ÉTICA Y NEGOCIO: PAREJA DISPAREJA

Por Javier Darío Restrepo

Este ensayo aborda el complejo vínculo que se genera entre la perspectiva ética y la empresarial en el campo del hacer periodístico.  La identidad del periodista y su naturaleza definen la relación que se establece.  El autor sostiene que esta no es una relación negada. Ética y negocio no son incompatibles en el Periodismo, por el contrario el costo de la ruptura entre ética y economía en una empresa periodística es muy alto. La validez de la información, la credibilidad y la calidad del hacer periodístico y su relación con la sociedad están en juego.

Un periódico puede llegar a ser una empresa floreciente sin necesidad de la ética. Altamente rentables, con ganancias aseguradas para los accionistas, dueños  de un mercado de lectores y de anunciantes que mantienen su fidelidad día tras día, estos periódicos navegan por el mar de la prosperidad, guiados no por una brújula ética sino por un radar sensible a la aparición de buenos negocios.

LA NO ÉTICA COMO NEGOCIO

Está comprobado en la práctica, ustedes y yo lo hemos visto: un periódico puede ser exitoso como negocio sin consultar códigos éticos. Muchos buenos negocios no se harían si se sometieran al rigor de unos criterios éticos. Piensen ustedes en lo que sucedería, por ejemplo, en el departamento de publicidad o en el de los suplementos comerciales si allí se instalara un filtro ético para las medias verdades, las letras menudas, los compromisos editoriales con los anunciantes o con los gobiernos. Dejar que por un lado vaya la ética y por otro los negocios, ha sido una filosofía conveniente para muchas empresas periodísticas.

Un periódico puede mantener cautivas a muchedumbres de lectores sin necesidad de atenerse a la servidumbre de lo códigos deontológicos. Más aún: esas masas de lectores fieles se podrían explicar por la libertad total con que un periódico informa cuando no lo limitan un criterio ético como el que habría impedido la publicación de titulares de impacto o de las informaciones más vendedoras por espectaculares o escandalosas. Pueden ser poco o nada éticas algunas historias, pero son las que más venden. ¿Cómo se explica si no que los periódicos más audaces para titular e ilustrar sus primeras páginas, sean los de mayor circulación?

Aún debo anotar otra fortaleza de los periódicos liberados de la ética y es que, además de dar dinero y de multiplicar lectores, acumulan poder. Su circulación alta, su presencia diaria en los kioscos y en las manos de suscriptores, los convierte en referentes indispensables para empresarios y gobernantes que necesitan llegar al mayor número de personas con sus anuncios y que, además, necesitan tener de su lado unas empresas periodísticas que de otra manera, insatisfechas o frustradas podrán convertirse en peligrosas enemigas. No se necesita ética para construir ese enorme poder que garantiza una generosa pauta publicitaria oficial, un tratamiento privilegiado en asuntos legales y de tributación, un lugar destacado en las invitaciones oficiales y un acceso expedito a las instalaciones e informaciones de gobierno. Es un hecho evidente: son más las cosas que pueden hacerse sin ética que con ella.

Estoy comprobando fríamente un hecho y descarto por innecesario un tono irónico como el de Swift, cuando aconsejaba en la Inglaterra del siglo XVIII que para resolver el problema de la multiplicación de niños pobres, se los sirviera en humeantes y provocativos platos después de adobarlos y asarlos, servidos entre apetitosas salsas y aromáticas yerbas.

Decenas de conversaciones con periodistas y directores de medios del continente, centenares de preguntas en un consultorio ético virtual le dan una base real a esta introducción, me eximen del recurso de la ironía y sacan nuestro tema del muy trillado y estéril tópico que liga como hermanos siameses que se odian  al negocio y la ética. Es un hecho que una empresa periodística puede funcionar con éxito sin  la ética o con una ética domesticada. Esto es posible, como lo comprueba el hecho de que las leyes, las normas tributarias, los reglamentos de tránsito, el código laboral, son fórmulas que se pueden interpretar y moldear a la medida de los intereses de cada uno. De la misma manera, hay quien dice y hace aquello de que “cada uno tiene su ética”. Fórmula y realidad comodísimas porque uno se hace una ética a la medida, confortable y desprovista de las molestas aristas que suelen tener los deberes.

Es igualmente cierto que un periódico ético también puede construir prosperidad, aunque no sea con la celeridad ni con el brillo ofuscador con que lo hacen los otros. Lo que no puedo asegurar es que un periódico así, con esa ética sobre medidas, o mejor aún, sin ética, pueda llegar a ser respetable; tampoco se le puede garantizar ese potencial de influencia que hace de un periódico un referente obligado en la vida de la sociedad. Es posible que se lo tema, por su poder de ofensa, de calumnia o de tergiversación, pero no se lo respetará.

¿DE QUÉ ÉTICA HABLAMOS?

Pero, ¿de qué ética hablamos? La pregunta se justifica porque a lo largo de la historia del pensamiento la búsqueda sobre lo ético ha llegado a resultados plurales y complementarios.

En los comienzos se vio la relación entre ética y felicidad: ese es su producto, es su explicación, como guía que es, como clave para descifrar la conducta humana; con una mirada cósmica, una escuela filosófica se preguntó por el lugar del hombre en el universo y halló la respuesta en la ética, que integra al hombre en el cosmos; de la misma manera que Aristóteles cuando la definió como la obediencia del hombre a su naturaleza; en nuestro tiempo se ha creído encontrar la respuesta en la eterna búsqueda de valores que ha movilizado desde siempre al hombre; o la ética como resultado de la interacción y comunicación entre los humanos.

No se trata de hallazgos excluyentes entre sí; más bien han sido trabajos complementarios del pensamiento, como el de los que se esfuerzan en una carrera de relevos donde cada uno entrega al siguiente lo que ha podido obtener para que la carrera no se detenga. Estos resultados de los que han pensado la ética a través del tiempo parecen disminuidos cuando la ética se reduce a un manual de prohibiciones. Algunos códigos éticos parecen obsesionarse con el NO, quizás lo menos importante entre los hallazgos de la exploración ética del hombre. La ética muestra todo su potencial dignificador y reconstructor del hombre cuando en vez de dirigir su mirada hacia los caminos clausurados por la prohibición, descubre los horizontes amplísimos del reto y la propuesta. Hay una ética que es desafío.

Hace 24 siglos, Sófocles tuvo un problema gramatical: dar con el superlativo del adjetivo deinós y acuñó la palabra deinóteron y se la aplicó al hombre. Deinós es terrible, asombroso, y el ser humano es el superlativo de lo terrible y asombroso. Y explicaba el dramaturgo griego: el hombre es asombrosísimo, no por lo que es, sino por lo que puede ser.

24 siglos después, un hombre de nuestro tiempo entre muchos otros, José Ortega y Gasset, habría de decir: no podemos decir que el hombre es, sino que está en vías de ser esto o aquello. Y agregaba: “el núcleo de la existencia humana es la posibilidad, dirigido hacia el futuro, está constantemente  adelantado a sí mismo.

Desde siempre, los que piensan al ser humano han tenido la persuasión de que el hombre, todo hombre, es un proyecto en marcha y que el objetivo de toda vida humana es hacer de sí mismo una obra maestra. La ética proporciona los planos para esa obra maestra. Vista así es un reto permanente.

Tal vez haya podido explicar ahora, cuando señalo la diferencia abismal entre un periódico y un periodista que para hacer negocio dejan a un lado todo reclamo ético, y los que asumen el riesgo y responden al desafío consigo mismos, de ser éticos, es decir, de echar sobre sus hombros el compromiso de la excelencia profesional puesta al servicio de los más altos propósitos de la sociedad.

Todo el extenso proceso del pensamiento ético nos ha conducido finalmente al hallazgo de que el ideal de todos los humanismos se concentra en la ética y que ésta es la expresión del más alto humanismo, puesto que los valores éticos no son otra cosa que la expresión de la excelencia humana.

Insisto en señalar la diferencia que separa a un periodismo de negociantes y mercaderes – que no necesita de la ética porque le estorba– de un periodismo ético que, parado sobre sus propios hombros, mantiene la tensión y la agonía de ser siempre mejor.

Esto en el papel se escribe fácil y aquí se dice de modo expedito. Pero hacer un periodismo ético, amigos, tiene sus dificultades. No volveré sobre esos temas usuales en esta clase de eventos de la invasión a la intimidad, del sensacionalismo y la crónica roja, de la violación del secreto sumarial, o el manejo torpe de las fuentes, o el arrodillamiento ante los poderosos, que son problemas reales y que requieren, más que la solución casuística, la consolidación  de unas actitudes y criterios. Prefiero ahora abordar otras dificultades para un periodismo ético, algunas de tal magnitud que para no afrontarlas, medios y periodistas han renunciado al ideal ético. Me refiero en primer lugar, por supuesto, a la empinada tarea de armonizar ética y dinero.

LA ÉTICA PUEDE SER NEGOCIO

La del periódico ético es una tarea ardua, que exige inteligencia y valor moral, porque se trata de recoger y seleccionar la noticia, de presentarla con cuidado, sin miedo a la competencia o a las reacciones de los interesados, sin favoritismos. Estoy utilizando expresiones que, aunque vigentes hoy, fueron escritas a fines del siglo XIX por el director del Emporia Gazette, William Allan White. En aquel momento ardía la lucha por la supervivencia económica de los grandes diarios.

Al mismo tiempo que aparecían, con aire y lenguaje de barbudos profetas, los periodistas con un sentido heroico de su profesión, se movían con agilidad ratonil los eternos roedores del queso del dinero, con unas enhiestas y sensibles antenas para detectar historias insignificantes pero divertidas, chismes caseros y de alcoba para convertirlos en picantes titulares; con ellos alternaban, aunque con jerarquía superior, los avezados cazadores que en la selva de hormigón venteaban escándalos con protagonistas de sonoros apellidos y de reconocido poder político, económico o social. Contrastaba con todos ellos una minoría de periodistas que Allan White distinguía por su sentido moral, su autorrespeto, calidad para ellos igual a una perla de gran valor, dotados de una aguda inteligencia y de un valor moral a toda prueba y capaces de arriesgar el dólar con tal de obtener la estima del grupo más sensato y decente de la comunidad. Hacer un periódico bajo los parámetros de la ética es una empresa difícil. Todas lo son, pero ésta tiene sus dificultades específicas. La más conocida es la ardua tarea de armonizar ética y dinero.

ÉTICA Y DINERO PUEDEN SER PAREJA

Las  actitudes éticas implican un riesgo económico, pero al mismo tiempo construyen esa base sólida de credibilidad y de respeto ante los lectores.

Un análisis realista indica que si la base más sólida para la economía de una empresa son sus clientes, la lealtad de los lectores – sean suscriptores o compradores diarios– es un activo fundamental para un periódico. Y esa lealtad es la respuesta a la credibilidad y la confianza que se construyen con cada edición del diario. Y cuando hablamos de credibilidad y de confianza estamos entrando en los terrenos de la ética.

Randolph Hearst, a pesar de sus conocidas prácticas de empresario, admitía sin embargo que el primer deber de un periódico, publicar la verdad, se funda en el hecho de que la información completa y exacta es la primera necesidad de los ciudadanos de una república. Anticipaba así uno de los principios medulares del informe Hutchins sobre la prensa libre y responsable, que urge el deber de entregar información completa y apegada a la verdad de los hechos.

A fines del siglo XIX, Pulitzer corregía algunas de sus prácticas empresariales y anunciaba un periódico más entregado a la causa del pueblo que a la de los potentados; propósito que haría suyo el fundador de la cadena Scripps Howard: “tengo un solo principio dificultar que el rico continúe enriqueciéndose y evitar que el pobre siga empobreciéndose.” Este director de diarios se alarmaba ante una prensa “dominada por los pocos ricos del país,” porque entendía que la razón de ser de la prensa es el servicio público. Pensamientos explicables en aquellos años. ¿Y en los nuestros?

También. La extensa investigación con periodistas de Estados Unidos, adelantada por el profesor Eugene Goodwin, hoy  catedrático en la Universidad de Pennsylvania, concluía que lo que se requiere es un periodismo que sirva al público con la verdad más precisa posible, que trate a las personas con compasión, que interprete y que explique. Y el director de Le Monde, Jean Marie Colombani, al hablar de la indispensable independencia de un periódico como distancia del poder político y de las pretensiones de los anunciantes, explicaba: “porque el diario que se pone de rodillas ante los anunciantes pierde su credibilidad”. Agregaba, sin embargo, que la financiación es la clave de la independencia de un periódico.

Es una convicción sabia y vieja. La expresaba Pulitzer al inaugurar uno de sus diarios: “para que un diario tenga utilidad debe tener circulación, porque esto significa avisos, los avisos significan dinero y el dinero nos da independencia”. Cité antes al creador de Scripps Howard y vuelvo a él porque agrega complejidades que no expresa el enunciado simplista de Pulitzer. Decía. “Un diario justo y honesto debe combatir los intereses de esa mismísima clase que le proporciona la mayor parte de ingresos a un diario”. El asunto, pues, no se puede plantear con la elementalidad de quien afirma sin más que en la empresa periodística es negocio bueno el que deja mucho dinero y malo el que arroja pérdidas. Para un periódico nunca será bueno tener pérdidas, pero no será necesariamente bueno tener muchas ganancias. Tampoco se puede proponer el tema como una elección entre ser éticos o ser rentables, como si la ética excluyera los buenos negocios en periodismo. Lo anotaba Donald Graham, cuando era editor del Washington Post: “las ganancias no son incompatibles con el buen periodismo”.

Hay, pues, dos extremos viciosos: el que asocia la ética con pérdidas, y el que maneja un periódico como una empresa cualquiera, cuyo primer mandamiento es ganar dinero. Entre esos dos extremos está el punto de equilibrio: la ganancia subordinada y al servicio de un buen periodismo. Un periodismo ético, desde luego, no es tan buen negocio a corto plazo como el no ético, pero no deja de ser buen negocio; y será mejor a largo plazo, cuando puede contar con la lealtad de los lectores, esa garantía que solo se construye con  credibilidad y confianza. Con todo, sería ingenuo concluir que los periódicos éticos  son los únicos que duran y se consolidan como empresas. Una conclusión así ignoraría el hecho de las poderosas empresas de periódicos sensacionalistas, consolidadas por la lealtad de unos lectores que reclaman su dosis diaria de sensación y pagan por ello con la misma devoción de los drogadictos.

Lo que falla en este razonamiento es que se pretende medir el resultado de ser ético o de no serlo, por el éxito en el mercado, no por la influencia real y positiva del periódico en la vida de la sociedad. Se trata, por tanto, de sacar la discusión ética de los libros de contabilidad, pero sin ignorarlos. En una empresa periodística no se puede hablar de ética sin referencia a su economía, y es indispensable que las preocupaciones económicas estén atravesadas por la ética. Cualquier intento de divorcio entre la ética y el dinero resulta tan costoso para la empresa como divorciarse de una actriz de renombre.

ÉTICA Y CALIDAD SE NECESITAN

Quiero explicarme con un ejemplo, el de la calidad, que es a la vez argumento de ventas y punto de encuentro de las virtudes profesionales de periódico y periodistas. Es un factor  en el que convergen el interés de la gerencia y las preocupaciones de la sala de redacción.

Desde luego, medir la calidad de un periódico no es lo mismo que hacerlo con un automóvil, con un traje o con una bebida. Para medir la calidad de estos productos hay estándares claros y cuantificables, los instrumentos para medir la calidad periodística  tropiezan con dificultades de consideración al intentar detectar y medir los elementos de que está hecha la calidad periodística. Así aparece en el VAP, o Valores Agregados Periodísticos de la Universidad Católica de Chile, o el PCP, Percepción de la Calidad Periodística, de la Universidad Católica de Buenos Aires, o el proyecto para un Periodismo de Calidad de la Fundación Prensa y Democracia y la Red Periodismo de Calidad de México.

¿La calidad de un periódico es, como en los demás productos, lo que convence al consumidor para comprar?

¿O  es calidad lo que contribuye a cambiar algo todos los días, según la citada expresión de García Márquez?

Cuando consulto los  criterios que han guiado a directores y grandes periodistas del pasado y del presente, encuentro un catálogo tan variado como el de la VAP con sus 55 variables de medición de la calidad, pero como ustedes lo observarán, todas se apoyan en valores éticos. Estos valores éticos no operan desde afuera, como las leyes; se incorporan desde dentro, por decisión personal de cada individuo; los adopta cada periodista como claves de su éxito profesional y de su felicidad. Están ligados de modo indisoluble a la calidad técnica del ejercicio periodístico. Así como es imposible separar al sol de la luz y del calor, o a la flor del color y del perfume, en periodismo la ética y la técnica son una sola cosa…es una realidad que los más lúcidos empresarios de la prensa han incorporado a sus objetivos prioritarios, porque han entendido que es imposible ofrecer productos de alta calidad periodística si el ejercicio profesional no está atravesado por los valores éticos. Un periodismo sin ética está irremediablemente condenado a la mediocridad o a una calidad indigna de la inteligencia.

Esta fusión de ética y técnica es la clave de la identidad profesional, otro de los arduos problemas que debe enfrentar una empresa periodística regida por valores éticos.

LA IDENTIDAD PERIODÍSTICA

En el siglo XIX escribía indignado Horace Greeley, director del Tribune: “creen que el periodista no tiene más jerarquía que el camarero de un restaurante, de quien se espera que sirva el plato que se le pida.” Esto se leía  en el Tribune cuando aún no se había insinuado siquiera el proceso que a finales del siglo XX convirtió a los medios de comunicación en dependencias de los grandes complejos empresariales, industriales o financieros; un fenómeno que ha convertido al periodista en un trabajador improductivo, porque su producto, la noticia, no es, no debe ser comercializable.

La claridad con que Greeley diferenciaba al camarero, cuyo negocio es tener satisfecha a la clientela, del periodista, cuya tarea es mantener informados a sus lectores sin consultar sus preferencias, es una claridad de identidad que se ha perdido. La lógica comercial, aplicada al trabajo periodístico, ha trastornado la conciencia de la identidad profesional. El periodista no siempre tiene claro si lo suyo es interpretar o atender las demandas de los lectores con dosis de entretenimiento y de sensación, o estimular su pensamiento mediante una provisión diaria de conocimiento de la realidad. Esta confusión sobre su tarea es una fuente inagotable de dilemas éticos y está fundada en el hecho que hoy se refleja en los kioscos en donde el lector puede escoger entre los periódicos a la carta, hechos con la lógica y la sumisión del camarero, en todo diferentes de los periódicos que defienden la autonomía de su agenda informativa, asediada por los caprichos y veleidades de los consumidores y tantas veces por la presión del departamento comercial.

La identidad profesional resuelve de una vez por todas para quién trabajan el periodista y su medio, y da por cerrada la discusión sobre el dilema, o entretenimiento o información integral. La falta de esa definición  se ve en esos periódicos a la carta, mezcla confusa de parque diversiones, oficina de relaciones públicas, catálogo de ventas, con islotes de información y de opinión. Son platos para todos los gustos, preparados para satisfacer a todos los paladares. Dan lo que les pidan con la misma diligencia del más eficiente y profesional de los camareros

Cuando hay definición de la identidad profesional, esta se refleja en el periódico con identidad profesional, que desconoce el talante del camarero, porque no espera  que le dicten la orden puesto que él tiene su propia orden, la que le imponen los  siempre imprevisibles hechos de cada día. Una clave de esa identidad es que no se esperan órdenes de la clientela porque el periodista tiene su propio producto para entregar: la historia de cada día, la que más sirve al interés, no a la curiosidad, de sus lectores porque lo del periodista no es entretener ni divertir a nadie, sino informar a todos. Cuando periodista y periódico tienen esto claro, exhiben una identidad profesional sólida, que es el fundamento de un perfil ético definido.

Ese perfil está apareciendo desdibujado y borroso a la hora de hacerle frente al fenómeno Internet, que es el otro problema..

INTERNET

La aparición y el éxito arrollador de Internet ha desencadenado en las redacciones de los periódicos  las demencias del terror que estimulan los profetas de desastres. Un ejecutivo de Microsoft anunció con impavidez de contador, que el último ejemplar del New York Times circulará en 2018, y contaba el profesor Philip Meyer que alguien le había dicho que el último diario impreso será leído en octubre de 2044. El profesor ironizó rectificándole a su interlocutor: mis informaciones dicen que será en ese año, pero en el mes de abril. Estos anuncios apocalípticos y el terror ambiente que generan no están dejando ver que  el verdadero problema es que, enredada en la lógica comercial, la prensa ha debilitado su identidad profesional y ha retrocedido.

Y por eso tiene dificultad para ver en internet una oportunidad. Los periódicos habían apostado a la sobreinformación  : cada vez más noticias en menos espacio, cada vez más velocidad para informar en el lugar y en el momento mismo de los hechos; al aparecer Internet con sus dones de ubicuidad e instantaneidad, cundieron el desconcierto y el pánico que no dejaron ver que “ cuanta más información  más se necesitan la distancia que dan la historia y el conocimiento. La sola información no alcanza a producir conocimiento como” advertía Dominique Wolton, en el foro Los desafíos en la encrucijada del siglo XXI, convocado por Clarín, de Buenos Aires. Allí Wolton,  ante la pregunta sobre el periodismo que habrá dentro de una década, agregó: “la esencia del periodismo dentro de 10 años va a ser siempre validar la información. La permanencia del periodismo dependerá de tener un grupo humano, ya no podremos trabajar  en forma individualista. Se necesita un grupo con códigos deontológicos que nos comprometan con valores. Cuanta más información tenemos, más debemos seleccionar esta información y el periodista juega en esto un papel muy importante.”

El periodista que había apostado al papel de entretener, ha quedado en una desairada y desigual posición ante una industria del entretenimiento, fortalecida con los recursos de la tecnología; diarios y periodistas habían optado por la noticia breve y rápida, primero para enfrentar a la televisión y ahora para responder a internet que arrasó sus pretensiones con su omnipresencia e instantaneidad. Es un hecho que si periódicos y periodistas quieren responder al reto de las nuevas tecnologías, deben recuperar su identidad, es decir, volver a ser lo que siempre debieron ser.

El problema es, pues, de identidad profesional y cuando hablamos de identidad periodística estamos hablando de un problema ético, o sea el deber ser del ejercicio profesional. La amenaza no está en Internet; esta tecnología sólo ha puesto en evidencia las debilidades del periodismo en un medio tradicional como el impreso; la amenaza está en nosotros.

Las cifras son conocidas y no voy a incurrir en la obviedad de citarlas, también lo son las causas; a ellas aludía Sandro Vaia, jefe de redacción de O Estado, de Sao Paulo en el seminario sobre los desafíos del periodismo real. Allí enumeró los puntos débiles que han contribuido a la crisis: la autocomplacencia que desterró la autocrítica; la irrelevancia, el olvido del público lector que dio origen a periódicos para periodistas, para fuentes o para poderosos, la monotonía, la rutina, el exceso de conferencias de prensa y de política pequeña y la desaparición de la vida real.

En un informe sobre la crisis de circulación  de los periódicos, El País de Madrid enumeró  las soluciones que se están preparando: hacer noticias más cortas, al estilo de la televisión; reingeniería de las salas de redacción, privilegiar el análisis y la interpretación sobre la noticia y como última propuesta: redacciones y periodistas con un sentido de misión, es decir los periodistas que deben ser

Al cabo de tantas experiencias, teorías y errores se ha venido a demostrar que la empresa periodística necesita credibilidad con más urgencia que rotativas. Un cambio de máquinas hubiera sido más sencillo para el New York Times que la recuperación de su credibilidad herida por los 36 errores, mentiras o ficciones de Jayson Blair en 73 artículos. Hablar de credibilidad es hablar de una ética que atraviesa como alma, hasta las más sofisticadas de las técnicas.

Con todo, el dilema se mantiene, si ustedes quieren hacer de sus periódicos unos negocios de éxito inmediato, no necesitan la ética, pero no esperen de un periódico así la respetabilidad y la fuerza moral que permiten influir en la vida de la sociedad. Harán sí un periódico capaz de defender con eficacia el negocio y las ganancias, pero no la libertad ni la democracia.

Para lograr esto será necesario un sentido moral y sobre todo un valor moral capaz de subordinar los propios intereses a los de toda la sociedad y de colocar el lucro en el segundo lugar de las  prioridades, porque el primero siempre debería estar ocupado por el interés público, que es lo que espera de un periódico el grupo más sensato y decente de la comunidad.

En el Reporte 2006 del Proyecto por la Excelencia del Periodismo, subrayé, entre otros dos hechos: la afirmación de un alto ejecutivo de televisión en una conferencia: “el yunque ético ha sido levantado.” Fue una notificación de que las nociones tradicionales de decoro habían dejado de existir, comentó el informe.

El otro hecho quedó registrado al final del documento en el que los autores admitieron que el panorama para los medios es sombrío.

Sin embargo,  manifestaron, hay indicios de algo positivo. “La respuesta, sospechamos, no está solo en las estrategias de negocios que patrocinan a los periódicos, sino en el periodismo. Y si la historia sirve de guía, sabemos que los dos lados –negocio y periodismo- no podrán prosperar a menos que trabajen al unísono.” No tiene sentido convertir las empresas en campos de batalla. Quiero creer que así debe ser.

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