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MITOS, METÁFORAS Y RELATOS SOBRE LA VERDAD

Por María Inés  Quevedo

¿Qué ha sucedido con la verdad? ¿Hoy en día entendemos la verdad tal y como lo hacíamos unos años atrás? Y, para los peruanos, ¿qué es la verdad? Estas son algunas preguntas que motivaron el artículo, y para responderlas, analizamos algunos relatos, mitos y metáforas que se tejen en torno a “la verdad” para crearla y que son expresados, principalmente, a través de un programa televisivo.

Me encontraba leyendo algunos titulares en un puesto de periódicos. Muchos de los titulares de la prensa amarilla hacían alusión al encarcelamiento de Magaly Medina. Estaba absorta analizando los colores, las fotos y las palabras que utilizaban, cuando en ese momento escuché a dos señoras comentar: “Magaly (Medina) es la única que dice la verdad”. En ese momento pensé que tal vez la noción de verdad que tenían aquellas mujeres no era la misma que la mía. Pero, ¿cómo algunos peruanos pueden haber llegado a la conclusión de que una conductora de un programa de espectáculos, de corte sensacionalista, es la única que dice la verdad? Me propuse averiguarlo.

Comencemos analizando la Verdad en términos generales. Antes la humanidad se hallaba en la tarea de buscar la Verdad (Absoluta). Para muchos, la Verdad estaba “allí afuera”, en la realidad misma, y lo que se debía hacer era sólo “encontrarla” y “descubrirla”. Se creía que, en primera instancia, no teníamos la capacidad de ver aquello que era evidente, pero que mediante la “razón” y la “lógica” se llegaría finalmente a esta Verdad. Se pensaba que en la Verdad no había lugar para la sensación, la emoción y los sentimientos, sólo para aquello que era racional. La Racionalidad y la Verdad, por lo tanto, se hallaban indestructiblemente ligadas. A partir de este principio se trataron de construir los grandes metarrelatos de la humanidad como el marxismo, el liberalismo, el idealismo, y el iluminismo (Lyotard, 1987).

Sin embargo, con la crisis de los grandes relatos, muchos llegaron a la conclusión de que la Verdad absoluta nunca se alcanzaría. No habrá un momento final, porque la interpretación depende de la representación, y la representación se construye intersubjetivamente. Dependerá, más bien, de cómo se han constituido, social y culturalmente, las presuposiciones, las certezas, las creencias y el imaginario. Además, lo que se cree que es verdad siempre estará antecedido por una(s) verdad(es) y será seguido por alguna(s) otra(s) verdad(es), en una cadena y construcción sin fin. Esta cadena de verdades estará planteada dentro de, y condicionada por, una historia y cultura específica.

El sentido que le damos al mundo, a los objetos, a los acontecimientos y al otro, por lo tanto la verdad sobre ellos, estará supeditado al contexto en el cual se dice y al universo de significados en el cual esté inscrito. El discurso en el que se habla sobre un suceso, persona(s), objeto(s) los posiciona en un lugar determinado, cobrando así, una existencia y esencia particular. Las cosas existen fuera del discurso, de eso no hay duda, pero sólo cobran sentido en y por el discurso.

Entenderemos “discurso” desde la perspectiva foucaultiana: como un sistema de representación. Foucault entiende el “discurso” como un conjunto de aserciones que permiten un modo de representar el conocimiento sobre un tópico en un momento histórico particular; el discurso crea un modo particular de dar sentido. Y dado que todas las prácticas sociales implican sentido, y el sentido conforma e influencia lo que hacemos, todas las prácticas tienen un aspecto discursivo. Entonces, según Foucault, el discurso define y produce nuestros objetos de conocimiento, gobierna el modo como se puede hablar y razonar acerca de un tópico, a la vez que influencia cómo las ideas son puestas en práctica y usadas para regular la conducta de los otros. (Hall, 1997)

En ciencia suele haber una relación dialéctica entre los descubrimientos y la constitución de su discurso teórico. Cada nuevo descubrimiento partió de una teoría, pero a la vez la irá modificando y complejizando, y, por lo general, mejorará la actuación sobre la naturaleza y el mundo. Lo mismo sucederá con la invención. Así se van construyendo las “verdades” en las ciencias. Verdades que continuamente son superadas por nuevas verdades a partir de nuevos descubrimientos, y así hasta el infinito. Pero, ¿qué sucede con el mundo cotidiano, la política y la “verdad” dicha a través de los medios masivos de comunicación?

Según Gérard Imbert, hoy podemos ver en los medios masivos de comunicación una “revancha de lo privado sobre lo público, del suceso sobre la Historia, de lo pragmático sobre lo programático, de lo vivencial sobre lo ideológico, esta evolución traduce un doble cuestionamiento: de la actualidad por una parte –del discurso de la actualidad como modo de informar- y del relato por otra, de los modos de narrar, de representar globalmente la realidad” (2003, p. 22-23).

En nuestro país, los discursos ideológicos han quedado desvirtuados. La mayoría ya no cree en discursos que prometen el cambio si se sigue una ideología determinada. En términos generales se puede afirmar que la población ha decidido convertirse más bien en consumidora de mensajes y discursos, principalmente televisivos y dejar de lado la lucha política. Además, a través de ciertos programas televisivos se  crea, muchas veces, la ilusión de participación, que siente que la propia política tradicional le ha quitado.

La ilusión de participación se logra haciendo hincapié en el suceso, lo vivencial, lo pragmático y haciendo mayor incidencia en lo privado y lo cercano. Lo inmediato toma relevancia, y por lo tanto, el presente. Todos estos aspectos ayudan a que el público se identifique, creándose la sensación de involucramiento con aquello que ve. Se genera en el espectador la ilusión de vivenciar aquello que el otro está viviendo en el aquí y ahora del tiempo televisivo (con la simulación de la transmisión en directo), poniendo en funcionamiento su imaginario. El tiempo del espectador y el tiempo televisivo vienen a coincidir, y en este coincidir se exacerba al máximo, la identificación.

Con este tratar constantemente de crear el “efecto-identificación”, la manera de relatar ha sufrido una transformación. Con el objetivo de lograr este fin, ahora se intentará narrar, en los medios masivos de comunicación, todos los aspectos que tienen que ver con lo in-mediato, lo vivencial, lo privado. Esta transformación tiene sus consecuencias. Con ella, también se ha modificado la ubicación y la forma de exponer la verdad. Metafóricamente, ya no se piensa la verdad como estando “allí afuera”, sino que se piensa la verdad como si estuviera en el “interior” de cada uno.

Tal vez éste sea el motivo de la necesidad constante que tienen muchos de espectacularizar su intimidad y la del otro: “La verdad está en mi interior y en tu interior. Entonces, tengo que descubrirme ante los otros mostrándome en mi blog, en facebook, etc., y tengo que descubrir la verdad del otro indagando en lo más profundo de su intimidad con la ayuda de los medios electrónicos, para así mostrarla a los demás y cumplir la función que me corresponde (al ser el portador de la verdad), la de “justiciero”. Este es el mandato que hoy guía a muchos, y es el mandato que está presente en el programa de Magaly TeVe.

En el programa Magaly TeVe vemos día a día la puesta en escena de sucesos que tienen la misma estructura. Se puede afirmar que se ha construido un ritual, que no es más que el retorno de lo idéntico y la repetición constante. ¿En qué consiste este ritual y cuál es el motivo de su aparición?

El ritual consiste en perseguir, sin que lo sepa y con cámaras, a un personaje X, que necesariamente debe ser “público”, y en descubrir qué es aquello que hace en la intimidad con el fin de sacar a la luz una falta (la mujer que engaña a su esposo, el deportista que toma alcohol un día antes del partido, etc.) y publicarlo. Luego de publicar la falta, Magaly entra en escena y toma la posición de “justiciera” con la autoridad que le otorga el haber descubierto “la verdad”.

Pero profundicemos un poco más. Mediante la publicación de la falta del personaje X, que Magaly llama “ampay”, se pone en escena aquello que caracteriza el “desorden” en el imaginario popular y con lo que los espectadores se identifican “vivamente” como formando parte de lo que los angustia. A través de la función de “justiciera” (que ella se ha auto-impuesto), en el imaginario popular se restablece el “orden” y el equilibrio emocional, al descubrir y otorgarle a “la verdad” el estatus que había perdido con la crisis de los grandes relatos, y al juzgar los hechos de acuerdo a lo que es “moralmente correcto”. Es un ritual que se repite una y otra vez.

Este discurso se ha instalado en nuestra sociedad. La verdad está en el interior y en las acciones ocultas de las personas, son secretas, sólo hay que descubrirlas, sacarlas a la luz y castigar la falta a través de la sanción moral y social. Y la evidencia debe ser audio-visual. El ver, el oír, ahora son el sustento de la verdad, la argumentación racional ha quedado en un segundo plano. Lo que ha tomado preeminencia junto con lo audio-visual, es la construcción de “historias”, en definitiva, el micro-relato.

Una de las características de estas historias o micro-relatos que hablan sobre la realidad es la de encontrarse en la frontera de la ficción y la realidad misma. La manera en que se narra la realidad ha heredado las estructuras propias de la ficción, generando una con-fusión. El efecto ha sido la creación de lo hiperreal. Según Imbert, la hiperrealidad es un código, que más allá del realismo, rehabilita, revivifica y simula la realidad, exacerbándola (ibíd., p. 29). Lo hiperreal se ha constituido en el código de nuestra época. Pero, ¿por qué esa necesidad de exacerbar la realidad?

La realidad construida en el micro-relato televisivo es una realidad que busca anclarse fuertemente en el sentir. El objetivo es seducir, fascinar para atraer la atención y atrapar. Intentar crear la sensación de proximidad: ésta puede ser la razón por la que se trata de exacerbar la realidad. Una de sus formas es la simulación. Muchos noticieros, por ejemplo, hoy se ven en la necesidad de recrear sus noticias a través de la dramatización. El ver, el oír hacen creíble la historia. Lo que importa es su verosimilitud. Lo que es verosímil se toma por verdad y crea confianza.

La necesidad de decir la realidad a través de historias tiene que ver con la necesidad de “comprender”. Hoy, las noticias se exponen a manera de relato. Marcela Farré nos dice al respecto lo siguiente:

“El relato es un lugar en el que siempre se está implicado, de modo que narrar la información sería una forma de alcanzar a comprender mejor la sociedad en la que vivimos, ya que la narrativa contribuye a construir ese contexto como espacio simbólico en el que nos comprometemos. Al embarcarse en relaciones, expone el carácter humano de la acción. Por esta causa, los lectores o espectadores de relatos podrían también trascender la dimensión de su experiencia para acceder al conocimiento de la realidad en un sentido más amplio, algo que la narración permite de tres maneras. En primer lugar, por identificación con los padecimientos de los personajes, toda vez que la acción –noticiable– se encarna en una historia particularizada. En segundo lugar, porque el mundo posible narrado traslada un modelo detrás de las estructuras actanciales de los personajes, revelando algo más que esa historia: se trata de una propuesta ideológica, que es otra forma de trascender la experiencia individual. Pero, principalmente, el relato ofrece al hombre la posibilidad de conocer sobre la humanidad. No ya sólo la de los personajes; tampoco la del autor modelo, plasmada en la ideología de un mundo posible. Al penetrar en las dimensiones de lo que podría ser, la narración deja un conocimiento sobre valores más universales, que tienen que ver con las búsquedas que alejan de la felicidad o nos acercan a ésta. Es decir, el relato nos aumenta vida, en un tercer nivel de identificación” (2004, p. 140).

La narración noticiosa, por tanto, dota de sentido a las acciones humanas. Es un modo de comprender el accidente, lo catastrófico, aquello que ha causado el desequilibrio social. Pero al espectador siempre le queda la sensación de que nada se puede hacer al respecto, que no puede modificar la causa del desequilibrio, porque para él las instituciones sociales están en crisis. Tal vez por esto muchos reclaman un(a) conductor(a) que trate de instalar el orden a través de su actuación de portador(a) de la verdad y, finalmente, de justiciero(a), rol que antes le correspondía a las instituciones del Estado, a los políticos y a la Iglesia.

Con la transmisión en directo, con la cámara en mano u oculta, el espectador se mimetiza con el punto de vista ofrecido y tiene la ilusión de estar en el mismo lugar de los acontecimientos, sin que los que están presentes en el suceso se percaten de su existencia. Es como si el espectador tomara el punto de vista de Dios, con su omnipresencia. Esta es la sensación de poder que otorga Magaly Medina al espectador, cuando con su cámara oculta hace un “ampay” y lo transmite en su programa.

Pero el espectador no se da cuenta de que es solo un punto de vista: es una historia construida en donde ha intervenido alguien que ha editado las imágenes dándole un sentido particular. Se ha tratado de crear una historia según ciertos estereotipos ficcionales. El espectador lo toma como verdad, porque la historia calza dentro de sus estereotipos ficcionales que funcionan a modo de “mito”.

El mito presente en los programas de Magaly TeVe tiene que ver con la forma de enunciación, que a su vez está directamente relacionado con el medio. Imbert hace alusión a cuatro tipos de mitos que caracterizan hoy, la neotelevisión: mito de transparencia (el pensar que ver equivale a entender), el mito de la cercanía (ver igual a poseer), el mito del directo (como abolición de la instancia enunciativa y narrativa), y el mito, en fin, de una televisión de la intimidad (Imbert Op.cit., p.62-63. El subrayado es mío).

En cuanto al contenido, los mitos que aparecen día a día en este programa son mitos propios del imaginario colectivo. Los mitos por lo general toman un singular impulso cuando la armonía y la homeostasis existencial han sido rotas. En su mayoría tienen que ver con las instituciones sociales como la familia o las bases primeras sobre las que se apoya la existencia humana. Aquí es donde entra la conductora para restablecer el orden y el equilibrio perdido. Podemos ver, todos los días, micro-relatos mitologizados de “personajes públicos” cuyo tema constante son, por ejemplo, las “historias de amor” o “engaños amorosos”, que ponen en riesgo las instituciones sociales como la familia, en las que siempre debe haber un punto final determinado.

La función más importante del mito es la justificación y legitimación social de determinadas acciones y formas de pensar. A través de la narración del mito, con un punto final instituido,  una y otra vez (aunque utilizando en cada narración un personaje diferente) se trata de legitimar el deber ser de la sociedad según un punto de vista que suele ser “la tradicional”. Pero el mito no funciona sin el rito. La puesta en escena, el rito, no es más que la materialización del mito.

Ya hemos descrito el ritual que se escenifica en el programa de Magaly TeVe. El mito y el ritual expresa el sentir de una sociedad, se alimenta del imaginario colectivo y lo devuelve de manera objetivada. Ayuda, por lo tanto, a interpretar aquello que es fuente de desorden y de angustia. Dirige la interpretación en una dirección particular. Crea el imaginario colectivo y/o legitima y consolida, al darle una forma específica.

Por consiguiente, la verdad que este programa construye corresponde a aquello que está presente en la vida de los peruanos de manera in-mediata, y que es su principal motivo de preocupación existencial. Para muchos de ellos, la verdad está allí, en la vida de cada uno; en la política, la ideología, nunca ha estado ni estará la verdad. Lo importante es lo vivencial, lo próximo, ese es para algunos el locus natural de la verdad, porque es lo visto y lo experimentado en el aquí y ahora.
Referencias Bibliográficas

  • FARRÉ, Marcela.  El noticiero como mundo posible: estrategias ficcionales en la información audiovisual. Bs. As. La Crujía, 2004. 398p.
  • HALL, Stuart. El trabajo de a representación. En: Stuart Hall (ed.), Representation: Cultural Representations and Signifying Practices. Sage Publications, 1997. Cap. 1; pp.13-74.  Traducido por Elías Sevilla Casas.
  • IMBERT, Gérard. El zoo visual: De la televisión espectacular a la televisión especular. Barcelona, Gedisa, 2003. 252p.
  • LYOTARD, Jean François. La condición posmoderna: informe sobre el saber. Madrid, Cátedra, 1987. 119 p.

María Inés Quevedo es bachiller y magíster en Antropología por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), y bachiller en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Lima, y tiene estudios doctorales en Antropología en la PUCP, ha tenido a su cargo cursos de las áreas de antropología y comunicación social en la PUCP. Actualmente tiene a su cargo los cursos de antropología social y globalización en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).

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PALABRA, CREDIBILIDAD Y CONFIANZA

Por Eduardo Zapata Saldaña

La ruptura de la credibilidad de la palabra pública no puede ser tratada sin considerar el escenario de la palabra privada. El tema de la confianza lleva a revisar si nuestras palabras en el plano individual están o no signadas por esa confianza que se espera en el espacio público.

“Sospecho que ni nosotros mismos estamos creyendo en nuestras palabras, creo que tampoco confiamos en ellas, me preocupa que las estemos reemplazando por el simple marketing efímero y soy un convencido que hemos empezado por envilecer los contratos individuales y –por extensión– los contratos sociales”, afirma el autor. Sin confianza, sin fe en la palabra, sea escrita, oral o electrónica, no hay contrato individual o social posible.

Cero: A modo de introducción

En los virtualmente cada vez más lejanísimos años treinta del siglo pasado, Ortega y Gasset tuvo ya duras palabras contra la especialización. Especialización –dicho sea de paso– que él denominaba como ejercicio de la “barbarie”.

Decía él en La rebelión de las masas y refiriéndose precisamente a este neo-bárbaro especialista: “Es un hombre que de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia solo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador”. Añadiendo: “Llega a proclamar como una virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto paisaje que especialmente cultiva”. Y, obviamente, se vanagloria de ello.

Pero Ortega iba aún más lejos: “El especialista ‘sabe’ muy bien su mínimo rincón del universo, pero ignora de raíz todo el resto”.  Continuando: “No es un sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad, pero tampoco es un ignorante, porque es ‘un hombre de ciencia’ y conoce muy bien su porciúncula de universo”.

Y concluía: “Habremos de decir –a propósito del especialista– que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor que se comportará en todas las cuestiones que ignora, no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio”.

¿Por qué traer a colación estas observaciones de tiempos idos? Porque, en primera instancia, el problema descrito sigue subsistiendo, con el agravante de que tal vez ese especialista hoy declare conocer más de lo que realmente sabe de su “porciúncula de universo” ; porque la “petulancia”, a la que alude Ortega sea tal vez mayor, y, finalmente –y esto es lo verdaderamente pertinente aquí– las miradas especializadas a las que nos habíamos sometido y a las que nos habíamos habituado, tengan poco que decir respecto a temas hipercomplejos como los que signan las sociedades que hoy empiezan a configurarse en torno a la tecnología de la información electrónica.

De modo que abdiquemos por un instante de nuestras “superiores” miradas especialistas, preocupémonos menos por adaptar las realidades a nuestros viejos anteojos (más bien hoy anteojeras) y recuperemos la sana “curiosidad intelectual” que nos permita más bien limpiar al menos los cristales de esos anteojos. O, quién sabe, cambiar ya el modelo o la medida de estos. Porque nos están impidiendo ver.

Uno: El asunto

Vemos, entonces, que los “virtualmente tiempos idos” no eran tales. Al menos en lo que se refiere a las miradas de los especialistas: estas siguen siendo casi las mismas que aquellas denunciadas por Ortega. Creo también que pretendemos seguir viendo cosas y fenómenos realmente nuevos con miradas, esas sí, del ayer, Y creo, así, que  específicamente el asunto de la confiabilidad en la palabra pública requiere que abramos los ojos a los profundos cambios culturales en los que hoy discurren los discursos. Si no lo hacemos –con rigor, pero también humildad– seguiremos atribuyendo a “los otros” la “culpa” de la volatilidad de nuestras palabras.

Confieso que al escribir estas líneas, no tengo mucha confianza en siquiera que sean leídas. Confieso también que –a estas alturas de este artículo– no sé si mis palabras vayan resultando confiables. Ignoro, finalmente, si el lector continuará la lectura e ignoro también si lo leído y lo por leer sintonizará con las “curiosidades” lectoras. Me limito a decir que sólo estoy escribiendo para expresarme. No sé la suerte de mis palabras.

Una buena manera de ir entrando en nuestro tema –el asunto de la credibilidad y confianza en la palabra– sería que el propio lector reflexione sobre por qué ha llegado a este punto en el artículo. Una buena manera de ir entrando al tema es pensar en por qué otros ni siquiera llegaron hasta aquí. O ni siquiera empezaron. Ciertamente, agradezco a los que hayan tenido la paciencia.

Sin embargo, es tiempo de decir que la confianza y la credibilidad en la palabra pública no debe ser el único motivo de nuestra preocupación. Ciertamente el tema está en la agenda pública de los especialistas a los que aludíamos antes. Pero, en el fondo y con una mirada más amplia, es imposible tratar el tema de la ruptura de la credibilidad en la palabra pública sin hacer referencia al fenómeno ocurrente también con la palabra privada. Palabra pública y palabra privada –digámoslo ya– sellan los contratos públicos o privados. Las alianzas con otros o, aun, con nosotros mismos. Y, si lo vemos en su hipercomplejidad, el tema de confianza y credibilidad no se reduce a reflexionar sobre los medios y el contrato social. Supone –necesariamente– revisar si nuestras propias palabras –aquellas tal vez destinadas a nosotros mismos o al individualísimo receptor con el que dialogamos– están o no signadas por esa confianza y credibilidad reclamadas para el dominio de lo público. Sospecho que ni nosotros mismos estamos creyendo en nuestras palabras, creo que tampoco confiamos en ellas, me preocupa que las estemos reemplazando por el simple marketing efímero y soy un convencido que hemos empezado por envilecer los contratos individuales y –por extensión– los contratos sociales. Digo, también y por último, que con la electronalidad nos hemos visto obligados a recoger nuestros pasos y andamos en busca del tiempo perdido de la fe en la palabra. Sea oral, escrita o electrónica. Porque sabemos que sin confianza, credibilidad y fe en la palabra no hay contratos individuales ni sociales posibles.

Dos: la inflación lingüística

No nos cansaremos de reiterar que estamos asistiendo –en los últimos tiempos– acaso a uno de los fenómenos subversivos más corrosivos del contrato social: la inflación lingüística.

¿Qué significa hablar de inflación lingüística? Emisión inorgánica de nombres. Emisión de palabras que carecen de referente. Falsificación, entonces, de la realidad. Y como se trata de signos envilecidos, ocurre lo mismo que con la moneda depreciada, circulan con velocidad. Pasan de mano en mano.

Lo grave es que, en el caso de la inflación lingüística, son precisamente los llamados a denunciarla quienes sustentan artificialmente su “valor”. Nos referimos a políticos, auto titulados líderes de opinión, dirigentes de organizaciones sociales (a veces también inexistentes) y aun intelectuales (si falsificadores, entonces pseudo – intelectuales).

Ayer aceptamos interpretación “auténtica”, como si las hubiese –en aquel momento– “inauténticas”; suscribimos colaboraciones “eficaces”, como si las hubiese “ineficaces”; juramos puntualidades incumplidas por la campaña “La hora peruana”; y, en fin, alentamos la ficción de unidad colectiva bajo la denominación Acuerdo Nacional en un ente que –lo estamos viendo y viviendo– tuvo poco de nacional y menos de acuerdos comprometedores de partes.

Y ahora surgen pueblos “originarios” y “nativos” en mundos y espacios construidos por migraciones. “Frentes de Defensa” que son simples instrumentos de fachada (tal vez, por eso, sólo “frentes”, visibilidades) de la defensa del interés de alguien o sólo algunos; marchas y solidaridades por la paz y la democracia que ni son pacíficas y, más bien, apuntan a la destrucción de esa democracia. Denuncias, en fin, de “injerencias” extranjeras, hechas por quienes viven de esas denunciadas “injerencias”.

Las actas y acuerdos para solucionar coyunturas violentistas se multiplican; la palabra “culpable” termina siempre diluyéndose en el “yo no fui”, pero finalmente en el “nadie fue”. Y los habitantes de la Amazonia y Puno se convierten en “hermanos” de todos. Pero, por supuesto, también de nadie. A propósito de esto último es repulsivamente racista hablar de esas “hermandades”. Para no serlo, deberíamos –entonces– hablar también de los “hermanos” de Casuarinas, Breña o Jesús María, Arequipa o Piura.

Lo anterior lo traigo a colación por una nueva emisión inorgánica: las llamadas “reivindicaciones étnicas” y los “neo-nacionalismos indígenas”. ¿Acaso no se trata de términos hasta excluyentes? ¿La nación es un concepto propio de los llamados “pueblos originarios” o, más bien, una creación de la Europa post medieval?

En este mismo sentido de emisiones inorgánicas, alguna universidad organizó un Foro para discutir el tema del auto-gobierno en los pueblos indígenas en Norte América. Por Dios. ¿Qué hicieron en esa América con los “nativos”? ¿Qué hicieron con los que quedaron? ¿No les suenan conocidos los términos “reservaciones indígenas”?

Y otra vez, entonces, racismo y maniqueísmo. ¿Habrá que hacer entonces paros costeños? ¿Acaso paros urbanos que se opongan a intereses rurales? ¿O algún paro de los “nativos originarios” de Ancón frente a los invasores de Comas y Puente Piedra?

Cuidado. La inflación –monetaria y lingüística– corroe el fundamento de la convivencia civilizada: la propiedad. No sólo la posesión, la propiedad en sí. Siendo obviamente la propiedad más valiosa la vida misma. Que no admite relación o tutoría alguna de terceros. Llámese Estado o Frente. Patria o Muerte. Paz o democracia.

Tres: especificidades

Decir las cosas por su nombre. Es lo éticamente honesto. Pero, sobre todo, es el instrumento más eficaz contra todo tipo de subversión. Externa o interna.

Necesitamos, pues, un sinceramiento político y cultural. Un shock. No vaya a ser que mañana tengamos que pedir al Gobierno un “enérgico pronunciamiento” porque algún país extranjero expulsó a peruanos por no ser nativos ni originarios de su suelo.

Inflación lingüística. Subversión. Emisión lingüística orgánica: propiedad. No hay instrumento más eficaz contra la subversión que ponerle nombre a las cosas. La propiedad. Sólo a los que alientan la subversión conviene vivir con la inflación. De todo tipo.

Inflación lingüística. Emisión de nombres sin que estos tengan un referente real. Siempre maquillaje, usurpación de la realidad o invento de ésta. Ergo, enajenación de la propiedad, base del contrato social, a partir de la admisión de circulante envilecido.

A quienes les preocupe la educación (de veras), les cansará que bajo el rótulo de “educación de calidad”, se planteen –en universidades– guiones para que todos los profesores repitan el mismo libreto; a quienes les preocupa la ética, debería sublevarles comprobar a veces que quienes se autodefinen como epítomes morales descalifican a cualquier rival intelectual o político ‘psicoanalizándolo por correspondencia’ impunemente, faltando precisamente a esa ética.

A quienes les importe la política, en fin (la Política con mayúscula), les sonrojará cómo algunos líderes o dirigentes se convierten en manipuladores intérpretes de la ‘opinión de las bases’, cuando las ciencias sociales han institucionalizado hace tiempo instrumentos precisos para cuantificar y cualificar esa opinión.

Seguro ha asistido Ud. a esos entusiastas ejercicios donde se trazan las “visiones institucionales”. Usualmente, en papelógrafos se llenan palabras bonitas, siempre de moda, hasta que todos quedan contentos. Aun cuando pocos sepan qué significaban en rigor esas palabras, a qué nos comprometen y cuáles son sus alcances.

Hitler se decía nacionalista. Velasco era un demócrata de participación plena. Chávez también demócrata, pero bolivariano. Sendero Luminoso un partido político, no un movimiento subversivo y menos terrorista. Muchos países intervienen con violencia en otros en nombre de la paz.

Hace poco, un publicitado crimen revelaba cómo un contrato de prestaciones sexuales fue reemplazado por palabras hirientes que activaron una atroz violencia. Pocos lo han subrayado. Pero, en este caso y los anteriores, los nombres que no coinciden con referentes terminaron por romper los contratos. Individuales y sociales. Y por generar violencia.

Cuatro: El quid de la inflación

Como podemos apreciar, el lenguaje es un instrumento de apropiación de la realidad. Si el lenguaje pierde, entonces, su capacidad nominatoria, su capacidad de relacionar nombres con referentes, no sirve para apropiarse de esa realidad.

Cuando se pronuncia la palabra amor, pero ésta carece de un referente específico y de la real relación subyacente a la palabra, se pierde propiedad –sensu stricto– sobre el objeto amado. Y lo mismo ocurre –más en profundidad– con los conceptos elementales de mío, tuyo, nuestro, si acaso estos –que son muy precisos– se ven ensombrecidos en sus dimensiones semánticas por la alusión etérea –pero corrosiva– a solidaridades, compromisos sociales, reciprocidades u otras palabras bonitas pero imprecisas.

En suma, la inflación lingüística supone pérdida de propiedad sobre tu lenguaje. El lenguaje deja de ser tuyo si uno no sabe ya lo que las palabras significan. Y cuando esto ocurre los contratos individuales y sociales se evanescen.

Puede que algunos –a sabiendas–  jueguen marketeramente con los nombres y hagan circular signos carentes de referentes. Puede que estas monedas significativas tengan hasta valor un tiempo en el mercado. Pero, sabemos –es una ley económica y de la lingüística– que el mercado se encarga de retirar el signo envilecido de la circulación.

¿Cómo reclamar confianza y credibilidad en la palabra pública si –por vivir en un mundo inflacionado lingüísticamente– sabemos que nuestras propias palabras privadas (a veces nuestro propio nombre o quehacer) están bajo el signo de la no referencia y, por ende, ni nosotros confiamos en lo que somos y decimos?

Cinco: El mundo feliz

Nos habíamos habituado al mundo de las verdades inmutables. A aquel mundo de los uni-versales indiscutibles. A gozar de confianza y credibilidad simplemente si adheríamos a ese mundo. Desde el 800 antes de Cristo, con la invención del alfabeto, los sonidos “ objetivamente “ eran representados por letras. Cómo dudarlo. Y el mundo de las ideas hizo hasta escarnio de las experiencias sensoriales. Y todo esto devino en los textos sagrados e inmutables per se, de los cuales culturalmente hemos sido tributarios. Si a esto le añadimos el yo renacentista y la conquista de la racionalidad, nadie podía no creernos o desconfiar de nosotros si –repito– adheríamos a esa tradición cultural. Que dividía culturalmente el mundo entre los privilegiados emisores de siempre de signos inmutables y pasivos y resignados destinatarios de los mismos.

Confianza y credibilidad en la palabra transitaron por un buen tramo de la historia de la humanidad sobre el sema Fe-Institucionalidad-Verdad. Transitaron sobre semas definidos no en una cultura del ‘hacer’, sino del ‘ser’. Así son las cosas, porque así es la voluntad de Dios. Religión, política e intelectualidad se volvieron consubstancialmente verdades absolutas. Y todos vivimos felices. Obviamente, no todos. Sólo los emisores.

Pero, de pronto, la desacralización de las sociedades debilita el sema. De pronto, la electronalidad –con sus textos alternativos, competitivos y evanescentes– pone a los pasivos receptores en condiciones de emitir. Y, de pronto, entonces, el sagrado papel sobre el cual sólo se escribían verdades, deja de prestarnos su prestigio histórico porque los discursos empiezan a circular –con hechura colectiva, esta vez– en soportes virtuales.

Y una cultura del hacer empieza a reemplazar a la cultura del ser. No sólo las ideologías se debilitan, sino la misma idea de la superioridad del mundo de las ideas frente al mundo de las cosas, empieza a cuestionarse. Era necesario resensorializarse para acceder al mundo de la electronalidad y no parecía ya tan cierto que la idea abstracta que despreciaba el papel de los sentidos fuese ya una aliada oportuna (o al menos exclusiva).

Entonces, todo se desinstitucionaliza. No sólo el Estado, también las relaciones con el trabajo y aun las relaciones personales. Aun –en muchos– las relaciones consigo mismos. Y todo esto en el contexto de una inflación lingüística galopante que pretendía mantener viejos nombres y referentes ya inexistentes. Con el agravante de tratar de pasar esos nombres por verdades absolutas, como en los buenos tiempos.

Bueno, se acabó. En un mundo que ha cambiado su sema cultural central y que se ha desinstitucionalizado, no cabe ampararse en ninguno de los componentes del sema. Ni en Dios, ni en las instituciones ni en la llamada verdad. Ahora cada quien tiene que volver a construir (o reconstruir) confianza y credibilidad. Estas empiezan por casa. No por la palabra pública. Esta volverá a ser confiable y creíble en la medida en que sus actores lo sean. Por sus haceres.

En el año 428 a.c. se estrenó Hipólito de Eurípides. En esta tragedia, más allá de las circunstancias que rodean la trama, Teseo encuentra el cadáver de Fedra, su esposa, que se ha suicidado. Sobre el pecho de Fedra hay una tablilla escrita por ella en la que incrimina a su hijastro, Hipólito, hijo de Teseo y de la amazona Hipólita.

Teseo lee en silencio lo que Fedra ha dejado escrito (sabe leer) y mientras lee exclama: “¡La tablilla grita, grita cosas terribles!… ¡Qué canto, qué canto he visto entonar por las líneas escritas…!”. A partir de allí se desencadena la tragedia de Hipólito y su muerte.

Para Teseo –que evidentemente sabe leer– y para el público receptor, la tablilla escrita es capaz de cantar, hablar. Lo escrito continúa (en ese momento) cantando o hablando.

El tradicionalista Ricardo Palma nos cuenta en Canta Claro cómo dos indios, que llevan un encargo de frutas, tienen hambre y se comen parte de las frutas. Junto con las frutas llevan una carta que envía el que manda la fruta al destinatario. Para que la carta no los delate, la ocultan. Así la carta no verá que ellos se comen la fruta y no los denunciará. Sabemos que al llegar a su destino, son castigados porque en la carta se indica la cantidad de fruta que debían entregar.

Para los portadores, la carta (lo escrito) es capaz de hablar, como para Teseo la tablilla es capaz de gritar o cantar.

Nadie adscrito a la cultura oficial en la sociedad peruana osará siquiera sonreír ante un Teseo que realmente nos está mostrando una percepción mágica y primitiva respecto a la palabra escrita. A fin de cuentas, Eurípides y la tragedia griega merecen per se respeto. Palabras escritas que han llegado a nosotros como verdades inmutables.

¿Seguiremos sonriendo ante estos relatos? ¿O llegó el momento de que –con rigor, pero humildad– reconstruyamos confianza y credibilidad a partir de nosotros mismos?

Seis: En el principio, fue el verbo

Si la primera persona del plural mayestático y la tercera persona fueron expresión y arma de la confiabilidad y credibilidad del mundo del ayer, hoy ese mundo de verdades  evidentes y demostrativas e inmodificables ha desaparecido.

La electronalidad nos ha vuelto a poner en el mundo del yo y del tú. Sin posibilidad de escondernos. Y con ello, la electronalidad nos ha puesto ante la evidencia lingüística de que no más el plural aludido o la tercera persona serán armas del convencimiento.

Etimológicamente, convencer (vencer e imponerse a una posición contraria) fue la palabra de orden para institucionalizar y pretender perpetuar un mundo de verdades inmutables y, por ende, irrefutables. La palabra escrita fue el medio silente y de consumo individual que posibilitó esta gran aventura cultural.

Sin embargo –lo subrayamos– caímos en la inflación lingüística al no podernos percatar de que el mundo nuevo resultaba innombrable (e inmanejable) con los viejos nombres. Estos no calzaban ni calzan con los nuevos referentes.

Caídos así en la inflación, era cuestión de tiempo que las expresiones y armas del mundo perfecto y feliz cayeran en el vacío semántico. Adiós plural mayestático y adiós  tercera persona; bienvenidas, nuevamente, la primera y segunda persona. Esta vez, en un mundo con referentes también virtuales.

Si las viejas estrategias para hacernos confiables y creíbles no van más, ¿Cuáles serán los caminos para asegurar contratos individuales y sociales?  Obviamente, el primero es el sinceramiento cultural, la restitución de nuestra capacidad de nombrar.

Pero, junto con ello, es evidente que al no haber más un mundo de uni-versales y al convivir ya una cultura del hacer, estamos obligados ya no a la imposible tarea de convencer unilateralmente. Se hace imprescindible sustituir la mesiánica y redentora tarea del convencimiento por la más humana de persuadir; sustituir la demostración por la argumentación; y, claro está, requerimos permanentemente ejemplificar.

Pero todo empieza por el contrato individual con nosotros mismos. Por la afirmación de trazas personales sostenibles. Por abandonar el marketing efímero y reemplazarlo por proteicas, pero transparentes y coherentes identidades.

El contrato social no está más en manos de Dios o el Pueblo. Está en manos de los ciudadanos y de la recuperación de categorías humanas de las que habíamos abdicado: generar confianza y credibilidad en y por nosotros y por nuestro hacer.

Podría sonar contradictorio, luego de lo dicho, pero ahora sí estamos en condiciones de afirmar que En el principio, era el verbo.

Eduardo Zapata es Doctor en Lingüística y Literatura de la Pontificia Universidad Católica, hizo un postgrado en Semiótica en la Universidad de Bologna.  Investigador y maestro universitario, ha publicado, entre otros libros, El Discurso de Sendero Luminoso: Contratexto Educativo, Lo que piensan los niños sobre la escuela, Representación oral en las calles de Lima y La palabra permanente. Verba manent, scripta volant.

Ha participado en el desarrollo de la Fundación Cultural del Banco de la Nación, que se trazó como objetivo central imprimir en el imaginario colectivo nacional los conceptos de una cultura del deber y de una identidad proactiva como insumos indispensables en nuestra sociedad.

Es profesor de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas de los cursos de Semiótica y Sociología de la Comunicación.

COMUNICACIÓN Y CAPITAL SOCIAL: LOS MEDIOS EN LA ECUACIÓN DEL DESARROLLO

Por Eugenio D’Medina Lora

El desarrollo requiere de reglas de juego estables para florecer. Pero para construirlas es preciso que una sociedad sea rica en capital social, definido como el entramado social basado en relaciones de confianza a muchos niveles. Esta es la base a partir de la cual se puede analizar qué rol cabe a los medios en la construcción de esta sociedad de confianza. La hipótesis presentada es que poco han hecho en esta tarea, porque si bien hay más transparencia relativa a otros tiempos, también hay duros obstáculos, derivados de conflictos de plataformas de valores como manejo tendencioso de los medios para resaltar generalmente los peores aspectos del sistema político, en respuesta selectiva a presiones derivadas de escenarios de captura, dando por resultado un detrimento de la confianza y del capital social.

Introducción

¿Los medios de comunicación social son espectadores del desarrollo de un país o son protagonistas del mismo proceso? Esta es la pregunta clave que pretende explorar este ensayo. ¿Su papel es simplemente informar acerca de lo que sucede en el país, mostrando todas sus pobrezas y miserias, particularmente en el campo de la política y la economía, sin asumir responsabilidad por los hechos que refieren en sus reportes y crónicas? ¿O ya puede decirse, por su creciente presencia en la agenda política, que los medios de comunicación han pasado a ser actores de esa realidad que cuestionan, denuncian y critican permanentemente, desde distintas trincheras de opinión, no alejadas, por cierto, de las influencias ideológicas?

Si los medios de comunicación son actores del desarrollo, les cabe una responsabilidad con la sociedad que persigue ese desarrollo. A ésta, se le puede denominar la responsabilidad social de la comunicación social(1). Identificar, definir y discutir los elementos a través de los cuales se materializa esa responsabilidad, es una tarea imprescindible para comprender los macro-alcances de la labor del comunicador, y muy en particular, del comunicador periodístico.

Colofón de lo anterior es examinar si en la incapacidad de construir capital social a base de relaciones de confianza radica el por qué los periodistas peruanos no se convierten en verdaderos referentes para la sociedad y el Estado en el Perú, tanto en el ámbito de cada espacio de acción, como en cuanto a las relaciones que sostienen entre si. Es decir, ¿por qué no hay periodistas que se puedan convertir en auténticos anclajes de confianza?

En este ensayo buscamos presentar estos elementos en clave política y en tesitura teórica, dejando la tarea de proseguir en la profundización del análisis para otras investigaciones empíricas que pudieran suscitarse.

¿Por qué unos países desarrollan más que otros?

Para comprender si el comunicador social juega un papel en la construcción del desarrollo de un país, y particularmente del Perú, el punto de partida será responder a una pregunta crucial: ¿por qué unos países desarrollan más que otros? Ensayaremos algunas respuestas.

Adam Smith entendió el problema fundamental. No era el crecimiento en sí lo importante, sino la riqueza: la riqueza de las naciones(2). ¿Y qué las hacía más ricas? Las posibilidades de intercambios comerciales por el uso eficiente de los recursos y aprovechamiento de ventajas diferenciales. No se trataba de producirlo todo, sino de especializarse en lo que mejor se podía hacer(3). Pero dichas posibilidades de maximizar el intercambio sólo es factible si al mismo tiempo se maximiza la libertad económica. Puede decirse que Smith fue el primer visionario de lo que hoy se entiende como globalización, al entender que los países podrían enriquecerse bajo esquemas cooperativos basados en el intercambio libre.

Una arista distinta, pero complementaria, es la que propone Max Weber, al establecer que es la ética en el desempeño de las actividades de negocios la que hace que algunos países desarrollen una cultura del trabajo, del ahorro y la prosperidad(4). Aunque Weber ha sido sujeto de interpretaciones no siempre certeras con respecto a este argumento, situación que, por cierto, también le cupo a Adam Smith, la esencia de su argumento es que la ética es parte componente de la función de producción, como un factor adicional al trabajo, al capital, a los recursos naturales y a la capacidad empresarial, así como, también, un elemento crucial de la estructura de las preferencias que dan sustento a la función de utilidad. De esta manera, la ética del productor, como la ética del consumidor, dejan de ser cuestiones meramente filosóficas, para convertirse en elementos concretos que soportan la producción y la competitividad. Y se traducen en algo tan tangible como los costos de transacción y los problemas de agencia, cuando se sospecha que los intercambios pueden estar sobre la base de información oculta y comportamientos engañosos que hacen requeridas coberturas especiales que se traducen en erogaciones monetarias.

Un factor que apoya al aspecto ético, aunque es totalmente distinto, es el que resalta Hernando De Soto: el sistema legal-institucional(5). En efecto, el sistema legal-institucional, además de ordenador, es generador de valor de los activos lo que permite insertar a sus poseedores en la dinámica capitalista. La institucionalidad también se convierte en factor de la función de producción. Y, por tanto, los países más desarrollados han de mostrar mejores marcos institucionales y sistemas de legalidad mucho más enraizados y afinados que permitan conocer de antemano las reglas de juego que brindan las seguridades a los que desarrollan actividades económicas. Incluso puede pensarse que es precondición del mercado mismo la existencia de esta claridad en el sistema legal-institucional(6).

Mientras los dos anteriores enfoques hacen hincapié en elementos cualitativos que impactan en la función de producción, Ludwig Von Mises asume una postura tradicional y sitúa el desarrollo de los países, simple y llanamente, en la formación y la acumulación de capital(7). No existe forma de que un país desarrolle sin capital, en la tajante perspectiva de Mises. Para él, sólo existe una diferencia entre países desarrollados y no desarrollados: la diferencia en la disponibilidad de los bienes de capital por persona que pueda trabajar. Por tanto, la tarea del desarrollo pasa por generar más capital, lo que implica promover la inversión – nacional o extranjera – y la innovación tecnológica.

La confianza y el capital social: ¿dónde encajan?

Todos los enfoques del desarrollo explicados anteriormente son válidos y complementarios entre sí. Sin embargo, todos ellos tienen un elemento común: la confianza. Los intercambios comerciales internacionales requieren confianza en cuanto a tiempos de suministros, calidades, cantidades y precios, así como también las interrelaciones cooperativas entre empresas(8). El comportamiento ético en los negocios supone la confianza en que las acciones humanas emprendidas se corresponderán con ciertos valores asumidos como éticos en determinada sociedad. El sistema legal-institucional se sostiene en la percepción de confianza que tienen de él los miembros de la sociedad, pues si no se confía en dicho sistema, sus prescripciones y señalamientos quedarían desvirtuados. Y la construcción de capital financiero y físico implica que la inversión que la genera se ampare en la confianza en las reglas de juego que permitan estimar razonablemente la cuantía de los retornos esperados, así como su ocurrencia y su riesgo. No pueden convivir ni persistir ni sostenerse los intercambios comerciales, ni la ética en los negocios, ni los sistemas legales-institucionales ni la formación de capital sin un entramado de confianza que los haga viables en el largo plazo.

En consecuencia, la confianza es el factor común y el elemento crucial para el desarrollo. Este elemento es el núcleo de la tesis de Alain Peyrefitte, quien postula que el desarrollo depende de la construcción de una sociedad de confianza: la confianza otorgada a la iniciativa personal, a la libertad exploratoria e inventiva que conoce sus contrapartidas, deberes y límites(9). La “divergencia” del desarrollo, es decir, la distinción entre los países que se desarrollan y los que no lo hacen –o se desarrollan poco– se explica primero por la existencia de sociedades en las que prevalezca una cultura de confianza y, solamente después, por los otros elementos que pueden actuar de gatillos del desarrollo.

Teniendo esto en cuenta, ¿es posible reformular la tesis de Mises con respecto al capital como instrumento fundamental del desarrollo y, por extensión, al capitalismo como sistema insuperable para producir ese desarrollo? ¿Podemos integrar el concepto de confianza dentro del marco de la clásica relación contemplada en la función de producción(10)? De hecho sí, en tanto reformulemos adecuadamente el concepto del capital. ¿Se puede seguir sosteniendo la ecuación desarrollo = capital? Sí. Pero, ¿qué capital? Siguiendo la definición antigua, y particularmente a Karl Marx, la ecuación es capital = dinero. Por otro lado, en una ampliación de la anterior, se tiene que en la definición neoclásica, la ecuación sería capital = dinero + activos + tecnología. Pero podemos extender más esta definición. Un concepto más moderno de capital se expresaría en la ecuación capital = capital financiero-comercial + capital conocimiento + capital natural + capital infraestructural + capital humano + capital social.  Bajo esta nueva visión, podemos hablar de un desarrollo capitalista, no en la concepción de la economía política clásica, sino conformado por la acumulación sistemática y sostenida de capital financiero-comercial (dinero, activos financieros, inmuebles, equipos, mercancías), capital natural (recursos naturales, medio ambiente), capital infraestructural (infraestructura económica y social), capital conocimiento (tecnología, know how, capacidades de gestión), capital humano (educación, salud(11)) y capital social (trama social de relacionamiento mutuo).

Es más nítida la comprensión de este enfoque de la relación capital-desarrollo si se atiende a la ausencia de alguno de estos elementos. Claramente no es posible impulsar ningún proceso de desarrollo sin capital financiero y comercial, por lo que la promoción de la inversión privada se hace indispensable para darle fuerza al proceso, algo que está en el centro de las nuevas estrategias desarrollistas de los países que crecen. En el caso del capital natural, a pesar de la percepción cotidiana, no parece ser tan importante para el desarrollo, aunque, de hecho, puede ayudar mucho si se aprovecha adecuadamente y se complementa con políticas públicas complementarias. Todo lo contrario ocurre con los otros tipos de capital, cuyas ausencias sí se sienten. Sin infraestructuras apropiadas es imposible impulsar ni sostener ningún proceso de desarrollo, pues lo primero que tiende a colapsar en cualquier país que crece es, precisamente, la infraestructura. Debe evitarse que se convierta en un cuello de botella. Tampoco es posible el desarrollo sin tecnología, know how y capacidades de gestión, aunque a diferencia de la infraestructura, que tiene que hacerse específicamente en el país, en el caso del capital conocimiento puede importarse, aunque no es lo deseable ni sostenible. De ahí la importancia de capitalizar al país con inversión en investigación y desarrollo, además del fortalecimiento de las capacidades de gestión.

El caso del capital humano no es distinto. Un país compuesto por personas que no tienen educación, que por lo menos les permita conocer y defender sus derechos, es débil, porque se compone de pobladores antes que de ciudadanos. Asimismo, un país de personas con mala nutrición y salud deficiente, es imposible que se incorporen a procesos de incorporación acelerada de innovación tecnológica y fortalecimiento de otras capacidades.

Si las ausencias anotadas son fundamentales, la falta del capital social es decisiva. El capital social es la fortaleza de la trama social que hace posible que ocurra el relacionamiento entre los miembros de la sociedad. Esta trama está basada en la confianza mutua y, por extensión, en el comportamiento ético, la justicia y el respeto individual, la capacidad de asociatividad y el reconocimiento de una institucionalidad legítima(12).

¿Adónde nos lleva todo esto? Partiendo de la nueva visión del capital, se tiene que para generar desarrollo hay que construir capital. Y construir capital implica construir todas las formas de capital sin descuidar ninguna. Luego podríamos construir también una respuesta a la interrogante acerca de por qué algunos países se desarrollan más: las sociedades que más se desarrollan son las que tienen la capacidad de construir más capital, en el sentido ampliado descrito. Y un componente fundamental de ese capital es el capital social, materializado en una trama social tejida a base de los hilos delicados de la confianza en la sociedad.

El papel del comunicador social y la tarea pública

Si hay algún papel del comunicador social en el desarrollo, éste se relaciona con su responsabilidad social, y, por consiguiente, con la construcción de la confianza y del capital, en el sentido ampliado que hemos descrito en el acápite anterior. Un elemento clave que relaciona estos propósitos con el rol comunicacional se enmarca en su capacidad de vincular la tarea del Estado, que se realiza a través de políticas públicas, con los objetivos sociales que deben siempre converger al desarrollo. Y esto debido a que el Estado es un actor de alta presencia, bajo cualquier modalidad, grado o sistema político, en el proceso de desarrollo de cualquier país.

En efecto, el desarrollo de un país, en distintos grados y bajo cualquier régimen político, implica un papel del Estado como actor de ese proceso. El desarrollo de una sociedad tiene como un pilar clave a la economía, pues, de hecho, el propósito último de la ciencia económica es generar las mejores condiciones de desarrollo factibles en un espacio y tiempo dados. Por otro lado, en una sociedad política, el Estado es la entidad encargada de ejercer el máximo poder que le confiere la misma. Consecuentemente, la política y la economía están íntimamente relacionadas. La política es el proceso y actividad orientada, ideológicamente, a la toma de decisiones de un grupo social para la consecución de objetivos. Para cualquier sociedad, uno de esos objetivos primordiales es generar la disponibilidad de los recursos y su acceso a las personas. Esa tarea, de una u otra manera, tiene como actor de primer orden al Estado; y, por tanto, a las políticas públicas que implementa dicho Estado.

Hay que tener en cuenta que importa el cómo se materializa esta presencia del Estado en la consecución del desarrollo(13). Cuando decimos que el Estado es un actor de primer orden en la tarea de asegurar la mejor disponibilidad de recursos factible, implícitamente definimos una idea sobre su papel en la economía. Ese papel puede fluctuar entre hacer todo y no hacer nada. Y la definición de esa idea lleva invariablemente a una definición de política que impacta en la economía. No debe sorprender entonces que el Estado sea el actor más polémico en cuanto a esta definición de qué papel le cabe en el desarrollo.

Es un hecho que los medios de comunicación tienen crecientemente una presencia mayor en el dictado de la agenda política. En el Perú, se acaba de ver con el manejo de la confrontación entre el Estado y parte de las comunidades nativas amazónicas y con el juicio al ex Presidente Alberto Fujimori por delitos de lesa humanidad. La prensa asigna espacios, en titulares y páginas del interior, a noticias sobre hechos u opiniones, en función de sus propias cercanías ideológicas. Los entrevistadores, particularmente radiales o televisivos, segmentan su tratamiento de los entrevistados en función de sus propias preferencias personales, siendo amables y, muchas veces, condescendientes con quien está cercano a sus afectos o a su posición ideológica, y draconianos, cuando no abiertamente prepotentes, con los que no se alinean con sus propios pensamientos políticos. Esto coloca al comunicador social en una posición predominante en el escenario de la política, queriendo o no hacerlo. Y también lo pone en una situación de creciente responsabilidad.

Los componentes de la responsabilidad social de los comunicadores

¿Hay entonces una responsabilidad social del comunicador? El papel del comunicador social, más que sólo informar, incluye responsabilidad con la sociedad. ¿Cómo definirla? En un intento por señalar sus componentes en clave “algebraica”, se puede intentar con la siguiente expresión:

RS = PIT +  DIT + FEP + SS

Esta expresión indica que la responsabilidad social del comunicador (RS) es una sumatoria de cuatro componentes: La “perfección” de la información transmitida (PIT), la defensa de intereses territoriales (DIT), el filtro de eficiencia y eficacia de las políticas públicas a implementarse (FEP) y, por último, la sensibilidad social ante la realidad inmediata que rodea al comunicador (SS). Ha de notarse que, tradicionalmente, se asume de manera implícita la identidad entre la RS y la SS. Bajo el enfoque que proponemos, la RS excede con mucho a la SS y, en principio, le otorga un peso relativo menor, en aras del fortalecimiento de otros componentes. Analicemos cada uno de ellos.

En primerísimo lugar, la “perfección” de la información es un componente crucial y determinante en la responsabilidad social del comunicador. Claramente, la alusión a la perfección debe entenderse como un propósito tendencial, en vista que es prácticamente imposible conseguirla en cualquier área del conocimiento profesional. Pero cuando se alude a la “perfección” se debe entender ésta en el sentido que le dan los economistas, a saber, que una información es perfecta cuando es veraz, completa y oportuna. Por tanto, la primera responsabilidad del comunicador, respecto a la sociedad, es la de transmitir veracidad de contenidos, de manera que incorporen información completa para el receptor de dicha información y teniendo en cuenta que llegue a tiempo al público destinatario. Si se falsea la realidad, se transmiten medias verdades o se hace llegar tarde, aunque un comunicador posea altísimas dosis de sensibilidad y bondad, estará actuando fuera de su responsabilidad con la sociedad en la que de desempeña como tal.

Otro componente es la defensa de intereses territoriales. Como “territoriales” queremos expresar intereses relativos a una comunidad en un espacio geográfico determinado. Por ejemplo, pueden ser intereses de un distrito, de una provincia, de una región y, eventualmente, de todo un país. Dado que la tarea del comunicador es influenciada directamente por el entorno de la comunidad en la que ésta es desarrollada, parte de su responsabilidad es con esa misma comunidad, la cual, está necesariamente ubicada en un determinado espacio geográfico o territorio. Este componente se hace más fuerte conforme el alcance del medio de comunicación es más enfocado en espacios territoriales pequeños. Un periódico de alcance distrital tiene un compromiso con el distrito. Un canal de cable de alcance multi-distrital, como por ejemplo uno de los conos de Lima, tiene un compromiso con la problemática de los pobladores de esos espacios, más allá que con un distrito específico.

Una tarea fundamental de los comunicadores es servir de faja de transmisión de las políticas públicas. En esto consiste el componente de filtro de eficiencia y eficacia. Para que sean efectivas, las políticas públicas deben ser comprendidas por los actores políticos, desde instituciones y entidades de gobierno, hasta organizaciones privadas y personas naturales. Entendidas, para que los actores puedan, precisamente, realizar acciones esperadas como resultado de esas políticas. Pero esta función de faja de transmisión involucra tanto la promoción de las políticas que sirven a propósitos de desarrollo, como también la contención de aquéllas que pudieran no estar alineadas a tales objetivos, a pesar de las intensiones de los hacedores de política (policy makers). En tal sentido, parte de la responsabilidad de los comunicadores es impulsar a las buenas políticas y frenar a las malas, señalizando en el primer caso a los miembros de la sociedad y del Estado para proseguir en su implementación, y, en el segundo, al gobierno para cambiar y/o afinar sus políticas.

Finalmente, está el componente de la sensibilidad social, término que se utiliza extendidamente, pero que no suele definirse. Vamos a definirla como la proclividad del comunicador social a comprometerse con causas de los más necesitados económicamente orientadas a mitigar, aliviar o abatir los efectos de tal precariedad sobre su bienestar. Aunque todos los componentes presentan aristas subjetivas, es en el caso de la sensibilidad social donde lo subjetivo es casi todo. Normalmente es la sensibilidad social lo que se entiende cuando se hace referencia a la responsabilidad social, y, por tal motivo, tiende a confundirse ambos conceptos, cuando, por ejemplo, se alude a la que deben tener las empresas privadas. Pero, como vimos, la responsabilidad social es mucho más amplia para los comunicadores y tiene que ver, fundamentalmente, con el manejo objetivo de los instrumentos que tiene a su cargo y que se vinculan fuertemente a los primeros tres componentes.

Estos componentes de la responsabilidad social de los comunicadores sociales no siempre son convergentes. Es más, normalmente son divergentes y presentan problemas de orden ético que se “resuelven” en el plano de las estructuras de preferencias individuales de cada comunicador. Por ejemplo, puede ser que una información sobre “espionaje” a un país vecino sea una noticia que cumple con el criterio de veracidad, pero que su difusión pueda ocasionar un perjuicio al país al generar un escenario de confrontación internacional(14).

Contradicciones de la plataforma de valores y captura bidireccional

¿Por qué suele encontrar obstáculos el comunicador para ejercer su responsabilidad social? Una parte de la respuesta se acaba de mencionar: la pretensión de abarcar todos los componentes de la responsabilidad social confronta normalmente al comunicador a fuertes dilemas éticos. De modo que un primer obstáculo es intrínseco al comunicador: su estructura de preferencias individuales que surgen de contradicciones en la plataforma de valores personales(15).

En función de esta plataforma de valores, el comunicador puede actuar buscando deliberadamente adecuar su comportamiento a la responsabilidad social, o puede hacerlo sin adecuarse a ella. En el primer caso, puede hacerlo consistentemente con todos y cada uno de los componentes, o enfrentarse al hecho de que en muchas ocasiones tendrá que ceder en uno para enfatizar otro, pero, en todo momento, buscando genuinamente la mejor solución posible que sea concordante con sus parámetros éticos. Incluso cuando genuinamente quiera dar prioridad a uno de los componentes, por ejemplo para defender una causa que percibe como subjetivamente justa, como consecuencia de su propia sensibilidad social, puede sin proponérselo entorpecer la aplicación de una conveniente política pública que habría requerido, más bien, el apoyo mediático para su óptima implementación, en vez de detonantes sociales que les pusieran freno(16).

En el segundo caso, el comunicador asume una postura anárquica y pragmática, tomando cada hecho como viene, sin sujetar su interpretación y tratamiento a ningún tipo de canon ético, sino únicamente atendiendo a sus propias preferencias individuales. En este último caso, la labor del comunicador social se desvirtúa y se desnaturaliza, porque solamente atiende a sus cercanías o lejanías emocionales para el tratamiento de los hechos a comunicar. Si los conflictos entre los distintos componentes de la responsabilidad social pueden ocasionar que el comunicador no pueda tratar la noticia casi nunca con objetividad, por definición, su tratamiento casi siempre es subjetivo y marcado por su propia manera de ver el mundo(17).

Otra parte de la respuesta tiene que ver con el entorno en que desarrolla su actividad comunicacional. Toda referencia a una responsabilidad social de los medios de comunicación implica que existe una relación entre medios y sociedad. Para efectos metodológicos, conviene hacer esta distinción, aunque los medios de comunicación son parte(18) de la sociedad. Un aspecto de este relacionamiento, que resulta fundamental para el análisis de la responsabilidad social de los medios, lo constituyen los escenarios de captura recíproca de la sociedad hacia los medios, en simultáneo con una captura desde los medios hacia segmentos de la sociedad, configurando un sistema de captura de ida y vuelta o bidireccional.

Se generan escenarios de captura cuando determinados actores que no tienen poder formal sobre otros tienen la capacidad de alinear sus objetivos con ellos, de manera que los actores capturados terminan realizando acciones convergentes con los propósitos de los que impulsan la captura. El cabildeo es un instrumento legal para lograr esa captura, entre otros. La corrupción es otro instrumento, no legal, para el mismo propósito. No toda captura implica prácticas corruptas.

La captura de medios es la que se produce desde la sociedad hacia los medios de comunicación, por segmentos sociales que ejercen presión para defender ciertas posiciones ideológicas, intereses grupales o políticas públicas concordantes con dichas posiciones e intereses. Normalmente se alude a grupos económicos de alto poder como segmentos influyentes en los medios de comunicación, algunas veces llegando a realizar acciones de corrupción(19). Pero no solamente pueden ser esta clase de grupos de interés, sino cualquier otro con poder suficiente para ejercer presión.

La captura mediática va en sentido opuesto. Es la captura que se da desde los medios hacia la sociedad, colocando la agenda y enfatizando los focos de interés que serán parte del “debate político”. La captura mediática es la materialización de la sensación de esa especie de “cuarto poder” que representan los medios de comunicación social. Se trata, en alguna medida, de una “captura derivada” en razón de que la agenda concreta que establecen los medios de comunicación en la sociedad se desprende, cuanto menos en parte, de los objetivos fijados por los segmentos captores que influyen en esos medios. Asimismo, es una captura masiva, sobre el total de la sociedad, a diferencia de la captura de medios, que es focalizada uno a uno.

La contradicción de la plataforma de valores y la captura bidireccional no constituye compartimentos estancos, sino que implica vasos comunicantes diversos. Por ejemplo, habrá más propensión a una captura de medios en la medida en que menos estructurada sea la plataforma de valores del comunicador. El caso clásico fue la compra de las líneas editoriales de varias estaciones televisivas por funcionarios instalados en la Administración Fujimori, caso en el cual la captura adquirió ribetes de corrupción generalizada. También ocurrirá que una más relajada estructura de la plataforma de valores dará lugar a comportamientos más orientados a la captura mediática para influir en segmentos de la opinión pública, o en entidades del propio aparato estatal. Aquí un caso típico puede ser el lobby organizado desde los medios periodísticos para la captura, enjuiciamiento y condena a Fujimori por delitos de lesa humanidad, parte del cual habría estado patrocinado por organizaciones vinculadas a ideologías políticas que fueron objeto de duros embates de su gobierno durante la década de los noventa.

Impacto de los medios en la construcción de confianza política

¿Cómo influye la contradicción de la plataforma de valores del comunicador y la captura bidireccional a la construcción de la confianza en el plano político? Pues en que produce el resultado de que la información tiende a manejarse, normalmente, fuera de los lineamientos de la responsabilidad social del comunicador. Aún si el componente de la sensibilidad social estuviera presente en el comunicador, con particular intensidad, su voluntaria u obligada adhesión a la política de los medios, que responde a las fuerzas de la captura bidireccional, podría hacer imposible en términos prácticos que tuviera alguna repercusión sobre el tratamiento de las noticias. En otros casos, la actitud parcializada, sesgada y prejuiciosa de ciertos comunicadores, puede y suele violar simultáneamente más de uno –o, eventualmente, todos– los componentes de la responsabilidad social.

La consecuencia de ese resultado es un sistema de comunicación social que se vuelve disfuncional a la construcción de relaciones de confianza. El papel del comunicador se pone en duda y va perdiendo sintonía con la población, de manera que su rol se va percibiendo ya no sólo como inútil, sino como abiertamente perjudicial. Su credibilidad específica se va mellando, y, por extensión, la del medio para el que trabaja y, en el extremo, la de todo el sistema comunicacional.

Pero lo peor sucede en la destrucción de la confianza al interior de la sociedad misma, y en las relaciones entre el Estado y la sociedad, a todos sus niveles(20). El clima de desconfianza arropa a la sociedad peruana y hace tambalear a la legitimidad de la autoridad. El papel de la prensa debe orientarse a la crítica y la fiscalización, porque ese es uno de sus principales papeles, en especial, en el terreno político donde hay tantas razones para desconfiar del comportamiento de los actores correspondientes. Pero no abunda la imparcialidad y la ecuanimidad en el tratamiento de la noticia o siquiera en el énfasis que se da a ciertas informaciones en vez de otras, que se materializa en tiempos disímiles asignados en los noticieros televisivos o en espacios asimétricos en los diarios. Muchas veces, los entrevistadores conversan con sus amigos, pero atacan a sus enemigos; o los redactores leen entre líneas lo que les dictan sus patrones de conciencia, pero no transmiten lo que la realidad manifiesta. Y esto sucede incluso en los más representativos y considerados referentes de opinión.

¿Cómo influyen las contradicciones de la plataforma de valores y la captura bidireccional a la política, y en particular, a las políticas públicas? Respuesta: tornándolas ineficaces e ineficientes. La implementación de políticas públicas es deficiente porque no son entendidas por la población, la cual se vuelve incapaz de seguirlas, si son convergentes al desarrollo, o de cuestionarlas, en caso que sean divergentes con el desarrollo. Ejemplo de estas implementaciones que han sido deficientes, o cuando menos, que no alcanzaron la plenitud de los efectos esperados, están la privatización, la descentralización –y la regionalización como expresión más lograda– y el desarrollo rural, incluyendo el de las zonas con presencia de nativos amazónicos y otros grupos de habitantes.

Otro conjunto de políticas públicas que tienen que ver con programas de apoyo social, tratados de libre comercio, alianzas público-privadas, entre otras, también requieren ser comunicadas apropiadamente a la población para sacarles el máximo provecho. La razón es por el cambio de paradigma relacional Estado-individuo, que ha pasado de ser vertical, en el cual el Estado marcaba el ritmo de la vida social autoritariamente, bajo modelos de sociedades cerradas y ámbitos territoriales compartimentados, hacia otro tipo de paradigma de relación más horizontal, en el cual los individuos exigen explicaciones a las entidades estatales, y que pueden operar solamente en sociedades abiertas, con una gran integración informativa y una transparencia importante en el manejo del conocimiento.

¿El análisis anterior permite deducir que la falla en la aplicación de las políticas públicas –sea porque pasan las malas o se frenan las buenas– que los medios son los máximos responsables de esa ineficiencia e ineficacia? No. Definitivamente, no todo es responsabilidad atribuible al comunicador social. El buen funcionamiento de las políticas públicas requiere también, por sobre todas las cosas, además de ser buenas políticas(21), lo que es una tarea de diseño en manos de los que hacen las políticas, de adecuadas estrategias comunicacionales desde la propia esfera gubernamental. El aspecto del diseño adecuado no requiere mayor precisión, ya que hay políticas que demostradamente no funcionan. Pero a pesar de ser buena una política pública determinada, su éxito de implementación adquiere mayores probabilidades cuando se parte de una adecuada estrategia de comunicación. ¿Por qué es tan clave la estrategia comunicacional para las políticas públicas? Porque i) el Estado siempre es sujeto de desconfianza (corruptelas); ii) se tiende a percibir que no se ven los resultados tangibles de los impuestos; iii) el Estado tiene poderosos incentivos a la ineficiencia; y iv) existen severas asimetrías de información entre el Estado y la ciudadanía. De ahí que, casi por default, es imprescindible saber comunicar las políticas públicas a la población para que tengan éxito.

Conclusiones

La creciente presencia de los medios de comunicación social en la agenda política peruana les obliga a asumir una responsabilidad cada vez mayor. Esta responsabilidad, en concreto, tiene que ver con el desarrollo de la sociedad. No pueden ya seguir siendo solamente espectadores. También tienen que asumir que son parte de las soluciones. El desarrollo requiere de reglas de juego estables para florecer. Para construirlas es preciso que una sociedad sea rica en capital social, definido como la capacidad establecer relaciones de confianza a muchos niveles. Esta es la base para a partir de ella entrar a analizar que rol de cabe a los medios, y que papel le cupo antes, en la construcción de esta sociedad de confianza.

Si la confianza es necesaria para construir las bases del desarrollo, ¿son los medios de comunicación constructores de confianza en el Perú? Por un lado sí, pero por otro, no. El uso ilimitado de la libertad de expresión de los medios ha permitido que la gente sienta que tiene un amparo ante el cual tramitar cualquier denuncia ante la violación de sus derechos, que no llegaría quizá ni a ser escuchada en los canales formales del Estado, o que perciba que las autoridades públicas están mejor controladas o que actos privados ilícitos sean puestos en manifiesto ante la opinión pública con prontitud, oportunidad y claridad, gracias a elementos de equipos audiovisuales. En este sentido “micro”, específico a cada situación, hay una confianza que se añade a la población. Incluso podría pensarse que la generación de un mercado real –“blanco” o “negro”– competitivo de información cotidiana, donde casi cualquier persona premunida con aparatos audiovisuales puede actuar de “reportero” y denunciar todo tipo de acto,  crea un ambiente en que al estar todos vigilados, todo se sabe y nada puede ocultarse. Lo que plantea, a la vez, la paradoja de confianza de que esa percepción implica la sensación de que lo privado ya no existe en términos de comportamiento social, lo que obliga a cada uno, a actuar desconfiadamente frente a otros.

Pero en un sentido “macro”, poco han hecho los medios de comunicación en la construcción de una superestructura cultural de confianza, porque si bien hay más transparencia relativa a otros tiempos, también existe mucho manejo tendencioso de los medios para resaltar generalmente los peores aspectos del sistema político peruano. Esto se traduce muchas veces en una crítica que no aporta soluciones y desinforma. Se puede afirmar que “en nuestra prensa se escribe mucho en contra de los políticos tradicionales y hay quienes plantean que se vayan todos” pero “en muchos casos, estos mismos críticos quisieran que se vayan los otros para poder reemplazarlos” y “soñarían con ser elegidos, pero se saben rechazados por la gente común”(22). Pero lo peor sucede al contrastar que esa crítica no siempre es tan prolija como se piensa, sino, en muchísimos casos, tendenciosa, producto por un lado del sesgo ideológico del comunicador unido a una escasa ética informativa,  y por otro, del desconocimiento de elementos fundamentales del funcionamiento de la política y la economía.

Asimismo, carece de lógica esperar que los jóvenes puedan creer en el sistema político y en valores de una sociedad política como las que se colocan como aspiraciones de Occidente, cuando permanentemente se les “bombardea” desde los medios de comunicación con afirmaciones negativas acerca de los que representan precisamente ese sistema político. En particular, en un país donde a los máximos representantes de ese sistema, que son los propios Presidentes de la República, se les tilda de ladrones, corruptos, alcohólicos, disipados, asesinos y hasta orates, es ilógico que después a esos mismos jóvenes se les exija adhesión a los “valores” del propio sistema político.

El resultado de estos procesos de impacto comunicacional es la construcción de una “ciudadanía de forma”, menguada por el desencanto y ejercida por personas que van creyendo menos en la institucionalidad, en la autoridad y en la ley, lo que nos lleva al punto inicial: menos capital social y menos posibilidades de desarrollo. El carácter de intangibilidad del producto comunicacional genera un espacio delicado, porque promueve la ligereza en el tratamiento de temas que requieren más reflexión y conocimiento, pero que, efectivamente, afectan la percepción de las personas acerca del proceso político y económico de su sociedad. Por la misma razón, la forma de ejecutar ese tratamiento se convierte en el centro de todo análisis del papel de los medios en el desarrollo y de la responsabilidad social de los mismos.

Es importante enfatizar que construir confianza no significa destruir credibilidad al ocultar la realidad. Los medios no son responsables por pintar un mundo que no existe y por ocultar la verdad(23). ¿Es posible emprender la construcción de confianza en la sociedad, a la par de presentar descarnadamente la realidad? Quizás la respuesta a esta interrogante final pueda ilustrarse mejor con la alusión a un referente periodístico como fue Walter Cronkite, recientemente fallecido(24), y que fue, a juicio de muchos, no solamente el ícono por excelencia del periodista televisivo sino el estadounidense más creíble(25). Pero, ¿cómo construyó esa credibilidad? Parece que su secreto era que “hablaba para su nación, pero como era la más importante del mundo, pudo establecer muchas cosas para las demás: la fuerza dramática de los noticieros estelares, la informalidad de los mañaneros, las entrevistas de actualidad con factor humano. Fue, por su fama y credibilidad, la conciencia de Estados Unidos, y por eso reportó por igual a demócratas y republicanos”(26). Fama construida a base de su credibilidad individual que le permitió desplegar sus dotes de eximio comunicador en temas tan cruciales para la historia reciente de la humanidad, como disímiles en su tratamiento informativo y en la problemática que expresaban, tales como los eventos de la Segunda Guerra Mundial, los juicios de Nuremberg, la guerra de Vietnam, el asesinato de John F. Kennedy, la llegada del Apolo 11 a la Luna, la casi tragedia del retorno a la Tierra del Apolo 13 y el escándalo Watergate, entre otros muchos. Y todo esto con la capacidad de incorporar un perfecto equilibrio entre objetividad, emotividad,  prudencia, serenidad y aplomo, simultáneamente y nada menos que en la televisión en vivo y alcanzando cúspides insuperables de rating para los estándares de su época.

Todas estas cualidades, presentadas simultáneamente, permiten discurrir en el quehacer periodístico a través del estrecho cerco entre la transmisión de la información de manera objetiva, pero comunicada para provocar conmoción en el receptor, sin afectar la objetividad. Parece que Cronkite no solamente poseía estas cualidades, sino que encajaría en el ideal de responsabilidad social que hemos consignado en un acápite anterior. Se acercaría al ideal de los máximos puntajes en los cuatro componentes consignados anteriormente. La pregunta relevante pasa a ser entonces si tenemos un equivalente peruano de Cronkite. Algunos pueden sindicar a Humberto Martínez Morosini o a Alfonso Tealdo. De periodistas más recientes, podría sumarse a este trío, a César Hildebrandt. Para otros, definitivamente, no es posible encontrar la referencia peruana27 Es una polémica abierta.

Quedan más preguntas que respuestas. Y, acaso, una sola certeza: que para mejorar el papel de la comunicación social como actor del desarrollo es paso previo indispensable desmitificarla, a la vez que asignarle responsabilidad. Y, finalmente, la respuesta estará, una vez más, en el ámbito de la acción individual de cada comunicador.

Notas

  1. Aunque el término ha sido tan masivamente empleado, que como sucede con otros, ha terminado por desvirtuarse.
  2. Smith, Adam. Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 2004, 2da edición, 13ra reimpresión.
  3. En su versión original, la teoría de Adam Smith postulaba que un país debía especializarse si podía hacer algo mejor que otro, pero no daba respuesta al caso en que no pudiera hacer nada mejor que el otro. Esto era consecuencia de la idea de Smith de que el intercambio solamente podría originarse en la existencia de ventajas absolutas en la especialización de la producción. La respuesta a esta cuestión tendría que esperar a David Ricardo con el afinamiento de la teoría de Smith, que llegó con convertirse en la doctrina de las ventajas comparativas. No podemos extender aquí esta explicación.
  4. Weber, Max. La ética protestante y el espíritu del capitalismo.  Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
  5. De Soto, Hernando. El misterio del capital. Empresa Editora El Comercio, Lima, 2000.
  6. Según Karl Popper, este prerrequisito es insoslayable. La aplicación práctica está en su predicción de lo que sucedería en la ex Unión Soviética una vez caído el Muro de Berlín. Véase  Bosetti, Giancarlo. La lección de este siglo: Karl Popper. Editorial Océano, México, 1992.
  7. Mises, Ludwig von. Política económica. Unión Editorial, Madrid, 2007, capítulo 5.
  8. Para un análisis detallado de cómo las redes de confianza permiten a las empresas afrontar nuevos desafíos de crecimiento y compromisos de inversión, véase Cegarra, Juan, Antonio Briones y María del Mar Ros. La confianza como elemento esencial para la mejora de la cooperación entre empresas: un estudio empírico en pymes. En: Cuadernos de Administración, volumen 18, número 30, julio-diciembre 2005, pp. 79-98, Bogotá, Colombia.
  9. Peyrefitte, Alain. La sociedad de la confianza.  Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1996.
  10. La función de producción clásica relaciona el producto con los factores productivos trabajo y capital. Marx coloca el énfasis en el factor trabajo, y amparado en la doctrina del valor-trabajo (sólo el trabajo genera valor) desarrolla su teoría de la plusvalía, la explotación, el conflicto social, la revolución proletaria y la autodestrucción del capitalismo. De esta manera, implícitamente Marx despliega una visión del desarrollo que se vincula a la existencia del factor trabajo, pues mientras abunde más este factor, se acelerarán las condiciones para la revolución al profundizarse las contradicciones intrínsecas del sistema capitalista. Mises coloca el énfasis en el otro factor y puede llegar, también implícitamente, a una visión del desarrollo vinculado a la existencia de más capital.
  11. Incluyendo la nutrición.
  12. No solamente legal.
  13. Lo que lleva a la discusión de si es mejor un sistema político con mayores atribuciones del Estado y más decisiones discrecionales desde el poder político o un sistema con menor  intervencionismo estatal y más libertades individuales. Tal discusión no la abordamos en el presente ensayo.
  14. La difusión de la revista Caretas acerca de actividades de espionaje encargadas a una empresa privada en proceso judicial, ilustra este punto. Véase Caretas, 30 de julio de 2009, Lima, Perú.
  15. Hablamos de “plataforma” y no de “escala” de valores. El término “escala” alude siempre a dos elementos que pueden ser discutibles: primero, que alude a una idea de medición cardinal; segundo, que aunque no fueran mensurables en el sentido cardinal, sino únicamente, clasificables en el sentido ordinal, los valores siempre y en toda circunstancia mantendrán dicho ordenamiento de unos sobre otros; y tercero, que alude a un concepto de ordenamiento único, siendo que no todos los individuos, incluyendo a los comunicadores, tiene que tener el mismo orden de prelación de unos valores por encima de otros.
  16. Un caso reciente es el del conflicto entre el gobierno peruano y los nativos amazónicos. Un caso más lejano es el de la fallida adjudicación en concesión de las empresas públicas de electricidad del sur peruano o la fallida regionalización a base de integraciones departamentales durante la Administración Toledo.
  17. Sobre este particular, no nos extenderemos demasiado porque implica entrar al terreno de lo moral y salirnos del campo estrictamente descriptivo del fenómeno estudiado.
  18. Cuanto menos, los medios privados. Los medios de comunicación en manos del Estado pueden considerarse como parte del aparato estatal.
  19. El caso más flagrante de esta clase de captura corrupta ocurrió en el gobierno de Fujimori, particularmente en el segundo, aunque no fue el único caso.
  20. Un modelo de relaciones Estado-sociedad se pueden encontrar en D´Medina Lora, Eugenio. Conflicto, Estado y democracia: una perspectiva desde las relaciones Estado-sociedad. En Revista Economía y Derecho. UPC. Número 23 Invierno 2009.
  21. Por comodidad, hablamos de “buenas” en el sentido de políticas que funcionen y que además sean convergentes a propósitos de mejoras en el desarrollo.
  22. Durán Barba, Jaime y Santiago Nieto. Mujer, sexualidad, internet y política: los nuevos electores latinoamericanos. Fondo de Cultura Económica, México,  2006, pp. 22-23.
  23. Esto iría en colisión con el componente de “perfección” de la información.
  24. Deceso producido el 17 de julio de 2009, en New York, EEUU.
  25. En un comentario editorial sobre la Guerra de Vietnam, expresado en el noticiero de la CBS, Cronkite en los siguientes términos: “La única salida racional será negociar no como vencedores, sino como gente honorable y consecuente con su defensa de la democracia y que hizo lo mejor que pudo” (Cronkite, Walter.  A Reporter’s Life. Alfred A. Knoff Publisher, Nueva York, 1996). Este comentario provocó que el propio Presidente Lyndon Johnson, dijo que si perdía a Cronkite, perdía a la clase media. Tal era la dimensión de su credibilidad e influencia.
  26. Rivas, Fernando. El testigo del siglo. En Diario El Comercio, 27 de julio de 2009. Lima, Perú
  27. Ibid. Según Rivas, porque “la historia no nos ha dado ni estabilidad ni poderío para determinar un justo medio opinante, para tener una conciencia moderada que no sucumbiera a miedos, radicalismos o viles tentaciones”.

Eugenio D´Medina Lora es profesor de la Facultad de Comunicaciones de la UPC, director ejecutivo del Centro de Estudios Públicos del Perú (CEPPER) y miembro de Departamento de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es economista graduado en ciencias sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú y MBA de la Universidad de Quebec en Montreal. Es también profesor de las maestrías en ciencia política y administración de negocios en la Universidad Ricardo Palma, investigador asociado de la Sociedad Economía y Derecho de la UPC y columnista de opinión sobre temas de política y economía en diversos medios periodísticos nacionales y extranjeros.

CUESTIÓN DE CONFIANZA

Por Luis Alfonso Morey

¿Por qué confiar? ¿En quién confiar? ¿Cómo hacerlo inteligentemente? ¿Cuán confiables somos? ¿Acaso confiamos demasiado? ¿Es posible recuperar la confianza perdida? Son algunas de las preguntas a las que buscamos dar respuestas.

La confianza está presente en casi todo lo importante que hacemos en nuestras vidas y generalmente no somos conscientes de ello. Nuestros procesos de toma de decisiones la tienen como uno de los elementos más importantes. Este análisis aborda perspectivas tan complementarias como el modelo del Proyecto de Negociación de la Universidad de Harvard, el análisis económico del comportamiento humano, las ciencias sociales y la neuroeconomía.

“Existen dos causas que generan todas las confusiones:
No decir lo que pensamos y no hacer lo que decimos.
Cuando decimos lo que pensamos y hacemos lo que decimos,
nos volvemos dignos de confianza.”
Angeles Arrien, Las cuatro sendas del Chaman


Preámbulo

Hace poco, en Nueva York, a los 92 años, murió Walter Cronkite, el hombre más confiable de Estados Unidos por la credibilidad que obtuvo durante su trayectoria como periodista. Augusto Alvarez Rodrich(1) escribió al respecto: “La credibilidad es la mayor fortaleza que puede lograr una persona. Cronkite la construyó desde el noticiero de televisión que condujo a la seis de la tarde, entre 1961 y 1982, donde ofrecía ‘su’ verdad de las noticias que narraba. La gente podía eventualmente discrepar de su opinión, pero jamás puso en duda que ésta nunca era influenciada por motivos subalternos. Tras visitar Vietnam, Cronkite comentó en su programa que EEUU no podía ganar esa guerra; poco después, el presidente Lyndon B. Johnson anunció que no iba a la reelección, y dijo: “Si perdí a Cronkite, perdí al americano promedio”. La construcción de la credibilidad de un periodista exige que su opinión sea independiente de cualquier tipo de poder: político, económico y especialmente de los gobiernos”.

Así de importante es la confianza y la credibilidad en el mundo del periodismo y la política. Pero lo increíble es que así de importante es también en muchos otros aspectos de nuestras vidas: desde la familia hasta los negocios, desde la banca hasta la diplomacia. Aquí intentaremos abordar el tema de la confianza desde distintas perspectivas.

La confianza se manifiesta de manera singular en cada una de las relaciones interpersonales de la vida diaria. Aparece en las grandes decisiones que uno toma. ¿Habrá una cultura de la confianza, la que se aprende en las universidades? ¿O la vida nos la da gratuitamente, como una fruta que tenemos que hacer madurar cayendo y sufriendo pérdidas y desilusiones?

La experiencia nos demuestra que podemos prever casos de desconfianza y reconocer una tan sólida como la que existe en la amistad más cercana. A lo largo de nuestra vida llegamos a establecer diferentes grados de confianza con la gente, separando a quienes hacemos merecedores de la misma y a quienes no. Confiamos en determinadas personas para ciertos temas y en otras para asuntos diferentes. Confiamos en el diario que compramos para leer las noticias y opiniones del día y en los noticieros que vemos. Confiamos en el político por el que votamos, en la aerolínea que utilizamos y en la marca del auto que conducimos. Confiamos en la nana que cuida a nuestros hijos, pero de una manera muy diferente a la forma en la que confiamos en el banco en el que depositamos nuestros ahorros. Son relaciones de distinta naturaleza, pero en todas ellas la confianza es primordial.

Con el tiempo y las experiencias personales, uno va escogiendo y descartando a los que fallan y quiebran la confianza. Todos podemos hacer una lista de personas de fiar y también podemos hacer una con las personas con las que no haríamos un trato nunca porque sabemos de antemano que nos fallarían.

El objetivo que perseguimos aquí es presentar una reflexión en torno a qué tan presente está la confianza en nuestras vidas y analizar aspectos como qué tan confiables somos, por qué lo somos o en qué situaciones y en quiénes podemos confiar.

¿Dónde está la confianza?

La confianza engloba y aborda, de una manera general, todos los campos de nuestras vidas. Es la piedra angular de un matrimonio; de la sana relación con los hijos; de una positiva relación con los socios en una empresa. Las relaciones diplomáticas entre países se basan en este concepto. Los políticos exhortan confianza a sus electores; los gestores de empresas hacen lo mismo con sus inversionistas, los banqueros buscan generar confianza en sus ahorristas, las empresas en sus clientes y los líderes en sus seguidores. La vida misma está basada en relaciones de confianza. Tiene que existir confianza entre el médico con su paciente, entre el abogado con sus clientes, el sacerdote con sus feligreses y el periodista con sus lectores. En el campo de la economía global, todas las bolsas de valores y las instituciones financieras del mundo están basadas en la confianza. La economía moderna requiere para su adecuado funcionamiento que las personas confíen en las instituciones que las rodean.

La confianza atraviesa todas las relaciones humanas y hasta hoy el tema es abordado en forma tangencial por buena parte de los sistemas educativos. Las más prestigiosas escuelas de negocios del mundo hoy están revisando sus planes de estudios para abordar mejor este valioso generador de éxitos en la vida empresarial.

A raíz de casos de abuso de confianza como el de Enron y el más reciente de Bernard Madoff –quien reconoció haber hecho una estafa piramidal de 65,000 millones de dólares– nunca antes ha existido tanta preocupación por la crisis de confianza a nivel mundial.

¿Por qué confiar? ¿En quién confiar? ¿Cómo hacerlo inteligentemente? ¿Es posible recuperar la confianza perdida? ¿Cuán confiables somos? Son preguntas a las que buscaremos dar respuestas en las siguientes líneas.

¿Confiamos demasiado?

Hay personas que generan confianza espontáneamente. A otras les cuesta trabajo y esfuerzo. Por lo general, ganar la confianza de alguien toma tiempo y perderla puede demandar escasos segundos. Un malentendido, una frase sacada de contexto, la filtración de un chisme no aclarado o una palabra dicha en el momento equivocado se puede traer abajo una relación construida en años.

La confianza es la pieza clave en los negocios, pero no solamente en ese ámbito. Puede decirse que la confianza es uno de los elementos que nos permite disfrutar con la gente de los buenos momentos de la vida. La confianza es también un regocijo, es la tranquilidad y satisfacción de sentirnos protegidos y saber que se cumplirá aquello que nosotros esperamos de otra persona. Si no existiera confianza en los demás ni hacia uno mismo, resultaría imposible el crecimiento y las posibilidades de desarrollo.

En el mundo de los negocios, si no existe suficiente confianza, es sabido que se requieren abogados, contratos, garantías y una serie de complejos mecanismos que aseguren que la otra persona con quien se negocia algo cumplirá su palabra. Si hay confianza entre dos personas, en cambio, todo es más llevadero, fácil y económico. Si además de la confianza existe una relación de amistad, incluso todo es mucho más sencillo. Toda relación humana cercana –familiar, amical, empresarial o profesional– está basada en la confianza.

En el plano afectivo, la confianza es espontánea: el hijo confía en sus padres, los alumnos en sus maestros, las esposas en sus esposos. En otros casos, como el mundo de los negocios, la confianza se gana, fundamentalmente, con un comportamiento ético, con una trayectoria de vida llamada reputación.

Para una empresa, el buen manejo de sus marcas, su capacidad para satisfacer adecuada y oportunamente a sus consumidores, la hacen merecedora de la confianza de la gente, la diferencian del resto. La confianza es pues un símbolo de distinción.

¿Qué es la confianza?

La Real Academia de la Lengua define a la confianza, en su primera acepción, como “la esperanza firme que se tiene de alguien o algo”. En Wikipedia se señala que la confianza “se considera por lo general la base de todas las instituciones y funciona como correlato y contraste del poder, consistente en la capacidad de influir en la acción ajena para forzarla a ajustarse a las propias expectativas”.

La confianza –como el amor y la libertad– es uno de los valores humanos esenciales que todos hemos internalizado. Intuitivamente sabemos que la confianza es importante, sobre todo cuando ésta falla y aceptamos que la confianza es algo trascendente para nuestra vida en sociedad.
Construir confianza comienza con un honesto entendimiento de ella, pero entender la confianza en su real dimensión requiere de práctica y de un comportamiento recto. Eso es lo que desarrollaremos en estas páginas.
Stephen M. R. Covey, en su libro “El Factor Confianza”, señala que la confianza consta de dos elementos: por un lado lo que él llama el carácter, que es la combinación de tener una buena reputación y hacer gala de integridad. Explica que una empresa transmitirá confianza en la medida en la que se reconozca su buena reputación y sus actuaciones íntegras. Tendrá lo que se conoce como “buena fama”. Por otro lado, de nada servirá la reputación y la integridad si ésta no viene acompañada de resultados, de buenos productos y buenos servicios.

Dicho en otras palabras, para ser digna de confianza una persona o una empresa debe no solamente gozar de buena reputación, sino que debe estar en capacidad de poder brindar el resultado esperado. La confianza también es un resultado del respeto hacia las capacidades y habilidades del otro.

Confiar es bueno y está demostrado que trae como consecuencia una serie de efectos positivos. Sin embargo, hay quienes sostienen que en el mundo actual confiamos con demasiada facilidad. Y es que existen otros elementos de carácter biológico que debemos considerar. Nuestra química corporal nos recompensa por confiar. El profesor de Stanford Roderick M Kramer, en su artículo Repensar la confianza en Harvard Business Review, explica que decidimos rápidamente confiar en otros sobre la base de simples señales superficiales, tales como el aspecto físico. Kramer nos indica –con demostraciones científicas– que si el aspecto físico de una persona es parecido al nuestro se establece fácilmente un vínculo de confianza. Kramer, además, nos presenta estudios en el campo de la neuroeconomía, donde se ha demostrado que la oxitocina(2) –una poderosa sustancia encontrada en nuestros cuerpos– puede estimular tanto la confianza como la fiabilidad entre las personas. Existen estudios científicos que demuestran cuán íntimamente está relacionada la oxitocina con los estados emocionales positivos y con la creación de conexiones sociales. El contacto físico tiene también una fuerte conexión con la experiencia de la confianza. De ahí que rituales como un apretón de manos firme y mirando a los ojos sea tan significativo al momento de establecer un contacto personal.

Somos seres sociales y es por eso que estamos diseñados para conectarnos entre nosotros, para establecer vínculos con otras personas. El conectarnos con los demás y que los demás se conecten con nosotros constituye la base de la confianza.

Incluso las personas pueden pensar y decir que son desconfiadas, pero en su conducta diaria revelan algo muy distinto: que muchas veces confían incluso sin querer hacerlo. Se puede decir que nuestros cuerpos están programados para confiar. El asunto ahora es hacerlo inteligentemente.

Un aspecto que debe mencionarse es que para que realmente funcione la confianza, ésta debe ser mutua, recíproca. Normalmente existe reciprocidad cuando se establece una relación entre dos personas que gozan de una posición más o menos parecida. Sin embargo, no pasa lo mismo cuando existe una enorme asimetría de poder entre las partes. Un cliente confía en el supermercado donde hace sus compras, pero no necesariamente ocurre al revés. Lo cierto es que en tanto exista cierta simetría en el poder de negociación de las partes, cada una confiará en la medida de que la otra también lo haga. En casos de asimetría de poder la confianza se generará no en función a la reciprocidad, sino con base en otros criterios, como la credibilidad de las partes.

Laurence Cornu en La confianza en las relaciones pedagógicas señala que la confianza no es otra cosa que una hipótesis sobre la conducta futura del otro con quien nos vinculamos. Es una actitud que concierne al futuro, en la medida en que ese futuro depende de la acción de otro. Es sus palabras, la confianza es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse del no-control del otro y del tiempo.

A confiar con inteligencia

Muchas veces uno se pregunta qué debe hacer una persona para confiar y ser confiable. Para llegar a ser una persona digna de confianza, con credibilidad, uno debe siempre cumplir con su palabra. Tan simple como eso. Ser confiable es fácil en la medida de que estemos acostumbrados a decir la verdad y cumplir la palabra empeñada, aún en situaciones extremas. Del mismo modo, uno confía en otro en la medida en que sabe que la persona con quien se relaciona no le fallará.

Hacen falta otros factores, pero lo más importante es, como se dice, comportarse adecuadamente, a la altura que exigen las circunstancias. La consistencia, el ser predecible y el que la gente sepa que uno no va a incumplir su promesa es fundamental para una sana circulación de este elemento.

La confianza es más que una virtud social. Hemos dicho, además, que es un motor que mueve la economía. La confianza es una habilidad que se aprende, que incrementa la rentabilidad en las organizaciones, que reduce los costos transaccionales y que hace las relaciones interpersonales más dinámicas. Cuando existe confianza las operaciones económicas son más eficientes, los intercambios más rápidos y las relaciones entre quienes interactúan son mejores.

La confianza transforma a las personas y las hace evolucionar para tener una relación de colaboración y mutuo beneficio. La falta de confianza, en contraposición, limita la capacidad de interrelacionarse y los miedos y temores que ésta genera dificulta poder crecer.

Dicen que la confianza es como el dinero: difícil de ganar y fácil de perder. Para ganar la confianza de la gente y poder influir en las personas hemos indicado que lo más importante es decir la verdad y ser capaz de cumplir lo que se promete. Con ese comportamiento –a lo largo de la vida– uno va ganando credibilidad y se convierte en una persona confiable.

Existen muchos mecanismos, ejercicios y técnicas para generar confianza. El más conocido y práctico es la generación de la amistad sincera. La amistad no se impone ni se programa. La amistad se basa justamente en el establecimiento natural de mutua confianza. Se genera en distintos momentos de la vida y por diversas situaciones: en el colegio, la universidad, en el vecindario, en los negocios; las razones por las que surge son las más variadas: intereses y tópicos comunes, preferencia por ciertos deportes, aficiones similares, necesidades complementarias o recíprocas, etc.

La amistad se muestra en los momentos felices de una persona: el nacimiento de un hijo, la celebración de un ascenso en el trabajo, la inauguración de una nueva casa, la firma de un contrato importante, así como en  los momentos duros, como la pérdida de un ser querido, una hospitalización o momentos parecidos. La amistad también se materializa cuando se comparte un momento para pedir un consejo o contar sobre un proyecto o en situaciones donde simplemente se intercambian ideas.

Como seres sociales, necesitamos de personas a las que podamos recurrir solamente para hablar, para que nos escuchen y recurrimos a ellas porque tenemos la confianza de que nos prestarán atención y se interesarán por nosotros.

Debe tenerse presente que dentro del marco del Análisis Económico(3) del comportamiento humano se sostiene que las personas hacen aquello que les conviene y no aquello que no les reporta beneficios. No se trata por cierto de un frío análisis monetario, sino de un análisis integral –muchas veces rápido e inconsciente– de las relaciones interpersonales y los beneficios y perjuicios que éstas traen consigo.

Por eso es importante considerarlo no solamente en el campo del establecimiento de relaciones sociales, sino al momento de evaluar si es que es posible confiar en una persona o no.

Una persona, generalmente, se comportará racionalmente, es decir, realizará aquello que considera que le reportará beneficios y no lo que piensa que le traerá perjuicios. Dicho en términos del Modelo de Negociación de Harvard(4), obrará de modo tal que logre satisfacer sus intereses. Es por ello indispensable conocer cuáles son esos intereses en juego al momento de negociar.

Podré confiar en que un acuerdo se cumplirá sin problemas siempre que éste logre satisfacer los intereses de las personas que han participado en una negociación. Si una no logra satisfacer sus intereses con el acuerdo al que ha arribado, no tendrá incentivos reales para cumplir con éste.

Hasta donde confiar: ¿Dónde están los límites?

¿Se puede confiar a ciegas? ¿Es posible hacerlo? La experiencia demuestra que si uno no desea sorpresas desagradables, lo mejor es no confiar a ciegas. Si uno no conoce bien a su interlocutor, por más confiable que parezca, lo razonable es confiar con prudencia, recabar información básica y sobre esa base tomar una decisión.

Uno debe contar con información suficiente que le permita determinar si la persona con la que se va a vincular y en quien pretende confiar es capaz de cumplir con su palabra y si tiene la real intención de cumplir. Además, debe conocer sus antecedentes, su historial, la forma como se ha comportado antes en situaciones similares. De ahí que las referencias personales y las cartas de recomendación en muchas ocasiones sean tan importantes.

En muchos casos, sin embargo, la confianza es también un acto de fe. Incluso la persona que parece más confiable y que tiene mejor historial puede incumplir. Siempre existe la posibilidad de que eso ocurra y es por eso que los abogados recomendamos en los contratos siempre establecer una cláusula de salida. Y es que uno debe estar preparado para todo y saber de antemano qué consecuencias puede traer un incumplimiento voluntario o involuntario de la otra parte.

Muchas personas se guían por su intuición, pero eso no es suficiente ni recomendable. Es mejor cerciorarse. No se trata de confiar por confiar. Dependiendo del marco cultural y del contexto, la confianza puede o debe presumirse. Debe tenerse muy en consideración el contexto y el lugar en el que se establece una relación o dónde se pretende realizar un negocio o cerrar un trato. La legislación peruana, como la de la mayor parte del mundo occidental está basada en la buena fe de las personas. Presumimos que la gente actúa, generalmente, con buenos propósitos. Sin embargo, lo más recomendable para evitar decepciones y malos ratos es actuar con la debida diligencia. Realizar el due dilligence para confirmar que aquello que se  dice o promete en el marco de una negociación puede realmente ser cumplido.

La pérdida de la confianza

Todos conocemos casos de pérdida de la confianza. Desde asuntos familiares hasta temas empresariales, políticos o diplomáticos. Una actuación inapropiada, un incumplimiento y automáticamente todo lo que uno ha construido con esfuerzo durante un largo periodo se destruye. Un acto de infidelidad marital en el aspecto familiar o la violación de una cláusula de confidencialidad en un asunto de negocios difícilmente permiten que la relación entre las dos personas continúe.

Las mentiras -grandes y pequeñas- confunden, destruyen la confianza y pueden provocar la ruptura de las relaciones interpersonales. Así como un engaño amoroso destruye una relación de pareja, un padre que miente a su hijo destruye la confianza que éste puede tener en él. Es fácil perder la confianza en alguien cuando esa persona con quien tratamos no actúa con justicia y transparencia. Sea un comerciante, un profesional o un amigo, si esa persona se aprovecha de nosotros, abusa de nuestra falta de conocimiento en un tema o de nuestra buena fe, destruye la confianza y la relación se acaba. Y es que la mentira busca siempre ocultar, en todo o en parte, la realidad. Mentir implica engañar intencional y conscientemente. Mentir está en contra de los cánones morales de muchas personas y está catalogado como pecado por muchas religiones. Los filósofos están divididos sobre si se puede permitir a veces una mentira(5). Un mentiroso es una persona que tiene cierta tendencia a decir mentiras. Debe tenerse presente que la tolerancia de la gente con los mentirosos por lo general es muy pequeña, y a menudo sólo se necesita que se sorprenda a alguien en una mentira para que se le etiquete como mentiroso y se le pierda para siempre la confianza.

Que las mentiras desaparezcan del ámbito de la política, de la justicia, de la diplomacia, del periodismo y de otros muchos ámbitos de la vida social es algo virtualmente imposible, pero lo que sí es posible es controlar nuestro propio comportamiento actuando con veracidad y exigiéndola.
Llevando el tema de la confianza al terreno de los negocios, debemos destacar que en el plano empresarial peruano existe el concepto de la “criollada”. Esta consiste en aprovecharse de alguien en una negociación, engañarlo, sacarle el máximo provecho y creer que con eso se ha hecho un gran negocio. Esa mezcla de viveza, astucia y abuso de poder que a veces hace sentir ganadoras a esas personas mina la confianza y las convierte automáticamente en personas peligrosas de las que hay que alejarse. Esas personas muchas veces no son conscientes del enorme daño que le hacen a su prestigio y reputación comportándose de esa manera, y a la larga sufren las consecuencias. La improvisación y el engaño suele servir para quien no mira el largo plazo o para los que no tienen escrúpulos, pero no para quien quiere ocupar una posición importante y respetable en el mundo de los negocios.

Dentro de este esquema, donde la confianza pasa al último lugar, otro efecto que muchos buscan en una negociación es “ganarle” a la otra parte a toda costa en el proceso. Frente ese enfoque existe una manera más inteligente y productiva de enfocar las negociaciones y es la que fue desarrollada por los profesores Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton del Proyecto de Negociación de la Universidad de Harvard(6). Ellos desarrollaron el método que se conoce en el mundo como el modelo de los 7 elementos y en él plantean enfocar las negociaciones de una manera colaborativa e integradora. En este modelo el tema de la confianza es medular. El método consiste en enfocarse en satisfacer los intereses en juego en una negociación -los propios como los de la otra parte-, hacerlo de forma creativa, justa y en un proceso colaborativo basado en la confianza mutua. La idea central detrás de este enfoque es aprovechar al máximo las negociaciones, crear y distribuir valor y no dejarlo sobre la mesa en la que se negocia. El objetivo que se alcanza con este enfoque es satisfacer los intereses en juego, mantener una buena relación con quien se negocia y ser eficientes y justos. Y es que en este enfoque se tiene presente el largo plazo y todos los beneficios que trae consigo confiar y laborar. Es un método que permite ser íntegros y confiables y, al mismo tiempo, alcanzar los resultados que buscamos.

A todo esto debe sumarse el hecho de que hoy en día es inevitable ser transparente. En el mundo de los negocios, la capacidad de ocultar secretos está desapareciendo. No basta con decir la verdad y ser honesto, hay también que parecerlo, es la regla. En términos de la confianza, las percepciones son tan fuertes como las realidades. Cada detalle es importante para que la real confianza se pueda proyectar.

Algunos sostienen que es imposible recuperar la confianza. La mejor imagen para graficar esto es el de una porcelana muy fina que es rota y luego pegada: No queda igual. Tampoco existe crisis de confianza: o se confía o no. No hay términos medios. Pese a que es un asunto complejo, diversos ejemplos en el mundo demuestran que la confianza perdida sí se puede recuperar. Lo vemos en políticos, entidades bancarias y relaciones familiares.

De ahí que la forma en la que nos relacionamos con nuestro entorno, el estilo con el que negociamos y la forma en la que nos comportamos con las personas sea tan importante. Cualquiera que sea la profesión que uno tenga, lo que mayor valor adquiere con el tiempo es su reputación. Ésta puede ser positiva como negativa. Cuanto más sonado es un aspecto favorable de la trayectoria de una persona, en el tiempo inmediato, más pulcra será la imagen; más atractiva y respetada será la confianza hacia ella. Y ocurre lo mismo en el caso inverso. El desprestigio y la mala imagen pueden limitar el radio de acción de un individuo. De la información sobre el cumplimiento de obligaciones se valen, por ejemplo, las casas de créditos con sus clientes: rastrean en las bases de datos especializadas para otorgar su confianza. Si una persona es cumplida tendrá un buen historial crediticio y se le abrirán las puertas de todos los establecimientos. En cambio, en caso que éstos hayan pasado una fecha estimada de pago, los indicadores de riesgo subirán y la mala reputación crecerá. El mal comportamiento en el mercado restringe la libertad de las personas. La confianza también es pues un productor de libertades. Habría que preguntarse cuán libre es uno cuando produce desconfianza.

A manera de conclusión

A la luz de las distintas aproximaciones al tema, podemos concluir que no se puede obligar a la gente a confiar en uno, pero sí podemos ser personas confiables. Comparto a continuación un resumen de algunas ideas sacadas de diferentes enfoques sobre la confianza, las que pueden resultar útiles.

  • Uno debe ser predecible y tener credibilidad. Para ser confiable, el comportamiento de una persona no debe ser como el azar. Tiene que existir cierto grado de predictibilidad. El mapa conductual en los negocios se tiene que ver en todos nuestros pequeños y grandes actos. La credibilidad está basada en ser una persona digna de fe y confianza.
  • El cumplimiento de la palabra empeñada es fundamental. Decir lo que pensamos y hacer lo que decimos nos convierte en personas coherentes y, por ende, confiables.
  • No asumir compromisos más allá de los límites permite tener el control de la situación y no verse negativamente afectado por el incumplimiento de terceros. Si algo está fuera de control, uno no tiene por qué asumir compromiso al respecto.
  • Ponerse en los zapatos de la otra persona. No hay nada mejor que explorar cuáles son las motivaciones, los intereses, los miedos y temores que existen en la persona con quien uno se va a relacionar. Eso permite entender su comportamiento y construir fórmulas de solución o de acuerdo a lo que se negocia y generar un clima de confianza.
  • La reputación se construye permanentemente. No permita que digan cosas falsas sobre usted. Si es así, lo mejor es aclarar los incidentes y que la verdad prevalezca. Un incidente mal aclarado puede traer consecuencias inesperadas y una “mala fama” inmerecida.
  • Ser puntual no es un detalle. Es primordial estar a tiempo. No tener en consideración el tiempo de las otras personas denota desinterés por el otro, genera malestar y mina la confianza. La puntualidad es la primera tarjeta de presentación.
  • Emplear criterios de legitimidad en las negociaciones permite ser justos y percibidos como tales. Su utilización ayuda a que no parezcan abusivas ni caprichosas las ideas y propuestas y ayuda a que las partes que negocian estén satisfechas con el acuerdo al que se arriba.
  • Relacionarse y comprometerse con cuidado. La debida diligencia es imprescindible si uno no quiere tener sorpresas desagradables. Es preciso saber con quiénes se relaciona y conocer los fines que persiguen. Si eso es claro, la relación con la contraparte será directa y sincera.

Buenos indicadores de confianza son la cantidad y la calidad de amigos que tenemos, el número de personas que acuden a nuestro negocio o institución, la cantidad de gente que está dispuesta a delegarnos cosas importantes o las responsabilidades que a uno se le asignan en el trabajo.

Tener presente cuán importante es la confianza en nuestras vidas nos puede evitar problemas, nos puede generar una serie de oportunidades en el ámbito familiar, social o empresarial y puede servir a que nuestros procesos de toma de decisiones en todas esas áreas sean más eficientes.

Referencias Bibliográficas

  • ARRIEN, Angeles. http://www.angelesarrien.com/
  • BECKER, Gary S. Nobel Lecture: The Economic Way of Looking at Behavior, The Journal of Political Economy, Vol. 101, No. 3. (Jun., 1993).
  • CORNU, Laurence. La confianza en las relaciones pedagógicas En: Construyendo un saber sobre el interior de la escuela. Buenos Aires, Ediciones Novedades Educativas, 1999. p. 19-26
  • COVEY, Stephen R. El Factor Confianza, Ed. Paidos, 2007, 496 pp.
  • ERTHEL, Danny (Editor) Negociación 2000. Mc Graw Hill, Santa Fe de Bogotá, 1996. 376 pp.
  • FISHER, Roger, URY, William L. and PATTON, Bruce. Getting to Yes: Negotiating Agreement without giving in. Penguin Books, New York, 1991. 200 pp.
  • O´TOODLE, James y WARREN Bennis. Lo que se necesita para el futuro: una cultura de la sinceridad. En: Harvard Business Review, Junio 2009.
  • PODOLNY, Joel M. La responsabilidad empieza y termina en las escuelas de negocios. En: Harvard Business Review, Junio 2009.
  • KRAMER, Roderick M, Repensar la confianza – Rethinking trust, Harvard Business Review, Junio 2009.
  • RAIFFA, Howard. The Art and Science of Negotiation. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1982. 373 pp.

Notas

  1. En su columna de opinión en el Diario La República. http://www.larepublica.pe/claro-y-directo/19/07/2009/cuestion-de-confianza.
  2. La oxitocina es una hormona relacionada con los patrones sexuales y con la conducta maternal y paternal que actúa también como neurotransmisor en el cerebro. Se sostiene que su función está asociada con la afectividad, la ternura, el contacto y el orgasmo en ambos sexos. Algunos la llaman la “molécula de la monogamia” o “molécula de la confianza”. En el cerebro está involucrada en el reconocimiento y establecimiento de relaciones sociales y en la formación de relaciones de confianza y generosidad entre las personas.
  3. Gary Becker es un economista estadounidense, Premio Nobel de Economía en 1992, quien ha desarrollado una serie de ideas en torno al análisis microeconómico en una serie de comportamientos humanos fuera del mercado. Partiendo de su enfoque económico, Becker afirmó que los individuos actúan de manera racional. Investigó este supuesto en cuatro áreas de análisis: el capital humano, la criminalidad, la discriminación por sexo o raza y el comportamiento de las familias.
  4. El Modelo de Negociación de la Universidad de Harvard es uno de los más efectivos marcos metodológicos para desarrollar negociaciones. La distinción clave entre intereses y posiciones es una de las contribuciones principales de esta metodología. De acuerdo a ella las personas actúan en las negociaciones con la finalidad de satisfacer ciertos intereses, que son las motivaciones, aspiraciones y preocupaciones que deben ser atendidas.
  5. Platón decía que sí se justificaba mentir, mientras que San Agustín y Kant sostenían lo contrario.
  6. Un buen resumen del modelo de negociación se encuentra en el libro Getting to Yes: Negotiating Agreement without living in (Sí, de acuerdo. Cómo negociar sin ceder), escrito por Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton.

Luis Alfonso Morey es abogado por la Universidad de Lima y Master in Media Management por la Universidad de Navarra. De ha desempeñado como abogado y consultor para diversas empresas e instituciones, ha sido director de Cable Canal de Noticias, gerente general de RBC Televisión y asesor de la Alta Dirección de Panamericana Televisión, responsabilizándose de conducir “Más allá de la noticia” en Canal 11 y “24 Horas, Edición Central” en Canal 5. Es profesor de la UPC en los Cursos “Sociedad y Estado en el Perú” en la Facultad de Comunicación y “Gobernabilidad” en la Facultad de Derecho.