aceptamos que la confianza es algo trascendente para nuestra vida en sociedad.
Construir confianza comienza con un honesto entendimiento de ella, pero entender la confianza en su real dimensión requiere de práctica y de un comportamiento recto. Eso es lo que desarrollaremos en estas páginas.
Stephen M. R. Covey, en su libro “El Factor Confianza”, señala que la confianza consta de dos elementos: por un lado lo que él llama el carácter, que es la combinación de tener una buena reputación y hacer gala de integridad. Explica que una empresa transmitirá confianza en la medida en la que se reconozca su buena reputación y sus actuaciones íntegras. Tendrá lo que se conoce como “buena fama”. Por otro lado, de nada servirá la reputación y la integridad si ésta no viene acompañada de resultados, de buenos productos y buenos servicios.

Dicho en otras palabras, para ser digna de confianza una persona o una empresa debe no solamente gozar de buena reputación, sino que debe estar en capacidad de poder brindar el resultado esperado. La confianza también es un resultado del respeto hacia las capacidades y habilidades del otro.

Confiar es bueno y está demostrado que trae como consecuencia una serie de efectos positivos. Sin embargo, hay quienes sostienen que en el mundo actual confiamos con demasiada facilidad. Y es que existen otros elementos de carácter biológico que debemos considerar. Nuestra química corporal nos recompensa por confiar. El profesor de Stanford Roderick M Kramer, en su artículo Repensar la confianza en Harvard Business Review, explica que decidimos rápidamente confiar en otros sobre la base de simples señales superficiales, tales como el aspecto físico. Kramer nos indica –con demostraciones científicas– que si el aspecto físico de una persona es parecido al nuestro se establece fácilmente un vínculo de confianza. Kramer, además, nos presenta estudios en el campo de la neuroeconomía, donde se ha demostrado que la oxitocina(2) –una poderosa sustancia encontrada en nuestros cuerpos– puede estimular tanto la confianza como la fiabilidad entre las personas. Existen estudios científicos que demuestran cuán íntimamente está relacionada la oxitocina con los estados emocionales positivos y con la creación de conexiones sociales. El contacto físico tiene también una fuerte conexión con la experiencia de la confianza. De ahí que rituales como un apretón de manos firme y mirando a los ojos sea tan significativo al momento de establecer un contacto personal.

Somos seres sociales y es por eso que estamos diseñados para conectarnos entre nosotros, para establecer vínculos con otras personas. El conectarnos con los demás y que los demás se conecten con nosotros constituye la base de la confianza.

Incluso las personas pueden pensar y decir que son desconfiadas, pero en su conducta diaria revelan algo muy distinto: que muchas veces confían incluso sin querer hacerlo. Se puede decir que nuestros cuerpos están programados para confiar. El asunto ahora es hacerlo inteligentemente.

Un aspecto que debe mencionarse es que para que realmente funcione la confianza, ésta debe ser mutua, recíproca. Normalmente existe reciprocidad cuando se establece una relación entre dos personas que gozan de una posición más o menos parecida. Sin embargo, no pasa lo mismo cuando existe una enorme asimetría de poder entre las partes. Un cliente confía en el supermercado donde hace sus compras, pero no necesariamente ocurre al revés. Lo cierto es que en tanto exista cierta simetría en el poder de negociación de las partes, cada una confiará en la medida de que la otra también lo haga. En casos de asimetría de poder la confianza se generará no en función a la reciprocidad, sino con base en otros criterios, como la credibilidad de las partes.

Laurence Cornu en La confianza en las relaciones pedagógicas señala que la confianza no es otra cosa que una hipótesis sobre la conducta futura del otro con quien nos vinculamos. Es una actitud que concierne al futuro, en la medida en que ese futuro depende de la acción de otro. Es sus palabras, la confianza es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse del no-control del otro y del tiempo.

A confiar con inteligencia

Muchas veces uno se pregunta qué debe hacer una persona para confiar y ser confiable. Para llegar a ser una persona digna de confianza, con credibilidad, uno debe siempre cumplir con su palabra. Tan simple como eso. Ser confiable es fácil en la medida de que estemos acostumbrados a decir la verdad y cumplir la palabra empeñada, aún en situaciones extremas. Del mismo modo, uno confía en otro en la medida en que sabe que la persona con quien se relaciona no le fallará.

Hacen falta otros factores, pero lo más importante es, como se dice, comportarse adecuadamente, a la altura que exigen las circunstancias. La consistencia, el ser predecible y el que la gente sepa que uno no va a incumplir su promesa es fundamental para una sana circulación de este elemento.

La confianza es más que una virtud social. Hemos dicho, además, que es un motor que mueve la economía. La confianza es una habilidad que se aprende, que incrementa la rentabilidad en las organizaciones, que reduce los costos transaccionales y que hace las relaciones interpersonales más dinámicas. Cuando existe confianza las operaciones económicas son más eficientes, los intercambios más rápidos y las relaciones entre quienes interactúan son mejores.

La confianza transforma a las personas y las hace evolucionar para tener una relación de colaboración y mutuo beneficio. La falta de confianza, en contraposición, limita la capacidad de interrelacionarse y los miedos y temores que ésta genera dificulta poder crecer.

Dicen que la confianza es como el dinero: difícil de ganar y fácil de perder. Para ganar la confianza de la gente y poder influir en las personas hemos indicado que lo más importante es decir la verdad y ser capaz de cumplir lo que se promete. Con ese comportamiento –a lo largo de la vida– uno va ganando credibilidad y se convierte en una persona confiable.

Existen muchos mecanismos, ejercicios y técnicas para generar confianza. El más conocido y práctico es la generación de la amistad sincera. La amistad no se impone ni se programa. La amistad se basa justamente en el establecimiento natural de mutua confianza. Se genera en distintos momentos de la vida y por diversas situaciones: en el colegio, la universidad, en el vecindario, en los negocios; las razones por las que surge son las más variadas: intereses y tópicos comunes, preferencia por ciertos deportes, aficiones similares, necesidades complementarias o recíprocas, etc.

La amistad se muestra en los momentos felices de una persona: el nacimiento de un hijo, la celebración de un ascenso en el trabajo, la inauguración de una nueva casa, la firma de un contrato importante, así como en  los momentos duros, como la pérdida de un ser querido, una hospitalización o momentos parecidos. La amistad también se materializa cuando se comparte un momento para pedir un consejo o contar sobre un proyecto o en situaciones donde simplemente se intercambian ideas.

Como seres sociales, necesitamos de personas a las que podamos recurrir solamente para hablar, para que nos escuchen y recurrimos a ellas porque tenemos la confianza de que nos prestarán atención y se interesarán por nosotros.

Debe tenerse presente que dentro del marco del Análisis Económico(3) del comportamiento humano se sostiene que las personas hacen aquello que les conviene y no aquello que no les reporta beneficios. No se trata por cierto de un frío análisis monetario, sino de un análisis integral –muchas veces rápido e inconsciente– de las relaciones interpersonales y los beneficios y perjuicios que éstas traen consigo.

Por eso es importante considerarlo no solamente en el campo del establecimiento de relaciones sociales, sino al momento de evaluar si es que es posible confiar en una persona o no.

Una persona, generalmente, se comportará racionalmente, es decir, realizará aquello que considera que le reportará beneficios y no lo que piensa que le traerá perjuicios. Dicho en términos del Modelo de Negociación de Harvard(4), obrará de modo tal que logre satisfacer sus intereses. Es por ello indispensable conocer cuáles son esos intereses en juego al momento de negociar.

Podré confiar en que un acuerdo se cumplirá sin problemas siempre que éste logre satisfacer los intereses de las personas que han participado en una negociación. Si una no logra satisfacer sus intereses con el acuerdo al que ha arribado, no tendrá incentivos reales para cumplir con éste.

Hasta donde confiar: ¿Dónde están los límites?

¿Se puede confiar a ciegas? ¿Es posible hacerlo? La experiencia demuestra que si uno no desea sorpresas desagradables, lo mejor es no confiar a ciegas. Si uno no conoce bien a su interlocutor, por más confiable que parezca, lo razonable es confiar con prudencia, recabar información básica y sobre esa base tomar una decisión.

Uno debe contar con información suficiente que le permita determinar si la persona con la que se va a vincular y en quien pretende confiar es capaz de cumplir con su palabra y si tiene la real intención de cumplir. Además, debe conocer sus antecedentes, su historial, la forma como se ha comportado antes en situaciones similares. De ahí que las referencias personales y las cartas de recomendación en muchas ocasiones sean tan importantes.

En muchos casos, sin embargo, la confianza es también un acto de fe. Incluso la persona que parece más confiable y que tiene mejor historial puede incumplir. Siempre existe la posibilidad de que eso ocurra y es por eso que los abogados recomendamos en los contratos siempre establecer una cláusula de salida. Y es que uno debe estar preparado para todo y saber de antemano qué consecuencias puede traer un incumplimiento voluntario o involuntario de la otra parte.

Muchas personas se guían por su intuición, pero eso no es suficiente ni recomendable. Es mejor cerciorarse. No se trata de confiar por confiar. Dependiendo del marco cultural y del contexto, la confianza puede o debe presumirse. Debe tenerse muy en consideración el contexto y el lugar en el que se establece una relación o dónde se pretende realizar un negocio o cerrar un trato. La legislación peruana, como la de la mayor parte del mundo occidental está basada en la buena fe de las personas. Presumimos que la gente actúa, generalmente, con buenos propósitos. Sin embargo, lo más recomendable para evitar decepciones y malos ratos es actuar con la debida diligencia. Realizar el due dilligence para confirmar que aquello que se  dice o promete en el marco de una negociación puede realmente ser cumplido.

La pérdida de la confianza

Todos conocemos casos de pérdida de la confianza. Desde asuntos familiares hasta temas empresariales, políticos o diplomáticos. Una actuación inapropiada, un incumplimiento y automáticamente todo lo que uno ha construido con esfuerzo durante un largo periodo se destruye. Un acto de infidelidad marital en el aspecto familiar o la violación de una cláusula de confidencialidad en un asunto de negocios difícilmente permiten que la relación entre las dos personas continúe.

Las mentiras -grandes y pequeñas- confunden, destruyen la confianza y pueden provocar la ruptura de las relaciones interpersonales. Así como un engaño amoroso destruye una relación de pareja, un padre que miente a su hijo destruye la confianza que éste puede tener en él. Es fácil perder la confianza en alguien cuando esa persona con quien tratamos no actúa con justicia y transparencia. Sea un comerciante, un profesional o un amigo, si esa persona se aprovecha de nosotros, abusa de nuestra falta de conocimiento en un tema o de nuestra buena fe, destruye la confianza y la relación se acaba. Y es que la mentira busca siempre ocultar, en todo o en parte, la realidad. Mentir implica engañar intencional y conscientemente. Mentir está en contra de los cánones morales de muchas personas y está catalogado como pecado por muchas religiones. Los filósofos están divididos sobre si se puede permitir a veces una mentira(5). Un mentiroso es una persona que tiene cierta tendencia a decir mentiras. Debe tenerse presente que la tolerancia de la gente con los mentirosos por lo general es muy pequeña, y a menudo sólo se necesita que se sorprenda a alguien en una mentira para que se le etiquete como mentiroso y se le pierda para siempre la confianza.

Que las mentiras desaparezcan del ámbito de la política, de la justicia, de la diplomacia, del periodismo y de otros muchos ámbitos de la vida social es algo virtualmente imposible, pero lo que sí es posible es controlar nuestro propio comportamiento actuando con veracidad y exigiéndola.
Llevando el tema de la confianza al terreno de los negocios, debemos destacar que en el plano empresarial peruano existe el concepto de la “criollada”. Esta consiste en aprovecharse de alguien en una negociación, engañarlo, sacarle el máximo provecho y creer que con eso se ha hecho un gran negocio. Esa mezcla de viveza, astucia y abuso de poder que a veces hace sentir ganadoras a esas personas mina la confianza y las convierte automáticamente en personas peligrosas de las que hay que alejarse. Esas personas muchas veces no son conscientes del enorme daño que le hacen a su prestigio y reputación comportándose de esa manera, y a la larga sufren las consecuencias. La improvisación y el engaño suele servir para quien no mira el largo plazo o para los que no tienen escrúpulos, pero no para quien quiere ocupar una posición importante y respetable en el mundo de los negocios.

Dentro de este esquema, donde la confianza pasa al último lugar, otro efecto que muchos buscan en una negociación es “ganarle” a la otra parte a toda costa en el proceso. Frente ese enfoque existe una manera más inteligente y productiva de enfocar las negociaciones y es la que fue desarrollada por los profesores Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton del Proyecto de Negociación de la Universidad de Harvard(6). Ellos desarrollaron el método que se conoce en el mundo como el modelo de los 7 elementos y en él plantean enfocar las negociaciones de una manera colaborativa e integradora. En este modelo el tema de la confianza es medular. El método consiste en enfocarse en satisfacer los intereses en juego en una negociación -los propios como los de la otra parte-, hacerlo de forma creativa, justa y en un proceso colaborativo basado en la confianza mutua. La idea central detrás de este enfoque es aprovechar al máximo las negociaciones, crear y distribuir valor y no dejarlo sobre la mesa en la que se negocia. El objetivo que se alcanza con este enfoque es satisfacer los intereses en juego, mantener una buena relación con quien se negocia y ser eficientes y justos. Y es que en este enfoque se tiene presente el largo plazo y todos los beneficios que trae consigo confiar y laborar. Es un método que permite ser íntegros y confiables y, al mismo tiempo, alcanzar los resultados que buscamos.

A todo esto debe sumarse el hecho de que hoy en día es inevitable ser transparente. En el mundo de los negocios, la capacidad de ocultar secretos está desapareciendo. No basta con decir la verdad y ser honesto, hay también que parecerlo, es la regla. En términos de la confianza, las percepciones son tan fuertes como las realidades. Cada detalle es importante para que la real confianza se pueda proyectar.

Algunos sostienen que es imposible recuperar la confianza. La mejor imagen para graficar esto es el de una porcelana muy fina que es rota y luego pegada: No queda igual. Tampoco existe crisis de confianza: o se confía o no. No hay términos medios. Pese a que es un asunto complejo, diversos ejemplos en el mundo demuestran que la confianza perdida sí se puede recuperar. Lo vemos en políticos, entidades bancarias y relaciones familiares.

De ahí que la forma en la que nos relacionamos con nuestro entorno, el estilo con el que negociamos y la forma en la que nos comportamos con las personas sea tan importante. Cualquiera que sea la profesión que uno tenga, lo que mayor valor adquiere con el tiempo es su reputación. Ésta puede ser positiva como negativa. Cuanto más sonado es un aspecto favorable de la trayectoria de una persona, en el tiempo inmediato, más pulcra será la imagen; más atractiva y respetada será la confianza hacia ella. Y ocurre lo mismo en el caso inverso. El desprestigio y la mala imagen pueden limitar el radio de acción de un individuo. De la información sobre el cumplimiento de obligaciones se valen, por ejemplo, las casas de créditos con sus clientes: rastrean en las bases de datos especializadas para otorgar su confianza. Si una persona es cumplida tendrá un buen historial crediticio y se le abrirán las puertas de todos los establecimientos. En cambio, en caso que éstos hayan pasado una fecha estimada de pago, los indicadores de riesgo subirán y la mala reputación crecerá. El mal comportamiento en el mercado restringe la libertad de las personas. La confianza también es pues un productor de libertades. Habría que preguntarse cuán libre es uno cuando produce desconfianza.

A manera de conclusión

A la luz de las distintas aproximaciones al tema, podemos concluir que no se puede obligar a la gente a confiar en uno, pero sí podemos ser personas confiables. Comparto a continuación un resumen de algunas ideas sacadas de diferentes enfoques sobre la confianza, las que pueden resultar útiles.

  • Uno debe ser predecible y tener credibilidad. Para ser confiable, el comportamiento de una persona no debe ser como el azar. Tiene que existir cierto grado de predictibilidad. El mapa conductual en los negocios se tiene que ver en todos nuestros pequeños y grandes actos. La credibilidad está basada en ser una persona digna de fe y confianza.
  • El cumplimiento de la palabra empeñada es fundamental. Decir lo que pensamos y hacer lo que decimos nos convierte en personas coherentes y, por ende, confiables.
  • No asumir compromisos más allá de los límites permite tener el control de la situación y no verse negativamente afectado por el incumplimiento de terceros. Si algo está fuera de control, uno no tiene por qué asumir compromiso al respecto.
  • Ponerse en los zapatos de la otra persona. No hay nada mejor que explorar cuáles son las motivaciones, los intereses, los miedos y temores que existen en la persona con quien uno se va a relacionar. Eso permite entender su comportamiento y construir fórmulas de solución o de acuerdo a lo que se negocia y generar un clima de confianza.
  • La reputación se construye permanentemente. No permita que digan cosas falsas sobre usted. Si es así, lo mejor es aclarar los incidentes y que la verdad prevalezca. Un incidente mal aclarado puede traer consecuencias inesperadas y una “mala fama” inmerecida.
  • Ser puntual no es un detalle. Es primordial estar a tiempo. No tener en consideración el tiempo de las otras personas denota desinterés por el otro, genera malestar y mina la confianza. La puntualidad es la primera tarjeta de presentación.
  • Emplear criterios de legitimidad en las negociaciones permite ser justos y percibidos como tales. Su utilización ayuda a que no parezcan abusivas ni caprichosas las ideas y propuestas y ayuda a que las partes que negocian estén satisfechas con el acuerdo al que se arriba.
  • Relacionarse y comprometerse con cuidado. La debida diligencia es imprescindible si uno no quiere tener sorpresas desagradables. Es preciso saber con quiénes se relaciona y conocer los fines que persiguen. Si eso es claro, la relación con la contraparte será directa y sincera.

Buenos indicadores de confianza son la cantidad y la calidad de amigos que tenemos, el número de personas que acuden a nuestro negocio o institución, la cantidad de gente que está dispuesta a delegarnos cosas importantes o las responsabilidades que a uno se le asignan en el trabajo.

Tener presente cuán importante es la confianza en nuestras vidas nos puede evitar problemas, nos puede generar una serie de oportunidades en el ámbito familiar, social o empresarial y puede servir a que nuestros procesos de toma de decisiones en todas esas áreas sean más eficientes.

Referencias Bibliográficas

  • ARRIEN, Angeles. http://www.angelesarrien.com/
  • BECKER, Gary S. Nobel Lecture: The Economic Way of Looking at Behavior, The Journal of Political Economy, Vol. 101, No. 3. (Jun., 1993).
  • CORNU, Laurence. La confianza en las relaciones pedagógicas En: Construyendo un saber sobre el interior de la escuela. Buenos Aires, Ediciones Novedades Educativas, 1999. p. 19-26
  • COVEY, Stephen R. El Factor Confianza, Ed. Paidos, 2007, 496 pp.
  • ERTHEL, Danny (Editor) Negociación 2000. Mc Graw Hill, Santa Fe de Bogotá, 1996. 376 pp.
  • FISHER, Roger, URY, William L. and PATTON, Bruce. Getting to Yes: Negotiating Agreement without giving in. Penguin Books, New York, 1991. 200 pp.
  • O´TOODLE, James y WARREN Bennis. Lo que se necesita para el futuro: una cultura de la sinceridad. En: Harvard Business Review, Junio 2009.
  • PODOLNY, Joel M. La responsabilidad empieza y termina en las escuelas de negocios. En: Harvard Business Review, Junio 2009.
  • KRAMER, Roderick M, Repensar la confianza – Rethinking trust, Harvard Business Review, Junio 2009.
  • RAIFFA, Howard. The Art and Science of Negotiation. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1982. 373 pp.

Notas

  1. En su columna de opinión en el Diario La República. http://www.larepublica.pe/claro-y-directo/19/07/2009/cuestion-de-confianza.
  2. La oxitocina es una hormona relacionada con los patrones sexuales y con la conducta maternal y paternal que actúa también como neurotransmisor en el cerebro. Se sostiene que su función está asociada con la afectividad, la ternura, el contacto y el orgasmo en ambos sexos. Algunos la llaman la “molécula de la monogamia” o “molécula de la confianza”. En el cerebro está involucrada en el reconocimiento y establecimiento de relaciones sociales y en la formación de relaciones de confianza y generosidad entre las personas.
  3. Gary Becker es un economista estadounidense, Premio Nobel de Economía en 1992, quien ha desarrollado una serie de ideas en torno al análisis microeconómico en una serie de comportamientos humanos fuera del mercado. Partiendo de su enfoque económico, Becker afirmó que los individuos actúan de manera racional. Investigó este supuesto en cuatro áreas de análisis: el capital humano, la criminalidad, la discriminación por sexo o raza y el comportamiento de las familias.
  4. El Modelo de Negociación de la Universidad de Harvard es uno de los más efectivos marcos metodológicos para desarrollar negociaciones. La distinción clave entre intereses y posiciones es una de las contribuciones principales de esta metodología. De acuerdo a ella las personas actúan en las negociaciones con la finalidad de satisfacer ciertos intereses, que son las motivaciones, aspiraciones y preocupaciones que deben ser atendidas.
  5. Platón decía que sí se justificaba mentir, mientras que San Agustín y Kant sostenían lo contrario.
  6. Un buen resumen del modelo de negociación se encuentra en el libro Getting to Yes: Negotiating Agreement without living in (Sí, de acuerdo. Cómo negociar sin ceder), escrito por Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton.

Luis Alfonso Morey es abogado por la Universidad de Lima y Master in Media Management por la Universidad de Navarra. De ha desempeñado como abogado y consultor para diversas empresas e instituciones, ha sido director de Cable Canal de Noticias, gerente general de RBC Televisión y asesor de la Alta Dirección de Panamericana Televisión, responsabilizándose de conducir “Más allá de la noticia” en Canal 11 y “24 Horas, Edición Central” en Canal 5. Es profesor de la UPC en los Cursos “Sociedad y Estado en el Perú” en la Facultad de Comunicación y “Gobernabilidad” en la Facultad de Derecho.

EL RIESGO DE CONFIAR

Por Liliana Galván

Tanto el que “otorga la confianza”, como el que “la recibe” son autores de la dinámica de sus interacciones. Es fundamental que esta relación, que se construye sobre la base del riesgo, sea reconocida y analizada. El que confía debe reconocer el grado de propensión que tiene para confiar y  a partir de cuánta información o tipo de sentimientos construye su “confianza en el otro” y sobre qué señales se funda. Y el que recibe la confianza debe conocer las expectativas que sobre él descansan. Ambos son responsables de la construcción o de la destrucción de la confianza.

¿Por qué a mí? es la frase que surge cuando sientes que has sido traicionado por algo inesperado, algo que jamás imaginaste que podía suceder. Te sientes decepcionado, desubicado, desautorizado y, a la vez, responsable por las fatales consecuencias de la pérdida de confianza. ¿Con quién estuve conviviendo, por qué no me di cuenta, de qué modo me he engañado, hasta qué punto he sido también responsable y me he coludido con mi agresor? ¿En qué basé mi confianza? ¿Habré sido demasiado ingenuo? ¿Será en adelante necesario asumir una actitud vigilante? ¿Volveré a confiar?

Pensamientos semejantes nos pueden invadir ante situaciones en las que la confianza ha sido burlada. Le sucede a parejas, a instituciones, al Estado o a uno mismo, cuando el autoengaño aparece cada vez que uno deja de ser consistente con sus propios valores. ¿Por qué a mí? puede parecer una respuesta narcisista ante esa voz que te dice: «Yo soy omnipotente» y, aunque eso suceda históricamente desde que Caín mató a Abel, «yo no he hecho nada para merecerlo».

Pero una relación de confianza, según Mayer (1995), es una relación diádica, en la que ambos tienen un rol y un compromiso. Tanto el que «otorga la confianza» (trustor) como el que «la recibe» (trustee) son autores de la dinámica de sus interacciones. Esta relación, que se construye sobre la base del riesgo, se sostiene fundamentalmente en el reconocimiento y análisis. El que confía debe reconocer el grado de propensión que tiene para confiar y a partir de cuánta información o tipo de sentimientos construye su «confianza en el otro» y sobre qué señales se funda. Y el que recibe la confianza debe conocer las expectativas que sobre él descansan.

A partir de esta diferenciación de roles que hace Mayer, se podría plantear —por oposición— la existencia de «antirroles» cuando la confianza se rompe y se inicia una nueva relación entre el «defraudado» y la persona que ha «traicionado». El costo de esta nueva relación puede ser muy alto, por lo que puede transformarse en un vínculo de amor–odio, en un nuevo acuerdo legal con mayores restricciones, o en una relación que penaliza o controla persecutoriamente cada paso del que traicionó la confianza. En el caso de una relación laboral, este puede ser el principio de una relación de hostigamiento, en el que los roles iniciales se invierten. En el caso de las relaciones matrimoniales, ese «juntos hasta que la muerte nos separe» se puede tornar en una cadena perpetua.

La confianza puede ser concebida como una sólida roca, pero también puede visualizarse como un delicado cristal. Al respecto, Rodrigo Yáñez(1) (2008) realiza un estudio para explorar cuál es el significado metafórico de la confianza y encuentra, entre las metáforas más citadas, que la confianza es como «los cimientos, la piedra angular o el pilar de una construcción», es decir, parte esencial y base de la relación interpersonal.

Por ello, ambos individuos son responsables de la construcción o de la destrucción de la misma, pero ¿qué es lo que se rompe cuando se destruye la confianza con alguna acción? ¿Es una acción repentina o es un acto sostenido en el tiempo y que uno no percibe hasta que la solidez de la roca, tal y como en el caso del picapedrero, se quiebra en muchos pedazos, luego de darle y darle golpes? Para algunos, la confianza se gana poco a poco, pero se pierde de golpe, por la conciencia súbita del deterioro del objeto de confianza.

Cabe preguntarse, cuando una persona traiciona la confianza del otro, si se trata de un asunto ligado a la naturaleza no confiable de la persona o de la relación interpersonal en sí.  En este contexto, Mayer se cuestiona si existe una propensión a confiar o si esta es producto de la experiencia. En este caso, es posible visualizar la propensión a confiar como en un continuum, desde aquel que confía plenamente en la humanidad, o sea, «el ingenuo», pasando por aquel que otorga la confianza poco a poco, hasta aquel que desconfía incluso hasta de su sombra.

Propensión: la confianza nace o se hace

La propensión se puede definir como la voluntad generalizada de confiar en otros (Mayer, Davis y Shoorman, 2005). Dicha tendencia se forma de acuerdo con las experiencias favorables o desfavorables, los sistemas de crianza, la historia personal, los rasgos de personalidad, el contexto social, etc. Existe una predisposición en algunas personas a confiar ciegamente por el supuesto de que el ser humano es bueno y digno de confianza por naturaleza. Es como confiar por default. Según Kramer (1999), esta tendencia se genera por experiencias favorables desde la primera infancia, así como por factores culturales.

Erikson(2) define que desde el nacimiento hasta la edad de un año y medio, aproximadamente, el niño se enfrenta al primer conflicto de su desarrollo: confiar versus desconfiar. El niño, desde los primeros días, aprende a predecir si el lugar en el que ha nacido es confiable o no. El bebe que recibe con frecuencia atención a sus necesidades físicas y afectivas fortalece su capacidad de predecir si sus cuidadores son consistentes. Si el niño logra el equilibrio, debido a una atención sostenida, desarrolla —según Erikson— la virtud de la esperanza, por la seguridad de que al final siempre aparecerá alguien para cuidarlo.

El vínculo entre la madre y el niño es la base de las futuras relaciones. Mientras más estable y presente esté la madre, mayor seguridad y confianza sentirá el niño. El primer logro social del niño es permitir que su madre se aleje de su lado, porque ella se ha convertido en una certeza interior y en algo exterior previsible, esto es la base de la confianza en sí mismo y posiblemente el inicio de la percepción de la confiabilidad. Uno no puede proyectar en los demás confianza si no confía en sí mismo. Por contraste, la incertidumbre en la que viven los niños en estado de abandono genera en ellos una «desconfianza básica» que los acompañará en los siguientes estadíos de su desarrollo.

Confianza ciega: pongo mis manos al fuego

Hay un proverbio de origen ruso que dice: «Confía, pero verifica». Es decir, puedes sentir confianza, pero no te confíes demasiado, revisa y haz un seguimiento. En español, «confiar» proviene del latín fiducia, confidere, que viene de fides, «fe o creencia». En cambio, la palabra en inglés trust proviene de faithful, que es «esperanza». Creencia, fe o esperanza son términos subjetivos y relacionados con el futuro, con algo predecible, pero a la vez incierto. Por su parte, «verificar» proviene de verus, «verdad». Confía, pero verifica, vale decir, asegúrate y demuestra que es verdad. En este contexto, puede parecer inocente poseer una confianza ciega cuando cargas con una serie de responsabilidades y además tienes que dar la cara por ellas.

A pesar de todo, entregas a tu hijo en manos del médico, entregas tu dinero a la bolsa de valores, entregas la vida a una persona que dice amarte, entregas tu tiempo a una organización y esperas lo mejor; te sientes vulnerable, pero sabes que te han prometido no fallar y supones que tienen toda la voluntad y el talento para cumplir. El riesgo es grande y las consecuencias de un error pueden ser fatales. No confías plenamente, pero no queda otra salida.

Somos dueños de nuestro propio destino, pero no podemos negar que nuestra vida está en manos de muchas personas. Desde aquella que nos proporciona alimentos sanos hasta la que nos orienta en el mantenimiento de nuestra salud, o la persona que cuida de nuestros hijos mientras trabajamos. Como seres sociales, necesitamos del «otro» para realizar nuestros sueños, para transformarnos y para crear cultura. Como seres interdependientes, compartimos la vida a partir de un acuerdo social o «contrato psicológico» (Schein, 1982) con el que nos comprometemos. El contrato psicológico es aquel acuerdo tácito que se establece entre dos personas en relación con sus expectativas y compromisos.

¿Pero hasta qué punto este acuerdo es claro y explícito para ambas partes? Acostumbrados a la acción, la reflexión sobre los roles y tareas a veces queda de lado, en el campo de los supuestos y creencias.   Porque una cosa es la que se dice y a veces otra la que se comprende. Por lo tanto, nada nos garantiza que nuestras expectativas serán completamente cubiertas. La experiencia puede ayudar a diferenciar situaciones, pero no se puede negar que el comportamiento humano es muy complejo y que aún no podemos predecir el futuro con certeza.

Según Laurence Cornu (1999), «la confianza es una hipótesis sobre la conducta futura del otro», pero ¿en qué se basa esa hipótesis? ¿Es acaso en alguna evidencia previa, en un sexto sentido, en un ojo clínico, en experiencias favorables o desfavorables? Cornu menciona que es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse por no poseer el control sobre el otro, lo cual nos hace vulnerables a ese «otro», de quien puede depender nuestra seguridad, economía o estabilidad emocional.

La confianza está asociada a la entrega voluntaria al «otro» de algo que para uno es indispensable o vital (Yáñez, 2008). Desde el momento en que uno hace esa entrega, solo se espera que el «otro» tenga conductas positivas hacia el objeto de la confianza, llámese hijo, salud, dinero, conocimiento, etc. Mientras tanto, uno se puede sentir tranquilo y seguro en la medida en que, en otra oportunidad, las expectativas, en una situación semejante, fueron cubiertas. En caso contrario, el sentimiento de vulnerabilidad puede generar mecanismos de defensa y control, en un contexto en el que no existen posibilidades para monitorear o controlar a la persona en quien se confía. Para Mayer, la confianza es la voluntad de tomar riesgos. Claro, si está en juego la salud de un hijo, los bienes personales o la seguridad laboral, pues el riesgo es muy alto.

Ojo clínico: percepción de confiabilidad

Una percepción afinada para reconocer los atributos que aseguran la confiabilidad es parte de la sabiduría de las relaciones interpersonales. Cuando alguien se «gana la confianza» es porque, en múltiples ocasiones, el que confía ha recogido evidencias que aumentan la probabilidad de que el «otro» responda de manera confiable. El grado de «predicción» es lo que asegura la confianza. ¿Cuán responsables somos al tratar de predecir un comportamiento? ¿Qué señales son las que tomamos en cuenta?

Baker (2008) asegura que para ser merecedores de confianza es necesario poseer dos factores: la voluntad y la habilidad. Es decir, no basta con la voluntad de apoyar, sino que se requiere ser competente y poseer experiencia. Esto se relaciona con otros atributos que menciona Yáñez (2007), quien señala que esta persona sea —además de competente, íntegra y benevolente— abierta a la comunicación y con una identidad social común.

Ante esto, Mayer (1995) propone un modelo de confianza en el que señala tres factores que definen la confiabilidad: habilidad, benevolencia e integridad.

Señala que la habilidad es mucho más sencilla de reconocer en el campo laboral, si es que la persona demuestra que es competente en un área técnica relacionada con el objeto de la confianza, como es la de realizar un balance, diseñar un programa, evaluar a un subordinado. En cambio, la benevolencia es el atributo que señala que la persona posee la voluntad de hacerle un bien a quien le ha depositado la confianza, pero esto dependerá de la relación que se construya entre ambas personas, para que ese afán de hacerle un bien sea auténtico y no inducido por la presión del rol o del cargo. Robbins (1999), denomina “confianza por disuasión” cuando ésta se basa en el miedo a las represalias, por la obligación de servir a otra persona. Un empleado que es leal y fiel por miedo a perder el empleo otorga una confianza por disuasión que puede confundirse con una actitud benevolente y auténtica.

Por último, el tercer factor, la integridad, lo define como la escala de valores y principios que el que confía comparte como aceptables del otro. Esto es mucho más delicado porque exige que compartan una identidad social común. Sin embargo, nada es seguro en una relación de confianza, la dinámica puede sostenerse en el tiempo o cambiar y transformarse por diversas circunstancias de la vida de ambos actores o instituciones.

Por otro lado, hay personas que pueden fingir señales externas de honradez que nos pueden confundir, sobre todo cuando «vemos lo que queremos ver» (Kramer, 2009). En este caso, influyen nuestro sesgo y los estereotipos sociales que llevamos en nuestra mente. Esto nos predispone a interpretar con «señales» que son familiares a personas desconocidas como conocidas.

Nikolas N. Oosterhof y Alexander Todorov(3), demostraron a través de una investigación de qué modo la personalidad puede ser reconocida por la expresión del rostro. A través de ella descubrieron que la percepción de la confiabilidad se forma a partir de la lectura de las expresiones del rostro de felicidad o de cólera. En los rostros percibidos como confiables la felicidad es percibida como más intensa; por contraste, en los rostros percibidos como menos confiables la agresividad es percibida como más intensa. La gente necesita inferir acerca de las intenciones del «otro», para lo cual recurre a la lectura de las expresiones faciales. Estos estudios también demuestran que la amígdala, región subcortical del cerebro, que interviene en el condicionamiento del miedo y en la consolidación de la memoria emotiva, juega un papel clave en la percepción de la confiabilidad.

En los casos en los que hay ausencia de señales emocionales para identificar las intenciones del «otro», la persona evalúa la expresión del rostro. Los rostros femeninos o de bebes son percibidos como más confiables que los rostros que reflejan madurez o son masculinos. También se observó que, según el valor que le dé a esta expresión, la persona sentirá atracción o rechazo.

En este sentido, en medios de comunicación en los que no hay un contacto físico, como en Internet, éstas señales no son las mismas.  La comunicación a través de Internet cuenta con otro tipo de referentes, como fotografías, videos, textos que el emisor selecciona y proyecta su auto-imagen tal como desea que se le vea a través de la pantalla.

Internet podría convertirse en una fuente constructiva de capital social, si se pudiese contar con una confianza on line. Si se pudiese asegurar la confiabilidad de la comunicación a distancia, más gente se comprometería a utilizarla. La «falta de identidad» y el «anonimato» no permiten construir un vínculo basado en la confianza. En la relación on line no se cuenta con las mismas señales o características del «otro» que en la relación presencial, lo cual dificulta el proceso de diferenciación que uno necesita para depositar el grado de confianza.

Cultura de la sinceridad en las organizaciones

El reto consiste en crear una cultura de transparencia y honestidad, en la que los líderes generen confianza en sus instituciones a través de sus propios actos. La estrategia consiste en fortalecer una relación simbiótica de confianza en la que los líderes, al admitir sus errores, buscan contra argumentos, compartir información, actuar como modelos, provocar que los demás confíen en ellos. A esto O’Toole y Bennis (2009) le llaman arquitectura organizacional que fomenta la sinceridad.

Entre las tácticas que inspiran a los empleados a confiar están la influencia racional, la provisión de autonomía y el desarrollo de relaciones interpersonales de alta calidad entre el líder y el miembro del equipo, siendo esta última la más efectiva (Douglas y Zivnuska(4), 2008). La influencia racional consiste en practicar el razonamiento lógico y el conocimiento fáctico para influir en el otro. Esta es una práctica poco común cuando el líder considera que la «lógica de la operación» es algo obvio que no es necesario hacer explícito. Así, si el conocimiento tácito, encarnado en el líder, no es retroalimentado al empleado, las expectativas sobre el conocimiento del empleado pueden ser infundadas. Es necesario verificar las habilidades y saber si el empleado ha entendido la tarea.

La provisión de autonomía es un indicador en el que el jefe comparte el «control». La confianza se aprecia como un proceso recíproco. Las parejas más autónomas regulan su confianza y no se defraudan. El que da confianza recibe confianza. Una relación de alta calidad se caracteriza por el apoyo mutuo, las metas comunes y la formulación de tareas desafiantes que aumenten la motivación y refuercen la comunicación efectiva.

La desconfianza genera dependencia e ineficacia. Cuando un jefe dice «Mejor lo hago yo mismo y no dejo que otros lo hagan porque luego tengo que intervenir» se genera un comportamiento dependiente en el que «el que más sabe» se convierte en el subordinado del «que menos sabe».

A continuación, se listan una serie de comportamientos que podrían ser considerados como «señales» o indicadores de desconfianza(5) en una relación interpersonal:

  • No cumple con las promesas.
  • Dice una cosa y hace otra.
  • Pospone plazos.
  • Saca ventaja.
  • Desplaza a otros.
  • Sabotea procesos.
  • No hace un seguimiento.
  • Se preocupa por los resultados sin importar el medio.
  • Utiliza a otros para conseguir sus propios intereses.

No es necesario contar con todos los indicadores aquí mencionados para evaluar el grado de confianza en el “otro”.  Bastaría que algunos de estos comportamientos se presenten de manera recurrente, para reconocer que la persona no es merecedora de una confianza plena.

¿Se reconstruye la confianza?

¿Comprender, perdonar, olvidar y arriesgarse de nuevo? Depende de qué atributo es del que carece la relación de confianza. Si se trata de un tema de competencia, estamos ante un mal menor porque esta podría desarrollarse. Si se trata de un asunto de benevolencia, estamos en el ámbito afectivo en el que puede haber un resentimiento por la falta de consideración. La decisión de confiar tiene un componente cognitivo y otro afectivo. El cognitivo permite calcular el grado de confiabilidad del otro, pero el afectivo te compromete por el vínculo que se establece entre ambas personas (Yáñez, 2008) y este se puede reforzar con el tiempo, gradualmente. Pero si lo que falló fueron los valores, entonces la posibilidad de cambio es lejana. Es muy difícil reconstruir la confianza si la persona no posee valores sólidos, si no es consistente y hace lo que predica.

Por último, vale preguntarse: ¿hasta que punto trabajamos por construir una cultura de confianza y de sinceridad? ¿De qué modo esperamos cómodamente que la sociedad responda ante nuestras expectativas si no constatamos nuestras señales, si no verificamos, si no cuestionamos nuestros supuestos? ¿De qué modo creamos un entorno seguro basado en valores explícitos hechos conscientes en espacios reflexivos creados especialmente para reconocer nuestra integridad, benevolencia y habilidad?

El reto no solo consiste en construir un lazo de confianza, sino en mantenerlo y alimentarlo con hechos y evidencias que la respalden. Se trata de fortalecer los acuerdos y cumplir con lealtad y benevolencia las expectativas, a pesar del riesgo latente. Se trata de promover valores y anticiparse a la corrupción. Es atreverse a desatar nudos para crear vínculos sostenibles en el tiempo.

Bibliografía

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  • Yáñez, Rodrigo (2008). Conceptualización metafórica de la confianza interpersonal. En: Univ. Psychol. Bogotá, vol 7, nro. 1, pp. 43-55.
  • Autor

Notas

  1. Yáñez realiza una investigación con estudiantes de Psicología y Enfermería para formular una conceptualización metafórica sobre la confianza interpersonal.
  2. Erik Erikson, psicólogo y psicoanalista, plantea en su famosa teoría del desarrollo ocho estadíos a lo largo del ciclo de la vida, en la que cada etapa está marcada por un conflicto. Solo en la medida en la que este conflicto es enfrentado, comprendido y aceptado es posible que la persona desarrolle una virtud.
  3. Nikolas N. Oosterhof y Alexander Todorov realizaron una investigación en la que participaron 55 estudiantes del pregrado en el primer estudio y 327 en la segunda parte, para identificar los ratios en las expresiones, a partir de 66 rostros estandarizados. La investigación fue auspiciada por la National Science Foundation Grant y la Huygens Scholarship de Netherlands Organization for International Cooperation in Higher Education.
  4. Douglas y Zivnuska realizan una investigación para explorar las variables que influyen socialmente en la confianza y cómo estas impactan en el desempeño de las empresas de comida rápida.
  5. Adaptado de For Your Improvement, que es una guía en la que se definen competencias y niveles de desarrollo: subdesarrolladas, desarrolladas y sobre desarrolladas, así como estrategias de mejora.
Liliana Galván es Licenciada en Psicología Educacional. Decana de la Facultad de Ciencias Humanas, Carrera de Psicología de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas,(UPC). Es fundadora y miembro de la División Empresarial de esta Universidad. Secretaria de la Asociación de Facultades y Escuelas de Psicología del Perú. Doctoranda en Dirección y Administración de Negocios de la Universidad Politécnica de Cataluña. Fue Directora del Departamento de Calidad Educativa de UPC. Es Directora del Diplomado en Docencia Universitaria de la UPC.  Consultora y expositora internacional en Liderazgo, Creatividad e Innovación.

Pozo de Letras 6

Sentidos y Perfiles de la Comunicación

Sexta edición de Pozo de Letras, la revista de la Carrera de Comunicación y Periodismo de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas.

ÉTICA Y NEGOCIO: PAREJA DISPAREJA

Por Javier Darío Restrepo

Este ensayo aborda el complejo vínculo que se genera entre la perspectiva ética y la empresarial en el campo del hacer periodístico.  La identidad del periodista y su naturaleza definen la relación que se establece.  El autor sostiene que esta no es una relación negada. Ética y negocio no son incompatibles en el Periodismo, por el contrario el costo de la ruptura entre ética y economía en una empresa periodística es muy alto. La validez de la información, la credibilidad y la calidad del hacer periodístico y su relación con la sociedad están en juego.

Un periódico puede llegar a ser una empresa floreciente sin necesidad de la ética. Altamente rentables, con ganancias aseguradas para los accionistas, dueños  de un mercado de lectores y de anunciantes que mantienen su fidelidad día tras día, estos periódicos navegan por el mar de la prosperidad, guiados no por una brújula ética sino por un radar sensible a la aparición de buenos negocios.

LA NO ÉTICA COMO NEGOCIO

Está comprobado en la práctica, ustedes y yo lo hemos visto: un periódico puede ser exitoso como negocio sin consultar códigos éticos. Muchos buenos negocios no se harían si se sometieran al rigor de unos criterios éticos. Piensen ustedes en lo que sucedería, por ejemplo, en el departamento de publicidad o en el de los suplementos comerciales si allí se instalara un filtro ético para las medias verdades, las letras menudas, los compromisos editoriales con los anunciantes o con los gobiernos. Dejar que por un lado vaya la ética y por otro los negocios, ha sido una filosofía conveniente para muchas empresas periodísticas.

Un periódico puede mantener cautivas a muchedumbres de lectores sin necesidad de atenerse a la servidumbre de lo códigos deontológicos. Más aún: esas masas de lectores fieles se podrían explicar por la libertad total con que un periódico informa cuando no lo limitan un criterio ético como el que habría impedido la publicación de titulares de impacto o de las informaciones más vendedoras por espectaculares o escandalosas. Pueden ser poco o nada éticas algunas historias, pero son las que más venden. ¿Cómo se explica si no que los periódicos más audaces para titular e ilustrar sus primeras páginas, sean los de mayor circulación?

Aún debo anotar otra fortaleza de los periódicos liberados de la ética y es que, además de dar dinero y de multiplicar lectores, acumulan poder. Su circulación alta, su presencia diaria en los kioscos y en las manos de suscriptores, los convierte en referentes indispensables para empresarios y gobernantes que necesitan llegar al mayor número de personas con sus anuncios y que, además, necesitan tener de su lado unas empresas periodísticas que de otra manera, insatisfechas o frustradas podrán convertirse en peligrosas enemigas. No se necesita ética para construir ese enorme poder que garantiza una generosa pauta publicitaria oficial, un tratamiento privilegiado en asuntos legales y de tributación, un lugar destacado en las invitaciones oficiales y un acceso expedito a las instalaciones e informaciones de gobierno. Es un hecho evidente: son más las cosas que pueden hacerse sin ética que con ella.

Estoy comprobando fríamente un hecho y descarto por innecesario un tono irónico como el de Swift, cuando aconsejaba en la Inglaterra del siglo XVIII que para resolver el problema de la multiplicación de niños pobres, se los sirviera en humeantes y provocativos platos después de adobarlos y asarlos, servidos entre apetitosas salsas y aromáticas yerbas.

Decenas de conversaciones con periodistas y directores de medios del continente, centenares de preguntas en un consultorio ético virtual le dan una base real a esta introducción, me eximen del recurso de la ironía y sacan nuestro tema del muy trillado y estéril tópico que liga como hermanos siameses que se odian  al negocio y la ética. Es un hecho que una empresa periodística puede funcionar con éxito sin  la ética o con una ética domesticada. Esto es posible, como lo comprueba el hecho de que las leyes, las normas tributarias, los reglamentos de tránsito, el código laboral, son fórmulas que se pueden interpretar y moldear a la medida de los intereses de cada uno. De la misma manera, hay quien dice y hace aquello de que “cada uno tiene su ética”. Fórmula y realidad comodísimas porque uno se hace una ética a la medida, confortable y desprovista de las molestas aristas que suelen tener los deberes.

Es igualmente cierto que un periódico ético también puede construir prosperidad, aunque no sea con la celeridad ni con el brillo ofuscador con que lo hacen los otros. Lo que no puedo asegurar es que un periódico así, con esa ética sobre medidas, o mejor aún, sin ética, pueda llegar a ser respetable; tampoco se le puede garantizar ese potencial de influencia que hace de un periódico un referente obligado en la vida de la sociedad. Es posible que se lo tema, por su poder de ofensa, de calumnia o de tergiversación, pero no se lo respetará.

¿DE QUÉ ÉTICA HABLAMOS?

Pero, ¿de qué ética hablamos? La pregunta se justifica porque a lo largo de la historia del pensamiento la búsqueda sobre lo ético ha llegado a resultados plurales y complementarios.

En los comienzos se vio la relación entre ética y felicidad: ese es su producto, es su explicación, como guía que es, como clave para descifrar la conducta humana; con una mirada cósmica, una escuela filosófica se preguntó por el lugar del hombre en el universo y halló la respuesta en la ética, que integra al hombre en el cosmos; de la misma manera que Aristóteles cuando la definió como la obediencia del hombre a su naturaleza; en nuestro tiempo se ha creído encontrar la respuesta en la eterna búsqueda de valores que ha movilizado desde siempre al hombre; o la ética como resultado de la interacción y comunicación entre los humanos.

No se trata de hallazgos excluyentes entre sí; más bien han sido trabajos complementarios del pensamiento, como el de los que se esfuerzan en una carrera de relevos donde cada uno entrega al siguiente lo que ha podido obtener para que la carrera no se detenga. Estos resultados de los que han pensado la ética a través del tiempo parecen disminuidos cuando la ética se reduce a un manual de prohibiciones. Algunos códigos éticos parecen obsesionarse con el NO, quizás lo menos importante entre los hallazgos de la exploración ética del hombre. La ética muestra todo su potencial dignificador y reconstructor del hombre cuando en vez de dirigir su mirada hacia los caminos clausurados por la prohibición, descubre los horizontes amplísimos del reto y la propuesta. Hay una ética que es desafío.

Hace 24 siglos, Sófocles tuvo un problema gramatical: dar con el superlativo del adjetivo deinós y acuñó la palabra deinóteron y se la aplicó al hombre. Deinós es terrible, asombroso, y el ser humano es el superlativo de lo terrible y asombroso. Y explicaba el dramaturgo griego: el hombre es asombrosísimo, no por lo que es, sino por lo que puede ser.

24 siglos después, un hombre de nuestro tiempo entre muchos otros, José Ortega y Gasset, habría de decir: no podemos decir que el hombre es, sino que está en vías de ser esto o aquello. Y agregaba: “el núcleo de la existencia humana es la posibilidad, dirigido hacia el futuro, está constantemente  adelantado a sí mismo.

Desde siempre, los que piensan al ser humano han tenido la persuasión de que el hombre, todo hombre, es un proyecto en marcha y que el objetivo de toda vida humana es hacer de sí mismo una obra maestra. La ética proporciona los planos para esa obra maestra. Vista así es un reto permanente.

Tal vez haya podido explicar ahora, cuando señalo la diferencia abismal entre un periódico y un periodista que para hacer negocio dejan a un lado todo reclamo ético, y los que asumen el riesgo y responden al desafío consigo mismos, de ser éticos, es decir, de echar sobre sus hombros el compromiso de la excelencia profesional puesta al servicio de los más altos propósitos de la sociedad.

Todo el extenso proceso del pensamiento ético nos ha conducido finalmente al hallazgo de que el ideal de todos los humanismos se concentra en la ética y que ésta es la expresión del más alto humanismo, puesto que los valores éticos no son otra cosa que la expresión de la excelencia humana.

Insisto en señalar la diferencia que separa a un periodismo de negociantes y mercaderes – que no necesita de la ética porque le estorba– de un periodismo ético que, parado sobre sus propios hombros, mantiene la tensión y la agonía de ser siempre mejor.

Esto en el papel se escribe fácil y aquí se dice de modo expedito. Pero hacer un periodismo ético, amigos, tiene sus dificultades. No volveré sobre esos temas usuales en esta clase de eventos de la invasión a la intimidad, del sensacionalismo y la crónica roja, de la violación del secreto sumarial, o el manejo torpe de las fuentes, o el arrodillamiento ante los poderosos, que son problemas reales y que requieren, más que la solución casuística, la consolidación  de unas actitudes y criterios. Prefiero ahora abordar otras dificultades para un periodismo ético, algunas de tal magnitud que para no afrontarlas, medios y periodistas han renunciado al ideal ético. Me refiero en primer lugar, por supuesto, a la empinada tarea de armonizar ética y dinero.

LA ÉTICA PUEDE SER NEGOCIO

La del periódico ético es una tarea ardua, que exige inteligencia y valor moral, porque se trata de recoger y seleccionar la noticia, de presentarla con cuidado, sin miedo a la competencia o a las reacciones de los interesados, sin favoritismos. Estoy utilizando expresiones que, aunque vigentes hoy, fueron escritas a fines del siglo XIX por el director del Emporia Gazette, William Allan White. En aquel momento ardía la lucha por la supervivencia económica de los grandes diarios.

Al mismo tiempo que aparecían, con aire y lenguaje de barbudos profetas, los periodistas con un sentido heroico de su profesión, se movían con agilidad ratonil los eternos roedores del queso del dinero, con unas enhiestas y sensibles antenas para detectar historias insignificantes pero divertidas, chismes caseros y de alcoba para convertirlos en picantes titulares; con ellos alternaban, aunque con jerarquía superior, los avezados cazadores que en la selva de hormigón venteaban escándalos con protagonistas de sonoros apellidos y de reconocido poder político, económico o social. Contrastaba con todos ellos una minoría de periodistas que Allan White distinguía por su sentido moral, su autorrespeto, calidad para ellos igual a una perla de gran valor, dotados de una aguda inteligencia y de un valor moral a toda prueba y capaces de arriesgar el dólar con tal de obtener la estima del grupo más sensato y decente de la comunidad. Hacer un periódico bajo los parámetros de la ética es una empresa difícil. Todas lo son, pero ésta tiene sus dificultades específicas. La más conocida es la ardua tarea de armonizar ética y dinero.

ÉTICA Y DINERO PUEDEN SER PAREJA

Las  actitudes éticas implican un riesgo económico, pero al mismo tiempo construyen esa base sólida de credibilidad y de respeto ante los lectores.

Un análisis realista indica que si la base más sólida para la economía de una empresa son sus clientes, la lealtad de los lectores – sean suscriptores o compradores diarios– es un activo fundamental para un periódico. Y esa lealtad es la respuesta a la credibilidad y la confianza que se construyen con cada edición del diario. Y cuando hablamos de credibilidad y de confianza estamos entrando en los terrenos de la ética.

Randolph Hearst, a pesar de sus conocidas prácticas de empresario, admitía sin embargo que el primer deber de un periódico, publicar la verdad, se funda en el hecho de que la información completa y exacta es la primera necesidad de los ciudadanos de una república. Anticipaba así uno de los principios medulares del informe Hutchins sobre la prensa libre y responsable, que urge el deber de entregar información completa y apegada a la verdad de los hechos.

A fines del siglo XIX, Pulitzer corregía algunas de sus prácticas empresariales y anunciaba un periódico más entregado a la causa del pueblo que a la de los potentados; propósito que haría suyo el fundador de la cadena Scripps Howard: “tengo un solo principio dificultar que el rico continúe enriqueciéndose y evitar que el pobre siga empobreciéndose.” Este director de diarios se alarmaba ante una prensa “dominada por los pocos ricos del país,” porque entendía que la razón de ser de la prensa es el servicio público. Pensamientos explicables en aquellos años. ¿Y en los nuestros?

También. La extensa investigación con periodistas de Estados Unidos, adelantada por el profesor Eugene Goodwin, hoy  catedrático en la Universidad de Pennsylvania, concluía que lo que se requiere es un periodismo que sirva al público con la verdad más precisa posible, que trate a las personas con compasión, que interprete y que explique. Y el director de Le Monde, Jean Marie Colombani, al hablar de la indispensable independencia de un periódico como distancia del poder político y de las pretensiones de los anunciantes, explicaba: “porque el diario que se pone de rodillas ante los anunciantes pierde su credibilidad”. Agregaba, sin embargo, que la financiación es la clave de la independencia de un periódico.

Es una convicción sabia y vieja. La expresaba Pulitzer al inaugurar uno de sus diarios: “para que un diario tenga utilidad debe tener circulación, porque esto significa avisos, los avisos significan dinero y el dinero nos da independencia”. Cité antes al creador de Scripps Howard y vuelvo a él porque agrega complejidades que no expresa el enunciado simplista de Pulitzer. Decía. “Un diario justo y honesto debe combatir los intereses de esa mismísima clase que le proporciona la mayor parte de ingresos a un diario”. El asunto, pues, no se puede plantear con la elementalidad de quien afirma sin más que en la empresa periodística es negocio bueno el que deja mucho dinero y malo el que arroja pérdidas. Para un periódico nunca será bueno tener pérdidas, pero no será necesariamente bueno tener muchas ganancias. Tampoco se puede proponer el tema como una elección entre ser éticos o ser rentables, como si la ética excluyera los buenos negocios en periodismo. Lo anotaba Donald Graham, cuando era editor del Washington Post: “las ganancias no son incompatibles con el buen periodismo”.

Hay, pues, dos extremos viciosos: el que asocia la ética con pérdidas, y el que maneja un periódico como una empresa cualquiera, cuyo primer mandamiento es ganar dinero. Entre esos dos extremos está el punto de equilibrio: la ganancia subordinada y al servicio de un buen periodismo. Un periodismo ético, desde luego, no es tan buen negocio a corto plazo como el no ético, pero no deja de ser buen negocio; y será mejor a largo plazo, cuando puede contar con la lealtad de los lectores, esa garantía que solo se construye con  credibilidad y confianza. Con todo, sería ingenuo concluir que los periódicos éticos  son los únicos que duran y se consolidan como empresas. Una conclusión así ignoraría el hecho de las poderosas empresas de periódicos sensacionalistas, consolidadas por la lealtad de unos lectores que reclaman su dosis diaria de sensación y pagan por ello con la misma devoción de los drogadictos.

Lo que falla en este razonamiento es que se pretende medir el resultado de ser ético o de no serlo, por el éxito en el mercado, no por la influencia real y positiva del periódico en la vida de la sociedad. Se trata, por tanto, de sacar la discusión ética de los libros de contabilidad, pero sin ignorarlos. En una empresa periodística no se puede hablar de ética sin referencia a su economía, y es indispensable que las preocupaciones económicas estén atravesadas por la ética. Cualquier intento de divorcio entre la ética y el dinero resulta tan costoso para la empresa como divorciarse de una actriz de renombre.

ÉTICA Y CALIDAD SE NECESITAN

Quiero explicarme con un ejemplo, el de la calidad, que es a la vez argumento de ventas y punto de encuentro de las virtudes profesionales de periódico y periodistas. Es un factor  en el que convergen el interés de la gerencia y las preocupaciones de la sala de redacción.

Desde luego, medir la calidad de un periódico no es lo mismo que hacerlo con un automóvil, con un traje o con una bebida. Para medir la calidad de estos productos hay estándares claros y cuantificables, los instrumentos para medir la calidad periodística  tropiezan con dificultades de consideración al intentar detectar y medir los elementos de que está hecha la calidad periodística. Así aparece en el VAP, o Valores Agregados Periodísticos de la Universidad Católica de Chile, o el PCP, Percepción de la Calidad Periodística, de la Universidad Católica de Buenos Aires, o el proyecto para un Periodismo de Calidad de la Fundación Prensa y Democracia y la Red Periodismo de Calidad de México.

¿La calidad de un periódico es, como en los demás productos, lo que convence al consumidor para comprar?

¿O  es calidad lo que contribuye a cambiar algo todos los días, según la citada expresión de García Márquez?

Cuando consulto los  criterios que han guiado a directores y grandes periodistas del pasado y del presente, encuentro un catálogo tan variado como el de la VAP con sus 55 variables de medición de la calidad, pero como ustedes lo observarán, todas se apoyan en valores éticos. Estos valores éticos no operan desde afuera, como las leyes; se incorporan desde dentro, por decisión personal de cada individuo; los adopta cada periodista como claves de su éxito profesional y de su felicidad. Están ligados de modo indisoluble a la calidad técnica del ejercicio periodístico. Así como es imposible separar al sol de la luz y del calor, o a la flor del color y del perfume, en periodismo la ética y la técnica son una sola cosa…es una realidad que los más lúcidos empresarios de la prensa han incorporado a sus objetivos prioritarios, porque han entendido que es imposible ofrecer productos de alta calidad periodística si el ejercicio profesional no está atravesado por los valores éticos. Un periodismo sin ética está irremediablemente condenado a la mediocridad o a una calidad indigna de la inteligencia.

Esta fusión de ética y técnica es la clave de la identidad profesional, otro de los arduos problemas que debe enfrentar una empresa periodística regida por valores éticos.

LA IDENTIDAD PERIODÍSTICA

En el siglo XIX escribía indignado Horace Greeley, director del Tribune: “creen que el periodista no tiene más jerarquía que el camarero de un restaurante, de quien se espera que sirva el plato que se le pida.” Esto se leía  en el Tribune cuando aún no se había insinuado siquiera el proceso que a finales del siglo XX convirtió a los medios de comunicación en dependencias de los grandes complejos empresariales, industriales o financieros; un fenómeno que ha convertido al periodista en un trabajador improductivo, porque su producto, la noticia, no es, no debe ser comercializable.

La claridad con que Greeley diferenciaba al camarero, cuyo negocio es tener satisfecha a la clientela, del periodista, cuya tarea es mantener informados a sus lectores sin consultar sus preferencias, es una claridad de identidad que se ha perdido. La lógica comercial, aplicada al trabajo periodístico, ha trastornado la conciencia de la identidad profesional. El periodista no siempre tiene claro si lo suyo es interpretar o atender las demandas de los lectores con dosis de entretenimiento y de sensación, o estimular su pensamiento mediante una provisión diaria de conocimiento de la realidad. Esta confusión sobre su tarea es una fuente inagotable de dilemas éticos y está fundada en el hecho que hoy se refleja en los kioscos en donde el lector puede escoger entre los periódicos a la carta, hechos con la lógica y la sumisión del camarero, en todo diferentes de los periódicos que defienden la autonomía de su agenda informativa, asediada por los caprichos y veleidades de los consumidores y tantas veces por la presión del departamento comercial.

La identidad profesional resuelve de una vez por todas para quién trabajan el periodista y su medio, y da por cerrada la discusión sobre el dilema, o entretenimiento o información integral. La falta de esa definición  se ve en esos periódicos a la carta, mezcla confusa de parque diversiones, oficina de relaciones públicas, catálogo de ventas, con islotes de información y de opinión. Son platos para todos los gustos, preparados para satisfacer a todos los paladares. Dan lo que les pidan con la misma diligencia del más eficiente y profesional de los camareros

Cuando hay definición de la identidad profesional, esta se refleja en el periódico con identidad profesional, que desconoce el talante del camarero, porque no espera  que le dicten la orden puesto que él tiene su propia orden, la que le imponen los  siempre imprevisibles hechos de cada día. Una clave de esa identidad es que no se esperan órdenes de la clientela porque el periodista tiene su propio producto para entregar: la historia de cada día, la que más sirve al interés, no a la curiosidad, de sus lectores porque lo del periodista no es entretener ni divertir a nadie, sino informar a todos. Cuando periodista y periódico tienen esto claro, exhiben una identidad profesional sólida, que es el fundamento de un perfil ético definido.

Ese perfil está apareciendo desdibujado y borroso a la hora de hacerle frente al fenómeno Internet, que es el otro problema..

INTERNET

La aparición y el éxito arrollador de Internet ha desencadenado en las redacciones de los periódicos  las demencias del terror que estimulan los profetas de desastres. Un ejecutivo de Microsoft anunció con impavidez de contador, que el último ejemplar del New York Times circulará en 2018, y contaba el profesor Philip Meyer que alguien le había dicho que el último diario impreso será leído en octubre de 2044. El profesor ironizó rectificándole a su interlocutor: mis informaciones dicen que será en ese año, pero en el mes de abril. Estos anuncios apocalípticos y el terror ambiente que generan no están dejando ver que  el verdadero problema es que, enredada en la lógica comercial, la prensa ha debilitado su identidad profesional y ha retrocedido.

Y por eso tiene dificultad para ver en internet una oportunidad. Los periódicos habían apostado a la sobreinformación  : cada vez más noticias en menos espacio, cada vez más velocidad para informar en el lugar y en el momento mismo de los hechos; al aparecer Internet con sus dones de ubicuidad e instantaneidad, cundieron el desconcierto y el pánico que no dejaron ver que “ cuanta más información  más se necesitan la distancia que dan la historia y el conocimiento. La sola información no alcanza a producir conocimiento como” advertía Dominique Wolton, en el foro Los desafíos en la encrucijada del siglo XXI, convocado por Clarín, de Buenos Aires. Allí Wolton,  ante la pregunta sobre el periodismo que habrá dentro de una década, agregó: “la esencia del periodismo dentro de 10 años va a ser siempre validar la información. La permanencia del periodismo dependerá de tener un grupo humano, ya no podremos trabajar  en forma individualista. Se necesita un grupo con códigos deontológicos que nos comprometan con valores. Cuanta más información tenemos, más debemos seleccionar esta información y el periodista juega en esto un papel muy importante.”

El periodista que había apostado al papel de entretener, ha quedado en una desairada y desigual posición ante una industria del entretenimiento, fortalecida con los recursos de la tecnología; diarios y periodistas habían optado por la noticia breve y rápida, primero para enfrentar a la televisión y ahora para responder a internet que arrasó sus pretensiones con su omnipresencia e instantaneidad. Es un hecho que si periódicos y periodistas quieren responder al reto de las nuevas tecnologías, deben recuperar su identidad, es decir, volver a ser lo que siempre debieron ser.

El problema es, pues, de identidad profesional y cuando hablamos de identidad periodística estamos hablando de un problema ético, o sea el deber ser del ejercicio profesional. La amenaza no está en Internet; esta tecnología sólo ha puesto en evidencia las debilidades del periodismo en un medio tradicional como el impreso; la amenaza está en nosotros.

Las cifras son conocidas y no voy a incurrir en la obviedad de citarlas, también lo son las causas; a ellas aludía Sandro Vaia, jefe de redacción de O Estado, de Sao Paulo en el seminario sobre los desafíos del periodismo real. Allí enumeró los puntos débiles que han contribuido a la crisis: la autocomplacencia que desterró la autocrítica; la irrelevancia, el olvido del público lector que dio origen a periódicos para periodistas, para fuentes o para poderosos, la monotonía, la rutina, el exceso de conferencias de prensa y de política pequeña y la desaparición de la vida real.

En un informe sobre la crisis de circulación  de los periódicos, El País de Madrid enumeró  las soluciones que se están preparando: hacer noticias más cortas, al estilo de la televisión; reingeniería de las salas de redacción, privilegiar el análisis y la interpretación sobre la noticia y como última propuesta: redacciones y periodistas con un sentido de misión, es decir los periodistas que deben ser

Al cabo de tantas experiencias, teorías y errores se ha venido a demostrar que la empresa periodística necesita credibilidad con más urgencia que rotativas. Un cambio de máquinas hubiera sido más sencillo para el New York Times que la recuperación de su credibilidad herida por los 36 errores, mentiras o ficciones de Jayson Blair en 73 artículos. Hablar de credibilidad es hablar de una ética que atraviesa como alma, hasta las más sofisticadas de las técnicas.

Con todo, el dilema se mantiene, si ustedes quieren hacer de sus periódicos unos negocios de éxito inmediato, no necesitan la ética, pero no esperen de un periódico así la respetabilidad y la fuerza moral que permiten influir en la vida de la sociedad. Harán sí un periódico capaz de defender con eficacia el negocio y las ganancias, pero no la libertad ni la democracia.

Para lograr esto será necesario un sentido moral y sobre todo un valor moral capaz de subordinar los propios intereses a los de toda la sociedad y de colocar el lucro en el segundo lugar de las  prioridades, porque el primero siempre debería estar ocupado por el interés público, que es lo que espera de un periódico el grupo más sensato y decente de la comunidad.

En el Reporte 2006 del Proyecto por la Excelencia del Periodismo, subrayé, entre otros dos hechos: la afirmación de un alto ejecutivo de televisión en una conferencia: “el yunque ético ha sido levantado.” Fue una notificación de que las nociones tradicionales de decoro habían dejado de existir, comentó el informe.

El otro hecho quedó registrado al final del documento en el que los autores admitieron que el panorama para los medios es sombrío.

Sin embargo,  manifestaron, hay indicios de algo positivo. “La respuesta, sospechamos, no está solo en las estrategias de negocios que patrocinan a los periódicos, sino en el periodismo. Y si la historia sirve de guía, sabemos que los dos lados –negocio y periodismo- no podrán prosperar a menos que trabajen al unísono.” No tiene sentido convertir las empresas en campos de batalla. Quiero creer que así debe ser.

EL RETO DE SEDUCIR A LA NUEVA AUDIENCIA

Relatoría de Maricella Arias Morales

La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), la Corporación Andina de Fomento (CAF) y la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), con el apoyo de la Fundación Empresarial para la Acción Social (Fundemas), organizaron el Taller de Periodismo Digital con Jean-Francois Fogel y Guillermo Culell, que se desarrolló en Lima, Perú, del 12 al 16 de noviembre de 2007.

INTRODUCCIÓN

Internet entró en su tercera etapa. Atrás quedó la Web 2.0, caracterizada por el uso de buscadores de información y la aparición de las primeras comunidades de usuarios, y más lejos aún está la primera fase, cuando la novedad era el navegador. Con esta premisa empezó en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), de Lima, el Taller de Periodismo Digital, al que asistieron 18 profesionales de diez países latinoamericanos.

El encuentro conducido por los maestros Jean-Francois Fogel, de Francia, y Guillermo Culell, de Argentina, fue un espacio de aprendizaje y reflexión sobre lo que estamos haciendo los periodistas en Internet y, más aún, sobre aquello que no estamos haciendo en esta tercera etapa marcada por el crecimiento galopante de las redes sociales, como Facebook, Hi-5 y MySpace, y la configuración de la audiencia.

¿Estamos trabajando de espaldas a los usuarios, sin conocer bien su perfil y su comportamiento? ¿Somos conscientes de que ellos tienen cada vez mayor capacidad de decisión sobre los contenidos que difunden en la red? ¿Cómo debemos enfrentar este nuevo período de cambios acelerados en Internet y cómo aprovechamos mejor la tecnología? Estas fueron algunas de las preocupaciones discutidas en cinco días intensos de taller.

Otro tema fascinante fue la aplicación de nuevas herramientas tecnológicas, como los “apis”, “mushups” y “widgets”, en el diario oficio de informar. Además de potentes, ya que permiten, por ejemplo, ubicar la noticia en un mapa geográfico y añadirle videos, galería de fotos y audio, estos recursos son gratuitos y de libre disponibilidad, es decir, no añaden costos de producción y son un reto a la creatividad.

Lo descrito hasta ahora es apenas un abrebocas para lo que viene. Por razones prácticas, esta relatoría está dividida en cuatro grandes temas:

- ¿Dónde estamos en Internet y periodismo digital?

- La configuración de las audiencias.

- Las herramientas tecnológicas.

- El sitio, la redacción digital y el papel.

En poco más de una década, el periodismo en Internet se ha consolidado –a decir de Fogel– como la nueva prensa, con identidad y lenguaje propios, y con una efectividad nunca antes imaginada que está remeciendo y haciendo tambalear a los medios tradicionales.

¿DÓNDE ESTAMOS EN INTERNET Y PERIODISMO DIGITAL?

Entender qué sucede en la red a finales de 2007 es fundamental para decidir hacia dónde deben apuntar nuestros sitios periodísticos. Jean-Francois Fogel empezó su presentación advirtiendo que hemos ingresado, otra vez, a un período de “cambio y convulsión tremendo”, en el que habrá ganadores y perdedores como ha ocurrido antes. Esta nueva etapa exige al periodista dinamismo e iniciativa para identificar y conquistar a la audiencia.

Al hacer un poco de historia, recordó que Internet nació en 1990 con la aparición de Arpanet, una pequeña telaraña de computadoras creada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos. Sin embargo, el periodismo no existió en la red hasta que llegó, el 15 de diciembre de 1994, el primer navegador de contenidos: Netscape 1.0, que  permitía ir de una página a otra. Esto marcó el inicio de la primera etapa en la prensa digital y los dos años siguientes fueron bastante auspiciosos para su desarrollo.

Luego, entre 1997 y 1998, irrumpieron los motores de búsqueda con los que se empezó a hablar de una segunda etapa. Google, que es hasta hoy la ruta más usada en el mundo para encontrar información, cambió la actitud de los usuarios e instauró el concepto de que en la red todo es gratis. Para Guillermo Culell el gran éxito empresarial de Google es directamente proporcional al crecimiento de Internet.

Esta segunda fase en la red concluye con la asimilación del concepto Web 2.0, acuñado por O’Reilly Media en 2004 para referirse a la generación digital basada en comunidades de usuarios y servicios como blogs y wikis, que fomentan el intercambio ágil y gratuito de información.

De acuerdo con Fogel, desde 2006 vivimos una tercera etapa en Internet, caracterizada por la fuerte presencia de lo tecnológico, la potencia de redes sociales como Facebook, Hi-5 y MySpace, y la configuración de las audiencias. “Ahora la audiencia decide más y este es un nuevo peligro para la prensa, incluso la digital. En Facebook las personas se agrupan en subgrupos y hacen circular la información que les interesa”, reflexionó.

De inmediato, los talleristas aportaron experiencias sobre la masificación de las redes sociales. La ecuatoriana Andrea Alvarez, de El Universo, dijo que en su país Hi-5 es la página más visitada, por encima de Google, según Alexa.com, que informa sobre la cantidad de ingresos de un sitio web. El argentino Iván Adaime, del Grupo de Revistas de La Nación, agregó que en el mundo las 10 primeras páginas más visitadas pertenecen a redes sociales.

Y Culell puso el dedo en la llaga. Sostuvo que los periodistas, en nuestro trabajo diario, no estamos muy atentos al crecimiento de estas redes sociales, aunque como usuarios en muchos casos seamos parte de ellas.

Elaboró, con la participación de los talleristas, una lista de hasta 20 formas de acceder a la información en Internet:

1.- Portada del sitio (home)

2.- Redes sociales

3.- RSS

4.- Buscadores

5.- Alertas

6.- Blogs

7.- Mensajes de texto por celular

8.- Wikipedia y enlaces

9.- Avisos de Google personalizados

10.- Podcast

11.- Listas de correo

12.- Correo electrónico individual

13.- Marcadores sociales

14.- Favoritos de los navegadores

15.- URL de otros medios

16.- Directorios

17.- Google News

18.- Links a comentarios

19.- Gadgets y didgets

20.- Enlaces recomendados

“La mayor parte de los periodistas digitales seguimos pensando con las categorías del medio tradicional en la cabeza, creemos que la portada de nuestra web es la portada del diario, pero hay 19 maneras más de entrar a nuestras noticias y los jóvenes, que constituyen el sector de usuarios más creciente en la red, utilizan cada vez más esos canales”, remarcó Culell.

En consecuencia, es importante tener en cuenta cómo llega el usuario a la noticia para organizar mejor nuestra producción de informaciones. Como dato curioso, Fogel anotó que solo el 20% de usuarios de los blogs de Le Monde entra por acceso directo y el 80% lo hace por otras vías.

Otro aspecto que los periodistas debemos considerar es que ya no tenemos el monopolio de la información. Ahora, el usuario también produce noticias y edita contenidos en texto, audio, video y otros formatos. Inclusive, existen blogs que tienen más visitas que el sitio de un gran diario. Entonces uno se pregunta ¿dónde está ahora el papel específico de los periodistas? Un ensayo de respuesta fue: en interpretar a la audiencia y captarla.

El tema medular, como lo definió Fogel, es que los periodistas siempre llegamos tarde a los acontecimientos, pero queremos ser los primeros. Y para eso debemos dar la pelea. Hace rato que la gente se comunica y se informa de manera distinta a través de las redes sociales y los periodistas recién empezamos a entender y asimilar esa realidad.

Ya no alcanza tener una buena agenda y saber escribir. Ahora tenemos que buscar la excelencia no sólo en el texto –armando titulares fáciles de hallar en los buscadores– sino también en los demás “pedazos” del sitio (audios, videos, fotogalerías, blogs, alertas, enlaces, pdf, foros, encuestas, podcast, newsletter, multimedia, etc.), porque nuestra audiencia puede elegirnos para consumir solo uno o dos de estos productos.

A fines de 2007 la tendencia en los sitios de noticias es tener en cuenta y hacer participar cada vez más al usuario, tratar de impactar más en los motores de búsqueda para llegar de manera más efectiva a la audiencia, y usar más recursos audiovisuales. Además, con el fin de reducir costos, se intenta producir tecnología propia a partir del uso de softwares libres y códigos abiertos, para no tener que comprar programas.

LA CONFIGURACIÓN DE LAS AUDIENCIAS

Es difícil desarrollar un sitio periodístico en Internet trabajando a ciegas. Por eso, es necesario conocer bien a nuestra audiencia, saber quiénes son, qué visitan y cómo navegan. Descubrir qué grupos de usuarios tenemos.

Los maestros coincidieron en que debemos hacer periodismo, en el mundo digital que estamos viviendo, con los tipos de lectores que tenemos, y no tratar de llevar el universo del periodismo tradicional al espacio virtual. Google News ya lo hizo: sistematizó las noticias de acuerdo a sus usuarios.

Fogel refirió que el estudio ¿Qué está haciendo la audiencia?, de Forrester Research, clasifica a los internautas en seis categorías:

-         Los creadores. Publican webs, escriben blogs y suben audio y video.

-         Los críticos. Dejan sus comentarios en todo espacio disponible.

-         Los colectores. Usan RSS y etiquetas para obtener data determinada.

-         Los que contactan con otros. Se inclinan por las redes sociales.

-         Los espectadores. Leen blogs, escuchan podcasts y ven videos.

-         Los inactivos. Están en línea, pero no participan activamente de nada.

Según este informe, los jóvenes de 12 a 26 años son en su mayoría usuarios de redes sociales, espectadores, creadores y críticos, en ese orden; mientras que las personas de 40 a más son masivamente inactivas. Los periodistas digitales tenemos que ser conscientes de estos comportamientos en Internet y aprovechar, como lo hacen los usuarios, programas gratuitos como YouTube, Flickr, Evoca y otros para producir y difundir contenidos.

También es necesario identificar a los nativos digitales y a los inmigrantes, y decidir si queremos satisfacer a ambos o enfocarnos principalmente a uno de ellos en nuestro sitio.

Los nativos digitales nacieron con el mouse en la mano. Son los jóvenes de la generación de los videojuegos y el chat. La interactividad es su forma natural de de relacionarse. Realizan conexiones simultáneas (conversan con varias personas a la vez) y tareas múltiples (mientras chatean, ven un video o buscan datos). Además, comparten información y la hacen circular.

Los inmigrantes avanzan en una frecuencia más lenta. Se han integrado a Internet por necesidad. Mientras los nativos buscan información mediante las etiquetas (tags), los inmigrantes se aferran a las secciones, porque crecieron consumiendo medios tradicionales.

Es posible que en los próximos años nuestro gran público esté constituido mayormente por nativos digitales. Por lo pronto, se sabe que la audiencia en Internet utiliza cada vez más recursos como las votaciones, el RSS, la personalización de los contenidos, los testimonios y los espacios para ser creadores de la información. Hay mayor participación.

Un ejemplo dado por Fogel, en ese sentido, es la cobertura de BBCMundo del atentado en Londres, el 7 de julio de 2005. Este medio recibió de sus usuarios 20 mil correos electrónicos, dos mil fotos y 20 videos. Como consecuencia, se creó la plaza de editor de la audiencia. Este puesto y el de monitor de la blogósfera son cada vez más frecuentes en los sitios.

Ante este nuevo panorama en Internet, el grupo Le Monde creó este año el sitio experimental Le Post, en el cual –según Fogel– se trató de reemplazar los cinco mandamientos del periodismo por nuevas premisas: la jerarquía de las notas se cambió por un caudal de noticias cronológicas; los temas y secciones, por los tags; la acción limitada de la audiencia, por herramientas compartidas; el aislamiento, por la posibilidad de que los usuarios puedan agruparse y producir de manera colectiva un contenido; y la sumisión a la agenda del medio, por la creación de una agenda desde la audiencia.

En Le Post la redacción tiene la capacidad de moderar a la audiencia y sólo un privilegio más respecto a ella: decide qué va en la portada.

El reconocer al usuario como proveedor útil de contenidos, ha generado un doble temor entre los periodistas, pues al viejo miedo de tener periodistas sin medios se ha sumado el nuevo temor de tener medios sin periodistas.

Sin embargo, para Culell este momento de gran cambio es también una oportunidad para la creatividad. “Hay que modificar categorías y mantenernos abiertos, vivir en un estado de proyección pues estamos haciendo un prototipo no un modelo terminado. El futuro del periodismo en Internet es ahora más periodístico que industrial”, remarcó.

Para convivir con la audiencia en la red y mantenerse en primera fila, dijo, es necesario encontrar buenas fuentes de información, hacer preguntas adecuadas, publicar un lead atractivo, encantar a los internautas siendo los mejores contadores de historias, incluir el humor en nuestra producción y no tenerle miedo al intento.

LAS HERRAMIENTAS TECNOLÓGICAS

Para trabajar en Internet hay que empezar desterrando dos fantasmas sobre la tecnología: uno, que es difícil, complicada e imposible de entender; dos, que es costosa. Sólo hace falta voluntad y curiosidad para descubrir, comprender y manejar tanto software como hardware.

Los maestros remarcaron que la actitud del periodista debe inclinarse siempre a aprehender el lenguaje de los ingenieros y técnicos de Sistemas y, a la vez, enseñarles los criterios de nuestra profesión. Si no se conocen algunos términos se debe revisar Wikipedia o acudir a otras fuentes.

Entre los conceptos de dominio imprescindible para un periodista figuran:

-         CMS (Counter Manager Sistem): Módulo de carga de información.

-         Outsourcing: Servicios proveídos por un tercero.

-         Open source: Tecnología gratuita de código abierto.

-         Tecnologías Lamp: Subsistemas necesarios para configurar sitios web o servidores dinámicos con un esfuerzo reducido.

-         Sistema operativo: Conjunto de programas que comienza a trabajar cuando se enciende el computador, y gestiona el hardware desde lo básico permitiendo interactuar con el usuario. Un ejemplo, Linux.

-         Servidor web: Programa que implementa el protocolo http, diseñado para transferir hipertextos, páginas web o páginas HTML con enlaces, archivos, formularios, botones y otros. Apache, por ejemplo.

-         PHP: Lenguaje de programación usado para crear contenido en sitios web con los que se programan páginas HTML y códigos de fuente.

-         ASP: Plataforma de programación en web estrechamente relacionada con el modelo tecnológico de  Microsoft, su fabricante.

-         Ancho de banda: Cantidad de datos que se pueden transmitir mediante la red en una unidad de tiempo.

Culell pidió a los talleristas que contaran cómo operan sus sitios cada día, en lo que respecta a tecnología. Terminada la ronda de 18 intervenciones, se concluyó que en la mayoría de sitios los expertos de Sistemas reportan a los jefes de esas áreas de la empresa y no a los editores de la web.

Como bien remarcó Fogel, el manejo de la tecnología no tiene como fin lograr el poder, sino saber dónde nos movemos y tener el control de lo que sucede para hacer cambios en nuestro sitio y hablar mejor con la audiencia.

En lo tecnológico, la tendencia en los sitios periodísticos a escala mundial es clara: se prefiere producir tecnología propia, in house, con recursos open source, gratuitos y de código abierto, que comprar paquetes amarrados al sistema creado por un solo fabricante. Así, se ahorra mucho dinero y se tiene mayor flexibilidad para crear nuevos productos.

En este contexto de libre disponibilidad de recursos en Internet, que son tomados gratuitamente, mejorados y ofrecidos nuevamente a los usuarios de la red, destacan tres productos por su utilidad, efectividad y potencia: los apis, mashups, widgets y gadgets, utilizados, más que por periodistas, por cibernautas en general. ¿Otra vez estamos llegando tarde?

API (Interfaz de Programación de Aplicaciones) es un programa o módulo prefabricado que permite ser llamado desde cualquier sitio e integrado con programaciones de nuestra web para que invoque productos. Por ejemplo, son apis los Google Maps y las fotogalerías con imágenes de Flickr. Justamente en Flickr existe una lista enorme de apis que hacen distintas funciones y tienen código abierto.

El mashup o remezcla es la combinación de apis. Así como los weblogs han revolucionado la publicación en línea, los mashups están revolucionando el desarrollo web, pues permiten que cualquiera con conocimientos técnicos mínimos combine, de forma innovadora, datos que existen en eBay, Amazon.com, Google, Windows Live y Yahoo!

En Programmableweb.com se encuentran los últimos apis y mashups”creados, las combinaciones posibles y los gráficos de crecimiento de creación de estos productos. En sólo seis meses la elaboración de mashups creció de 1,900 a 2,500, según este sitio.

El widget es una pequeña aplicación o programa que da fácil acceso a funciones usadas frecuentemente y provee información visual. Puede hacer todo lo que la imaginación desee e interactuar con servicios e información en Internet. Los “widgets” pueden ser vistosos relojes en pantalla, agendas, calculadoras, calendarios, juegos, ventanas con datos del clima, en fin.

Los widgets de escritorio también se conocen como gadgets, una nueva categoría de mini aplicaciones diseñada para proveer de información o mejorar una aplicación o servicios de un ordenador o computadora.

El ejercicio sobre uso de mashups desarrollado por los talleristas dejó ideas posibles de poner en práctica en cualquier sitio web, como Fútbol Ahora! que combinaba Google Maps con el fixture de los partidos del torneo local, videos de la jornada subidos a YouTube, audio y textos.

La aparición de todos estos recursos gratuitos, que se combinan mejor cuanto mayor es la creatividad y el conocimiento de quien los usa, está provocando en algunas redacciones digitales que la figura del periodista-programador cobre cada vez más fuerza.

EL SITIO, LA REDACCIÓN DIGITAL Y EL PAPEL

Un buen sitio periodístico en Internet no surge de la noche a la mañana. Culell recomendó primero concebir una idea clara de lo que queremos y luego definir el producto, apoyándonos en estudios de mercado y precisando a qué usuarios queremos llegar, cuáles son sus edades y cómo navegan. También se requiere un equipo humano con habilidades distintas.

Una vez elaborado el proyecto periodístico, hay que evaluar la demanda publicitaria y enamorar a este mercado. Estos dos elementos, junto a la definición del producto, “deben funcionar en un equilibrio perfecto”.

El presupuesto es el ancla en la realidad, hay que ser inteligentes en los gastos. Además hay que tener un plan de negocios, que incluya planilla de personal, sueldos, flujo de caja, tráfico, escenario de crecimiento, etc.

Luego se debe armar la grilla o plantilla para el diseño, definir y ordenar tanto la publicidad como los contenidos informativos. Una sugerencia: no producir más contenido de lo que la gente puede consumir. Para el diseño, Culell recomendó aplicar las Diez Leyes de la Simplicidad, de John Maeda.

Con el sitio en marcha, es indispensable analizar permanentemente la curva de la audiencia, los horarios de conexión y la ejecución del presupuesto.

REDACCIÓN DIGITAL Y CONVERGENCIA

Durante el taller, los dos maestros se mostraron escépticos respecto a la convergencia de las redacciones del medio digital y del diario impreso. Sin embargo, no desestimaron la colaboración que puede existir entre una y otra en temas puntuales. Fogel se preguntó ¿para qué se hace una fusión si no va a cambiar la rentabilidad de la empresa y la calidad del producto?

La redacción digital funciona con actualización constante al ritmo de Internet, tiene un lenguaje hipermedia propio y su estructura jerárquica es horizontal. En el papel, en cambio, se trabaja con una proyección de 24 horas, lenguaje plano (texto e imagen), y jerarquía piramidal.

La palabra convergencia tiene, según Fogel, cinco significaciones:

- Capitalística: Cuando un grupo posee medios de diferentes soportes.

- Tecnológica: Toda la información proviene de una plataforma única.

- De contenido: Se usan todos los medios para tener una versión completa.

- Redaccional: Una misma redacción produce para varios medios.

- Periodística: Cuando un periodista es pluri-media.

El tema de la convergencia surgió con fuerza en 2005. Aquí algunos casos citados por el maestro francés:

- The New York Times le dijo sí a la fusión, pero ésta sigue siendo algo caótica porque algunos editores del papel aportan a la web y otros no.

- Washington Post, Le Monde, El País y Clarín le dijeron no. Tienen redacciones separadas y sus medios digitales crecen independientes.

- Usa Today tiene un “desk” o equipo de vigilancia. El editor de Deportes, por ejemplo, ve papel y web, pero en el cierre entrega el sitio al “desk”.

- The Wall Street Journal no ha logrado cuajar la convergencia.

- Financial Times ha fusionado los desk del impreso y del digital en una nueva sala de prensa multimedia.

- MSNBC se creó en 1997 para producir radio, TV por cable y un sitio en Internet, que hoy tiene el 25% de penetración en Estados Unidos mientras que la audiencia de la señal televisiva continúa bajando.

Al margen de las discusiones sobre la pertinencia o no de la convergencia –que tienen que ver con la naturaleza de las actividades de cada medio y la cultura de la empresa– lo innegable es que la producción del sitio se está fortaleciendo y diversificando. Mientras que la audiencia de la web sube, la lectoría del papel se estanca o disminuye.

Y para terminar, regresamos al tema de las audiencias. Éstas, que son el fin supremo de todos los medios de comunicación, también tienen actitudes distintas: el lector de periódico se inclina hacia atrás, deja que los contenidos vayan hacia él, es pasivo; en tanto que el usuario de Internet se inclina hacia adelante, busca contenidos, elige, interactúa, es más demandante y activo.

En la tercera etapa en la que se encuentra Internet esa actitud demandante y activa se percibe mucho más, y la mayoría de usuarios está satisfaciendo sus necesidades de información no a través de los sitios periodísticos, sino mediante Google News, redes sociales, blogs y otras páginas elaboradas por profesionales de otras áreas.

Por eso, el periodismo digital, que está llegando tarde a este nuevo proceso de cambios acelerados, corre serio peligro si no cambia de actitud y se dedica a seducir y captar a la nueva audiencia. “Este taller fue extremo, pero el momento también lo es”, sentenció Fogel.