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MITOS, METÁFORAS Y RELATOS SOBRE LA VERDAD

Por María Inés  Quevedo

¿Qué ha sucedido con la verdad? ¿Hoy en día entendemos la verdad tal y como lo hacíamos unos años atrás? Y, para los peruanos, ¿qué es la verdad? Estas son algunas preguntas que motivaron el artículo, y para responderlas, analizamos algunos relatos, mitos y metáforas que se tejen en torno a “la verdad” para crearla y que son expresados, principalmente, a través de un programa televisivo.

Me encontraba leyendo algunos titulares en un puesto de periódicos. Muchos de los titulares de la prensa amarilla hacían alusión al encarcelamiento de Magaly Medina. Estaba absorta analizando los colores, las fotos y las palabras que utilizaban, cuando en ese momento escuché a dos señoras comentar: “Magaly (Medina) es la única que dice la verdad”. En ese momento pensé que tal vez la noción de verdad que tenían aquellas mujeres no era la misma que la mía. Pero, ¿cómo algunos peruanos pueden haber llegado a la conclusión de que una conductora de un programa de espectáculos, de corte sensacionalista, es la única que dice la verdad? Me propuse averiguarlo.

Comencemos analizando la Verdad en términos generales. Antes la humanidad se hallaba en la tarea de buscar la Verdad (Absoluta). Para muchos, la Verdad estaba “allí afuera”, en la realidad misma, y lo que se debía hacer era sólo “encontrarla” y “descubrirla”. Se creía que, en primera instancia, no teníamos la capacidad de ver aquello que era evidente, pero que mediante la “razón” y la “lógica” se llegaría finalmente a esta Verdad. Se pensaba que en la Verdad no había lugar para la sensación, la emoción y los sentimientos, sólo para aquello que era racional. La Racionalidad y la Verdad, por lo tanto, se hallaban indestructiblemente ligadas. A partir de este principio se trataron de construir los grandes metarrelatos de la humanidad como el marxismo, el liberalismo, el idealismo, y el iluminismo (Lyotard, 1987).

Sin embargo, con la crisis de los grandes relatos, muchos llegaron a la conclusión de que la Verdad absoluta nunca se alcanzaría. No habrá un momento final, porque la interpretación depende de la representación, y la representación se construye intersubjetivamente. Dependerá, más bien, de cómo se han constituido, social y culturalmente, las presuposiciones, las certezas, las creencias y el imaginario. Además, lo que se cree que es verdad siempre estará antecedido por una(s) verdad(es) y será seguido por alguna(s) otra(s) verdad(es), en una cadena y construcción sin fin. Esta cadena de verdades estará planteada dentro de, y condicionada por, una historia y cultura específica.

El sentido que le damos al mundo, a los objetos, a los acontecimientos y al otro, por lo tanto la verdad sobre ellos, estará supeditado al contexto en el cual se dice y al universo de significados en el cual esté inscrito. El discurso en el que se habla sobre un suceso, persona(s), objeto(s) los posiciona en un lugar determinado, cobrando así, una existencia y esencia particular. Las cosas existen fuera del discurso, de eso no hay duda, pero sólo cobran sentido en y por el discurso.

Entenderemos “discurso” desde la perspectiva foucaultiana: como un sistema de representación. Foucault entiende el “discurso” como un conjunto de aserciones que permiten un modo de representar el conocimiento sobre un tópico en un momento histórico particular; el discurso crea un modo particular de dar sentido. Y dado que todas las prácticas sociales implican sentido, y el sentido conforma e influencia lo que hacemos, todas las prácticas tienen un aspecto discursivo. Entonces, según Foucault, el discurso define y produce nuestros objetos de conocimiento, gobierna el modo como se puede hablar y razonar acerca de un tópico, a la vez que influencia cómo las ideas son puestas en práctica y usadas para regular la conducta de los otros. (Hall, 1997)

En ciencia suele haber una relación dialéctica entre los descubrimientos y la constitución de su discurso teórico. Cada nuevo descubrimiento partió de una teoría, pero a la vez la irá modificando y complejizando, y, por lo general, mejorará la actuación sobre la naturaleza y el mundo. Lo mismo sucederá con la invención. Así se van construyendo las “verdades” en las ciencias. Verdades que continuamente son superadas por nuevas verdades a partir de nuevos descubrimientos, y así hasta el infinito. Pero, ¿qué sucede con el mundo cotidiano, la política y la “verdad” dicha a través de los medios masivos de comunicación?

Según Gérard Imbert, hoy podemos ver en los medios masivos de comunicación una “revancha de lo privado sobre lo público, del suceso sobre la Historia, de lo pragmático sobre lo programático, de lo vivencial sobre lo ideológico, esta evolución traduce un doble cuestionamiento: de la actualidad por una parte –del discurso de la actualidad como modo de informar- y del relato por otra, de los modos de narrar, de representar globalmente la realidad” (2003, p. 22-23).

En nuestro país, los discursos ideológicos han quedado desvirtuados. La mayoría ya no cree en discursos que prometen el cambio si se sigue una ideología determinada. En términos generales se puede afirmar que la población ha decidido convertirse más bien en consumidora de mensajes y discursos, principalmente televisivos y dejar de lado la lucha política. Además, a través de ciertos programas televisivos se  crea, muchas veces, la ilusión de participación, que siente que la propia política tradicional le ha quitado.

La ilusión de participación se logra haciendo hincapié en el suceso, lo vivencial, lo pragmático y haciendo mayor incidencia en lo privado y lo cercano. Lo inmediato toma relevancia, y por lo tanto, el presente. Todos estos aspectos ayudan a que el público se identifique, creándose la sensación de involucramiento con aquello que ve. Se genera en el espectador la ilusión de vivenciar aquello que el otro está viviendo en el aquí y ahora del tiempo televisivo (con la simulación de la transmisión en directo), poniendo en funcionamiento su imaginario. El tiempo del espectador y el tiempo televisivo vienen a coincidir, y en este coincidir se exacerba al máximo, la identificación.

Con este tratar constantemente de crear el “efecto-identificación”, la manera de relatar ha sufrido una transformación. Con el objetivo de lograr este fin, ahora se intentará narrar, en los medios masivos de comunicación, todos los aspectos que tienen que ver con lo in-mediato, lo vivencial, lo privado. Esta transformación tiene sus consecuencias. Con ella, también se ha modificado la ubicación y la forma de exponer la verdad. Metafóricamente, ya no se piensa la verdad como estando “allí afuera”, sino que se piensa la verdad como si estuviera en el “interior” de cada uno.

Tal vez éste sea el motivo de la necesidad constante que tienen muchos de espectacularizar su intimidad y la del otro: “La verdad está en mi interior y en tu interior. Entonces, tengo que descubrirme ante los otros mostrándome en mi blog, en facebook, etc., y tengo que descubrir la verdad del otro indagando en lo más profundo de su intimidad con la ayuda de los medios electrónicos, para así mostrarla a los demás y cumplir la función que me corresponde (al ser el portador de la verdad), la de “justiciero”. Este es el mandato que hoy guía a muchos, y es el mandato que está presente en el programa de Magaly TeVe.

En el programa Magaly TeVe vemos día a día la puesta en escena de sucesos que tienen la misma estructura. Se puede afirmar que se ha construido un ritual, que no es más que el retorno de lo idéntico y la repetición constante. ¿En qué consiste este ritual y cuál es el motivo de su aparición?

El ritual consiste en perseguir, sin que lo sepa y con cámaras, a un personaje X, que necesariamente debe ser “público”, y en descubrir qué es aquello que hace en la intimidad con el fin de sacar a la luz una falta (la mujer que engaña a su esposo, el deportista que toma alcohol un día antes del partido, etc.) y publicarlo. Luego de publicar la falta, Magaly entra en escena y toma la posición de “justiciera” con la autoridad que le otorga el haber descubierto “la verdad”.

Pero profundicemos un poco más. Mediante la publicación de la falta del personaje X, que Magaly llama “ampay”, se pone en escena aquello que caracteriza el “desorden” en el imaginario popular y con lo que los espectadores se identifican “vivamente” como formando parte de lo que los angustia. A través de la función de “justiciera” (que ella se ha auto-impuesto), en el imaginario popular se restablece el “orden” y el equilibrio emocional, al descubrir y otorgarle a “la verdad” el estatus que había perdido con la crisis de los grandes relatos, y al juzgar los hechos de acuerdo a lo que es “moralmente correcto”. Es un ritual que se repite una y otra vez.

Este discurso se ha instalado en nuestra sociedad. La verdad está en el interior y en las acciones ocultas de las personas, son secretas, sólo hay que descubrirlas, sacarlas a la luz y castigar la falta a través de la sanción moral y social. Y la evidencia debe ser audio-visual. El ver, el oír, ahora son el sustento de la verdad, la argumentación racional ha quedado en un segundo plano. Lo que ha tomado preeminencia junto con lo audio-visual, es la construcción de “historias”, en definitiva, el micro-relato.

Una de las características de estas historias o micro-relatos que hablan sobre la realidad es la de encontrarse en la frontera de la ficción y la realidad misma. La manera en que se narra la realidad ha heredado las estructuras propias de la ficción, generando una con-fusión. El efecto ha sido la creación de lo hiperreal. Según Imbert, la hiperrealidad es un código, que más allá del realismo, rehabilita, revivifica y simula la realidad, exacerbándola (ibíd., p. 29). Lo hiperreal se ha constituido en el código de nuestra época. Pero, ¿por qué esa necesidad de exacerbar la realidad?

La realidad construida en el micro-relato televisivo es una realidad que busca anclarse fuertemente en el sentir. El objetivo es seducir, fascinar para atraer la atención y atrapar. Intentar crear la sensación de proximidad: ésta puede ser la razón por la que se trata de exacerbar la realidad. Una de sus formas es la simulación. Muchos noticieros, por ejemplo, hoy se ven en la necesidad de recrear sus noticias a través de la dramatización. El ver, el oír hacen creíble la historia. Lo que importa es su verosimilitud. Lo que es verosímil se toma por verdad y crea confianza.

La necesidad de decir la realidad a través de historias tiene que ver con la necesidad de “comprender”. Hoy, las noticias se exponen a manera de relato. Marcela Farré nos dice al respecto lo siguiente:

“El relato es un lugar en el que siempre se está implicado, de modo que narrar la información sería una forma de alcanzar a comprender mejor la sociedad en la que vivimos, ya que la narrativa contribuye a construir ese contexto como espacio simbólico en el que nos comprometemos. Al embarcarse en relaciones, expone el carácter humano de la acción. Por esta causa, los lectores o espectadores de relatos podrían también trascender la dimensión de su experiencia para acceder al conocimiento de la realidad en un sentido más amplio, algo que la narración permite de tres maneras. En primer lugar, por identificación con los padecimientos de los personajes, toda vez que la acción –noticiable– se encarna en una historia particularizada. En segundo lugar, porque el mundo posible narrado traslada un modelo detrás de las estructuras actanciales de los personajes, revelando algo más que esa historia: se trata de una propuesta ideológica, que es otra forma de trascender la experiencia individual. Pero, principalmente, el relato ofrece al hombre la posibilidad de conocer sobre la humanidad. No ya sólo la de los personajes; tampoco la del autor modelo, plasmada en la ideología de un mundo posible. Al penetrar en las dimensiones de lo que podría ser, la narración deja un conocimiento sobre valores más universales, que tienen que ver con las búsquedas que alejan de la felicidad o nos acercan a ésta. Es decir, el relato nos aumenta vida, en un tercer nivel de identificación” (2004, p. 140).

La narración noticiosa, por tanto, dota de sentido a las acciones humanas. Es un modo de comprender el accidente, lo catastrófico, aquello que ha causado el desequilibrio social. Pero al espectador siempre le queda la sensación de que nada se puede hacer al respecto, que no puede modificar la causa del desequilibrio, porque para él las instituciones sociales están en crisis. Tal vez por esto muchos reclaman un(a) conductor(a) que trate de instalar el orden a través de su actuación de portador(a) de la verdad y, finalmente, de justiciero(a), rol que antes le correspondía a las instituciones del Estado, a los políticos y a la Iglesia.

Con la transmisión en directo, con la cámara en mano u oculta, el espectador se mimetiza con el punto de vista ofrecido y tiene la ilusión de estar en el mismo lugar de los acontecimientos, sin que los que están presentes en el suceso se percaten de su existencia. Es como si el espectador tomara el punto de vista de Dios, con su omnipresencia. Esta es la sensación de poder que otorga Magaly Medina al espectador, cuando con su cámara oculta hace un “ampay” y lo transmite en su programa.

Pero el espectador no se da cuenta de que es solo un punto de vista: es una historia construida en donde ha intervenido alguien que ha editado las imágenes dándole un sentido particular. Se ha tratado de crear una historia según ciertos estereotipos ficcionales. El espectador lo toma como verdad, porque la historia calza dentro de sus estereotipos ficcionales que funcionan a modo de “mito”.

El mito presente en los programas de Magaly TeVe tiene que ver con la forma de enunciación, que a su vez está directamente relacionado con el medio. Imbert hace alusión a cuatro tipos de mitos que caracterizan hoy, la neotelevisión: mito de transparencia (el pensar que ver equivale a entender), el mito de la cercanía (ver igual a poseer), el mito del directo (como abolición de la instancia enunciativa y narrativa), y el mito, en fin, de una televisión de la intimidad (Imbert Op.cit., p.62-63. El subrayado es mío).

En cuanto al contenido, los mitos que aparecen día a día en este programa son mitos propios del imaginario colectivo. Los mitos por lo general toman un singular impulso cuando la armonía y la homeostasis existencial han sido rotas. En su mayoría tienen que ver con las instituciones sociales como la familia o las bases primeras sobre las que se apoya la existencia humana. Aquí es donde entra la conductora para restablecer el orden y el equilibrio perdido. Podemos ver, todos los días, micro-relatos mitologizados de “personajes públicos” cuyo tema constante son, por ejemplo, las “historias de amor” o “engaños amorosos”, que ponen en riesgo las instituciones sociales como la familia, en las que siempre debe haber un punto final determinado.

La función más importante del mito es la justificación y legitimación social de determinadas acciones y formas de pensar. A través de la narración del mito, con un punto final instituido,  una y otra vez (aunque utilizando en cada narración un personaje diferente) se trata de legitimar el deber ser de la sociedad según un punto de vista que suele ser “la tradicional”. Pero el mito no funciona sin el rito. La puesta en escena, el rito, no es más que la materialización del mito.

Ya hemos descrito el ritual que se escenifica en el programa de Magaly TeVe. El mito y el ritual expresa el sentir de una sociedad, se alimenta del imaginario colectivo y lo devuelve de manera objetivada. Ayuda, por lo tanto, a interpretar aquello que es fuente de desorden y de angustia. Dirige la interpretación en una dirección particular. Crea el imaginario colectivo y/o legitima y consolida, al darle una forma específica.

Por consiguiente, la verdad que este programa construye corresponde a aquello que está presente en la vida de los peruanos de manera in-mediata, y que es su principal motivo de preocupación existencial. Para muchos de ellos, la verdad está allí, en la vida de cada uno; en la política, la ideología, nunca ha estado ni estará la verdad. Lo importante es lo vivencial, lo próximo, ese es para algunos el locus natural de la verdad, porque es lo visto y lo experimentado en el aquí y ahora.
Referencias Bibliográficas

  • FARRÉ, Marcela.  El noticiero como mundo posible: estrategias ficcionales en la información audiovisual. Bs. As. La Crujía, 2004. 398p.
  • HALL, Stuart. El trabajo de a representación. En: Stuart Hall (ed.), Representation: Cultural Representations and Signifying Practices. Sage Publications, 1997. Cap. 1; pp.13-74.  Traducido por Elías Sevilla Casas.
  • IMBERT, Gérard. El zoo visual: De la televisión espectacular a la televisión especular. Barcelona, Gedisa, 2003. 252p.
  • LYOTARD, Jean François. La condición posmoderna: informe sobre el saber. Madrid, Cátedra, 1987. 119 p.

María Inés Quevedo es bachiller y magíster en Antropología por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), y bachiller en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Lima, y tiene estudios doctorales en Antropología en la PUCP, ha tenido a su cargo cursos de las áreas de antropología y comunicación social en la PUCP. Actualmente tiene a su cargo los cursos de antropología social y globalización en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).

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NOTAS EN TORNO A LA CONFIANZA EN EL MUNDO VIRTUAL: SÍNTOMAS NIETZSCHEANOS

Por Víctor J. Krebs

El mundo virtual plantea hoy una dimensión particular de la confianza. Los vínculos en este escenario se proponen de modos distintos. Este ensayo examina la idea de las transformaciones que se generan en la experiencia de interacción en el ciberespacio. La noción de realidad adquiere nuevas aristas. Las herramientas y espacios de interacción nos ponen ante un mundo de relación con palabras, más que con cuerpos.  El mundo virtual, según se propone en el artículo, no es un apéndice del mundo real, sino que establece un patrón colectivo que desplaza la razón científica y objetiva a favor de una razón asociativa y estética cuyos objetivos pueden ser muy diferentes.

Corro por el malecón. Es la primera vez que lo hago con un ipod. Mi conciencia entera está absorta en la música. Pero de pronto me percato de que no escucho mi aliento, que siempre me había marcado el paso. No sé ya si estoy corriendo a buen ritmo, ni puedo saber, en medio de la música que invade mi conciencia, si estoy respirando regularmente, incluso si mi cuerpo se está agotando demasiado pronto. Me toma un tiempo acostumbrarme a esta desconexión, y, durante esos cuantos minutos, me siento correr como lo hacía de chiquillo, un poco descoordinado, sin ritmo, sin mucha conciencia de cómo esta funcionándome el cuerpo. Pero poco a poco comienzo a aprender a atender a otras señales; empiezo a concentrarme en cómo se sienten mis músculos, por ejemplo, o a sentir mi aliento no escuchándolo, sino desde dentro. De alguna manera voy encontrando, en otras palabras, algo que sustituye el sonido de mi respiración que no escucho y que me vuelve a dar una pauta.

Pienso que algo parecido a esa desconexión está pasándonos a raíz del mundo virtual. Igual que el ipod que invade mi conciencia y me ensordece a los sonidos externos, la virtualidad también abruma nuestra orientación cotidiana. Los criterios usuales por los cuales nos orientábamos en la realidad no son vigentes ahí, y nuestro comercio entre lo virtual y lo real comienza a desdibujar sus fronteras. Zizek(1) lo describe como un cambio, producido por la tecnología en general, en nuestro horizonte hermenéutico: Se trata de un quiebre en los límites entre la vida real y su simulación mecánica (en la ingeniería genética, por ejemplo), entre la realidad objetiva y nuestra percepción ilusoria de la realidad (en la simulación virtual) y entre nuestros afectos, sentimientos, actitudes y el centro mismo de nuestro yo (en la constitución de nuestra identidad virtual). La pregunta acerca de la confianza en el mundo virtual cuestiona la forma cómo nos relacionamos con el mundo en vista de esta(s) desconexión(es). Exige una reconcepción de lo que es nuestro mundo hoy.

Y esta pregunta acerca de la confianza en internet obedece a una sospecha (incluso a un temor, muy comprensible), de no saber bien ya cómo determinar lo que es verdadero. La realidad tal como la conocemos, este espacio-tiempo cotidiano, está siendo transformada de maneras profundas y radicales por nuestra experiencia en el ciberespacio. Y la pregunta por la verdad es más pertinente ahora que nunca, en la medida en que vivimos en un mundo globalizado que nos inunda de información por todas partes y en el que empezamos a vivir atravesados por una virtualidad cuyas reglas y condiciones de validez y existencia recién empezamos a vislumbrar.

1

Podría decirse que, con el advenimiento del mundo virtual en el siglo XXI, la visión racionalista que ha definido nuestra conciencia colectiva y nuestros valores culturales durante los últimos doscientos cincuenta años en Occidente ha encontrado su Némesis(2). Y es que el mundo virtual está rompiendo con algunos de los presupuestos más elementales del esquema civilizatorio moderno. Para empezar, la forma cómo funciona la red virtual  reconstituye el espacio y el tiempo y así destruye la secuencialidad del pensar y el actuar, haciendo imposible seguir privilegiando la mentalidad jerárquica, el pensamiento lógico y continuo que es la esencia de la mentalidad racionalista de nuestra cultura. Más bien introduce una conciencia fragmentaria, asociativa, y totalmente antijerárquica: democrática. Gilles Deleuze(3) se ha referido al modo de pensamiento que ella implica como  “rizomático”, dándole así imagen a su carácter disperso y horizontal, por el cual empezamos a pensar de una manera completamente distinta que ya está cambiando gradual y casi imperceptiblemente nuestros hábitos, nuestras expectativas, nuestra relación con las cosas y las personas e incluso nuestros ideales culturales.

Puede sonar extraño que los cambios introducidos por el ciberespacio tengan un efecto tan radical en nuestra relación con el mundo, sobre todo si consideramos al mundo virtual simplemente como un apéndice o una extensión del real. Pero el mundo virtual, lejos de ser un mero apéndice del mundo real, comienza a establecer un patrón colectivo de conciencia que desplaza a la razón científica y objetiva prevalente, en favor de una razón asociativa y estética cuyos objetivos y propósitos pueden ser muy distintos.

2

Análogamente a lo que sucedió en el Renacimiento debido al descubrimiento del Nuevo Mundo y de los viajes e intenso comercio con lugares lejanos de entonces, en nuestra época la experiencia misma, exacerbada por los avances tecnológicos y el advenimiento del mundo virtual, está engendrando formas de ser, específicamente formas de constituir identidades, que van obligando a la mirada racionalista, ceñida a la exactitud y secuencialidad lógica, a contorsionarse y transformarse en una mirada fragmentaria y discontinua, ambigua y polivalente. Su advenimiento está forjando ya cambios profundos en nuestros hábitos y prácticas mentales. Y entonces la pregunta por la confianza en el mundo virtual debe plantearse más allá de la limitada concepción de éste como una mera extensión o apéndice del mundo real.

Aunque lo parezca, la pregunta acerca de lo que es la confianza en el mundo virtual (a diferencia de lo que es en el mundo real) no es una pregunta sencilla y concreta del tipo “¿qué ropa necesito para el frío del invierno canadiense (a diferencia del limeño)?” La pregunta acerca de la confianza en el mundo virtual es una pregunta sumamente cargada, que apunta a los cambios fundamentales que están sucediendo en nuestra forma de ver y concebir las cosas. Más bien es el tipo de pregunta que se haría un europeo del siglo XVI, cuando aun creía que el mundo era plano, acerca de dónde o cómo ubicar al Nuevo Mundo. Responder a esa pregunta implicó un cambio radical en su concepto de mundo. Y es del mismo modo que nuestra actual concepción de mundo tiene que cambiar otra vez para llegar a entender el sentido que muchos de nuestros conceptos –entre ellos el de la confianza–, comienzan a asumir ya en la virtualidad.

No quiero decir con esto, claro, que no podamos hablar con el mismo sentido común de siempre acerca de la confianza en  lo que se refiere al mundo y a la comunicación virtual. Eso es incuestionable. De hecho, el no saber si lo que recibimos por los medios virtuales, por ejemplo, es fidedigno, o si no estamos siendo timados o engañados en nuestras interacciones en el internet, o si no están hackeando nuestros movimientos en el ciberespacio para fines ilícitos u oscuros, hacen que la pregunta entendida en su sentido más prosaico sea absolutamente pertinente.

En esos casos, lo que se requiere de nosotros es una labor de atenta observación: que examinemos las condiciones concretas,  los nuevos riesgos y los nuevos recursos que acompañan al mundo virtual, para establecer los criterios necesarios y poder garantizar la confianza y el funcionamiento normal ahí. Pero lo que quiero subrayar aquí es que si nos limitamos a considerar el sentido pragmático, comercial incluso, de la pregunta, estaremos perdiendo la oportunidad de indagar tras lo más fundamental que subyace a la inquietud que ésta expresa; aquello que está ya revolucionando el mundo en el que vivimos sin que nos percatemos apenas de ello.

3

Pasar del modelo del conocimiento como algo que se genera a partir de una sola fuente, es decir del modelo del árbol de las ciencias que ha regido nuestra concepción del conocimiento desde el siglo XVII,  al modelo rizomático deleuziano que niega la única raíz y afirma por el contrario una multiplicidad dirigida en muchas direcciones, significa un rudo golpe, un choque profundo a nuestro esquema organizacional y a nuestra concepción de lo que cuenta como conocimiento. “Conocer” en el mundo virtual no puede verse solo como una cuestión de poseer contenidos; involucra además y sobre todo una actividad plástica de hacer conexiones, establecer asociaciones y armar sentidos nuevos.

En el mundo real uno ordena las cosas de una sola forma a la vez. El espacio real es unívoco y una cosa solo puede estar en un lugar al mismo tiempo. En  el mundo virtual, por el contrario, las mismas cosas pueden ser ordenadas de muchas formas simultáneamente; las cosas pueden ubicarse en múltiples lugares al mismo tiempo. Una sola entidad virtual, un archivo por ejemplo, puede ser multiplicado y distribuido ubicuamente a través del espacio virtual. Las limitaciones impuestas por el espacio real no son limitaciones del espacio virtual como tampoco son, ni han sido nunca, limitaciones naturales del pensamiento(4). La limitación del espacio empírico que antes constreñía físicamente la cantidad de conocimiento publicable, y por lo tanto motivaba clasificaciones arbitrarias basadas en consideraciones ajenas al propósito de la “verdad”, es  eliminada con la  llegada del mundo virtual. Nos encontramos en un espacio virtualmente sin límites, donde los criterios de organización pueden seguir exactamente las exigencias de nuestras búsquedas, incluso pueden ir forjándose simultáneamente.

El paradigma moderno tradicional de validación racional, con su sistema jerárquico de orden y medición del mundo, comienza a mostrarse completamente inadecuado para dar cuenta de lo que está sucediéndonos, que más pareciera estar definido por la fragmentación, el patchwork, el bricolage y orientado hacia el choque anodadador que detiene el movimiento habitual del pensamiento, que detiene, en otra palabras,  al movimiento mecánico y secuencial del tiempo abstracto, para hacernos más conscientes de su real flujo continuo, de otra manera invisible a partir de nuestros criterios tradicionales, hasta hace poco irreemplazables. Dentro de ese flujo continuo ¿cómo empezar a concebir lo que es, o el papel que jugaría, la confianza?

4

La pregunta acerca de la confianza, en el sentido que la estoy usando y en el contexto en el que la quiero ver, es al final una cuestión ontológica. Depende de la forma como categorizamos y dividimos el mundo. ¿Qué cosas que antes ni existían cuentan como objetos en este mundo? ¿Cómo afecta esto la forma como me relaciono con ellos? Ya no dividimos al mundo (por lo tanto: no los vemos) de acuerdo a sus “articulaciones naturales” que simplemente explicitan lo que ya es, como lo asumía Platón en su venerable método de división y clasificación. No hay ya, en otras palabras, una sola manera en que las cosas son. Dividimos el mundo ahora en función de diferentes intereses, de diferentes aspectos y sus múltiples importancias relativas a la necesidad particular de cada posible clasificación. Y ahora no lo hacemos solo en la mente, lo hacemos en el tiempo y el espacio virtual, colonizando de ese modo un nuevo ámbito que va esparciéndose en nuestra conciencia sobre todo el mundo. ¿Cómo comprender lo que quiere decir confiar en un mundo cuya constitución básica es tan distinta a la del mundo en el que hemos aprendido a pensar?

Confiamos en algo porque puede servirnos para seguir un determinado camino que sabemos que tenemos o queremos seguir. Pero si no hay caminos definidos que podamos querer o tener que seguir, entonces la interpretación se vuelve más importante que la constatación y la confianza adquiere otro sentido o valencia, orientada en otra dirección.

5

Esta no es ya la época de la detención del movimiento, del escrutinio detenido típico de la objetividad científica, de la teorización sistemática; es la época del flujo dinámico, constante e imparable del tiempo interior, del élan vital bergsoniano hecho ya experiencia externa, tangible, compartible, intersubjetiva. Hemos descubierto un nuevo mundo, o mejor: un mundo nuevo se descubre ante nosotros y todos nuestros criterios están cambiando.

Estamos viviendo en un mundo en el que el flujo del devenir –ese río en el que, nos advierte Heráclito, no podemos sumergirnos dos veces–, es nuestra nueva conciencia común en la worldwideweb. La nuestra es una época de crisis, en la que los paradigmas de comprensión de la realidad y de predicción hasta ahora vigentes se van mostrando obsoletos e insuficientes. Todos los diques conceptuales que habíamos construido desde Platón, y consolidado a lo largo de los últimos tres siglos, son puestos a prueba por los cambios ocasionados en nuestra vida cotidiana por los constantes avances tecnológicos. Y el más grande de éstos es el mundo virtual, que fluye imparable, arrasando todos nuestros criterios de verdad y de sentido y haciendo añicos nuestras antiguas certezas y seguridades.

Es cierto que el mundo virtual  no prescinde de las formas de confianza que rigen al mundo real. Los mismos peligros de base existen en ambos mundos y sólo cambian sus modalidades particulares, que por lo tanto requieren de nuevas formas de detección y control. Pero, si bien no prescinde de ellas, sí las complica. Más allá de esa intersección de ciberespacio y espacio empírico, el mundo virtual sí introduce un cambio profundo: inaugura un nuevo territorio psíquico que empieza a revelar otros niveles en la interacción y comunicación humanas que dependen, en gran parte, de las coincidencias azarosas de un sistema abierto a la contingencia y rebelde a toda necesidad natural. Ya no es tanto la secuencia de los hechos sino la coincidencia de los hechos; es menos la causalidad que la sincronicidad lo que está operativo en este nuevo mundo(5). Por eso es que empezamos ahora a valorar por sobre la verdad intencional o la intención de verdad a la espontaneidad sin tapujos, e incluso al desparpajo. ¿Y entonces qué significa preguntar en este contexto acerca de la confianza? ¿Confianza en qué? ¿Y confianza para qué?

6

Al centro de la transformación en nuestra cultura se encuentra la reconstitución del yo, que está ocurriendo en nuestra época a partir de las nuevas formas de comunicación que hemos inventado. La identidad se empieza a constituir ya no en función de la consistencia o la continuidad de un concepto, sino que se descompone y se reconstituye de manera performativa, es decir, en función de los roles que jugamos en nuestra interacción virtual con los demás, que varían de acuerdo a cada contexto específico, a nuestros intereses y propósitos particulares en cada comunicación(6).

Estamos descubriendo algo que Montaigne (una figura marginada en el canon filosófico moderno en contraste a Descartes, quien se erigió como el Padre de la modernidad) observó: que no hay un Sujeto más allá de nuestras percepciones. No se trata simplemente de que escondamos nuestra personalidad detrás de cada nueva máscara, sino que cada máscara es nuestra personalidad. Y esto no quiere decir que no haya nada más a lo que somos nosotros que nuestras máscaras, sino que aquello que somos no es el mismo tipo de cosa que lo que ellas son, y requiere por lo tanto un cambio de mirada para hacérsenos visible. Hasta que eso no nos sea posible –y ello requiere de la vivencia misma en esta situación tan singular que es el encuentro de lo real y lo virtual como forma de experiencia–, el yo permanecerá en cierto sentido sin centro o fundamento. En otro sentido el “centro” o su equivalente se irá elaborando, sobre la marcha, por una coherencia más profunda que cualquiera que pueda anticipar o concebir nuestra mente instrumental. (Wittgenstein tematiza esta coherencia más profunda e inconmensurable con el intelecto, en sus “parecidos de familia” y cuando observa que si hay tal cosa como una esencia, ella se halla en la gramática).

7

No tener un centro, un fundamento, pareciera obligarnos a abandonar toda esperanza  de principios sobre los cuales sustentar cualquier proyecto más allá de relatividades, de voluntades fragmentarias, arbitrarias y caprichosas, hijas perdidas de la contingencia. Parecería ser el escenario que imaginaba Dostoievski al escribir que si Dios no existe, entonces, “todo está permitido”. La cuestión de fondo de la pregunta por la confianza en el mundo virtual entonces nos conduce al nihilismo de nuestro tiempo, o a la muerte de Dios anunciada por el Zaratustra de Nietzsche.  Pero Nietzsche habla también de la necesidad de transvalorar nuestros valores, es decir de reinventarlos; habla de una nueva tarea, cuyo principal sustento se encuentra precisamente en el tipo de realidad que estamos viviendo: fragmentada, eternamente cambiante, sin fundamento aparente, en flujo permanente.

8

Es cierto que la cultura occidental ha progresado en su relación con el mundo externo, sobre todo durante los últimos doscientos cincuenta años desde la instauración de la mentalidad científica con Galileo, Newton, Bacon y Descartes, hasta la constitución tecnológica de nuestra forma de vida contemporánea.  El hombre se ha hecho un experto en crear nuevas herramientas, en controlar las fuerzas de la naturaleza y explotar y transformar su medio. De ahí que sea también cierto que nuestra conciencia colectiva se encuentre  dirigida casi exclusivamente en nuestro tiempo a la producción y la eficiencia, y, de manera sintomática, más recientemente con más intensidad al divertimento y el entertainment. Pero también el hombre occidental se ha vuelto cada vez más ciego y sordo al sentido de sus actos, a los porqués de su existencia.

Lo curioso (o providencial) es que la misma cultura dirigida hacia afuera ha creado las condiciones para subvertir su propia forma de vida. El mundo virtual, paradójico producto tecnológico, está revirtiendo esa dirección, internándonos en el laberinto de nuestra subjetividad, conduciéndonos a la exploración del mundo interno, permitiendo que surja una nueva prioridad ya no en el conocimiento abstracto de la realidad, sino en la vida misma: la vivencia y su potencia, válida por encima de la búsqueda de cualquier verdad(7).

La atracción del Twitter y la creciente popularidad de todos estos medios virtuales (el Chat, el Facebook, Hi 5, MySpace, etc) está en la exacerbación o intensificación de la densidad subjetiva y, en el Twitter específicamente, en la condensación de la persona a sus palabras, a la forma cómo las usa, a lo que ellas dicen de él. Podría decirse que se está iniciando una nueva aventura, una aventura colectiva de la subjetividad. O quizás más exactamente: una aventura de subjetividad colectiva.

9

El Twitter ha inaugurado una nueva adicción virtual,  una fiebre causada por la conexión a ese gran organismo, esa subjetividad colectiva global de personas “tuiteando”(8), es decir gorjeando cada uno con su propia voz, como pajaritos.  Empezamos a vivir (aun solo en pequeñas colonias, pero cada vez más rápidamente crecientes) en un mundo en el que nos relacionamos no con cuerpos sino con palabras emitidas desde virtualmente innumerables nódulos de emisión, cada uno reducido a una imagen y cuatro líneas descriptivas, con los que entramos en contacto personal. Lo importante no es en realidad con quien estamos hablando, lo importante es lo que hablamos, el discurso que se va creando, la inteligencia colectiva que va tomando forma.

Aquí podemos ver claramente que la confianza en el Internet no tiene nada que ver con la intencionalidad de la persona en tanto referencia a una realidad, sino con su presencia como factor de asociación, con lo que sus palabras son capaces de ocasionar en esta masa de vitalidad e inteligencia global a la que todos se conectan como a una matriz viva.

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Una encuesta publicada hace algunos días mencionaba como principales objetivos de los tuiteos de la gente: (i) transmitir y compartir información, (ii) la expresión personal (de estados de ánimo, de pensamientos, ideas, impresiones, opiniones), (iii) la descripción de momentos cotidianos, (iv) la conversación sobre temas diversos (las noticias del momento, los intereses comunes, las diferencias de opiniones, etc.), y obviamente los propósitos más comerciales: el marketeo de productos, la promoción de los propios proyectos, así como los propósitos más voyeuristas de los meros followers, entre muchos otros.

Efectivamente, todo esto constituye el mundo virtual del Twitter, un mundo que puede ser tan complejo como cualquier reunión real de personas, pero que lo es más aun en la medida en que es una comunidad global tan grande que solo puede reunirse en un espacio virtual(9). Sin embargo,  pienso que además de todas estas actividades, o más bien: detrás de ellas, hay algo más profundo; algo que define un ethos o una postura vivencial particular a la comunidad virtual, que ya se iba forjando, aunque de manera más “mansa” en el Facebook y otras redes sociales semejantes(10). Ese ethos me parece que tiene que ver con la búsqueda, quizás inconsciente, de constatación –en la presencia (y la palabra) de otros– de “la verdad” o el sentido de nuestra propia existencia en función de una inteligencia colectiva virtual, con todas las complejidades psíquicas que ello inevitablemente habrá de implicar. (Como si en una época nihilista estuviésemos buscando algún asidero desde el cual construir un nuevo fundamento, algo que garantice un suelo inmanente).

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Quizás secretamente detrás de nuestra pregunta por la confianza esté el deseo de volver o mantener el modelo anterior, encontrar alguna unidad subyacente, algún fundamento. Pero esa búsqueda puede ser una ilusión; quizás lo que hemos de descubrir es no un objeto de pensamiento, sino una coherencia de otro tipo, que redefina de manera inesperada nuevos escenarios de validez.  Validez que depende, a su vez, de la diversidad de contextos, ya no concebidos bajo una sola unidad, sino vivenciados en la misma práctica y desde su compleja fragmentariedad, respondiendo a intereses y expectativas siempre cambiantes, siempre distintas.

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Wittgenstein no se pudo imaginar el mundo virtual, pero sin saberlo nos preparaba para él, al orientar su esfuerzo filosófico a combatir aquella necesidad que tiene el hombre de sedimentar sus significados, de hacer hábitos de sus prácticas, de resistir el cambio para refugiarse en la comodidad y apaciguar su miedo de lo desconocido11. Nietzsche había tematizado esta misma propensión humana al calificar a “la verdad” como una invención producto de nuestra resistencia al cambio, de nuestra necesidad de un asidero más estable que el mero devenir(12).

Con los cambios que estamos presenciando con el advenimiento del mundo virtual, es como si la tarea que se le impone a nuestra época, esta época de la fragmentación nihilista, fuese la de aprender a vivir y pensar en el mismo devenir, “más acá” de la verdad. Y en esa luz, la insistencia de Wittgenstein de que para nuestros propósitos no es importante la verdad de lo que decimos sino las conexiones que ello suscite, la posibilidad de ver siempre más aspectos en las cosas, adquiere un sentido importante. Pues contra nuestra resistencia al cambio no hay mejor antídoto que el de imaginarnos la multiplicidad de universos posibles dentro de nuestro mundo.

Coda

En el mundo virtual se entumecen nuestros sentidos, se ensordece la conciencia precisamente ahí donde más irritada está por la exacerbación de estímulos, tal como lo explicara McLuhan; y se comienza entonces a desarrollar un sentido interno más afinado a los movimientos de la subjetividad, que se va mostrando por encima (o debajo) de los intereses conscientes. Ya no es, por lo tanto, la verdad lo que importa, sino la generación de nuevos sentidos, en tanto ello amplía nuestro horizonte.

En este contexto, entonces, preguntarse acerca de la confianza puede ser un intento de evitar la dificultad que demanda el dejar a un lado lo conocido y lo seguro; puede ser, en otras palabras, una forma de evadir la tarea que nos impone un medio tan distinto a todo lo que conocemos. Pero también puede ser la ocasión para empezar a asumir estos cambios y esas diferencias, para encontrar desde la aceptación de este caos el nuevo orden al que parecemos estar ya dirigidos(13).

Notas

  1. Slavoj Zizek, The Plague of Fantasies, (Londres: Verso, 1997) pp. 133ss.
  2. Que el enfoque más inmediato a la pregunta acerca de la confianza se lea casi inmediatamente como relacionada con lo comercial  (¿cómo puedo confiar en lo que me dicen en la red?, ¿cómo puede asegurarme de que no me quieren estafar?, etc.), nos dice mucho acerca de nuestro tiempo, acerca de cómo estamos cegados por una determinada forma de concebir la vida, precisamente a lo radicalmente nuevo que el mundo virtual introduce.
  3. “Rizoma”, en: Gilles Deleuze & Félix Guattari, Mil mesetas, (Introducción)
  4. David Weinberger, http://www.youtube.com/watch?v=43DZEy_J694
  5. Carl Jung denomina “sincronicidad” a un principio acausal, en el que “la coincidencia de los hechos en el espacio y en el tiempo significa algo más que un mero azar (…) una peculiar interdependencia de hechos objetivos, tanto entre sí, como entre ellos y los estados subjetivos (psíquicos) del observador o los observadores (…). Exactamente como la causalidad describe la secuencia de los hechos, (…) la sincronicidad trata de la coincidencia de los hechos.” (Richard Wilhelm,  I Ching. El  libro de las mutaciones, Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1975, Prólogo, p. 25.
  6. Ver “Identidades en conflicto”, para una discusión interesante sobre este punto en http://castorexmachina.wordpress.com/ de @piscosour
  7. Pero este movimiento de reversión comienza explícitamente con Kierkegaard en el siglo XIX, cuando observa que por nuestra obsesión con el conocimiento intelectual y la teoría, nos hemos olvidado lo que significa existir y la importancia de la interioridad. Ahí se encuentra ya el germen de ese movimiento de pensamiento contemporáneo que conocemos como “existencialismo”, que resalta la formación de cada persona a partir de su existencia concreta;  y ese mismo movimiento desemboca en aquella revolucionaria disciplina que estudia la psique humana en Freud (que ha florecido en el siglo XX) y en Jung (que aun espera su florecimiento en este milenio). Contamos entonces ya con un entrenamiento de cien años en la lectura de los movimientos del inconsciente, de las dinámicas de la subjetividad que han de mostrarse en el medio virtual, que pienso nos hace especialmente capaces de comenzar a leer sus movimientos en la clave del inconsciente.
  8. Del nuevo verbo “tuitear”, traducción de tweeting en inglés, que quiere decir gorjear.
  9. Ese solo hecho, la magnitud de la comunidad de la que cada persona participa personalmente, es ya algo digno de estudio pues esa comunidad se empieza a comportar como un organismo autónomo,  cuya constitución propia no depende de ningun individuo sino que más bien los determina.
  10. En términos virtuales, el Facebook es al Twitter lo que la vida en la campiña es a la vida urbana (country living vs. metropolitan life).
  11. He tematizado esto en lo que llamo el impulso pigmaliónico en “Descenso al caos primordial: Filosofìa cuerpo e imaginación pornográfica”, Hueso húmero, 42, 2003: 3-29,
  12. “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”
  13. Quisiera agradecer a @elmorsa,  @alia_bc y  @esparzari,  por sus comentarios a una versión anterior de este texto.

Víctor Krebs es profesor asociado del Departamento de Humanidades en  la Pontificia Universidad Católica del Perú. Obtuvo su doctorado en Filosofía por la Universidad de Notre Dame, Estados Unidos. Ha publicado artículos y ensayos sobre la filosofía de Wittgenstein, la estética y la cultura; actualmente sus investigaciones giran en torno al cine, el psicoanálisis y la tecnología. Es autor de Del Alma y El Arte: Reflexiones sobre la cultura, la imagen y la memoria (1998), La recuperación del sentido: Wittgenstein, la filosofía y lo trascendente (2008) y El impulso pigmaliónico. Ensayos en torno a un complejo filosófico (2009); y es coeditor, con William Day, de Seeing Wittgenstein Anew, publicado por Cambridge University Press (2010).

COMUNICACIÓN Y CAPITAL SOCIAL: LOS MEDIOS EN LA ECUACIÓN DEL DESARROLLO

Por Eugenio D’Medina Lora

El desarrollo requiere de reglas de juego estables para florecer. Pero para construirlas es preciso que una sociedad sea rica en capital social, definido como el entramado social basado en relaciones de confianza a muchos niveles. Esta es la base a partir de la cual se puede analizar qué rol cabe a los medios en la construcción de esta sociedad de confianza. La hipótesis presentada es que poco han hecho en esta tarea, porque si bien hay más transparencia relativa a otros tiempos, también hay duros obstáculos, derivados de conflictos de plataformas de valores como manejo tendencioso de los medios para resaltar generalmente los peores aspectos del sistema político, en respuesta selectiva a presiones derivadas de escenarios de captura, dando por resultado un detrimento de la confianza y del capital social.

Introducción

¿Los medios de comunicación social son espectadores del desarrollo de un país o son protagonistas del mismo proceso? Esta es la pregunta clave que pretende explorar este ensayo. ¿Su papel es simplemente informar acerca de lo que sucede en el país, mostrando todas sus pobrezas y miserias, particularmente en el campo de la política y la economía, sin asumir responsabilidad por los hechos que refieren en sus reportes y crónicas? ¿O ya puede decirse, por su creciente presencia en la agenda política, que los medios de comunicación han pasado a ser actores de esa realidad que cuestionan, denuncian y critican permanentemente, desde distintas trincheras de opinión, no alejadas, por cierto, de las influencias ideológicas?

Si los medios de comunicación son actores del desarrollo, les cabe una responsabilidad con la sociedad que persigue ese desarrollo. A ésta, se le puede denominar la responsabilidad social de la comunicación social(1). Identificar, definir y discutir los elementos a través de los cuales se materializa esa responsabilidad, es una tarea imprescindible para comprender los macro-alcances de la labor del comunicador, y muy en particular, del comunicador periodístico.

Colofón de lo anterior es examinar si en la incapacidad de construir capital social a base de relaciones de confianza radica el por qué los periodistas peruanos no se convierten en verdaderos referentes para la sociedad y el Estado en el Perú, tanto en el ámbito de cada espacio de acción, como en cuanto a las relaciones que sostienen entre si. Es decir, ¿por qué no hay periodistas que se puedan convertir en auténticos anclajes de confianza?

En este ensayo buscamos presentar estos elementos en clave política y en tesitura teórica, dejando la tarea de proseguir en la profundización del análisis para otras investigaciones empíricas que pudieran suscitarse.

¿Por qué unos países desarrollan más que otros?

Para comprender si el comunicador social juega un papel en la construcción del desarrollo de un país, y particularmente del Perú, el punto de partida será responder a una pregunta crucial: ¿por qué unos países desarrollan más que otros? Ensayaremos algunas respuestas.

Adam Smith entendió el problema fundamental. No era el crecimiento en sí lo importante, sino la riqueza: la riqueza de las naciones(2). ¿Y qué las hacía más ricas? Las posibilidades de intercambios comerciales por el uso eficiente de los recursos y aprovechamiento de ventajas diferenciales. No se trataba de producirlo todo, sino de especializarse en lo que mejor se podía hacer(3). Pero dichas posibilidades de maximizar el intercambio sólo es factible si al mismo tiempo se maximiza la libertad económica. Puede decirse que Smith fue el primer visionario de lo que hoy se entiende como globalización, al entender que los países podrían enriquecerse bajo esquemas cooperativos basados en el intercambio libre.

Una arista distinta, pero complementaria, es la que propone Max Weber, al establecer que es la ética en el desempeño de las actividades de negocios la que hace que algunos países desarrollen una cultura del trabajo, del ahorro y la prosperidad(4). Aunque Weber ha sido sujeto de interpretaciones no siempre certeras con respecto a este argumento, situación que, por cierto, también le cupo a Adam Smith, la esencia de su argumento es que la ética es parte componente de la función de producción, como un factor adicional al trabajo, al capital, a los recursos naturales y a la capacidad empresarial, así como, también, un elemento crucial de la estructura de las preferencias que dan sustento a la función de utilidad. De esta manera, la ética del productor, como la ética del consumidor, dejan de ser cuestiones meramente filosóficas, para convertirse en elementos concretos que soportan la producción y la competitividad. Y se traducen en algo tan tangible como los costos de transacción y los problemas de agencia, cuando se sospecha que los intercambios pueden estar sobre la base de información oculta y comportamientos engañosos que hacen requeridas coberturas especiales que se traducen en erogaciones monetarias.

Un factor que apoya al aspecto ético, aunque es totalmente distinto, es el que resalta Hernando De Soto: el sistema legal-institucional(5). En efecto, el sistema legal-institucional, además de ordenador, es generador de valor de los activos lo que permite insertar a sus poseedores en la dinámica capitalista. La institucionalidad también se convierte en factor de la función de producción. Y, por tanto, los países más desarrollados han de mostrar mejores marcos institucionales y sistemas de legalidad mucho más enraizados y afinados que permitan conocer de antemano las reglas de juego que brindan las seguridades a los que desarrollan actividades económicas. Incluso puede pensarse que es precondición del mercado mismo la existencia de esta claridad en el sistema legal-institucional(6).

Mientras los dos anteriores enfoques hacen hincapié en elementos cualitativos que impactan en la función de producción, Ludwig Von Mises asume una postura tradicional y sitúa el desarrollo de los países, simple y llanamente, en la formación y la acumulación de capital(7). No existe forma de que un país desarrolle sin capital, en la tajante perspectiva de Mises. Para él, sólo existe una diferencia entre países desarrollados y no desarrollados: la diferencia en la disponibilidad de los bienes de capital por persona que pueda trabajar. Por tanto, la tarea del desarrollo pasa por generar más capital, lo que implica promover la inversión – nacional o extranjera – y la innovación tecnológica.

La confianza y el capital social: ¿dónde encajan?

Todos los enfoques del desarrollo explicados anteriormente son válidos y complementarios entre sí. Sin embargo, todos ellos tienen un elemento común: la confianza. Los intercambios comerciales internacionales requieren confianza en cuanto a tiempos de suministros, calidades, cantidades y precios, así como también las interrelaciones cooperativas entre empresas(8). El comportamiento ético en los negocios supone la confianza en que las acciones humanas emprendidas se corresponderán con ciertos valores asumidos como éticos en determinada sociedad. El sistema legal-institucional se sostiene en la percepción de confianza que tienen de él los miembros de la sociedad, pues si no se confía en dicho sistema, sus prescripciones y señalamientos quedarían desvirtuados. Y la construcción de capital financiero y físico implica que la inversión que la genera se ampare en la confianza en las reglas de juego que permitan estimar razonablemente la cuantía de los retornos esperados, así como su ocurrencia y su riesgo. No pueden convivir ni persistir ni sostenerse los intercambios comerciales, ni la ética en los negocios, ni los sistemas legales-institucionales ni la formación de capital sin un entramado de confianza que los haga viables en el largo plazo.

En consecuencia, la confianza es el factor común y el elemento crucial para el desarrollo. Este elemento es el núcleo de la tesis de Alain Peyrefitte, quien postula que el desarrollo depende de la construcción de una sociedad de confianza: la confianza otorgada a la iniciativa personal, a la libertad exploratoria e inventiva que conoce sus contrapartidas, deberes y límites(9). La “divergencia” del desarrollo, es decir, la distinción entre los países que se desarrollan y los que no lo hacen –o se desarrollan poco– se explica primero por la existencia de sociedades en las que prevalezca una cultura de confianza y, solamente después, por los otros elementos que pueden actuar de gatillos del desarrollo.

Teniendo esto en cuenta, ¿es posible reformular la tesis de Mises con respecto al capital como instrumento fundamental del desarrollo y, por extensión, al capitalismo como sistema insuperable para producir ese desarrollo? ¿Podemos integrar el concepto de confianza dentro del marco de la clásica relación contemplada en la función de producción(10)? De hecho sí, en tanto reformulemos adecuadamente el concepto del capital. ¿Se puede seguir sosteniendo la ecuación desarrollo = capital? Sí. Pero, ¿qué capital? Siguiendo la definición antigua, y particularmente a Karl Marx, la ecuación es capital = dinero. Por otro lado, en una ampliación de la anterior, se tiene que en la definición neoclásica, la ecuación sería capital = dinero + activos + tecnología. Pero podemos extender más esta definición. Un concepto más moderno de capital se expresaría en la ecuación capital = capital financiero-comercial + capital conocimiento + capital natural + capital infraestructural + capital humano + capital social.  Bajo esta nueva visión, podemos hablar de un desarrollo capitalista, no en la concepción de la economía política clásica, sino conformado por la acumulación sistemática y sostenida de capital financiero-comercial (dinero, activos financieros, inmuebles, equipos, mercancías), capital natural (recursos naturales, medio ambiente), capital infraestructural (infraestructura económica y social), capital conocimiento (tecnología, know how, capacidades de gestión), capital humano (educación, salud(11)) y capital social (trama social de relacionamiento mutuo).

Es más nítida la comprensión de este enfoque de la relación capital-desarrollo si se atiende a la ausencia de alguno de estos elementos. Claramente no es posible impulsar ningún proceso de desarrollo sin capital financiero y comercial, por lo que la promoción de la inversión privada se hace indispensable para darle fuerza al proceso, algo que está en el centro de las nuevas estrategias desarrollistas de los países que crecen. En el caso del capital natural, a pesar de la percepción cotidiana, no parece ser tan importante para el desarrollo, aunque, de hecho, puede ayudar mucho si se aprovecha adecuadamente y se complementa con políticas públicas complementarias. Todo lo contrario ocurre con los otros tipos de capital, cuyas ausencias sí se sienten. Sin infraestructuras apropiadas es imposible impulsar ni sostener ningún proceso de desarrollo, pues lo primero que tiende a colapsar en cualquier país que crece es, precisamente, la infraestructura. Debe evitarse que se convierta en un cuello de botella. Tampoco es posible el desarrollo sin tecnología, know how y capacidades de gestión, aunque a diferencia de la infraestructura, que tiene que hacerse específicamente en el país, en el caso del capital conocimiento puede importarse, aunque no es lo deseable ni sostenible. De ahí la importancia de capitalizar al país con inversión en investigación y desarrollo, además del fortalecimiento de las capacidades de gestión.

El caso del capital humano no es distinto. Un país compuesto por personas que no tienen educación, que por lo menos les permita conocer y defender sus derechos, es débil, porque se compone de pobladores antes que de ciudadanos. Asimismo, un país de personas con mala nutrición y salud deficiente, es imposible que se incorporen a procesos de incorporación acelerada de innovación tecnológica y fortalecimiento de otras capacidades.

Si las ausencias anotadas son fundamentales, la falta del capital social es decisiva. El capital social es la fortaleza de la trama social que hace posible que ocurra el relacionamiento entre los miembros de la sociedad. Esta trama está basada en la confianza mutua y, por extensión, en el comportamiento ético, la justicia y el respeto individual, la capacidad de asociatividad y el reconocimiento de una institucionalidad legítima(12).

¿Adónde nos lleva todo esto? Partiendo de la nueva visión del capital, se tiene que para generar desarrollo hay que construir capital. Y construir capital implica construir todas las formas de capital sin descuidar ninguna. Luego podríamos construir también una respuesta a la interrogante acerca de por qué algunos países se desarrollan más: las sociedades que más se desarrollan son las que tienen la capacidad de construir más capital, en el sentido ampliado descrito. Y un componente fundamental de ese capital es el capital social, materializado en una trama social tejida a base de los hilos delicados de la confianza en la sociedad.

El papel del comunicador social y la tarea pública

Si hay algún papel del comunicador social en el desarrollo, éste se relaciona con su responsabilidad social, y, por consiguiente, con la construcción de la confianza y del capital, en el sentido ampliado que hemos descrito en el acápite anterior. Un elemento clave que relaciona estos propósitos con el rol comunicacional se enmarca en su capacidad de vincular la tarea del Estado, que se realiza a través de políticas públicas, con los objetivos sociales que deben siempre converger al desarrollo. Y esto debido a que el Estado es un actor de alta presencia, bajo cualquier modalidad, grado o sistema político, en el proceso de desarrollo de cualquier país.

En efecto, el desarrollo de un país, en distintos grados y bajo cualquier régimen político, implica un papel del Estado como actor de ese proceso. El desarrollo de una sociedad tiene como un pilar clave a la economía, pues, de hecho, el propósito último de la ciencia económica es generar las mejores condiciones de desarrollo factibles en un espacio y tiempo dados. Por otro lado, en una sociedad política, el Estado es la entidad encargada de ejercer el máximo poder que le confiere la misma. Consecuentemente, la política y la economía están íntimamente relacionadas. La política es el proceso y actividad orientada, ideológicamente, a la toma de decisiones de un grupo social para la consecución de objetivos. Para cualquier sociedad, uno de esos objetivos primordiales es generar la disponibilidad de los recursos y su acceso a las personas. Esa tarea, de una u otra manera, tiene como actor de primer orden al Estado; y, por tanto, a las políticas públicas que implementa dicho Estado.

Hay que tener en cuenta que importa el cómo se materializa esta presencia del Estado en la consecución del desarrollo(13). Cuando decimos que el Estado es un actor de primer orden en la tarea de asegurar la mejor disponibilidad de recursos factible, implícitamente definimos una idea sobre su papel en la economía. Ese papel puede fluctuar entre hacer todo y no hacer nada. Y la definición de esa idea lleva invariablemente a una definición de política que impacta en la economía. No debe sorprender entonces que el Estado sea el actor más polémico en cuanto a esta definición de qué papel le cabe en el desarrollo.

Es un hecho que los medios de comunicación tienen crecientemente una presencia mayor en el dictado de la agenda política. En el Perú, se acaba de ver con el manejo de la confrontación entre el Estado y parte de las comunidades nativas amazónicas y con el juicio al ex Presidente Alberto Fujimori por delitos de lesa humanidad. La prensa asigna espacios, en titulares y páginas del interior, a noticias sobre hechos u opiniones, en función de sus propias cercanías ideológicas. Los entrevistadores, particularmente radiales o televisivos, segmentan su tratamiento de los entrevistados en función de sus propias preferencias personales, siendo amables y, muchas veces, condescendientes con quien está cercano a sus afectos o a su posición ideológica, y draconianos, cuando no abiertamente prepotentes, con los que no se alinean con sus propios pensamientos políticos. Esto coloca al comunicador social en una posición predominante en el escenario de la política, queriendo o no hacerlo. Y también lo pone en una situación de creciente responsabilidad.

Los componentes de la responsabilidad social de los comunicadores

¿Hay entonces una responsabilidad social del comunicador? El papel del comunicador social, más que sólo informar, incluye responsabilidad con la sociedad. ¿Cómo definirla? En un intento por señalar sus componentes en clave “algebraica”, se puede intentar con la siguiente expresión:

RS = PIT +  DIT + FEP + SS

Esta expresión indica que la responsabilidad social del comunicador (RS) es una sumatoria de cuatro componentes: La “perfección” de la información transmitida (PIT), la defensa de intereses territoriales (DIT), el filtro de eficiencia y eficacia de las políticas públicas a implementarse (FEP) y, por último, la sensibilidad social ante la realidad inmediata que rodea al comunicador (SS). Ha de notarse que, tradicionalmente, se asume de manera implícita la identidad entre la RS y la SS. Bajo el enfoque que proponemos, la RS excede con mucho a la SS y, en principio, le otorga un peso relativo menor, en aras del fortalecimiento de otros componentes. Analicemos cada uno de ellos.

En primerísimo lugar, la “perfección” de la información es un componente crucial y determinante en la responsabilidad social del comunicador. Claramente, la alusión a la perfección debe entenderse como un propósito tendencial, en vista que es prácticamente imposible conseguirla en cualquier área del conocimiento profesional. Pero cuando se alude a la “perfección” se debe entender ésta en el sentido que le dan los economistas, a saber, que una información es perfecta cuando es veraz, completa y oportuna. Por tanto, la primera responsabilidad del comunicador, respecto a la sociedad, es la de transmitir veracidad de contenidos, de manera que incorporen información completa para el receptor de dicha información y teniendo en cuenta que llegue a tiempo al público destinatario. Si se falsea la realidad, se transmiten medias verdades o se hace llegar tarde, aunque un comunicador posea altísimas dosis de sensibilidad y bondad, estará actuando fuera de su responsabilidad con la sociedad en la que de desempeña como tal.

Otro componente es la defensa de intereses territoriales. Como “territoriales” queremos expresar intereses relativos a una comunidad en un espacio geográfico determinado. Por ejemplo, pueden ser intereses de un distrito, de una provincia, de una región y, eventualmente, de todo un país. Dado que la tarea del comunicador es influenciada directamente por el entorno de la comunidad en la que ésta es desarrollada, parte de su responsabilidad es con esa misma comunidad, la cual, está necesariamente ubicada en un determinado espacio geográfico o territorio. Este componente se hace más fuerte conforme el alcance del medio de comunicación es más enfocado en espacios territoriales pequeños. Un periódico de alcance distrital tiene un compromiso con el distrito. Un canal de cable de alcance multi-distrital, como por ejemplo uno de los conos de Lima, tiene un compromiso con la problemática de los pobladores de esos espacios, más allá que con un distrito específico.

Una tarea fundamental de los comunicadores es servir de faja de transmisión de las políticas públicas. En esto consiste el componente de filtro de eficiencia y eficacia. Para que sean efectivas, las políticas públicas deben ser comprendidas por los actores políticos, desde instituciones y entidades de gobierno, hasta organizaciones privadas y personas naturales. Entendidas, para que los actores puedan, precisamente, realizar acciones esperadas como resultado de esas políticas. Pero esta función de faja de transmisión involucra tanto la promoción de las políticas que sirven a propósitos de desarrollo, como también la contención de aquéllas que pudieran no estar alineadas a tales objetivos, a pesar de las intensiones de los hacedores de política (policy makers). En tal sentido, parte de la responsabilidad de los comunicadores es impulsar a las buenas políticas y frenar a las malas, señalizando en el primer caso a los miembros de la sociedad y del Estado para proseguir en su implementación, y, en el segundo, al gobierno para cambiar y/o afinar sus políticas.

Finalmente, está el componente de la sensibilidad social, término que se utiliza extendidamente, pero que no suele definirse. Vamos a definirla como la proclividad del comunicador social a comprometerse con causas de los más necesitados económicamente orientadas a mitigar, aliviar o abatir los efectos de tal precariedad sobre su bienestar. Aunque todos los componentes presentan aristas subjetivas, es en el caso de la sensibilidad social donde lo subjetivo es casi todo. Normalmente es la sensibilidad social lo que se entiende cuando se hace referencia a la responsabilidad social, y, por tal motivo, tiende a confundirse ambos conceptos, cuando, por ejemplo, se alude a la que deben tener las empresas privadas. Pero, como vimos, la responsabilidad social es mucho más amplia para los comunicadores y tiene que ver, fundamentalmente, con el manejo objetivo de los instrumentos que tiene a su cargo y que se vinculan fuertemente a los primeros tres componentes.

Estos componentes de la responsabilidad social de los comunicadores sociales no siempre son convergentes. Es más, normalmente son divergentes y presentan problemas de orden ético que se “resuelven” en el plano de las estructuras de preferencias individuales de cada comunicador. Por ejemplo, puede ser que una información sobre “espionaje” a un país vecino sea una noticia que cumple con el criterio de veracidad, pero que su difusión pueda ocasionar un perjuicio al país al generar un escenario de confrontación internacional(14).

Contradicciones de la plataforma de valores y captura bidireccional

¿Por qué suele encontrar obstáculos el comunicador para ejercer su responsabilidad social? Una parte de la respuesta se acaba de mencionar: la pretensión de abarcar todos los componentes de la responsabilidad social confronta normalmente al comunicador a fuertes dilemas éticos. De modo que un primer obstáculo es intrínseco al comunicador: su estructura de preferencias individuales que surgen de contradicciones en la plataforma de valores personales(15).

En función de esta plataforma de valores, el comunicador puede actuar buscando deliberadamente adecuar su comportamiento a la responsabilidad social, o puede hacerlo sin adecuarse a ella. En el primer caso, puede hacerlo consistentemente con todos y cada uno de los componentes, o enfrentarse al hecho de que en muchas ocasiones tendrá que ceder en uno para enfatizar otro, pero, en todo momento, buscando genuinamente la mejor solución posible que sea concordante con sus parámetros éticos. Incluso cuando genuinamente quiera dar prioridad a uno de los componentes, por ejemplo para defender una causa que percibe como subjetivamente justa, como consecuencia de su propia sensibilidad social, puede sin proponérselo entorpecer la aplicación de una conveniente política pública que habría requerido, más bien, el apoyo mediático para su óptima implementación, en vez de detonantes sociales que les pusieran freno(16).

En el segundo caso, el comunicador asume una postura anárquica y pragmática, tomando cada hecho como viene, sin sujetar su interpretación y tratamiento a ningún tipo de canon ético, sino únicamente atendiendo a sus propias preferencias individuales. En este último caso, la labor del comunicador social se desvirtúa y se desnaturaliza, porque solamente atiende a sus cercanías o lejanías emocionales para el tratamiento de los hechos a comunicar. Si los conflictos entre los distintos componentes de la responsabilidad social pueden ocasionar que el comunicador no pueda tratar la noticia casi nunca con objetividad, por definición, su tratamiento casi siempre es subjetivo y marcado por su propia manera de ver el mundo(17).

Otra parte de la respuesta tiene que ver con el entorno en que desarrolla su actividad comunicacional. Toda referencia a una responsabilidad social de los medios de comunicación implica que existe una relación entre medios y sociedad. Para efectos metodológicos, conviene hacer esta distinción, aunque los medios de comunicación son parte(18) de la sociedad. Un aspecto de este relacionamiento, que resulta fundamental para el análisis de la responsabilidad social de los medios, lo constituyen los escenarios de captura recíproca de la sociedad hacia los medios, en simultáneo con una captura desde los medios hacia segmentos de la sociedad, configurando un sistema de captura de ida y vuelta o bidireccional.

Se generan escenarios de captura cuando determinados actores que no tienen poder formal sobre otros tienen la capacidad de alinear sus objetivos con ellos, de manera que los actores capturados terminan realizando acciones convergentes con los propósitos de los que impulsan la captura. El cabildeo es un instrumento legal para lograr esa captura, entre otros. La corrupción es otro instrumento, no legal, para el mismo propósito. No toda captura implica prácticas corruptas.

La captura de medios es la que se produce desde la sociedad hacia los medios de comunicación, por segmentos sociales que ejercen presión para defender ciertas posiciones ideológicas, intereses grupales o políticas públicas concordantes con dichas posiciones e intereses. Normalmente se alude a grupos económicos de alto poder como segmentos influyentes en los medios de comunicación, algunas veces llegando a realizar acciones de corrupción(19). Pero no solamente pueden ser esta clase de grupos de interés, sino cualquier otro con poder suficiente para ejercer presión.

La captura mediática va en sentido opuesto. Es la captura que se da desde los medios hacia la sociedad, colocando la agenda y enfatizando los focos de interés que serán parte del “debate político”. La captura mediática es la materialización de la sensación de esa especie de “cuarto poder” que representan los medios de comunicación social. Se trata, en alguna medida, de una “captura derivada” en razón de que la agenda concreta que establecen los medios de comunicación en la sociedad se desprende, cuanto menos en parte, de los objetivos fijados por los segmentos captores que influyen en esos medios. Asimismo, es una captura masiva, sobre el total de la sociedad, a diferencia de la captura de medios, que es focalizada uno a uno.

La contradicción de la plataforma de valores y la captura bidireccional no constituye compartimentos estancos, sino que implica vasos comunicantes diversos. Por ejemplo, habrá más propensión a una captura de medios en la medida en que menos estructurada sea la plataforma de valores del comunicador. El caso clásico fue la compra de las líneas editoriales de varias estaciones televisivas por funcionarios instalados en la Administración Fujimori, caso en el cual la captura adquirió ribetes de corrupción generalizada. También ocurrirá que una más relajada estructura de la plataforma de valores dará lugar a comportamientos más orientados a la captura mediática para influir en segmentos de la opinión pública, o en entidades del propio aparato estatal. Aquí un caso típico puede ser el lobby organizado desde los medios periodísticos para la captura, enjuiciamiento y condena a Fujimori por delitos de lesa humanidad, parte del cual habría estado patrocinado por organizaciones vinculadas a ideologías políticas que fueron objeto de duros embates de su gobierno durante la década de los noventa.

Impacto de los medios en la construcción de confianza política

¿Cómo influye la contradicción de la plataforma de valores del comunicador y la captura bidireccional a la construcción de la confianza en el plano político? Pues en que produce el resultado de que la información tiende a manejarse, normalmente, fuera de los lineamientos de la responsabilidad social del comunicador. Aún si el componente de la sensibilidad social estuviera presente en el comunicador, con particular intensidad, su voluntaria u obligada adhesión a la política de los medios, que responde a las fuerzas de la captura bidireccional, podría hacer imposible en términos prácticos que tuviera alguna repercusión sobre el tratamiento de las noticias. En otros casos, la actitud parcializada, sesgada y prejuiciosa de ciertos comunicadores, puede y suele violar simultáneamente más de uno –o, eventualmente, todos– los componentes de la responsabilidad social.

La consecuencia de ese resultado es un sistema de comunicación social que se vuelve disfuncional a la construcción de relaciones de confianza. El papel del comunicador se pone en duda y va perdiendo sintonía con la población, de manera que su rol se va percibiendo ya no sólo como inútil, sino como abiertamente perjudicial. Su credibilidad específica se va mellando, y, por extensión, la del medio para el que trabaja y, en el extremo, la de todo el sistema comunicacional.

Pero lo peor sucede en la destrucción de la confianza al interior de la sociedad misma, y en las relaciones entre el Estado y la sociedad, a todos sus niveles(20). El clima de desconfianza arropa a la sociedad peruana y hace tambalear a la legitimidad de la autoridad. El papel de la prensa debe orientarse a la crítica y la fiscalización, porque ese es uno de sus principales papeles, en especial, en el terreno político donde hay tantas razones para desconfiar del comportamiento de los actores correspondientes. Pero no abunda la imparcialidad y la ecuanimidad en el tratamiento de la noticia o siquiera en el énfasis que se da a ciertas informaciones en vez de otras, que se materializa en tiempos disímiles asignados en los noticieros televisivos o en espacios asimétricos en los diarios. Muchas veces, los entrevistadores conversan con sus amigos, pero atacan a sus enemigos; o los redactores leen entre líneas lo que les dictan sus patrones de conciencia, pero no transmiten lo que la realidad manifiesta. Y esto sucede incluso en los más representativos y considerados referentes de opinión.

¿Cómo influyen las contradicciones de la plataforma de valores y la captura bidireccional a la política, y en particular, a las políticas públicas? Respuesta: tornándolas ineficaces e ineficientes. La implementación de políticas públicas es deficiente porque no son entendidas por la población, la cual se vuelve incapaz de seguirlas, si son convergentes al desarrollo, o de cuestionarlas, en caso que sean divergentes con el desarrollo. Ejemplo de estas implementaciones que han sido deficientes, o cuando menos, que no alcanzaron la plenitud de los efectos esperados, están la privatización, la descentralización –y la regionalización como expresión más lograda– y el desarrollo rural, incluyendo el de las zonas con presencia de nativos amazónicos y otros grupos de habitantes.

Otro conjunto de políticas públicas que tienen que ver con programas de apoyo social, tratados de libre comercio, alianzas público-privadas, entre otras, también requieren ser comunicadas apropiadamente a la población para sacarles el máximo provecho. La razón es por el cambio de paradigma relacional Estado-individuo, que ha pasado de ser vertical, en el cual el Estado marcaba el ritmo de la vida social autoritariamente, bajo modelos de sociedades cerradas y ámbitos territoriales compartimentados, hacia otro tipo de paradigma de relación más horizontal, en el cual los individuos exigen explicaciones a las entidades estatales, y que pueden operar solamente en sociedades abiertas, con una gran integración informativa y una transparencia importante en el manejo del conocimiento.

¿El análisis anterior permite deducir que la falla en la aplicación de las políticas públicas –sea porque pasan las malas o se frenan las buenas– que los medios son los máximos responsables de esa ineficiencia e ineficacia? No. Definitivamente, no todo es responsabilidad atribuible al comunicador social. El buen funcionamiento de las políticas públicas requiere también, por sobre todas las cosas, además de ser buenas políticas(21), lo que es una tarea de diseño en manos de los que hacen las políticas, de adecuadas estrategias comunicacionales desde la propia esfera gubernamental. El aspecto del diseño adecuado no requiere mayor precisión, ya que hay políticas que demostradamente no funcionan. Pero a pesar de ser buena una política pública determinada, su éxito de implementación adquiere mayores probabilidades cuando se parte de una adecuada estrategia de comunicación. ¿Por qué es tan clave la estrategia comunicacional para las políticas públicas? Porque i) el Estado siempre es sujeto de desconfianza (corruptelas); ii) se tiende a percibir que no se ven los resultados tangibles de los impuestos; iii) el Estado tiene poderosos incentivos a la ineficiencia; y iv) existen severas asimetrías de información entre el Estado y la ciudadanía. De ahí que, casi por default, es imprescindible saber comunicar las políticas públicas a la población para que tengan éxito.

Conclusiones

La creciente presencia de los medios de comunicación social en la agenda política peruana les obliga a asumir una responsabilidad cada vez mayor. Esta responsabilidad, en concreto, tiene que ver con el desarrollo de la sociedad. No pueden ya seguir siendo solamente espectadores. También tienen que asumir que son parte de las soluciones. El desarrollo requiere de reglas de juego estables para florecer. Para construirlas es preciso que una sociedad sea rica en capital social, definido como la capacidad establecer relaciones de confianza a muchos niveles. Esta es la base para a partir de ella entrar a analizar que rol de cabe a los medios, y que papel le cupo antes, en la construcción de esta sociedad de confianza.

Si la confianza es necesaria para construir las bases del desarrollo, ¿son los medios de comunicación constructores de confianza en el Perú? Por un lado sí, pero por otro, no. El uso ilimitado de la libertad de expresión de los medios ha permitido que la gente sienta que tiene un amparo ante el cual tramitar cualquier denuncia ante la violación de sus derechos, que no llegaría quizá ni a ser escuchada en los canales formales del Estado, o que perciba que las autoridades públicas están mejor controladas o que actos privados ilícitos sean puestos en manifiesto ante la opinión pública con prontitud, oportunidad y claridad, gracias a elementos de equipos audiovisuales. En este sentido “micro”, específico a cada situación, hay una confianza que se añade a la población. Incluso podría pensarse que la generación de un mercado real –“blanco” o “negro”– competitivo de información cotidiana, donde casi cualquier persona premunida con aparatos audiovisuales puede actuar de “reportero” y denunciar todo tipo de acto,  crea un ambiente en que al estar todos vigilados, todo se sabe y nada puede ocultarse. Lo que plantea, a la vez, la paradoja de confianza de que esa percepción implica la sensación de que lo privado ya no existe en términos de comportamiento social, lo que obliga a cada uno, a actuar desconfiadamente frente a otros.

Pero en un sentido “macro”, poco han hecho los medios de comunicación en la construcción de una superestructura cultural de confianza, porque si bien hay más transparencia relativa a otros tiempos, también existe mucho manejo tendencioso de los medios para resaltar generalmente los peores aspectos del sistema político peruano. Esto se traduce muchas veces en una crítica que no aporta soluciones y desinforma. Se puede afirmar que “en nuestra prensa se escribe mucho en contra de los políticos tradicionales y hay quienes plantean que se vayan todos” pero “en muchos casos, estos mismos críticos quisieran que se vayan los otros para poder reemplazarlos” y “soñarían con ser elegidos, pero se saben rechazados por la gente común”(22). Pero lo peor sucede al contrastar que esa crítica no siempre es tan prolija como se piensa, sino, en muchísimos casos, tendenciosa, producto por un lado del sesgo ideológico del comunicador unido a una escasa ética informativa,  y por otro, del desconocimiento de elementos fundamentales del funcionamiento de la política y la economía.

Asimismo, carece de lógica esperar que los jóvenes puedan creer en el sistema político y en valores de una sociedad política como las que se colocan como aspiraciones de Occidente, cuando permanentemente se les “bombardea” desde los medios de comunicación con afirmaciones negativas acerca de los que representan precisamente ese sistema político. En particular, en un país donde a los máximos representantes de ese sistema, que son los propios Presidentes de la República, se les tilda de ladrones, corruptos, alcohólicos, disipados, asesinos y hasta orates, es ilógico que después a esos mismos jóvenes se les exija adhesión a los “valores” del propio sistema político.

El resultado de estos procesos de impacto comunicacional es la construcción de una “ciudadanía de forma”, menguada por el desencanto y ejercida por personas que van creyendo menos en la institucionalidad, en la autoridad y en la ley, lo que nos lleva al punto inicial: menos capital social y menos posibilidades de desarrollo. El carácter de intangibilidad del producto comunicacional genera un espacio delicado, porque promueve la ligereza en el tratamiento de temas que requieren más reflexión y conocimiento, pero que, efectivamente, afectan la percepción de las personas acerca del proceso político y económico de su sociedad. Por la misma razón, la forma de ejecutar ese tratamiento se convierte en el centro de todo análisis del papel de los medios en el desarrollo y de la responsabilidad social de los mismos.

Es importante enfatizar que construir confianza no significa destruir credibilidad al ocultar la realidad. Los medios no son responsables por pintar un mundo que no existe y por ocultar la verdad(23). ¿Es posible emprender la construcción de confianza en la sociedad, a la par de presentar descarnadamente la realidad? Quizás la respuesta a esta interrogante final pueda ilustrarse mejor con la alusión a un referente periodístico como fue Walter Cronkite, recientemente fallecido(24), y que fue, a juicio de muchos, no solamente el ícono por excelencia del periodista televisivo sino el estadounidense más creíble(25). Pero, ¿cómo construyó esa credibilidad? Parece que su secreto era que “hablaba para su nación, pero como era la más importante del mundo, pudo establecer muchas cosas para las demás: la fuerza dramática de los noticieros estelares, la informalidad de los mañaneros, las entrevistas de actualidad con factor humano. Fue, por su fama y credibilidad, la conciencia de Estados Unidos, y por eso reportó por igual a demócratas y republicanos”(26). Fama construida a base de su credibilidad individual que le permitió desplegar sus dotes de eximio comunicador en temas tan cruciales para la historia reciente de la humanidad, como disímiles en su tratamiento informativo y en la problemática que expresaban, tales como los eventos de la Segunda Guerra Mundial, los juicios de Nuremberg, la guerra de Vietnam, el asesinato de John F. Kennedy, la llegada del Apolo 11 a la Luna, la casi tragedia del retorno a la Tierra del Apolo 13 y el escándalo Watergate, entre otros muchos. Y todo esto con la capacidad de incorporar un perfecto equilibrio entre objetividad, emotividad,  prudencia, serenidad y aplomo, simultáneamente y nada menos que en la televisión en vivo y alcanzando cúspides insuperables de rating para los estándares de su época.

Todas estas cualidades, presentadas simultáneamente, permiten discurrir en el quehacer periodístico a través del estrecho cerco entre la transmisión de la información de manera objetiva, pero comunicada para provocar conmoción en el receptor, sin afectar la objetividad. Parece que Cronkite no solamente poseía estas cualidades, sino que encajaría en el ideal de responsabilidad social que hemos consignado en un acápite anterior. Se acercaría al ideal de los máximos puntajes en los cuatro componentes consignados anteriormente. La pregunta relevante pasa a ser entonces si tenemos un equivalente peruano de Cronkite. Algunos pueden sindicar a Humberto Martínez Morosini o a Alfonso Tealdo. De periodistas más recientes, podría sumarse a este trío, a César Hildebrandt. Para otros, definitivamente, no es posible encontrar la referencia peruana27 Es una polémica abierta.

Quedan más preguntas que respuestas. Y, acaso, una sola certeza: que para mejorar el papel de la comunicación social como actor del desarrollo es paso previo indispensable desmitificarla, a la vez que asignarle responsabilidad. Y, finalmente, la respuesta estará, una vez más, en el ámbito de la acción individual de cada comunicador.

Notas

  1. Aunque el término ha sido tan masivamente empleado, que como sucede con otros, ha terminado por desvirtuarse.
  2. Smith, Adam. Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 2004, 2da edición, 13ra reimpresión.
  3. En su versión original, la teoría de Adam Smith postulaba que un país debía especializarse si podía hacer algo mejor que otro, pero no daba respuesta al caso en que no pudiera hacer nada mejor que el otro. Esto era consecuencia de la idea de Smith de que el intercambio solamente podría originarse en la existencia de ventajas absolutas en la especialización de la producción. La respuesta a esta cuestión tendría que esperar a David Ricardo con el afinamiento de la teoría de Smith, que llegó con convertirse en la doctrina de las ventajas comparativas. No podemos extender aquí esta explicación.
  4. Weber, Max. La ética protestante y el espíritu del capitalismo.  Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
  5. De Soto, Hernando. El misterio del capital. Empresa Editora El Comercio, Lima, 2000.
  6. Según Karl Popper, este prerrequisito es insoslayable. La aplicación práctica está en su predicción de lo que sucedería en la ex Unión Soviética una vez caído el Muro de Berlín. Véase  Bosetti, Giancarlo. La lección de este siglo: Karl Popper. Editorial Océano, México, 1992.
  7. Mises, Ludwig von. Política económica. Unión Editorial, Madrid, 2007, capítulo 5.
  8. Para un análisis detallado de cómo las redes de confianza permiten a las empresas afrontar nuevos desafíos de crecimiento y compromisos de inversión, véase Cegarra, Juan, Antonio Briones y María del Mar Ros. La confianza como elemento esencial para la mejora de la cooperación entre empresas: un estudio empírico en pymes. En: Cuadernos de Administración, volumen 18, número 30, julio-diciembre 2005, pp. 79-98, Bogotá, Colombia.
  9. Peyrefitte, Alain. La sociedad de la confianza.  Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1996.
  10. La función de producción clásica relaciona el producto con los factores productivos trabajo y capital. Marx coloca el énfasis en el factor trabajo, y amparado en la doctrina del valor-trabajo (sólo el trabajo genera valor) desarrolla su teoría de la plusvalía, la explotación, el conflicto social, la revolución proletaria y la autodestrucción del capitalismo. De esta manera, implícitamente Marx despliega una visión del desarrollo que se vincula a la existencia del factor trabajo, pues mientras abunde más este factor, se acelerarán las condiciones para la revolución al profundizarse las contradicciones intrínsecas del sistema capitalista. Mises coloca el énfasis en el otro factor y puede llegar, también implícitamente, a una visión del desarrollo vinculado a la existencia de más capital.
  11. Incluyendo la nutrición.
  12. No solamente legal.
  13. Lo que lleva a la discusión de si es mejor un sistema político con mayores atribuciones del Estado y más decisiones discrecionales desde el poder político o un sistema con menor  intervencionismo estatal y más libertades individuales. Tal discusión no la abordamos en el presente ensayo.
  14. La difusión de la revista Caretas acerca de actividades de espionaje encargadas a una empresa privada en proceso judicial, ilustra este punto. Véase Caretas, 30 de julio de 2009, Lima, Perú.
  15. Hablamos de “plataforma” y no de “escala” de valores. El término “escala” alude siempre a dos elementos que pueden ser discutibles: primero, que alude a una idea de medición cardinal; segundo, que aunque no fueran mensurables en el sentido cardinal, sino únicamente, clasificables en el sentido ordinal, los valores siempre y en toda circunstancia mantendrán dicho ordenamiento de unos sobre otros; y tercero, que alude a un concepto de ordenamiento único, siendo que no todos los individuos, incluyendo a los comunicadores, tiene que tener el mismo orden de prelación de unos valores por encima de otros.
  16. Un caso reciente es el del conflicto entre el gobierno peruano y los nativos amazónicos. Un caso más lejano es el de la fallida adjudicación en concesión de las empresas públicas de electricidad del sur peruano o la fallida regionalización a base de integraciones departamentales durante la Administración Toledo.
  17. Sobre este particular, no nos extenderemos demasiado porque implica entrar al terreno de lo moral y salirnos del campo estrictamente descriptivo del fenómeno estudiado.
  18. Cuanto menos, los medios privados. Los medios de comunicación en manos del Estado pueden considerarse como parte del aparato estatal.
  19. El caso más flagrante de esta clase de captura corrupta ocurrió en el gobierno de Fujimori, particularmente en el segundo, aunque no fue el único caso.
  20. Un modelo de relaciones Estado-sociedad se pueden encontrar en D´Medina Lora, Eugenio. Conflicto, Estado y democracia: una perspectiva desde las relaciones Estado-sociedad. En Revista Economía y Derecho. UPC. Número 23 Invierno 2009.
  21. Por comodidad, hablamos de “buenas” en el sentido de políticas que funcionen y que además sean convergentes a propósitos de mejoras en el desarrollo.
  22. Durán Barba, Jaime y Santiago Nieto. Mujer, sexualidad, internet y política: los nuevos electores latinoamericanos. Fondo de Cultura Económica, México,  2006, pp. 22-23.
  23. Esto iría en colisión con el componente de “perfección” de la información.
  24. Deceso producido el 17 de julio de 2009, en New York, EEUU.
  25. En un comentario editorial sobre la Guerra de Vietnam, expresado en el noticiero de la CBS, Cronkite en los siguientes términos: “La única salida racional será negociar no como vencedores, sino como gente honorable y consecuente con su defensa de la democracia y que hizo lo mejor que pudo” (Cronkite, Walter.  A Reporter’s Life. Alfred A. Knoff Publisher, Nueva York, 1996). Este comentario provocó que el propio Presidente Lyndon Johnson, dijo que si perdía a Cronkite, perdía a la clase media. Tal era la dimensión de su credibilidad e influencia.
  26. Rivas, Fernando. El testigo del siglo. En Diario El Comercio, 27 de julio de 2009. Lima, Perú
  27. Ibid. Según Rivas, porque “la historia no nos ha dado ni estabilidad ni poderío para determinar un justo medio opinante, para tener una conciencia moderada que no sucumbiera a miedos, radicalismos o viles tentaciones”.

Eugenio D´Medina Lora es profesor de la Facultad de Comunicaciones de la UPC, director ejecutivo del Centro de Estudios Públicos del Perú (CEPPER) y miembro de Departamento de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es economista graduado en ciencias sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú y MBA de la Universidad de Quebec en Montreal. Es también profesor de las maestrías en ciencia política y administración de negocios en la Universidad Ricardo Palma, investigador asociado de la Sociedad Economía y Derecho de la UPC y columnista de opinión sobre temas de política y economía en diversos medios periodísticos nacionales y extranjeros.

CUESTIÓN DE CONFIANZA

Por Luis Alfonso Morey

¿Por qué confiar? ¿En quién confiar? ¿Cómo hacerlo inteligentemente? ¿Cuán confiables somos? ¿Acaso confiamos demasiado? ¿Es posible recuperar la confianza perdida? Son algunas de las preguntas a las que buscamos dar respuestas.

La confianza está presente en casi todo lo importante que hacemos en nuestras vidas y generalmente no somos conscientes de ello. Nuestros procesos de toma de decisiones la tienen como uno de los elementos más importantes. Este análisis aborda perspectivas tan complementarias como el modelo del Proyecto de Negociación de la Universidad de Harvard, el análisis económico del comportamiento humano, las ciencias sociales y la neuroeconomía.

“Existen dos causas que generan todas las confusiones:
No decir lo que pensamos y no hacer lo que decimos.
Cuando decimos lo que pensamos y hacemos lo que decimos,
nos volvemos dignos de confianza.”
Angeles Arrien, Las cuatro sendas del Chaman


Preámbulo

Hace poco, en Nueva York, a los 92 años, murió Walter Cronkite, el hombre más confiable de Estados Unidos por la credibilidad que obtuvo durante su trayectoria como periodista. Augusto Alvarez Rodrich(1) escribió al respecto: “La credibilidad es la mayor fortaleza que puede lograr una persona. Cronkite la construyó desde el noticiero de televisión que condujo a la seis de la tarde, entre 1961 y 1982, donde ofrecía ‘su’ verdad de las noticias que narraba. La gente podía eventualmente discrepar de su opinión, pero jamás puso en duda que ésta nunca era influenciada por motivos subalternos. Tras visitar Vietnam, Cronkite comentó en su programa que EEUU no podía ganar esa guerra; poco después, el presidente Lyndon B. Johnson anunció que no iba a la reelección, y dijo: “Si perdí a Cronkite, perdí al americano promedio”. La construcción de la credibilidad de un periodista exige que su opinión sea independiente de cualquier tipo de poder: político, económico y especialmente de los gobiernos”.

Así de importante es la confianza y la credibilidad en el mundo del periodismo y la política. Pero lo increíble es que así de importante es también en muchos otros aspectos de nuestras vidas: desde la familia hasta los negocios, desde la banca hasta la diplomacia. Aquí intentaremos abordar el tema de la confianza desde distintas perspectivas.

La confianza se manifiesta de manera singular en cada una de las relaciones interpersonales de la vida diaria. Aparece en las grandes decisiones que uno toma. ¿Habrá una cultura de la confianza, la que se aprende en las universidades? ¿O la vida nos la da gratuitamente, como una fruta que tenemos que hacer madurar cayendo y sufriendo pérdidas y desilusiones?

La experiencia nos demuestra que podemos prever casos de desconfianza y reconocer una tan sólida como la que existe en la amistad más cercana. A lo largo de nuestra vida llegamos a establecer diferentes grados de confianza con la gente, separando a quienes hacemos merecedores de la misma y a quienes no. Confiamos en determinadas personas para ciertos temas y en otras para asuntos diferentes. Confiamos en el diario que compramos para leer las noticias y opiniones del día y en los noticieros que vemos. Confiamos en el político por el que votamos, en la aerolínea que utilizamos y en la marca del auto que conducimos. Confiamos en la nana que cuida a nuestros hijos, pero de una manera muy diferente a la forma en la que confiamos en el banco en el que depositamos nuestros ahorros. Son relaciones de distinta naturaleza, pero en todas ellas la confianza es primordial.

Con el tiempo y las experiencias personales, uno va escogiendo y descartando a los que fallan y quiebran la confianza. Todos podemos hacer una lista de personas de fiar y también podemos hacer una con las personas con las que no haríamos un trato nunca porque sabemos de antemano que nos fallarían.

El objetivo que perseguimos aquí es presentar una reflexión en torno a qué tan presente está la confianza en nuestras vidas y analizar aspectos como qué tan confiables somos, por qué lo somos o en qué situaciones y en quiénes podemos confiar.

¿Dónde está la confianza?

La confianza engloba y aborda, de una manera general, todos los campos de nuestras vidas. Es la piedra angular de un matrimonio; de la sana relación con los hijos; de una positiva relación con los socios en una empresa. Las relaciones diplomáticas entre países se basan en este concepto. Los políticos exhortan confianza a sus electores; los gestores de empresas hacen lo mismo con sus inversionistas, los banqueros buscan generar confianza en sus ahorristas, las empresas en sus clientes y los líderes en sus seguidores. La vida misma está basada en relaciones de confianza. Tiene que existir confianza entre el médico con su paciente, entre el abogado con sus clientes, el sacerdote con sus feligreses y el periodista con sus lectores. En el campo de la economía global, todas las bolsas de valores y las instituciones financieras del mundo están basadas en la confianza. La economía moderna requiere para su adecuado funcionamiento que las personas confíen en las instituciones que las rodean.

La confianza atraviesa todas las relaciones humanas y hasta hoy el tema es abordado en forma tangencial por buena parte de los sistemas educativos. Las más prestigiosas escuelas de negocios del mundo hoy están revisando sus planes de estudios para abordar mejor este valioso generador de éxitos en la vida empresarial.

A raíz de casos de abuso de confianza como el de Enron y el más reciente de Bernard Madoff –quien reconoció haber hecho una estafa piramidal de 65,000 millones de dólares– nunca antes ha existido tanta preocupación por la crisis de confianza a nivel mundial.

¿Por qué confiar? ¿En quién confiar? ¿Cómo hacerlo inteligentemente? ¿Es posible recuperar la confianza perdida? ¿Cuán confiables somos? Son preguntas a las que buscaremos dar respuestas en las siguientes líneas.

¿Confiamos demasiado?

Hay personas que generan confianza espontáneamente. A otras les cuesta trabajo y esfuerzo. Por lo general, ganar la confianza de alguien toma tiempo y perderla puede demandar escasos segundos. Un malentendido, una frase sacada de contexto, la filtración de un chisme no aclarado o una palabra dicha en el momento equivocado se puede traer abajo una relación construida en años.

La confianza es la pieza clave en los negocios, pero no solamente en ese ámbito. Puede decirse que la confianza es uno de los elementos que nos permite disfrutar con la gente de los buenos momentos de la vida. La confianza es también un regocijo, es la tranquilidad y satisfacción de sentirnos protegidos y saber que se cumplirá aquello que nosotros esperamos de otra persona. Si no existiera confianza en los demás ni hacia uno mismo, resultaría imposible el crecimiento y las posibilidades de desarrollo.

En el mundo de los negocios, si no existe suficiente confianza, es sabido que se requieren abogados, contratos, garantías y una serie de complejos mecanismos que aseguren que la otra persona con quien se negocia algo cumplirá su palabra. Si hay confianza entre dos personas, en cambio, todo es más llevadero, fácil y económico. Si además de la confianza existe una relación de amistad, incluso todo es mucho más sencillo. Toda relación humana cercana –familiar, amical, empresarial o profesional– está basada en la confianza.

En el plano afectivo, la confianza es espontánea: el hijo confía en sus padres, los alumnos en sus maestros, las esposas en sus esposos. En otros casos, como el mundo de los negocios, la confianza se gana, fundamentalmente, con un comportamiento ético, con una trayectoria de vida llamada reputación.

Para una empresa, el buen manejo de sus marcas, su capacidad para satisfacer adecuada y oportunamente a sus consumidores, la hacen merecedora de la confianza de la gente, la diferencian del resto. La confianza es pues un símbolo de distinción.

¿Qué es la confianza?

La Real Academia de la Lengua define a la confianza, en su primera acepción, como “la esperanza firme que se tiene de alguien o algo”. En Wikipedia se señala que la confianza “se considera por lo general la base de todas las instituciones y funciona como correlato y contraste del poder, consistente en la capacidad de influir en la acción ajena para forzarla a ajustarse a las propias expectativas”.

La confianza –como el amor y la libertad– es uno de los valores humanos esenciales que todos hemos internalizado. Intuitivamente sabemos que la confianza es importante, sobre todo cuando ésta falla y aceptamos que la confianza es algo trascendente para nuestra vida en sociedad.
Construir confianza comienza con un honesto entendimiento de ella, pero entender la confianza en su real dimensión requiere de práctica y de un comportamiento recto. Eso es lo que desarrollaremos en estas páginas.
Stephen M. R. Covey, en su libro “El Factor Confianza”, señala que la confianza consta de dos elementos: por un lado lo que él llama el carácter, que es la combinación de tener una buena reputación y hacer gala de integridad. Explica que una empresa transmitirá confianza en la medida en la que se reconozca su buena reputación y sus actuaciones íntegras. Tendrá lo que se conoce como “buena fama”. Por otro lado, de nada servirá la reputación y la integridad si ésta no viene acompañada de resultados, de buenos productos y buenos servicios.

Dicho en otras palabras, para ser digna de confianza una persona o una empresa debe no solamente gozar de buena reputación, sino que debe estar en capacidad de poder brindar el resultado esperado. La confianza también es un resultado del respeto hacia las capacidades y habilidades del otro.

Confiar es bueno y está demostrado que trae como consecuencia una serie de efectos positivos. Sin embargo, hay quienes sostienen que en el mundo actual confiamos con demasiada facilidad. Y es que existen otros elementos de carácter biológico que debemos considerar. Nuestra química corporal nos recompensa por confiar. El profesor de Stanford Roderick M Kramer, en su artículo Repensar la confianza en Harvard Business Review, explica que decidimos rápidamente confiar en otros sobre la base de simples señales superficiales, tales como el aspecto físico. Kramer nos indica –con demostraciones científicas– que si el aspecto físico de una persona es parecido al nuestro se establece fácilmente un vínculo de confianza. Kramer, además, nos presenta estudios en el campo de la neuroeconomía, donde se ha demostrado que la oxitocina(2) –una poderosa sustancia encontrada en nuestros cuerpos– puede estimular tanto la confianza como la fiabilidad entre las personas. Existen estudios científicos que demuestran cuán íntimamente está relacionada la oxitocina con los estados emocionales positivos y con la creación de conexiones sociales. El contacto físico tiene también una fuerte conexión con la experiencia de la confianza. De ahí que rituales como un apretón de manos firme y mirando a los ojos sea tan significativo al momento de establecer un contacto personal.

Somos seres sociales y es por eso que estamos diseñados para conectarnos entre nosotros, para establecer vínculos con otras personas. El conectarnos con los demás y que los demás se conecten con nosotros constituye la base de la confianza.

Incluso las personas pueden pensar y decir que son desconfiadas, pero en su conducta diaria revelan algo muy distinto: que muchas veces confían incluso sin querer hacerlo. Se puede decir que nuestros cuerpos están programados para confiar. El asunto ahora es hacerlo inteligentemente.

Un aspecto que debe mencionarse es que para que realmente funcione la confianza, ésta debe ser mutua, recíproca. Normalmente existe reciprocidad cuando se establece una relación entre dos personas que gozan de una posición más o menos parecida. Sin embargo, no pasa lo mismo cuando existe una enorme asimetría de poder entre las partes. Un cliente confía en el supermercado donde hace sus compras, pero no necesariamente ocurre al revés. Lo cierto es que en tanto exista cierta simetría en el poder de negociación de las partes, cada una confiará en la medida de que la otra también lo haga. En casos de asimetría de poder la confianza se generará no en función a la reciprocidad, sino con base en otros criterios, como la credibilidad de las partes.

Laurence Cornu en La confianza en las relaciones pedagógicas señala que la confianza no es otra cosa que una hipótesis sobre la conducta futura del otro con quien nos vinculamos. Es una actitud que concierne al futuro, en la medida en que ese futuro depende de la acción de otro. Es sus palabras, la confianza es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse del no-control del otro y del tiempo.

A confiar con inteligencia

Muchas veces uno se pregunta qué debe hacer una persona para confiar y ser confiable. Para llegar a ser una persona digna de confianza, con credibilidad, uno debe siempre cumplir con su palabra. Tan simple como eso. Ser confiable es fácil en la medida de que estemos acostumbrados a decir la verdad y cumplir la palabra empeñada, aún en situaciones extremas. Del mismo modo, uno confía en otro en la medida en que sabe que la persona con quien se relaciona no le fallará.

Hacen falta otros factores, pero lo más importante es, como se dice, comportarse adecuadamente, a la altura que exigen las circunstancias. La consistencia, el ser predecible y el que la gente sepa que uno no va a incumplir su promesa es fundamental para una sana circulación de este elemento.

La confianza es más que una virtud social. Hemos dicho, además, que es un motor que mueve la economía. La confianza es una habilidad que se aprende, que incrementa la rentabilidad en las organizaciones, que reduce los costos transaccionales y que hace las relaciones interpersonales más dinámicas. Cuando existe confianza las operaciones económicas son más eficientes, los intercambios más rápidos y las relaciones entre quienes interactúan son mejores.

La confianza transforma a las personas y las hace evolucionar para tener una relación de colaboración y mutuo beneficio. La falta de confianza, en contraposición, limita la capacidad de interrelacionarse y los miedos y temores que ésta genera dificulta poder crecer.

Dicen que la confianza es como el dinero: difícil de ganar y fácil de perder. Para ganar la confianza de la gente y poder influir en las personas hemos indicado que lo más importante es decir la verdad y ser capaz de cumplir lo que se promete. Con ese comportamiento –a lo largo de la vida– uno va ganando credibilidad y se convierte en una persona confiable.

Existen muchos mecanismos, ejercicios y técnicas para generar confianza. El más conocido y práctico es la generación de la amistad sincera. La amistad no se impone ni se programa. La amistad se basa justamente en el establecimiento natural de mutua confianza. Se genera en distintos momentos de la vida y por diversas situaciones: en el colegio, la universidad, en el vecindario, en los negocios; las razones por las que surge son las más variadas: intereses y tópicos comunes, preferencia por ciertos deportes, aficiones similares, necesidades complementarias o recíprocas, etc.

La amistad se muestra en los momentos felices de una persona: el nacimiento de un hijo, la celebración de un ascenso en el trabajo, la inauguración de una nueva casa, la firma de un contrato importante, así como en  los momentos duros, como la pérdida de un ser querido, una hospitalización o momentos parecidos. La amistad también se materializa cuando se comparte un momento para pedir un consejo o contar sobre un proyecto o en situaciones donde simplemente se intercambian ideas.

Como seres sociales, necesitamos de personas a las que podamos recurrir solamente para hablar, para que nos escuchen y recurrimos a ellas porque tenemos la confianza de que nos prestarán atención y se interesarán por nosotros.

Debe tenerse presente que dentro del marco del Análisis Económico(3) del comportamiento humano se sostiene que las personas hacen aquello que les conviene y no aquello que no les reporta beneficios. No se trata por cierto de un frío análisis monetario, sino de un análisis integral –muchas veces rápido e inconsciente– de las relaciones interpersonales y los beneficios y perjuicios que éstas traen consigo.

Por eso es importante considerarlo no solamente en el campo del establecimiento de relaciones sociales, sino al momento de evaluar si es que es posible confiar en una persona o no.

Una persona, generalmente, se comportará racionalmente, es decir, realizará aquello que considera que le reportará beneficios y no lo que piensa que le traerá perjuicios. Dicho en términos del Modelo de Negociación de Harvard(4), obrará de modo tal que logre satisfacer sus intereses. Es por ello indispensable conocer cuáles son esos intereses en juego al momento de negociar.

Podré confiar en que un acuerdo se cumplirá sin problemas siempre que éste logre satisfacer los intereses de las personas que han participado en una negociación. Si una no logra satisfacer sus intereses con el acuerdo al que ha arribado, no tendrá incentivos reales para cumplir con éste.

Hasta donde confiar: ¿Dónde están los límites?

¿Se puede confiar a ciegas? ¿Es posible hacerlo? La experiencia demuestra que si uno no desea sorpresas desagradables, lo mejor es no confiar a ciegas. Si uno no conoce bien a su interlocutor, por más confiable que parezca, lo razonable es confiar con prudencia, recabar información básica y sobre esa base tomar una decisión.

Uno debe contar con información suficiente que le permita determinar si la persona con la que se va a vincular y en quien pretende confiar es capaz de cumplir con su palabra y si tiene la real intención de cumplir. Además, debe conocer sus antecedentes, su historial, la forma como se ha comportado antes en situaciones similares. De ahí que las referencias personales y las cartas de recomendación en muchas ocasiones sean tan importantes.

En muchos casos, sin embargo, la confianza es también un acto de fe. Incluso la persona que parece más confiable y que tiene mejor historial puede incumplir. Siempre existe la posibilidad de que eso ocurra y es por eso que los abogados recomendamos en los contratos siempre establecer una cláusula de salida. Y es que uno debe estar preparado para todo y saber de antemano qué consecuencias puede traer un incumplimiento voluntario o involuntario de la otra parte.

Muchas personas se guían por su intuición, pero eso no es suficiente ni recomendable. Es mejor cerciorarse. No se trata de confiar por confiar. Dependiendo del marco cultural y del contexto, la confianza puede o debe presumirse. Debe tenerse muy en consideración el contexto y el lugar en el que se establece una relación o dónde se pretende realizar un negocio o cerrar un trato. La legislación peruana, como la de la mayor parte del mundo occidental está basada en la buena fe de las personas. Presumimos que la gente actúa, generalmente, con buenos propósitos. Sin embargo, lo más recomendable para evitar decepciones y malos ratos es actuar con la debida diligencia. Realizar el due dilligence para confirmar que aquello que se  dice o promete en el marco de una negociación puede realmente ser cumplido.

La pérdida de la confianza

Todos conocemos casos de pérdida de la confianza. Desde asuntos familiares hasta temas empresariales, políticos o diplomáticos. Una actuación inapropiada, un incumplimiento y automáticamente todo lo que uno ha construido con esfuerzo durante un largo periodo se destruye. Un acto de infidelidad marital en el aspecto familiar o la violación de una cláusula de confidencialidad en un asunto de negocios difícilmente permiten que la relación entre las dos personas continúe.

Las mentiras -grandes y pequeñas- confunden, destruyen la confianza y pueden provocar la ruptura de las relaciones interpersonales. Así como un engaño amoroso destruye una relación de pareja, un padre que miente a su hijo destruye la confianza que éste puede tener en él. Es fácil perder la confianza en alguien cuando esa persona con quien tratamos no actúa con justicia y transparencia. Sea un comerciante, un profesional o un amigo, si esa persona se aprovecha de nosotros, abusa de nuestra falta de conocimiento en un tema o de nuestra buena fe, destruye la confianza y la relación se acaba. Y es que la mentira busca siempre ocultar, en todo o en parte, la realidad. Mentir implica engañar intencional y conscientemente. Mentir está en contra de los cánones morales de muchas personas y está catalogado como pecado por muchas religiones. Los filósofos están divididos sobre si se puede permitir a veces una mentira(5). Un mentiroso es una persona que tiene cierta tendencia a decir mentiras. Debe tenerse presente que la tolerancia de la gente con los mentirosos por lo general es muy pequeña, y a menudo sólo se necesita que se sorprenda a alguien en una mentira para que se le etiquete como mentiroso y se le pierda para siempre la confianza.

Que las mentiras desaparezcan del ámbito de la política, de la justicia, de la diplomacia, del periodismo y de otros muchos ámbitos de la vida social es algo virtualmente imposible, pero lo que sí es posible es controlar nuestro propio comportamiento actuando con veracidad y exigiéndola.
Llevando el tema de la confianza al terreno de los negocios, debemos destacar que en el plano empresarial peruano existe el concepto de la “criollada”. Esta consiste en aprovecharse de alguien en una negociación, engañarlo, sacarle el máximo provecho y creer que con eso se ha hecho un gran negocio. Esa mezcla de viveza, astucia y abuso de poder que a veces hace sentir ganadoras a esas personas mina la confianza y las convierte automáticamente en personas peligrosas de las que hay que alejarse. Esas personas muchas veces no son conscientes del enorme daño que le hacen a su prestigio y reputación comportándose de esa manera, y a la larga sufren las consecuencias. La improvisación y el engaño suele servir para quien no mira el largo plazo o para los que no tienen escrúpulos, pero no para quien quiere ocupar una posición importante y respetable en el mundo de los negocios.

Dentro de este esquema, donde la confianza pasa al último lugar, otro efecto que muchos buscan en una negociación es “ganarle” a la otra parte a toda costa en el proceso. Frente ese enfoque existe una manera más inteligente y productiva de enfocar las negociaciones y es la que fue desarrollada por los profesores Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton del Proyecto de Negociación de la Universidad de Harvard(6). Ellos desarrollaron el método que se conoce en el mundo como el modelo de los 7 elementos y en él plantean enfocar las negociaciones de una manera colaborativa e integradora. En este modelo el tema de la confianza es medular. El método consiste en enfocarse en satisfacer los intereses en juego en una negociación -los propios como los de la otra parte-, hacerlo de forma creativa, justa y en un proceso colaborativo basado en la confianza mutua. La idea central detrás de este enfoque es aprovechar al máximo las negociaciones, crear y distribuir valor y no dejarlo sobre la mesa en la que se negocia. El objetivo que se alcanza con este enfoque es satisfacer los intereses en juego, mantener una buena relación con quien se negocia y ser eficientes y justos. Y es que en este enfoque se tiene presente el largo plazo y todos los beneficios que trae consigo confiar y laborar. Es un método que permite ser íntegros y confiables y, al mismo tiempo, alcanzar los resultados que buscamos.

A todo esto debe sumarse el hecho de que hoy en día es inevitable ser transparente. En el mundo de los negocios, la capacidad de ocultar secretos está desapareciendo. No basta con decir la verdad y ser honesto, hay también que parecerlo, es la regla. En términos de la confianza, las percepciones son tan fuertes como las realidades. Cada detalle es importante para que la real confianza se pueda proyectar.

Algunos sostienen que es imposible recuperar la confianza. La mejor imagen para graficar esto es el de una porcelana muy fina que es rota y luego pegada: No queda igual. Tampoco existe crisis de confianza: o se confía o no. No hay términos medios. Pese a que es un asunto complejo, diversos ejemplos en el mundo demuestran que la confianza perdida sí se puede recuperar. Lo vemos en políticos, entidades bancarias y relaciones familiares.

De ahí que la forma en la que nos relacionamos con nuestro entorno, el estilo con el que negociamos y la forma en la que nos comportamos con las personas sea tan importante. Cualquiera que sea la profesión que uno tenga, lo que mayor valor adquiere con el tiempo es su reputación. Ésta puede ser positiva como negativa. Cuanto más sonado es un aspecto favorable de la trayectoria de una persona, en el tiempo inmediato, más pulcra será la imagen; más atractiva y respetada será la confianza hacia ella. Y ocurre lo mismo en el caso inverso. El desprestigio y la mala imagen pueden limitar el radio de acción de un individuo. De la información sobre el cumplimiento de obligaciones se valen, por ejemplo, las casas de créditos con sus clientes: rastrean en las bases de datos especializadas para otorgar su confianza. Si una persona es cumplida tendrá un buen historial crediticio y se le abrirán las puertas de todos los establecimientos. En cambio, en caso que éstos hayan pasado una fecha estimada de pago, los indicadores de riesgo subirán y la mala reputación crecerá. El mal comportamiento en el mercado restringe la libertad de las personas. La confianza también es pues un productor de libertades. Habría que preguntarse cuán libre es uno cuando produce desconfianza.

A manera de conclusión

A la luz de las distintas aproximaciones al tema, podemos concluir que no se puede obligar a la gente a confiar en uno, pero sí podemos ser personas confiables. Comparto a continuación un resumen de algunas ideas sacadas de diferentes enfoques sobre la confianza, las que pueden resultar útiles.

  • Uno debe ser predecible y tener credibilidad. Para ser confiable, el comportamiento de una persona no debe ser como el azar. Tiene que existir cierto grado de predictibilidad. El mapa conductual en los negocios se tiene que ver en todos nuestros pequeños y grandes actos. La credibilidad está basada en ser una persona digna de fe y confianza.
  • El cumplimiento de la palabra empeñada es fundamental. Decir lo que pensamos y hacer lo que decimos nos convierte en personas coherentes y, por ende, confiables.
  • No asumir compromisos más allá de los límites permite tener el control de la situación y no verse negativamente afectado por el incumplimiento de terceros. Si algo está fuera de control, uno no tiene por qué asumir compromiso al respecto.
  • Ponerse en los zapatos de la otra persona. No hay nada mejor que explorar cuáles son las motivaciones, los intereses, los miedos y temores que existen en la persona con quien uno se va a relacionar. Eso permite entender su comportamiento y construir fórmulas de solución o de acuerdo a lo que se negocia y generar un clima de confianza.
  • La reputación se construye permanentemente. No permita que digan cosas falsas sobre usted. Si es así, lo mejor es aclarar los incidentes y que la verdad prevalezca. Un incidente mal aclarado puede traer consecuencias inesperadas y una “mala fama” inmerecida.
  • Ser puntual no es un detalle. Es primordial estar a tiempo. No tener en consideración el tiempo de las otras personas denota desinterés por el otro, genera malestar y mina la confianza. La puntualidad es la primera tarjeta de presentación.
  • Emplear criterios de legitimidad en las negociaciones permite ser justos y percibidos como tales. Su utilización ayuda a que no parezcan abusivas ni caprichosas las ideas y propuestas y ayuda a que las partes que negocian estén satisfechas con el acuerdo al que se arriba.
  • Relacionarse y comprometerse con cuidado. La debida diligencia es imprescindible si uno no quiere tener sorpresas desagradables. Es preciso saber con quiénes se relaciona y conocer los fines que persiguen. Si eso es claro, la relación con la contraparte será directa y sincera.

Buenos indicadores de confianza son la cantidad y la calidad de amigos que tenemos, el número de personas que acuden a nuestro negocio o institución, la cantidad de gente que está dispuesta a delegarnos cosas importantes o las responsabilidades que a uno se le asignan en el trabajo.

Tener presente cuán importante es la confianza en nuestras vidas nos puede evitar problemas, nos puede generar una serie de oportunidades en el ámbito familiar, social o empresarial y puede servir a que nuestros procesos de toma de decisiones en todas esas áreas sean más eficientes.

Referencias Bibliográficas

  • ARRIEN, Angeles. http://www.angelesarrien.com/
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  • KRAMER, Roderick M, Repensar la confianza – Rethinking trust, Harvard Business Review, Junio 2009.
  • RAIFFA, Howard. The Art and Science of Negotiation. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1982. 373 pp.

Notas

  1. En su columna de opinión en el Diario La República. http://www.larepublica.pe/claro-y-directo/19/07/2009/cuestion-de-confianza.
  2. La oxitocina es una hormona relacionada con los patrones sexuales y con la conducta maternal y paternal que actúa también como neurotransmisor en el cerebro. Se sostiene que su función está asociada con la afectividad, la ternura, el contacto y el orgasmo en ambos sexos. Algunos la llaman la “molécula de la monogamia” o “molécula de la confianza”. En el cerebro está involucrada en el reconocimiento y establecimiento de relaciones sociales y en la formación de relaciones de confianza y generosidad entre las personas.
  3. Gary Becker es un economista estadounidense, Premio Nobel de Economía en 1992, quien ha desarrollado una serie de ideas en torno al análisis microeconómico en una serie de comportamientos humanos fuera del mercado. Partiendo de su enfoque económico, Becker afirmó que los individuos actúan de manera racional. Investigó este supuesto en cuatro áreas de análisis: el capital humano, la criminalidad, la discriminación por sexo o raza y el comportamiento de las familias.
  4. El Modelo de Negociación de la Universidad de Harvard es uno de los más efectivos marcos metodológicos para desarrollar negociaciones. La distinción clave entre intereses y posiciones es una de las contribuciones principales de esta metodología. De acuerdo a ella las personas actúan en las negociaciones con la finalidad de satisfacer ciertos intereses, que son las motivaciones, aspiraciones y preocupaciones que deben ser atendidas.
  5. Platón decía que sí se justificaba mentir, mientras que San Agustín y Kant sostenían lo contrario.
  6. Un buen resumen del modelo de negociación se encuentra en el libro Getting to Yes: Negotiating Agreement without living in (Sí, de acuerdo. Cómo negociar sin ceder), escrito por Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton.

Luis Alfonso Morey es abogado por la Universidad de Lima y Master in Media Management por la Universidad de Navarra. De ha desempeñado como abogado y consultor para diversas empresas e instituciones, ha sido director de Cable Canal de Noticias, gerente general de RBC Televisión y asesor de la Alta Dirección de Panamericana Televisión, responsabilizándose de conducir “Más allá de la noticia” en Canal 11 y “24 Horas, Edición Central” en Canal 5. Es profesor de la UPC en los Cursos “Sociedad y Estado en el Perú” en la Facultad de Comunicación y “Gobernabilidad” en la Facultad de Derecho.

EL RIESGO DE CONFIAR

Por Liliana Galván

Tanto el que “otorga la confianza”, como el que “la recibe” son autores de la dinámica de sus interacciones. Es fundamental que esta relación, que se construye sobre la base del riesgo, sea reconocida y analizada. El que confía debe reconocer el grado de propensión que tiene para confiar y  a partir de cuánta información o tipo de sentimientos construye su “confianza en el otro” y sobre qué señales se funda. Y el que recibe la confianza debe conocer las expectativas que sobre él descansan. Ambos son responsables de la construcción o de la destrucción de la confianza.

¿Por qué a mí? es la frase que surge cuando sientes que has sido traicionado por algo inesperado, algo que jamás imaginaste que podía suceder. Te sientes decepcionado, desubicado, desautorizado y, a la vez, responsable por las fatales consecuencias de la pérdida de confianza. ¿Con quién estuve conviviendo, por qué no me di cuenta, de qué modo me he engañado, hasta qué punto he sido también responsable y me he coludido con mi agresor? ¿En qué basé mi confianza? ¿Habré sido demasiado ingenuo? ¿Será en adelante necesario asumir una actitud vigilante? ¿Volveré a confiar?

Pensamientos semejantes nos pueden invadir ante situaciones en las que la confianza ha sido burlada. Le sucede a parejas, a instituciones, al Estado o a uno mismo, cuando el autoengaño aparece cada vez que uno deja de ser consistente con sus propios valores. ¿Por qué a mí? puede parecer una respuesta narcisista ante esa voz que te dice: «Yo soy omnipotente» y, aunque eso suceda históricamente desde que Caín mató a Abel, «yo no he hecho nada para merecerlo».

Pero una relación de confianza, según Mayer (1995), es una relación diádica, en la que ambos tienen un rol y un compromiso. Tanto el que «otorga la confianza» (trustor) como el que «la recibe» (trustee) son autores de la dinámica de sus interacciones. Esta relación, que se construye sobre la base del riesgo, se sostiene fundamentalmente en el reconocimiento y análisis. El que confía debe reconocer el grado de propensión que tiene para confiar y a partir de cuánta información o tipo de sentimientos construye su «confianza en el otro» y sobre qué señales se funda. Y el que recibe la confianza debe conocer las expectativas que sobre él descansan.

A partir de esta diferenciación de roles que hace Mayer, se podría plantear —por oposición— la existencia de «antirroles» cuando la confianza se rompe y se inicia una nueva relación entre el «defraudado» y la persona que ha «traicionado». El costo de esta nueva relación puede ser muy alto, por lo que puede transformarse en un vínculo de amor–odio, en un nuevo acuerdo legal con mayores restricciones, o en una relación que penaliza o controla persecutoriamente cada paso del que traicionó la confianza. En el caso de una relación laboral, este puede ser el principio de una relación de hostigamiento, en el que los roles iniciales se invierten. En el caso de las relaciones matrimoniales, ese «juntos hasta que la muerte nos separe» se puede tornar en una cadena perpetua.

La confianza puede ser concebida como una sólida roca, pero también puede visualizarse como un delicado cristal. Al respecto, Rodrigo Yáñez(1) (2008) realiza un estudio para explorar cuál es el significado metafórico de la confianza y encuentra, entre las metáforas más citadas, que la confianza es como «los cimientos, la piedra angular o el pilar de una construcción», es decir, parte esencial y base de la relación interpersonal.

Por ello, ambos individuos son responsables de la construcción o de la destrucción de la misma, pero ¿qué es lo que se rompe cuando se destruye la confianza con alguna acción? ¿Es una acción repentina o es un acto sostenido en el tiempo y que uno no percibe hasta que la solidez de la roca, tal y como en el caso del picapedrero, se quiebra en muchos pedazos, luego de darle y darle golpes? Para algunos, la confianza se gana poco a poco, pero se pierde de golpe, por la conciencia súbita del deterioro del objeto de confianza.

Cabe preguntarse, cuando una persona traiciona la confianza del otro, si se trata de un asunto ligado a la naturaleza no confiable de la persona o de la relación interpersonal en sí.  En este contexto, Mayer se cuestiona si existe una propensión a confiar o si esta es producto de la experiencia. En este caso, es posible visualizar la propensión a confiar como en un continuum, desde aquel que confía plenamente en la humanidad, o sea, «el ingenuo», pasando por aquel que otorga la confianza poco a poco, hasta aquel que desconfía incluso hasta de su sombra.

Propensión: la confianza nace o se hace

La propensión se puede definir como la voluntad generalizada de confiar en otros (Mayer, Davis y Shoorman, 2005). Dicha tendencia se forma de acuerdo con las experiencias favorables o desfavorables, los sistemas de crianza, la historia personal, los rasgos de personalidad, el contexto social, etc. Existe una predisposición en algunas personas a confiar ciegamente por el supuesto de que el ser humano es bueno y digno de confianza por naturaleza. Es como confiar por default. Según Kramer (1999), esta tendencia se genera por experiencias favorables desde la primera infancia, así como por factores culturales.

Erikson(2) define que desde el nacimiento hasta la edad de un año y medio, aproximadamente, el niño se enfrenta al primer conflicto de su desarrollo: confiar versus desconfiar. El niño, desde los primeros días, aprende a predecir si el lugar en el que ha nacido es confiable o no. El bebe que recibe con frecuencia atención a sus necesidades físicas y afectivas fortalece su capacidad de predecir si sus cuidadores son consistentes. Si el niño logra el equilibrio, debido a una atención sostenida, desarrolla —según Erikson— la virtud de la esperanza, por la seguridad de que al final siempre aparecerá alguien para cuidarlo.

El vínculo entre la madre y el niño es la base de las futuras relaciones. Mientras más estable y presente esté la madre, mayor seguridad y confianza sentirá el niño. El primer logro social del niño es permitir que su madre se aleje de su lado, porque ella se ha convertido en una certeza interior y en algo exterior previsible, esto es la base de la confianza en sí mismo y posiblemente el inicio de la percepción de la confiabilidad. Uno no puede proyectar en los demás confianza si no confía en sí mismo. Por contraste, la incertidumbre en la que viven los niños en estado de abandono genera en ellos una «desconfianza básica» que los acompañará en los siguientes estadíos de su desarrollo.

Confianza ciega: pongo mis manos al fuego

Hay un proverbio de origen ruso que dice: «Confía, pero verifica». Es decir, puedes sentir confianza, pero no te confíes demasiado, revisa y haz un seguimiento. En español, «confiar» proviene del latín fiducia, confidere, que viene de fides, «fe o creencia». En cambio, la palabra en inglés trust proviene de faithful, que es «esperanza». Creencia, fe o esperanza son términos subjetivos y relacionados con el futuro, con algo predecible, pero a la vez incierto. Por su parte, «verificar» proviene de verus, «verdad». Confía, pero verifica, vale decir, asegúrate y demuestra que es verdad. En este contexto, puede parecer inocente poseer una confianza ciega cuando cargas con una serie de responsabilidades y además tienes que dar la cara por ellas.

A pesar de todo, entregas a tu hijo en manos del médico, entregas tu dinero a la bolsa de valores, entregas la vida a una persona que dice amarte, entregas tu tiempo a una organización y esperas lo mejor; te sientes vulnerable, pero sabes que te han prometido no fallar y supones que tienen toda la voluntad y el talento para cumplir. El riesgo es grande y las consecuencias de un error pueden ser fatales. No confías plenamente, pero no queda otra salida.

Somos dueños de nuestro propio destino, pero no podemos negar que nuestra vida está en manos de muchas personas. Desde aquella que nos proporciona alimentos sanos hasta la que nos orienta en el mantenimiento de nuestra salud, o la persona que cuida de nuestros hijos mientras trabajamos. Como seres sociales, necesitamos del «otro» para realizar nuestros sueños, para transformarnos y para crear cultura. Como seres interdependientes, compartimos la vida a partir de un acuerdo social o «contrato psicológico» (Schein, 1982) con el que nos comprometemos. El contrato psicológico es aquel acuerdo tácito que se establece entre dos personas en relación con sus expectativas y compromisos.

¿Pero hasta qué punto este acuerdo es claro y explícito para ambas partes? Acostumbrados a la acción, la reflexión sobre los roles y tareas a veces queda de lado, en el campo de los supuestos y creencias.   Porque una cosa es la que se dice y a veces otra la que se comprende. Por lo tanto, nada nos garantiza que nuestras expectativas serán completamente cubiertas. La experiencia puede ayudar a diferenciar situaciones, pero no se puede negar que el comportamiento humano es muy complejo y que aún no podemos predecir el futuro con certeza.

Según Laurence Cornu (1999), «la confianza es una hipótesis sobre la conducta futura del otro», pero ¿en qué se basa esa hipótesis? ¿Es acaso en alguna evidencia previa, en un sexto sentido, en un ojo clínico, en experiencias favorables o desfavorables? Cornu menciona que es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse por no poseer el control sobre el otro, lo cual nos hace vulnerables a ese «otro», de quien puede depender nuestra seguridad, economía o estabilidad emocional.

La confianza está asociada a la entrega voluntaria al «otro» de algo que para uno es indispensable o vital (Yáñez, 2008). Desde el momento en que uno hace esa entrega, solo se espera que el «otro» tenga conductas positivas hacia el objeto de la confianza, llámese hijo, salud, dinero, conocimiento, etc. Mientras tanto, uno se puede sentir tranquilo y seguro en la medida en que, en otra oportunidad, las expectativas, en una situación semejante, fueron cubiertas. En caso contrario, el sentimiento de vulnerabilidad puede generar mecanismos de defensa y control, en un contexto en el que no existen posibilidades para monitorear o controlar a la persona en quien se confía. Para Mayer, la confianza es la voluntad de tomar riesgos. Claro, si está en juego la salud de un hijo, los bienes personales o la seguridad laboral, pues el riesgo es muy alto.

Ojo clínico: percepción de confiabilidad

Una percepción afinada para reconocer los atributos que aseguran la confiabilidad es parte de la sabiduría de las relaciones interpersonales. Cuando alguien se «gana la confianza» es porque, en múltiples ocasiones, el que confía ha recogido evidencias que aumentan la probabilidad de que el «otro» responda de manera confiable. El grado de «predicción» es lo que asegura la confianza. ¿Cuán responsables somos al tratar de predecir un comportamiento? ¿Qué señales son las que tomamos en cuenta?

Baker (2008) asegura que para ser merecedores de confianza es necesario poseer dos factores: la voluntad y la habilidad. Es decir, no basta con la voluntad de apoyar, sino que se requiere ser competente y poseer experiencia. Esto se relaciona con otros atributos que menciona Yáñez (2007), quien señala que esta persona sea —además de competente, íntegra y benevolente— abierta a la comunicación y con una identidad social común.

Ante esto, Mayer (1995) propone un modelo de confianza en el que señala tres factores que definen la confiabilidad: habilidad, benevolencia e integridad.

Señala que la habilidad es mucho más sencilla de reconocer en el campo laboral, si es que la persona demuestra que es competente en un área técnica relacionada con el objeto de la confianza, como es la de realizar un balance, diseñar un programa, evaluar a un subordinado. En cambio, la benevolencia es el atributo que señala que la persona posee la voluntad de hacerle un bien a quien le ha depositado la confianza, pero esto dependerá de la relación que se construya entre ambas personas, para que ese afán de hacerle un bien sea auténtico y no inducido por la presión del rol o del cargo. Robbins (1999), denomina “confianza por disuasión” cuando ésta se basa en el miedo a las represalias, por la obligación de servir a otra persona. Un empleado que es leal y fiel por miedo a perder el empleo otorga una confianza por disuasión que puede confundirse con una actitud benevolente y auténtica.

Por último, el tercer factor, la integridad, lo define como la escala de valores y principios que el que confía comparte como aceptables del otro. Esto es mucho más delicado porque exige que compartan una identidad social común. Sin embargo, nada es seguro en una relación de confianza, la dinámica puede sostenerse en el tiempo o cambiar y transformarse por diversas circunstancias de la vida de ambos actores o instituciones.

Por otro lado, hay personas que pueden fingir señales externas de honradez que nos pueden confundir, sobre todo cuando «vemos lo que queremos ver» (Kramer, 2009). En este caso, influyen nuestro sesgo y los estereotipos sociales que llevamos en nuestra mente. Esto nos predispone a interpretar con «señales» que son familiares a personas desconocidas como conocidas.

Nikolas N. Oosterhof y Alexander Todorov(3), demostraron a través de una investigación de qué modo la personalidad puede ser reconocida por la expresión del rostro. A través de ella descubrieron que la percepción de la confiabilidad se forma a partir de la lectura de las expresiones del rostro de felicidad o de cólera. En los rostros percibidos como confiables la felicidad es percibida como más intensa; por contraste, en los rostros percibidos como menos confiables la agresividad es percibida como más intensa. La gente necesita inferir acerca de las intenciones del «otro», para lo cual recurre a la lectura de las expresiones faciales. Estos estudios también demuestran que la amígdala, región subcortical del cerebro, que interviene en el condicionamiento del miedo y en la consolidación de la memoria emotiva, juega un papel clave en la percepción de la confiabilidad.

En los casos en los que hay ausencia de señales emocionales para identificar las intenciones del «otro», la persona evalúa la expresión del rostro. Los rostros femeninos o de bebes son percibidos como más confiables que los rostros que reflejan madurez o son masculinos. También se observó que, según el valor que le dé a esta expresión, la persona sentirá atracción o rechazo.

En este sentido, en medios de comunicación en los que no hay un contacto físico, como en Internet, éstas señales no son las mismas.  La comunicación a través de Internet cuenta con otro tipo de referentes, como fotografías, videos, textos que el emisor selecciona y proyecta su auto-imagen tal como desea que se le vea a través de la pantalla.

Internet podría convertirse en una fuente constructiva de capital social, si se pudiese contar con una confianza on line. Si se pudiese asegurar la confiabilidad de la comunicación a distancia, más gente se comprometería a utilizarla. La «falta de identidad» y el «anonimato» no permiten construir un vínculo basado en la confianza. En la relación on line no se cuenta con las mismas señales o características del «otro» que en la relación presencial, lo cual dificulta el proceso de diferenciación que uno necesita para depositar el grado de confianza.

Cultura de la sinceridad en las organizaciones

El reto consiste en crear una cultura de transparencia y honestidad, en la que los líderes generen confianza en sus instituciones a través de sus propios actos. La estrategia consiste en fortalecer una relación simbiótica de confianza en la que los líderes, al admitir sus errores, buscan contra argumentos, compartir información, actuar como modelos, provocar que los demás confíen en ellos. A esto O’Toole y Bennis (2009) le llaman arquitectura organizacional que fomenta la sinceridad.

Entre las tácticas que inspiran a los empleados a confiar están la influencia racional, la provisión de autonomía y el desarrollo de relaciones interpersonales de alta calidad entre el líder y el miembro del equipo, siendo esta última la más efectiva (Douglas y Zivnuska(4), 2008). La influencia racional consiste en practicar el razonamiento lógico y el conocimiento fáctico para influir en el otro. Esta es una práctica poco común cuando el líder considera que la «lógica de la operación» es algo obvio que no es necesario hacer explícito. Así, si el conocimiento tácito, encarnado en el líder, no es retroalimentado al empleado, las expectativas sobre el conocimiento del empleado pueden ser infundadas. Es necesario verificar las habilidades y saber si el empleado ha entendido la tarea.

La provisión de autonomía es un indicador en el que el jefe comparte el «control». La confianza se aprecia como un proceso recíproco. Las parejas más autónomas regulan su confianza y no se defraudan. El que da confianza recibe confianza. Una relación de alta calidad se caracteriza por el apoyo mutuo, las metas comunes y la formulación de tareas desafiantes que aumenten la motivación y refuercen la comunicación efectiva.

La desconfianza genera dependencia e ineficacia. Cuando un jefe dice «Mejor lo hago yo mismo y no dejo que otros lo hagan porque luego tengo que intervenir» se genera un comportamiento dependiente en el que «el que más sabe» se convierte en el subordinado del «que menos sabe».

A continuación, se listan una serie de comportamientos que podrían ser considerados como «señales» o indicadores de desconfianza(5) en una relación interpersonal:

  • No cumple con las promesas.
  • Dice una cosa y hace otra.
  • Pospone plazos.
  • Saca ventaja.
  • Desplaza a otros.
  • Sabotea procesos.
  • No hace un seguimiento.
  • Se preocupa por los resultados sin importar el medio.
  • Utiliza a otros para conseguir sus propios intereses.

No es necesario contar con todos los indicadores aquí mencionados para evaluar el grado de confianza en el “otro”.  Bastaría que algunos de estos comportamientos se presenten de manera recurrente, para reconocer que la persona no es merecedora de una confianza plena.

¿Se reconstruye la confianza?

¿Comprender, perdonar, olvidar y arriesgarse de nuevo? Depende de qué atributo es del que carece la relación de confianza. Si se trata de un tema de competencia, estamos ante un mal menor porque esta podría desarrollarse. Si se trata de un asunto de benevolencia, estamos en el ámbito afectivo en el que puede haber un resentimiento por la falta de consideración. La decisión de confiar tiene un componente cognitivo y otro afectivo. El cognitivo permite calcular el grado de confiabilidad del otro, pero el afectivo te compromete por el vínculo que se establece entre ambas personas (Yáñez, 2008) y este se puede reforzar con el tiempo, gradualmente. Pero si lo que falló fueron los valores, entonces la posibilidad de cambio es lejana. Es muy difícil reconstruir la confianza si la persona no posee valores sólidos, si no es consistente y hace lo que predica.

Por último, vale preguntarse: ¿hasta que punto trabajamos por construir una cultura de confianza y de sinceridad? ¿De qué modo esperamos cómodamente que la sociedad responda ante nuestras expectativas si no constatamos nuestras señales, si no verificamos, si no cuestionamos nuestros supuestos? ¿De qué modo creamos un entorno seguro basado en valores explícitos hechos conscientes en espacios reflexivos creados especialmente para reconocer nuestra integridad, benevolencia y habilidad?

El reto no solo consiste en construir un lazo de confianza, sino en mantenerlo y alimentarlo con hechos y evidencias que la respalden. Se trata de fortalecer los acuerdos y cumplir con lealtad y benevolencia las expectativas, a pesar del riesgo latente. Se trata de promover valores y anticiparse a la corrupción. Es atreverse a desatar nudos para crear vínculos sostenibles en el tiempo.

Bibliografía

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  • Robbins, S. (1999). Comportamiento organizacional. México D. F.: Prentice-Hall Hispanoamericana.
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  • Yáñez, Rodrigo (2008). Conceptualización metafórica de la confianza interpersonal. En: Univ. Psychol. Bogotá, vol 7, nro. 1, pp. 43-55.
  • Autor

Notas

  1. Yáñez realiza una investigación con estudiantes de Psicología y Enfermería para formular una conceptualización metafórica sobre la confianza interpersonal.
  2. Erik Erikson, psicólogo y psicoanalista, plantea en su famosa teoría del desarrollo ocho estadíos a lo largo del ciclo de la vida, en la que cada etapa está marcada por un conflicto. Solo en la medida en la que este conflicto es enfrentado, comprendido y aceptado es posible que la persona desarrolle una virtud.
  3. Nikolas N. Oosterhof y Alexander Todorov realizaron una investigación en la que participaron 55 estudiantes del pregrado en el primer estudio y 327 en la segunda parte, para identificar los ratios en las expresiones, a partir de 66 rostros estandarizados. La investigación fue auspiciada por la National Science Foundation Grant y la Huygens Scholarship de Netherlands Organization for International Cooperation in Higher Education.
  4. Douglas y Zivnuska realizan una investigación para explorar las variables que influyen socialmente en la confianza y cómo estas impactan en el desempeño de las empresas de comida rápida.
  5. Adaptado de For Your Improvement, que es una guía en la que se definen competencias y niveles de desarrollo: subdesarrolladas, desarrolladas y sobre desarrolladas, así como estrategias de mejora.
Liliana Galván es Licenciada en Psicología Educacional. Decana de la Facultad de Ciencias Humanas, Carrera de Psicología de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas,(UPC). Es fundadora y miembro de la División Empresarial de esta Universidad. Secretaria de la Asociación de Facultades y Escuelas de Psicología del Perú. Doctoranda en Dirección y Administración de Negocios de la Universidad Politécnica de Cataluña. Fue Directora del Departamento de Calidad Educativa de UPC. Es Directora del Diplomado en Docencia Universitaria de la UPC.  Consultora y expositora internacional en Liderazgo, Creatividad e Innovación.