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NOTAS EN TORNO A LA CONFIANZA EN EL MUNDO VIRTUAL: SÍNTOMAS NIETZSCHEANOS

Por Víctor J. Krebs

El mundo virtual plantea hoy una dimensión particular de la confianza. Los vínculos en este escenario se proponen de modos distintos. Este ensayo examina la idea de las transformaciones que se generan en la experiencia de interacción en el ciberespacio. La noción de realidad adquiere nuevas aristas. Las herramientas y espacios de interacción nos ponen ante un mundo de relación con palabras, más que con cuerpos.  El mundo virtual, según se propone en el artículo, no es un apéndice del mundo real, sino que establece un patrón colectivo que desplaza la razón científica y objetiva a favor de una razón asociativa y estética cuyos objetivos pueden ser muy diferentes.

Corro por el malecón. Es la primera vez que lo hago con un ipod. Mi conciencia entera está absorta en la música. Pero de pronto me percato de que no escucho mi aliento, que siempre me había marcado el paso. No sé ya si estoy corriendo a buen ritmo, ni puedo saber, en medio de la música que invade mi conciencia, si estoy respirando regularmente, incluso si mi cuerpo se está agotando demasiado pronto. Me toma un tiempo acostumbrarme a esta desconexión, y, durante esos cuantos minutos, me siento correr como lo hacía de chiquillo, un poco descoordinado, sin ritmo, sin mucha conciencia de cómo esta funcionándome el cuerpo. Pero poco a poco comienzo a aprender a atender a otras señales; empiezo a concentrarme en cómo se sienten mis músculos, por ejemplo, o a sentir mi aliento no escuchándolo, sino desde dentro. De alguna manera voy encontrando, en otras palabras, algo que sustituye el sonido de mi respiración que no escucho y que me vuelve a dar una pauta.

Pienso que algo parecido a esa desconexión está pasándonos a raíz del mundo virtual. Igual que el ipod que invade mi conciencia y me ensordece a los sonidos externos, la virtualidad también abruma nuestra orientación cotidiana. Los criterios usuales por los cuales nos orientábamos en la realidad no son vigentes ahí, y nuestro comercio entre lo virtual y lo real comienza a desdibujar sus fronteras. Zizek(1) lo describe como un cambio, producido por la tecnología en general, en nuestro horizonte hermenéutico: Se trata de un quiebre en los límites entre la vida real y su simulación mecánica (en la ingeniería genética, por ejemplo), entre la realidad objetiva y nuestra percepción ilusoria de la realidad (en la simulación virtual) y entre nuestros afectos, sentimientos, actitudes y el centro mismo de nuestro yo (en la constitución de nuestra identidad virtual). La pregunta acerca de la confianza en el mundo virtual cuestiona la forma cómo nos relacionamos con el mundo en vista de esta(s) desconexión(es). Exige una reconcepción de lo que es nuestro mundo hoy.

Y esta pregunta acerca de la confianza en internet obedece a una sospecha (incluso a un temor, muy comprensible), de no saber bien ya cómo determinar lo que es verdadero. La realidad tal como la conocemos, este espacio-tiempo cotidiano, está siendo transformada de maneras profundas y radicales por nuestra experiencia en el ciberespacio. Y la pregunta por la verdad es más pertinente ahora que nunca, en la medida en que vivimos en un mundo globalizado que nos inunda de información por todas partes y en el que empezamos a vivir atravesados por una virtualidad cuyas reglas y condiciones de validez y existencia recién empezamos a vislumbrar.

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Podría decirse que, con el advenimiento del mundo virtual en el siglo XXI, la visión racionalista que ha definido nuestra conciencia colectiva y nuestros valores culturales durante los últimos doscientos cincuenta años en Occidente ha encontrado su Némesis(2). Y es que el mundo virtual está rompiendo con algunos de los presupuestos más elementales del esquema civilizatorio moderno. Para empezar, la forma cómo funciona la red virtual  reconstituye el espacio y el tiempo y así destruye la secuencialidad del pensar y el actuar, haciendo imposible seguir privilegiando la mentalidad jerárquica, el pensamiento lógico y continuo que es la esencia de la mentalidad racionalista de nuestra cultura. Más bien introduce una conciencia fragmentaria, asociativa, y totalmente antijerárquica: democrática. Gilles Deleuze(3) se ha referido al modo de pensamiento que ella implica como  “rizomático”, dándole así imagen a su carácter disperso y horizontal, por el cual empezamos a pensar de una manera completamente distinta que ya está cambiando gradual y casi imperceptiblemente nuestros hábitos, nuestras expectativas, nuestra relación con las cosas y las personas e incluso nuestros ideales culturales.

Puede sonar extraño que los cambios introducidos por el ciberespacio tengan un efecto tan radical en nuestra relación con el mundo, sobre todo si consideramos al mundo virtual simplemente como un apéndice o una extensión del real. Pero el mundo virtual, lejos de ser un mero apéndice del mundo real, comienza a establecer un patrón colectivo de conciencia que desplaza a la razón científica y objetiva prevalente, en favor de una razón asociativa y estética cuyos objetivos y propósitos pueden ser muy distintos.

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Análogamente a lo que sucedió en el Renacimiento debido al descubrimiento del Nuevo Mundo y de los viajes e intenso comercio con lugares lejanos de entonces, en nuestra época la experiencia misma, exacerbada por los avances tecnológicos y el advenimiento del mundo virtual, está engendrando formas de ser, específicamente formas de constituir identidades, que van obligando a la mirada racionalista, ceñida a la exactitud y secuencialidad lógica, a contorsionarse y transformarse en una mirada fragmentaria y discontinua, ambigua y polivalente. Su advenimiento está forjando ya cambios profundos en nuestros hábitos y prácticas mentales. Y entonces la pregunta por la confianza en el mundo virtual debe plantearse más allá de la limitada concepción de éste como una mera extensión o apéndice del mundo real.

Aunque lo parezca, la pregunta acerca de lo que es la confianza en el mundo virtual (a diferencia de lo que es en el mundo real) no es una pregunta sencilla y concreta del tipo “¿qué ropa necesito para el frío del invierno canadiense (a diferencia del limeño)?” La pregunta acerca de la confianza en el mundo virtual es una pregunta sumamente cargada, que apunta a los cambios fundamentales que están sucediendo en nuestra forma de ver y concebir las cosas. Más bien es el tipo de pregunta que se haría un europeo del siglo XVI, cuando aun creía que el mundo era plano, acerca de dónde o cómo ubicar al Nuevo Mundo. Responder a esa pregunta implicó un cambio radical en su concepto de mundo. Y es del mismo modo que nuestra actual concepción de mundo tiene que cambiar otra vez para llegar a entender el sentido que muchos de nuestros conceptos –entre ellos el de la confianza–, comienzan a asumir ya en la virtualidad.

No quiero decir con esto, claro, que no podamos hablar con el mismo sentido común de siempre acerca de la confianza en  lo que se refiere al mundo y a la comunicación virtual. Eso es incuestionable. De hecho, el no saber si lo que recibimos por los medios virtuales, por ejemplo, es fidedigno, o si no estamos siendo timados o engañados en nuestras interacciones en el internet, o si no están hackeando nuestros movimientos en el ciberespacio para fines ilícitos u oscuros, hacen que la pregunta entendida en su sentido más prosaico sea absolutamente pertinente.

En esos casos, lo que se requiere de nosotros es una labor de atenta observación: que examinemos las condiciones concretas,  los nuevos riesgos y los nuevos recursos que acompañan al mundo virtual, para establecer los criterios necesarios y poder garantizar la confianza y el funcionamiento normal ahí. Pero lo que quiero subrayar aquí es que si nos limitamos a considerar el sentido pragmático, comercial incluso, de la pregunta, estaremos perdiendo la oportunidad de indagar tras lo más fundamental que subyace a la inquietud que ésta expresa; aquello que está ya revolucionando el mundo en el que vivimos sin que nos percatemos apenas de ello.

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Pasar del modelo del conocimiento como algo que se genera a partir de una sola fuente, es decir del modelo del árbol de las ciencias que ha regido nuestra concepción del conocimiento desde el siglo XVII,  al modelo rizomático deleuziano que niega la única raíz y afirma por el contrario una multiplicidad dirigida en muchas direcciones, significa un rudo golpe, un choque profundo a nuestro esquema organizacional y a nuestra concepción de lo que cuenta como conocimiento. “Conocer” en el mundo virtual no puede verse solo como una cuestión de poseer contenidos; involucra además y sobre todo una actividad plástica de hacer conexiones, establecer asociaciones y armar sentidos nuevos.

En el mundo real uno ordena las cosas de una sola forma a la vez. El espacio real es unívoco y una cosa solo puede estar en un lugar al mismo tiempo. En  el mundo virtual, por el contrario, las mismas cosas pueden ser ordenadas de muchas formas simultáneamente; las cosas pueden ubicarse en múltiples lugares al mismo tiempo. Una sola entidad virtual, un archivo por ejemplo, puede ser multiplicado y distribuido ubicuamente a través del espacio virtual. Las limitaciones impuestas por el espacio real no son limitaciones del espacio virtual como tampoco son, ni han sido nunca, limitaciones naturales del pensamiento(4). La limitación del espacio empírico que antes constreñía físicamente la cantidad de conocimiento publicable, y por lo tanto motivaba clasificaciones arbitrarias basadas en consideraciones ajenas al propósito de la “verdad”, es  eliminada con la  llegada del mundo virtual. Nos encontramos en un espacio virtualmente sin límites, donde los criterios de organización pueden seguir exactamente las exigencias de nuestras búsquedas, incluso pueden ir forjándose simultáneamente.

El paradigma moderno tradicional de validación racional, con su sistema jerárquico de orden y medición del mundo, comienza a mostrarse completamente inadecuado para dar cuenta de lo que está sucediéndonos, que más pareciera estar definido por la fragmentación, el patchwork, el bricolage y orientado hacia el choque anodadador que detiene el movimiento habitual del pensamiento, que detiene, en otra palabras,  al movimiento mecánico y secuencial del tiempo abstracto, para hacernos más conscientes de su real flujo continuo, de otra manera invisible a partir de nuestros criterios tradicionales, hasta hace poco irreemplazables. Dentro de ese flujo continuo ¿cómo empezar a concebir lo que es, o el papel que jugaría, la confianza?

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La pregunta acerca de la confianza, en el sentido que la estoy usando y en el contexto en el que la quiero ver, es al final una cuestión ontológica. Depende de la forma como categorizamos y dividimos el mundo. ¿Qué cosas que antes ni existían cuentan como objetos en este mundo? ¿Cómo afecta esto la forma como me relaciono con ellos? Ya no dividimos al mundo (por lo tanto: no los vemos) de acuerdo a sus “articulaciones naturales” que simplemente explicitan lo que ya es, como lo asumía Platón en su venerable método de división y clasificación. No hay ya, en otras palabras, una sola manera en que las cosas son. Dividimos el mundo ahora en función de diferentes intereses, de diferentes aspectos y sus múltiples importancias relativas a la necesidad particular de cada posible clasificación. Y ahora no lo hacemos solo en la mente, lo hacemos en el tiempo y el espacio virtual, colonizando de ese modo un nuevo ámbito que va esparciéndose en nuestra conciencia sobre todo el mundo. ¿Cómo comprender lo que quiere decir confiar en un mundo cuya constitución básica es tan distinta a la del mundo en el que hemos aprendido a pensar?

Confiamos en algo porque puede servirnos para seguir un determinado camino que sabemos que tenemos o queremos seguir. Pero si no hay caminos definidos que podamos querer o tener que seguir, entonces la interpretación se vuelve más importante que la constatación y la confianza adquiere otro sentido o valencia, orientada en otra dirección.

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Esta no es ya la época de la detención del movimiento, del escrutinio detenido típico de la objetividad científica, de la teorización sistemática; es la época del flujo dinámico, constante e imparable del tiempo interior, del élan vital bergsoniano hecho ya experiencia externa, tangible, compartible, intersubjetiva. Hemos descubierto un nuevo mundo, o mejor: un mundo nuevo se descubre ante nosotros y todos nuestros criterios están cambiando.

Estamos viviendo en un mundo en el que el flujo del devenir –ese río en el que, nos advierte Heráclito, no podemos sumergirnos dos veces–, es nuestra nueva conciencia común en la worldwideweb. La nuestra es una época de crisis, en la que los paradigmas de comprensión de la realidad y de predicción hasta ahora vigentes se van mostrando obsoletos e insuficientes. Todos los diques conceptuales que habíamos construido desde Platón, y consolidado a lo largo de los últimos tres siglos, son puestos a prueba por los cambios ocasionados en nuestra vida cotidiana por los constantes avances tecnológicos. Y el más grande de éstos es el mundo virtual, que fluye imparable, arrasando todos nuestros criterios de verdad y de sentido y haciendo añicos nuestras antiguas certezas y seguridades.

Es cierto que el mundo virtual  no prescinde de las formas de confianza que rigen al mundo real. Los mismos peligros de base existen en ambos mundos y sólo cambian sus modalidades particulares, que por lo tanto requieren de nuevas formas de detección y control. Pero, si bien no prescinde de ellas, sí las complica. Más allá de esa intersección de ciberespacio y espacio empírico, el mundo virtual sí introduce un cambio profundo: inaugura un nuevo territorio psíquico que empieza a revelar otros niveles en la interacción y comunicación humanas que dependen, en gran parte, de las coincidencias azarosas de un sistema abierto a la contingencia y rebelde a toda necesidad natural. Ya no es tanto la secuencia de los hechos sino la coincidencia de los hechos; es menos la causalidad que la sincronicidad lo que está operativo en este nuevo mundo(5). Por eso es que empezamos ahora a valorar por sobre la verdad intencional o la intención de verdad a la espontaneidad sin tapujos, e incluso al desparpajo. ¿Y entonces qué significa preguntar en este contexto acerca de la confianza? ¿Confianza en qué? ¿Y confianza para qué?

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Al centro de la transformación en nuestra cultura se encuentra la reconstitución del yo, que está ocurriendo en nuestra época a partir de las nuevas formas de comunicación que hemos inventado. La identidad se empieza a constituir ya no en función de la consistencia o la continuidad de un concepto, sino que se descompone y se reconstituye de manera performativa, es decir, en función de los roles que jugamos en nuestra interacción virtual con los demás, que varían de acuerdo a cada contexto específico, a nuestros intereses y propósitos particulares en cada comunicación(6).

Estamos descubriendo algo que Montaigne (una figura marginada en el canon filosófico moderno en contraste a Descartes, quien se erigió como el Padre de la modernidad) observó: que no hay un Sujeto más allá de nuestras percepciones. No se trata simplemente de que escondamos nuestra personalidad detrás de cada nueva máscara, sino que cada máscara es nuestra personalidad. Y esto no quiere decir que no haya nada más a lo que somos nosotros que nuestras máscaras, sino que aquello que somos no es el mismo tipo de cosa que lo que ellas son, y requiere por lo tanto un cambio de mirada para hacérsenos visible. Hasta que eso no nos sea posible –y ello requiere de la vivencia misma en esta situación tan singular que es el encuentro de lo real y lo virtual como forma de experiencia–, el yo permanecerá en cierto sentido sin centro o fundamento. En otro sentido el “centro” o su equivalente se irá elaborando, sobre la marcha, por una coherencia más profunda que cualquiera que pueda anticipar o concebir nuestra mente instrumental. (Wittgenstein tematiza esta coherencia más profunda e inconmensurable con el intelecto, en sus “parecidos de familia” y cuando observa que si hay tal cosa como una esencia, ella se halla en la gramática).

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No tener un centro, un fundamento, pareciera obligarnos a abandonar toda esperanza  de principios sobre los cuales sustentar cualquier proyecto más allá de relatividades, de voluntades fragmentarias, arbitrarias y caprichosas, hijas perdidas de la contingencia. Parecería ser el escenario que imaginaba Dostoievski al escribir que si Dios no existe, entonces, “todo está permitido”. La cuestión de fondo de la pregunta por la confianza en el mundo virtual entonces nos conduce al nihilismo de nuestro tiempo, o a la muerte de Dios anunciada por el Zaratustra de Nietzsche.  Pero Nietzsche habla también de la necesidad de transvalorar nuestros valores, es decir de reinventarlos; habla de una nueva tarea, cuyo principal sustento se encuentra precisamente en el tipo de realidad que estamos viviendo: fragmentada, eternamente cambiante, sin fundamento aparente, en flujo permanente.

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Es cierto que la cultura occidental ha progresado en su relación con el mundo externo, sobre todo durante los últimos doscientos cincuenta años desde la instauración de la mentalidad científica con Galileo, Newton, Bacon y Descartes, hasta la constitución tecnológica de nuestra forma de vida contemporánea.  El hombre se ha hecho un experto en crear nuevas herramientas, en controlar las fuerzas de la naturaleza y explotar y transformar su medio. De ahí que sea también cierto que nuestra conciencia colectiva se encuentre  dirigida casi exclusivamente en nuestro tiempo a la producción y la eficiencia, y, de manera sintomática, más recientemente con más intensidad al divertimento y el entertainment. Pero también el hombre occidental se ha vuelto cada vez más ciego y sordo al sentido de sus actos, a los porqués de su existencia.

Lo curioso (o providencial) es que la misma cultura dirigida hacia afuera ha creado las condiciones para subvertir su propia forma de vida. El mundo virtual, paradójico producto tecnológico, está revirtiendo esa dirección, internándonos en el laberinto de nuestra subjetividad, conduciéndonos a la exploración del mundo interno, permitiendo que surja una nueva prioridad ya no en el conocimiento abstracto de la realidad, sino en la vida misma: la vivencia y su potencia, válida por encima de la búsqueda de cualquier verdad(7).

La atracción del Twitter y la creciente popularidad de todos estos medios virtuales (el Chat, el Facebook, Hi 5, MySpace, etc) está en la exacerbación o intensificación de la densidad subjetiva y, en el Twitter específicamente, en la condensación de la persona a sus palabras, a la forma cómo las usa, a lo que ellas dicen de él. Podría decirse que se está iniciando una nueva aventura, una aventura colectiva de la subjetividad. O quizás más exactamente: una aventura de subjetividad colectiva.

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El Twitter ha inaugurado una nueva adicción virtual,  una fiebre causada por la conexión a ese gran organismo, esa subjetividad colectiva global de personas “tuiteando”(8), es decir gorjeando cada uno con su propia voz, como pajaritos.  Empezamos a vivir (aun solo en pequeñas colonias, pero cada vez más rápidamente crecientes) en un mundo en el que nos relacionamos no con cuerpos sino con palabras emitidas desde virtualmente innumerables nódulos de emisión, cada uno reducido a una imagen y cuatro líneas descriptivas, con los que entramos en contacto personal. Lo importante no es en realidad con quien estamos hablando, lo importante es lo que hablamos, el discurso que se va creando, la inteligencia colectiva que va tomando forma.

Aquí podemos ver claramente que la confianza en el Internet no tiene nada que ver con la intencionalidad de la persona en tanto referencia a una realidad, sino con su presencia como factor de asociación, con lo que sus palabras son capaces de ocasionar en esta masa de vitalidad e inteligencia global a la que todos se conectan como a una matriz viva.

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Una encuesta publicada hace algunos días mencionaba como principales objetivos de los tuiteos de la gente: (i) transmitir y compartir información, (ii) la expresión personal (de estados de ánimo, de pensamientos, ideas, impresiones, opiniones), (iii) la descripción de momentos cotidianos, (iv) la conversación sobre temas diversos (las noticias del momento, los intereses comunes, las diferencias de opiniones, etc.), y obviamente los propósitos más comerciales: el marketeo de productos, la promoción de los propios proyectos, así como los propósitos más voyeuristas de los meros followers, entre muchos otros.

Efectivamente, todo esto constituye el mundo virtual del Twitter, un mundo que puede ser tan complejo como cualquier reunión real de personas, pero que lo es más aun en la medida en que es una comunidad global tan grande que solo puede reunirse en un espacio virtual(9). Sin embargo,  pienso que además de todas estas actividades, o más bien: detrás de ellas, hay algo más profundo; algo que define un ethos o una postura vivencial particular a la comunidad virtual, que ya se iba forjando, aunque de manera más “mansa” en el Facebook y otras redes sociales semejantes(10). Ese ethos me parece que tiene que ver con la búsqueda, quizás inconsciente, de constatación –en la presencia (y la palabra) de otros– de “la verdad” o el sentido de nuestra propia existencia en función de una inteligencia colectiva virtual, con todas las complejidades psíquicas que ello inevitablemente habrá de implicar. (Como si en una época nihilista estuviésemos buscando algún asidero desde el cual construir un nuevo fundamento, algo que garantice un suelo inmanente).

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Quizás secretamente detrás de nuestra pregunta por la confianza esté el deseo de volver o mantener el modelo anterior, encontrar alguna unidad subyacente, algún fundamento. Pero esa búsqueda puede ser una ilusión; quizás lo que hemos de descubrir es no un objeto de pensamiento, sino una coherencia de otro tipo, que redefina de manera inesperada nuevos escenarios de validez.  Validez que depende, a su vez, de la diversidad de contextos, ya no concebidos bajo una sola unidad, sino vivenciados en la misma práctica y desde su compleja fragmentariedad, respondiendo a intereses y expectativas siempre cambiantes, siempre distintas.

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Wittgenstein no se pudo imaginar el mundo virtual, pero sin saberlo nos preparaba para él, al orientar su esfuerzo filosófico a combatir aquella necesidad que tiene el hombre de sedimentar sus significados, de hacer hábitos de sus prácticas, de resistir el cambio para refugiarse en la comodidad y apaciguar su miedo de lo desconocido11. Nietzsche había tematizado esta misma propensión humana al calificar a “la verdad” como una invención producto de nuestra resistencia al cambio, de nuestra necesidad de un asidero más estable que el mero devenir(12).

Con los cambios que estamos presenciando con el advenimiento del mundo virtual, es como si la tarea que se le impone a nuestra época, esta época de la fragmentación nihilista, fuese la de aprender a vivir y pensar en el mismo devenir, “más acá” de la verdad. Y en esa luz, la insistencia de Wittgenstein de que para nuestros propósitos no es importante la verdad de lo que decimos sino las conexiones que ello suscite, la posibilidad de ver siempre más aspectos en las cosas, adquiere un sentido importante. Pues contra nuestra resistencia al cambio no hay mejor antídoto que el de imaginarnos la multiplicidad de universos posibles dentro de nuestro mundo.

Coda

En el mundo virtual se entumecen nuestros sentidos, se ensordece la conciencia precisamente ahí donde más irritada está por la exacerbación de estímulos, tal como lo explicara McLuhan; y se comienza entonces a desarrollar un sentido interno más afinado a los movimientos de la subjetividad, que se va mostrando por encima (o debajo) de los intereses conscientes. Ya no es, por lo tanto, la verdad lo que importa, sino la generación de nuevos sentidos, en tanto ello amplía nuestro horizonte.

En este contexto, entonces, preguntarse acerca de la confianza puede ser un intento de evitar la dificultad que demanda el dejar a un lado lo conocido y lo seguro; puede ser, en otras palabras, una forma de evadir la tarea que nos impone un medio tan distinto a todo lo que conocemos. Pero también puede ser la ocasión para empezar a asumir estos cambios y esas diferencias, para encontrar desde la aceptación de este caos el nuevo orden al que parecemos estar ya dirigidos(13).

Notas

  1. Slavoj Zizek, The Plague of Fantasies, (Londres: Verso, 1997) pp. 133ss.
  2. Que el enfoque más inmediato a la pregunta acerca de la confianza se lea casi inmediatamente como relacionada con lo comercial  (¿cómo puedo confiar en lo que me dicen en la red?, ¿cómo puede asegurarme de que no me quieren estafar?, etc.), nos dice mucho acerca de nuestro tiempo, acerca de cómo estamos cegados por una determinada forma de concebir la vida, precisamente a lo radicalmente nuevo que el mundo virtual introduce.
  3. “Rizoma”, en: Gilles Deleuze & Félix Guattari, Mil mesetas, (Introducción)
  4. David Weinberger, http://www.youtube.com/watch?v=43DZEy_J694
  5. Carl Jung denomina “sincronicidad” a un principio acausal, en el que “la coincidencia de los hechos en el espacio y en el tiempo significa algo más que un mero azar (…) una peculiar interdependencia de hechos objetivos, tanto entre sí, como entre ellos y los estados subjetivos (psíquicos) del observador o los observadores (…). Exactamente como la causalidad describe la secuencia de los hechos, (…) la sincronicidad trata de la coincidencia de los hechos.” (Richard Wilhelm,  I Ching. El  libro de las mutaciones, Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1975, Prólogo, p. 25.
  6. Ver “Identidades en conflicto”, para una discusión interesante sobre este punto en http://castorexmachina.wordpress.com/ de @piscosour
  7. Pero este movimiento de reversión comienza explícitamente con Kierkegaard en el siglo XIX, cuando observa que por nuestra obsesión con el conocimiento intelectual y la teoría, nos hemos olvidado lo que significa existir y la importancia de la interioridad. Ahí se encuentra ya el germen de ese movimiento de pensamiento contemporáneo que conocemos como “existencialismo”, que resalta la formación de cada persona a partir de su existencia concreta;  y ese mismo movimiento desemboca en aquella revolucionaria disciplina que estudia la psique humana en Freud (que ha florecido en el siglo XX) y en Jung (que aun espera su florecimiento en este milenio). Contamos entonces ya con un entrenamiento de cien años en la lectura de los movimientos del inconsciente, de las dinámicas de la subjetividad que han de mostrarse en el medio virtual, que pienso nos hace especialmente capaces de comenzar a leer sus movimientos en la clave del inconsciente.
  8. Del nuevo verbo “tuitear”, traducción de tweeting en inglés, que quiere decir gorjear.
  9. Ese solo hecho, la magnitud de la comunidad de la que cada persona participa personalmente, es ya algo digno de estudio pues esa comunidad se empieza a comportar como un organismo autónomo,  cuya constitución propia no depende de ningun individuo sino que más bien los determina.
  10. En términos virtuales, el Facebook es al Twitter lo que la vida en la campiña es a la vida urbana (country living vs. metropolitan life).
  11. He tematizado esto en lo que llamo el impulso pigmaliónico en “Descenso al caos primordial: Filosofìa cuerpo e imaginación pornográfica”, Hueso húmero, 42, 2003: 3-29,
  12. “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”
  13. Quisiera agradecer a @elmorsa,  @alia_bc y  @esparzari,  por sus comentarios a una versión anterior de este texto.

Víctor Krebs es profesor asociado del Departamento de Humanidades en  la Pontificia Universidad Católica del Perú. Obtuvo su doctorado en Filosofía por la Universidad de Notre Dame, Estados Unidos. Ha publicado artículos y ensayos sobre la filosofía de Wittgenstein, la estética y la cultura; actualmente sus investigaciones giran en torno al cine, el psicoanálisis y la tecnología. Es autor de Del Alma y El Arte: Reflexiones sobre la cultura, la imagen y la memoria (1998), La recuperación del sentido: Wittgenstein, la filosofía y lo trascendente (2008) y El impulso pigmaliónico. Ensayos en torno a un complejo filosófico (2009); y es coeditor, con William Day, de Seeing Wittgenstein Anew, publicado por Cambridge University Press (2010).

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ATORMÉNTATE DE IDEAS

Por Juan Infante

La ética  y la independencia económica se vinculan en el mundo del profesional de las comunicaciones. Pero, según se plantea en este texto,  para ser ético se requiere de una fibra ética. Es a partir de ella que se construye la solidez económica.

El autor propone y examina las alternativas y escenarios laborales que se abren en el terreno de la comunicación.  El papel de los comunicadores en nuestro contexto responde a los retos y necesidades que nos marcan.  Los nuevos medios también signan este espacio y generan nuevas oportunidades.  Sin embargo, “son nuestros prejuicios los que nos impiden actuar con base en la realidad. Son nuestros prejuicios los que nos impiden aprovechar lo que vemos para transformarlo en oportunidades”.

Lolo ha sido mi canillita y amigo matutino durante el tiempo que viví en Diego Ferré. Hace unas semanas, lo busqué para hacerle una entrevista. “¡Juancito!  Estoy complicado de tiempo y tengo que salir a una reunión” –me dijo amablemente. Eran las tres de la tarde y me sugirió vernos a las cinco. “¡Lolito! – respondí yo–, te llevo, vamos conversando en el camino y, mientras esperas, te voy entrevistando”. “Ya, ya, bacán” – me respondió – y así fue.

Lolo me llevó a la casa que se acababa de comprar: un primer piso en la avenida Angamos, a dos cuadras de la avenida Arequipa hacia el lado de Comandante Espinar. La casa le cuesta 70 mil dólares. Ha pagado 50 mil al contado y pedido un crédito por los 20 mil restantes, que pagará en 10 años a razón de 300 dólares mensuales.

Le propongo tomar un café y nos vamos al 4D de Angamos que está a media cuadra de su nueva casa. Le pregunto más sobre su capacidad adquisitiva, sus ingresos, sus ahorros. Me cuenta que tiene 20 mil dólares extras en un fondo de inversión. Me sorprende el manejo de sus finanzas, lo felicito. Lolo acaba de cumplir 40 años, tiene dos hijos. En un primer momento se siente un poco incómodo en el 4D, “cuánto crudo” – señala al entrar – luego se relaja.

Unas semanas después, menciono el caso de Lolo en el curso de Gestión y Evaluación de Proyectos Periodísticos de pre-grado, en la UPC. El tema de la clase es: “grandes inversiones a lo largo de mi vida”. Proyecto una tabla de Excel donde están consignadas las inversiones que, supongo, los alumnos van a hacer en los próximos 30 años de su vida: la carrera universitaria, las maestrías, la vivienda, los autos, los gastos en los hijos: nido, colegio, universidad, el mobiliario de la casa, etc.

Me dicen los alumnos que es la primera vez que se proyectan de esa manera. La primera vez que piensan su futuro económico en el largo plazo. Les cambia el rostro. Se ponen ansiosos. El tema les incomoda un poco.

Los montos resultantes de sus proyecciones los confrontan y se asustan un poco: “¡Asú!” –exclaman varios– y sueltan comentarios acerca del necesario control de la natalidad, lo caro que resulta ser padres, la realidad del costo de la vida.

Hago que dividan esos montos entre 30 años (tiempo en el que estimo tendrán que hacer estas compras) y, luego, ese resultado anual entre 12. Los resultados mensuales varían: el más austero considera que serán setecientos y el más ambicioso cinco mil los dólares que necesitarán destinar cada mes para el pago de esos bienes y servicios. Las necesidades económicas estimadas de la mayoría de la clase están entre mil doscientos y dos mil dólares mensuales durante los próximos 30 años. Eso, sin contar los gastos del día a día: alimentación, vestido, recreación, etc. Casi todos proyectan tener dos niños, aunque claro, después del ejercicio, presentan sus dudas.

“Bueno –les digo–, ahora veamos cuál es el horizonte de ingresos promedio al que un periodista puede aspirar en el mercado laboral tradicional. Yo sé que el tema es duro, pero es mejor pensar en él, es una manera de volvernos más exigentes con nosotros mismos”.

La respuesta que construyeron los alumnos es ésta: los primeros tres años un periodista promedio tendrá un empleo como practicanteasistente y obtendrá ingresos menores a los 300 dólares mensuales en promedio. Los siguientes cinco años, podrían aspirar a 600 dólares promedio en el status de redactor. El cálculo de los estudiantes estima que recién al noveno año se podría aspirar a ganar mil dólares mensuales siendo un periodista respetable de planta y, ese sueldo, se podría mantener los siguientes seis años si es que lograban trabajar en “un buen medio periodístico”.

Les pedí que contrastaran las cifras. La conclusión a la que llegaron no fue grata: la mayor parte de ellos podría estar con un déficit en su presupuesto por lo menos hasta el año quince de su actuación profesional. Es decir, a los 37 años, si optan por un desarrollo profesional como periodistas de planta de un medio de comunicación, aun no podrían ni comenzar a adquirir la mayor parte de la infraestructura básica que proyectaron tener cuando tenían 22 años. Hipotéticamente, tampoco se podrían hacer cargo de sus hijos.

La figura de Lolo, el canillita, creció. Es evidente que Lolo gana más de 1 700 dólares mensuales por lo menos desde que tenía 25 años. Es una redundancia, pero siempre es bueno explicitar las conclusiones: al parecer, es más rentable distribuir periódicos y revistas que estar en el equipo que desarrolla las noticias.

ÉTICA Y CALIDAD

El tema de los ingresos se vincula con dos asuntos fundamentales del desarrollo del profesional de las comunicaciones: el de la ética y el de la calidad del trabajo periodístico.

Tuve la oportunidad de comentar acerca del tema de la ética periodística durante la conferencia de Javier Darío Restrepo organizada por la Facultad de Comunicaciones de nuestra universidad. Me preguntaba y preguntaba al auditorio ¿Cómo hacer un periodismo ético en un país tan poco ético como el nuestro, donde la frase común es la justificatoria: “chamba es chamba”? ¿Cómo hacer periodismo ético en nuestro país donde hemos aprendido a decir “la hizo linda” para justificar un enriquecimiento repentino aunque los comportamientos del sujeto hayan lindado con el delito? Porque “chamba es chamba” significa que una tolerancia total frente a lo que el sentido común considera correcto y, “la hizo linda”, significa, en lo fundamental, reconocer la habilidad de una persona por saltarse las normas explícitas o tácitas de lo ético.

En ese momento, mi conclusión fue que sólo es posible tener un periodismo independiente cuando los periodistas logren independencia en el comer, en el dormir, en el recrearse y en el amar, y, que para ello se necesita que los alimentos, la vivienda, la educación, la recreación estén garantizados.

Hoy, sentado frente al computador, y con más tiempo para la reflexión, ya no puedo volver a decir que la garantía de ello está en tener buenos ingresos, porque tengo demasiados contra ejemplos. Los ingresos pueden ayudar, pero no bastan. Para ser ético hay que tener fibra ética y esa fibra no se cultiva en el Perú hace mucho tiempo. El buen salario muchas veces no ayuda a la ética, al contrario, te puede comprometer a pasar todo por agua tibia.

Estos son los dilemas de la vida real: ¿Pondrías en juego las cuotas de tu departamento nuevo por una denuncia periodística? ¿Pondrías en juego los ingresos que garantizan la pensión de tus hijos? ¿Tu pareja estará de acuerdo? ¿Te divorciarías por defender tus principios éticos?, es decir, ¿asumirías las consecuencias de no tranzar con una bonificación por tu silencio? ¿Renunciarías? ¿Estarías dispuesto a hacer colapsar la economía familiar? ¿Tu pareja lo soportaría?

Estos dilemas empiezan al inicio de tu carrera, con temas un poco más menudos y cuando aun vives en casa de tus padres ¿Pondrías en juego el pago de tu juerga? ¿El ahorro para tu viaje? ¿Las cuotas de tu auto o de la camioneta soñada?

Por ello, existe una presión de no meter a la empresa periodística que nos da trabajo en problemas con sus anunciantes. Hay un pacto, tácito o explícito, de complicidad. El sentido común general en un medio periodístico es que si se dice una verdad incómoda, se pone en riesgo las mejores pautas publicitarias, y si algún periodista pretende cruzar esa frontera pondrá en riesgo su trabajo. Esas son las reglas de juego tácitas que a veces, sutil o descaradamente, se hacen explícitas.

Por ello, por miedo a perder el salario –bueno o malo–, hay tanto silencio en el Perú. Es ese miedo real el que nos calla, el que nos vela los ojos, el que tapona nuestros oídos. Por ello, nuestro país, como nación y sociedad, progresa lento.  Los puntos que se deben tocar y hacer públicos para que el mercado, el Estado y la sociedad funcionen para todos, no se abordan.

Si el buen salario no es garantía para la ética, tampoco lo es la independencia económica. Muy por el contrario, los ejemplos de quienes “la están haciendo linda” tienen más que ver con quienes aceptan la consigna de que “chamba es chamba”.  Los consultores independientes en comunicaciones, por lo general, no confrontan con la verdad a sus contratantes. Por alguna razón, ellos suponen que decir la verdad no es un buen negocio, que la verdad no será del agrado de sus clientes. Por ello, las más de las veces, ayudan a taparla. Al parecer, ser “frilo” te da permiso para no comprometerte con la verdad, y muchos sienten que al tener una empresa de comunicaciones se liberan del dilema de hacer lo correcto.

En la actualidad, no existen muchos ejemplos positivos que destacar. En el Perú, por el contrario, abundan los malos ejemplos: en la casa, en el barrio, en la comunidad periodística, en la comunidad empresarial, en la política. No existen muchos ejemplos en positivo de actuaciones éticas o, si existen, hoy no tienen valor, la ética al parecer, hoy por hoy, es un terreno de perdedores.

Por ello, si de recomendaciones se trata, si alguien tiene fibra ética, es mejor que construya su solidez e independencia económica.

El tema de la calidad o de la ausencia de ella está también ligado al tema económico. ¿Con cuántas comisiones al mes y con cuántos trabajos extras es que un periodista logra hacer la caja que le garantice la reproducción económica del mes? ¿Será que tanto trabajo encima explica que buena parte de lo que producimos no sea nada más que música ligera?

Siempre nos podrán decir que el peruano es un pueblo que no lee, y que por tanto no requiere ni exige calidad. Hace mucho tiempo aprendí que nadie puede leer ni apreciar lo que no existe. El pueblo peruano lee poco porque existen pocas cosas que sean relevantes para él de leer. Pero aun si los peruanos somos flojos para la lectura ¿acaso también vamos a decir que el peruano es un pueblo que no quiere ver ni oír? Yo creo que nos hemos criado bajo un esquema en el que hemos escuchado demasiadas veces “eso no vende” y no nos atrevemos a dar la contra. Proposiciones como “La calidad no vende”, “la calidad no es necesaria”, se han instalado dentro del discurso de los productores y dueños de los medios de comunicación.

En realidad, lo que está detrás de la baja calidad de los medios es un tema de inversión económica. Si alguien quiere producir calidad periodística requiere tiempo de investigación y el tiempo es, nos guste o no, una medida económica, el tiempo – persona, es dinero.

PISO A TIERRA

¿Cuáles son las alternativas laborales que enfrentan los alumnos de periodismo? ¿Cuáles son los salarios? ¿Es real el panorama presentado líneas arriba? ¿O los alumnos desconocen las tarifas que los medios de comunicación están dispuestos a pagar por su trabajo? ¿Hay mejores alternativas? ¿Dónde están? ¿Cuáles son? ¿Los alumnos tienen las competencias para tomarlas con éxito? ¿Son formados en las universidades realmente para tomar esas otras alternativas más rentables?

Todas estás preguntas necesitan respuestas. Nuestro país necesita una generación de comunicadores y medios que ayuden a construir un nuevo sentido común. Hay espacio, hay oportunidades para nuevas propuestas, pero no las estamos viendo. Además, el negocio de las comunicaciones es hoy de los más rentables en el mundo, y uno de los más dinámicos en materia de innovación tecnológica en las últimas décadas. Y esta revolución tecnológica está permitiendo que el sector de las comunicaciones sea uno de los más dinámicos en la aparición de nuevas fortunas y empresarios en el mundo.

UN PAÍS FRACTURADO CLAMA POR COMUNICADORES

El sentido común nos dice que nuestro país está aun partido en pedazos. Fracturado. Lleno de piezas para armar. No sé que tan cierto es esto.  ¿Somos realmente tan distintos los peruanos? ¿Son tan ajenas nuestras historias como para seguir tratándonos con tanta sorpresa? ¿Somos realmente un país de los unos y los otros? ¿Somos realmente una Lima Norte, Sur, Este y Centro? ¿Somos Lima y provincias? ¿Son las regiones tan contrapuestas?

No, pero estamos cargados de prejuicios inmisericordes. Y son nuestros prejuicios los que nos impiden actuar con base en la realidad. Son nuestros prejuicios los que nos impiden aprovechar lo que vemos para transformarlo en oportunidades. ¿Por qué un limeño en la sierra permanece por lo general ajeno  al contexto y pierde su capacidad de propuesta? ¿Por qué se le pretende hacer sentir al provinciano en Lima como mancha en un mantel en lugar de aprovechar sus conocimientos locales? ¿Cómo es que Lima nos resulta tan ajena a unos y otros?

Nuestros prejuicios nos impiden ver oportunidades. En un país fracturado hay tantas oportunidades para una generación que rompa con los moldes que uno se pregunta cuándo aparecerá esa generación.

Hace poco tuve la oportunidad de dictar un curso de actualización para los candidatos a licenciarse como periodistas en la UPC. Les pregunté a los alumnos si se imaginaban como propietarios de un canal de televisión. Todos negaron la posibilidad. Yo no entendía nada. “¿Es que se necesita mucho dinero?” – Pregunté–, “millones” –me contestaron, pensando en canales de señal abierta. “¿Acaso alguno conoce algún canal de televisión de provincia?” –repregunté. Varios dijeron que sí.

En la clase estábamos lanzando una lluvia de ideas sobre posibles negocios de comunicaciones. ¿Por qué no ven allí una oportunidad de desarrollo? –les dije. “¿Tú sabes cómo son esos canales?”, me respondió un alumno. ¿Dime cómo son? –respondí. “¡Enanos!” –fue la respuesta–, “¿qué podríamos hacer ahí? Los estudios son cuartos de una sala, las cámaras son caseras, ¿no has visto?”.

Salí del aula sin decir nada y volví a entrar. ¡Ajj! ¿esto es un canal de televisión?– Exclamé apenas abrí la puerta mientras miraba alrededor simulando estar ingresando a un canal de provincia. Sin dar un paso más, cerré la puerta quedándome fuera del aula.

Prejuicios –dije cuando entre de nuevo al salón. Los prejuicios no nos permiten ver oportunidades. Cualquiera de ustedes podría convertirse en líder de opinión en una provincia, podría convertirse rápidamente en un periodista respetado, podría, por qué no, ir haciendo un capital que luego le permitiera tener su propia estación de televisión, de radio, ser dueño de un periódico o una revista.

Eso les dije. En verdad lo creo. Si no estuviéramos tan apegados a Lima, tan enfocados en las rutas conocidas; si pudiéramos tener más conexión con las necesidades de nuestro país y su realidad presupuestal, cuántas oportunidades se abrirían.  Pero no las vemos. Nuestro país necesita que abramos los ojos. Nuestra economía personal, también.

LAS MINAS MALAS DE LA HISTORIA

Pobres mineras. Pobres. Tan incomprendidas y tan odiadas. Tan aisladas. Yo no logro comprender cómo habiendo puesto tanto dinero a disposición no puedan exhibir resultados concretos en términos de desarrollo local y armonía con las poblaciones.

No entiendo, y hace tiempo sospecho que la mayor responsabilidad está en sus consultores sociales y en sus comunicadores. Son millones de dólares los que ya han puesto a disposición para ser considerados como la gente buena onda del barrio, la palanca del desarrollo rural y, sin embargo, nadie parece dar en el blanco. Es una lástima para el país que esa inversión social no esté dando resultados. Es una lástima que exista tanto conflicto en el interior del país.

A estas alturas del boom minero en el Perú, creo que ya es hora de cuestionarnos por qué nuestro país no tiene la mejor doctrina de desarrollo rural de América Latina, por qué no tenemos una enorme fuerza de comunicadores en las provincias contribuyendo a la construcción de un país armónico. Con tanto dinero a disposición ¿Qué pasó? ¿Qué está pasando?

Repito: son millones de dólares los que las mineras están invirtiendo desde hace años para construir un entorno que, primero, les permita trabajar con tranquilidad y, segundo, genere un desarrollo sostenible. ¿Qué falla?

La Sociedad Nacional de Minería debería clamar por ayuda. Cualquier grupo organizado podría ofrecerla. Un grupo que se atreva a romper huevos y hacer tortillas. Hay tanto dinero disponible, tanta gente involucrada, tanto país sin construir. Las cosas no están funcionando. Las cosas no se están haciendo bien. Y son cosas fundamentales para el desarrollo de nuestro país, ahí hay una oportunidad gigante.

LA TECNOLOGÍA LO HACE TAN FÁCIL

Google AdSense y Google AdWords son la fuente de ingresos que más he escuchado mencionar en los últimos tiempos cuando planteo que nos fijemos en las oportunidades que nos abre el Internet. En un mercado como el peruano esos mecanismos son una ilusión. Por ahora, evidentemente.

No quiero parecer un aguafiestas. Pero los números no dan. Ni Google AdSense ni Google AdWords serán una fuente de ingresos importante para bloggeros, ni para páginas Web, ni para los videastas, ni para los creativos publicitarios peruanos.

Creo que las oportunidades inmediatas van por otro lado. Un negocio que clama por operadores son las agencias de publicidad exclusivas para aprovechar la Web. Negocio que, además, ayudará a desarrollar la creatividad aplicada al Internet y, por tanto, su uso comercial.

Más aun, hoy cualquier persona puede adquirir notoriedad rápidamente y hacerse atractiva para los medios convencionales a través de la Web. Eso hace rentable la inversión de tiempo en producir un blog o videos para Youtube. Es barato. Los creativos que nos hagan reír, llorar o pensar, serán llamados a las agencias y medios tradicionales o a las empresas que deseen gente con ideas frescas. Eso sería lo lógico en un mercado dinámico. Si tuviera 15 o 20 años menos, apostaría a saltarme etapas produciendo contenidos para hacerme relevante para algún grupo pasmado que necesite novedades.

Hay mil cosas por hacer para aprovechar el Internet como fuente de ingresos. Pero las fantasías de riqueza rápida nos llevan a pensar que tendremos millones de visitas y que podremos vivir de los clicks que los lectores o video adictos puedan generarnos con su voracidad consumidora de publicidad. Pensemos más y adecuémonos a la realidad de nuestro mercado.

TANTAS COSAS NUEVAS

Son tantas las cosas nuevas que han aparecido en los últimos años. Tantas que uno puede ser rey en un momento y convertirse en obsoleto en unos meses. Son tantos cambios, tan veloces que a veces provoca sentarse y solamente espectar hasta que las aguas se tranquilicen.

Sentarse, y mirar cómo algunos países van generando riqueza en base a la creatividad y dinamismo de su gente. De sus jóvenes, de su sistema empresarial que absorbe la innovación y creatividad.

Sentarse

Mirar

Tapar el sol con un dedo

Rascarse la panza

Desincentivar

No hacer olas

No agitar el gallinero.

Rompan huevos muchachos

Hinchen las pelotas

Tomen las oportunidades

No pidan permiso